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BEHIND THE CROWN

Summary

En una monarquía moderna regida por el control y el protocolo, nada debería salirse del orden establecido. Jungkook, Príncipe Heredero, y Jimin, un Idol fuera de su mundo, se ven obligados a compartir un mismo destino impuesto por el sistema. Juntos tendrán que demostrar si el vínculo que los une puede ser más fuerte que las reglas que intentan separarlos. Porque en un mundo donde todo está escrito... hay conexiones que no obedecen a nada.

Status
Complete
Chapters
22
Rating
n/a
Age Rating
18+

1

No había paz en la residencia de Gyeongbokgung, solo silencio. A las tres y cuarenta de la madrugada, el Gran Príncipe Jeon Jungkook contaba las horas por la vibración del pulso en sus oídos. Llevaba tres días sin dormir más de cuarenta minutos seguidos. Tenía los ojos enrojecidos. El corrector cosmético no bastaría ante las cámaras por la mañana. Tenía el pelo empapado de sudor frío y las sábanas de seda blancas pegadas a la espalda, impregnadas de un aroma agrio, y a quemado: la señal de un Alfa al borde del colapso térmico por estrés.

Se incorporó. Las vértebras le crujieron con un sonido seco. Sentía una rigidez absoluta, el resultado de una vida bajo vigilancia estatal y supresores de casta. Al apoyar los pies en el suelo de mármol, la náusea le subió a la garganta. Era el inicio de una de tantas migrañas.

Jungkook caminó hacia el ventanal. Fuera, la niebla densa tapaba los estanques de lotos. Los guardias patrullaban el perímetro con rifles de asalto ocultos bajo los abrigos. A sus veintinueve años, el insomnio crónico se había convertido en paranoia funcional. Memorizaba tratados de comercio en una lectura. Las costumbres obsoletas de la corte empeoraban la situación. Los ministros del Consejo Real exigían discreción absoluta sobre su vida privada y la ausencia de un lazo.

Tres toques secos sonaron en la puerta. El tintineo de una taza de té en la bandeja desató un pico de cortisol y un latigazo de migraña en su frente.

—Adelante —dijo Jungkook. Su voz sonó rasgada, desprovista del magnetismo del mando de los discursos públicos.

La puerta corredera se abrió. Entró la Reina Madre. Vestía un traje de dos piezas azul marino. Llevaba el cabello recogido en un moño bajo y tirante. No se inmutó ante el denso aroma en que flotaba en el aire por el estrés, que dominaba la habitación.

—Sigues despierto —dijo la mujer.

—La luz de la avenida exterior molesta esta noche —mintió Jungkook.

La Reina Madre se detuvo a dos metros de la cama. Detrás de ella, dos secretarios de la Casa Real permanecían en la penumbra del pasillo con carpetas de cuero negro, manteniendo distancia ante el peligro territorial de un heredero inestable.

—La cumbre del G20 empieza en catorce días —declaró ella—. El primer ministro recibió tres informes del Servicio de Inteligencia sobre tu rendimiento. Tu capacidad de retención bajó un doce por ciento. Ayer, durante la recepción del embajador canadiense, olvidaste el protocolo de saludo. Te temblaban las manos. Tuviste que sostener la copa con las dos palmas para ocultarlo. Tu instinto está fallando en público, Jungkook.

Jungkook apretó los puños detrás de la espalda, sosteniendo la mirada fija.

—Fue un espasmo muscular por el entrenamiento de esgrima.

—No me mientas —interrumpió la Reina Madre. Dio un paso hacia él—. Tu abuelo murió en un sanatorio en Suiza tras un colapso que terminó en abdicación secreta. Tu padre sobrevivió bajo tratamiento hasta que su corazón se detuvo a los cuarenta y cinco años. La neurosis de los Jeon es una patología de Estado, el precio de nuestra pureza Alfa. Con la oposición parlamentaria y el escrutinio público encima, no podemos permitirnos un heredero inestable.

Jungkook no desvió los ojos.

—¿Cuál es la contramedida? —preguntó.

La Reina Madre hizo una señal. Uno de los secretarios se acercó a la mesa y extendió un documento de papel envejecido, protegido en los bordes. Tenía el sello de cera roja del rey Gojong.

—La Constitución de la Casa Real tiene anexos que los manuales modernos omiten —dijo la mujer—. El Anexo de Coexistencia Dinástica. Una cláusula de emergencia firmada hace un siglo entre nuestra familia y los Park de Busan.

Jungkook leyó las líneas en caligrafía clásica.

—Los Park fueron excluidos de la corte en los años cincuenta. Son empresarios industriales. Su apellido no tiene peso en el consejo.

—Su apellido no, pero su herencia genética posee lo que los médicos imperiales llamaban el anclaje del espíritu —explicó la Reina Madre—. Históricamente, la presencia continua de un Park estabilizaba a los Jeon durante las crisis. Son el único linaje compatible con nuestra condición.

Jungkook soltó una risa corta.

—¿Quieres que traiga a un extraño al palacio para usarlo como analgésico humano? ¿Como un supresor con piernas? Si la prensa se entera de que la corona regula la salud del heredero con métodos medievales...

—La prensa no sabrá los detalles -cortó la Reina Madre—. Para el público, será un acuerdo de intercambio cultural entre familias tradicionales. El decreto ya está redactado por el Ministerio de Justicia. El sujeto está seleccionado. Vivirá en la suite contigua a la tuya. Tendrá acceso a tus estancias las veinticuatro horas. El contrato obliga a una convivencia de doce meses. Un año completo. Ni un día menos.

Jungkook sintió la falta de aire. Detestaba la idea de tener un testigo civil viendo sus crisis nocturnas, sus temblores y el rastro de su aroma agrio.

—No voy a firmar. Prefiero que me ingresen en la clínica militar bajo un seudónimo.

—No tienes elección —la Reina Madre se plantó frente a él—. Los ministros ya firmaron la orden de revisión médica obligatoria. Si no aceptas, el consejo iniciará el trámite de incapacidad temporal antes de la cumbre. ¿Quieres que tu hermano menor cargue con esto? ¿Quieres que Sunghoon, con diez años y su casta Alfa sin desarrollar, sea presentado ante la corte como el nuevo heredero regente? ¿Quieres que su infancia termine mañana porque eres demasiado orgulloso?

La mención de su hermano menor destruyó la última línea de defensa de Jungkook. Sunghoon era la única parte de su vida libre de la política del palacio, un cachorro al que protegía de las exigencias biológicas de la dinastía. Si Jungkook caía, la corona usaría a Sunghoon.

Jungkook bajó la cabeza por primera vez, cerrando los ojos con fuerza y presionando sus sienes frente a los secretarios de la Casa Real. Permitió que los subordinados presenciaran la vulnerabilidad física de su naturaleza Alfa. Cuando los abrió, su rostro era una máscara neutra.

—¿Quién es el elegido? —preguntó.

El secretario pasó la página de la carpeta de cuero y mostró una fotografía a color.

—Park Jimin —dijo la Reina Madre con desagrado—. El hijo menor de la rama de Busan. En los últimos años no se ha dedicado a los negocios familiares. El país lo conoce como un idol de masas. Un Omega Dominante que se exhibe abiertamente en televisión y rompe los estándares tradicionales. Si no fuera porque es realmente necesario para tí créeme que no recurriría a él. Y no te fijes en él más allá de lo necesario para tú salud. Él no te conviene.

Jungkook fijó la mirada en la fotografía. El contraste entre el aire rancio de la dinastía y la imagen revolucionaria del Omega era absoluto. El joven de la foto tenía el cabello largo y rubio y miraba directamente al objetivo. Jungkook sintió una soga cerrándose alrededor de su cuello.

A tres kilómetros, en el ático de un rascacielos de Gangnam, Park Jimin escuchaba a su padre. Las luces de Seúl entraban por los ventanales, reflejándose en los discos de platino de las paredes forradas de tela. El ambiente estaba saturado por el aroma a menta del vapeador de Jimin.

Jimin estaba sentado en el borde de un sofá de cuero, con las piernas cruzadas. Llevaba vaqueros negros rotos y una camiseta gris que se ajustaba a sus bíceps y a su torso. Su padre, Park Jihyun, permanecía de pie junto a dos abogados de bufetes internacionales.

—Esto no es una sugerencia de tu agencia —dijo el hombre mayor—. No es publicidad para tu próximo disco. Es una orden de residencia ejecutiva de la Casa Real. Una demanda constitucional que no hay manera de poder apelar.

Jimin soltó una bocanada de humo.

—¿Una demanda constitucional? Estamos en el año 2026. La dinastía no tiene poder real fuera de su arcaico museo. Soy un ciudadano con un contrato privado con Blue Moon Entertainment. Si el palacio quiere una campaña de relaciones públicas para el príncipe, que llamen a mi mánager y negocien la tarifa. Mi caché es muy caro.

Su padre golpeó la mesa de cristal.

—¡Cállate! No entiendes la situación. Se trata de la subsistencia de la familia. El Servicio de Supervisión Financiera inició una auditoría de emergencia a nuestra naviera en Busan. Un solo informe negativo de la Casa Real al Ministerio de Finanzas y congelarán nuestras líneas de crédito antes del viernes. Tus hermanos perderán sus acciones. La familia quedará en la ruina porque tú quieres jugar a ser el rebelde.

Jimin mantuvo la mirada. Sabía cómo funcionaban las élites de Seúl. Su libertad y su preferencia sexual en exclusividad por la casta de Alfas masculinos eran tratadas por la prensa como rumores peligrosos. Pero esto era un chantaje financiero directo utilizando a sus hermanos.

Un abogado colocó un documento de cincuenta páginas sobre la mesa. Tenía el sello de la Secretaría del Consejo de Estado.

—El acuerdo es confidencial —explicó—. Deberá residir en el Palacio de Gyeongbokgung durante un año completo a partir de mañana a las nueve de la mañana. No podrá realizar transmisiones en vivo sin autorización del departamento de censura. No saldrá del recinto sin escolta. El propósito oficial es el asesoramiento cultural para la juventud de la corona. El propósito real es confidencial y se lo comunicará el secretario real.

Jimin tomó el papel. Sus dedos llenos de anillos pasaron las hojas. Leyó las penalizaciones: multas de miles de millones de wones, cancelación de contratos, embargo de bienes familiares. No era una invitación, era una trampa legal.

—¿Y si me niego? —preguntó Jimin—. ¿Si convocó una rueda de prensa mañana y muestro este documento? ¿Si el mundo se entera de que la monarquía utiliza el chantaje para obligar a los Omegas a entrar en su palacio?

Su padre se rió de forma amarga.

—¿Quién te va a creer? Tu agencia romperá tu contrato en cinco minutos si el gobierno presiona a la junta. Tus canciones desaparecerán de las plataformas por infracciones de derechos de autor. Para tus seguidores, simplemente te habrás retirado por agotamiento. Firma el documento. Salva a tus hermanos y limpia tu reputación.

Jimin miró el bolígrafo. Estaba encendido en cólera a punto de explotar. Su carrera y su independencia se ponían como moneda de cambio para proteger el dinero de un padre que lo despreciaba por su naturaleza de Omega Dominante. Pero su mente empezó a calcular. Si la corte pensaba que entraría como un adorno sin carácter al que usar y tirar cuando el príncipe se cansara de jugar con él y le diera una patada en el culo, se equivocaban. Él conocía la industria, un entorno donde los ejecutivos destruían a los débiles a diario.

Tomó el bolígrafo y firmó la última página.

—Doce meses —dijo Jimin, dejando caer el bolígrafo—. Dile a los ancianos del consejo que preparen sus mejores supresores. No tengo la menor intención de cambiar mi ropa ni mi forma de hablar por su corona de cartón.

A las nueve de la mañana del día siguiente, el Maybach blindado de la Casa Real cruzó la Puerta de Gwanghwamun. Jimin miró por el vidrio tintado. El coche entró en los patios de piedra gris. Los rascacielos desaparecieron detrás de los muros de tres metros. Era otra época. El ruido del tráfico cesó. Las cámaras de vigilancia estaban camufladas bajo los tejados de madera tallada. Los guardias mantenían rigidez total.

El coche se detuvo ante la escalinata del ala este, la residencia privada del príncipe heredero. Un lacayo abrió la puerta. Jimin bajó. Llevaba botas de plataforma, pantalones de cuero muy ajustados y una camiseta con partes de rejilla que dejaban ver sus abdominales sobre su cabello largo rubio en trenzas. Su equipaje eran dos maletas de aluminio.

El Secretario Real Principal, el Secretario Kim, lo esperaba en la escalera de granito. Llevaba gafas de montura ancha.

—Bienvenido al Palacio de Gyeongbokgung, Joven Amo Park —dijo con una inclinación de quince grados. Su tono era frío.

—Hola, Kim —dijo Jimin. Se metió las manos en los bolsillos-. Un poco oscuro este lugar. Deberían poner luces LED en los pasillos. Parece el set de una película de terror.

El Secretario Kim no modificó su expresión.

—El palacio mantiene la iluminación histórica. Sígame, por favor. El Gran Príncipe Heredero lo espera en su despacho para la firma presencial del registro.

Jimin subió los escalones. El impacto de sus plataformas resonaba en el pasillo de madera pulida. Al final del corredor, dos guardias abrieron las puertas dobles del despacho.

El espacio era grande, dominado por un escritorio de madera de caoba oscura con ordenadores de última generación, tinteros de piedra y pinceles. Las paredes de piedra estaban cubiertas de estanterías llenas de tomos de historia, derecho constitucional y estrategia militar.

Jeon Jungkook estaba sentado detrás del escritorio, con la espalda recta. Vestía el uniforme militar de la Casa Real, abrochado hasta el cuello, con botones de plata grabados con la flor lirio tigre. Tenía el pelo corto y peinado con la raya al lado. Su rostro era simétrico pero no tenía color, la piel estaba cenicienta y las ojeras marcaban su fatiga física. No se levantó. Miró a Jimin con hostilidad contenida.

Jimin caminó hacia el centro del despacho, ignorando la línea de seguridad de un metro. Se detuvo frente al escritorio, observando las facciones del príncipe.

—Así que tú eres el príncipe heredero —dijo Jimin, rompiendo el silencio—. Estás bastante pálido, Jeon. ¿Seguro que te alimentan bien en este sitio? Esa cara no se arregla ni con maquillaje de televisión.

El Secretario Kim intervino de inmediato.

—Joven Amo Park, el protocolo de la Casa Real exige que se dirija a Su Alteza utilizando el título de...

—Déjalo, Kim —cortó Jungkook. Su voz sonó baja y áspera—. El señor Park ha pasado demasiados años bajo las luces de la farándula como para comprender la dignidad dinástica. Puede retirarse. Déjenos solos para la firma.

El secretario hizo una inclinación profunda y salió de la habitación, cerrando las puertas.

El silencio fue total. El olor a limón y canela de las feromonas de Jimin rompieron la atmósfera del despacho. Jungkook cruzó los dedos sobre la mesa, controlando el temblor de sus manos por pura fuerza de voluntad.

—Tu padre ya te habrá explicado los términos —dijo Jungkook—. No me importa tu vida civil, ni tus discos, ni tus escándalos. Tienes un contrato de un año. Cumplirás con las apariciones públicas programadas por la Secretaría de Estado para mantener la farsa del intercambio cultural. El resto del tiempo te quedarás dentro de tu suite, sin causar problemas mediáticos.

—Me explicaron que tu familia tiene problemas de estreñimiento emocional, y tú tienes insomnio, neurosis y no controlas los impulsos. Así que mi apellido es como un amuleto mágico y biológico —respondió Jimin. Se sentó en una de las sillas de cortesía y cruzó la pierna—. Firmé porque vuestros abogados amenazaron el negocio de mi padre en Busan. No estoy aquí por respeto a tu corona. Estoy aquí porque vuestro sistema funciona mediante el chantaje legal y la presión financiera.

Jungkook sintió una pulsación de rabia en la nuca. La insolencia de Jimin atacaba su estructura de control.

—Este sistema asegura la estabilidad del país donde vendes tu música —dijo el príncipe—. No eres mi solución, Park. Eres un inconveniente logístico que voy a tolerar durante doce meses porque la alternativa política es peor para la corona.

—¿Y qué pasa con el anexo secreto de casta? —Jimin se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa-. Ese que dice que debo estar cerca de ti porque tu mente de Alfa Recesivo no puede procesar la realidad sin que te vuelvas loco por el estrés. ¿Qué quieres que haga, Jeon? ¿Que te lea los informes antes de dormir? ¿O quieres que te sostenga la mano cuando tengas una crisis de pánico instintivo ante los ministros?

Jungkook se levantó de la silla de golpe. Su estatura y la estructura rígida de su uniforme militar dominaron el espacio de forma inmediata.

—No necesito que hagas absolutamente nada —dijo Jungkook, clavando las palmas en el escritorio—. La cláusula es una reliquia médica basada en supersticiones dinásticas. Tu presencia es una formalidad burocrática que mi madre impuso para calmar al consejo de ministros. No eres mi tratamiento, Park. Eres un civil metido en una estructura que no comprendes.

Jimin no se movió de la silla. Sonrió de forma fría, sin timidez.

—Veremos cuánto tiempo te dura ese discurso de oficina, “Alteza” —dijo Jimin, arrastrando las sílabas-. He visto a ejecutivos más duros romperse en los camerinos cuando la presión sube. Tu uniforme militar es muy bonito, Jeon, pero tus ojos inyectados en sangre dicen que estás a pocos minutos de tirarte por ese ventanal para no tener que leer el próximo memorando.

Jungkook abrió la boca para ordenar que lo echaran, arriesgando la estrategia de la Reina Madre por el deseo de silenciar la insolencia del Omega. Pero se detuvo.

El zumbido sordo en la base de su cráneo cesó. Durante ocho meses, Jungkook había vivido con un pitido constante provocado por la ansiedad y el abuso de supresores químicos. En ese instante exacto, con Jimin a menos de un metro de distancia, el ruido desapareció.

La habitación recuperó nitidez acústica. El aire entró en sus pulmones sin la resistencia que lo ahogaba desde la madrugada. La presión detrás de sus ojos disminuyó a la mitad en un solo segundo.

El príncipe se apoyó con más fuerza en la madera de caoba, perdiendo la estabilidad. No fue un alivio místico, sino impacto biológico físico. El sistema de Jimin, su postura relajada y el leve aroma a limón y canela de su casta Omega Dominante actuaron sobre la saturación del Alfa como un neutralizador. El exceso de cortisol cayó en un treinta y cinco por ciento.

Jimin vio el cambio de forma instantánea. La rigidez militar del príncipe desapareció, sus hombros cayeron y sus dedos se hundieron en la madera para no perder el equilibrio.

—¿Jeon? —preguntó Jimin. Perdió el tono cínico. Su voz mostró extrañeza al ver la palidez del heredero.

Jungkook no contestó. Su cerebro, agotado por los meses de vigilia, reaccionó ante la desaparición del dolor. Sus rodillas fallaron por completo. Volvió a caer sobre el sillón de cuero, sin ninguna elegancia. Su mente experimentó una quietud absoluta, un vacío de pensamientos. Apoyó el codo en el reposabrazos y dejó caer la cabeza de lado, apoyando la sien en la palma de la mano. Los párpados se le cerraron por inercia biológica, vencidos por el cansancio.

—Espera... ¿te estás durmiendo de verdad en mitad de la conversación? —dijo Jimin, levantándose. Su voz se escuchaba lejana para el príncipe, amortiguada por la somnolencia que se apoderó de él con la velocidad de un anestésico.

Jungkook oyó el roce de la ropa de Jimin al moverse y el sonido de sus botas contra el suelo, pero su cuerpo no obedeció a ninguna directriz. Su sistema nervioso se había apagado. A los cinco minutos exactos de la llegada de Park Jimin al despacho, el Gran Príncipe Heredero Jeon Jungkook se sumió en un sueño profundo, sin tics ni pesadillas, por primera vez en un año.

Jimin se acercó despacio al escritorio. Se quedó de pie, observando al hombre que gobernaría la nación. Sin la mirada dura y el uniforme tenso, el príncipe heredero parecía más joven, manteniendo una respiración rítmica que movía los botones de plata de su chaqueta.

El idol miró el documento sobre la mesa y luego al príncipe dormido. La cláusula de los Park no era un mito medieval ni una farsa. El hombre de la chaqueta militar era una víctima de la estructura del palacio que lo estaba devorando por dentro, y él, Park Jimin, se había convertido oficialmente en el único interruptor de su cordura biológica. Las reglas de la corte se habían roto por completo antes del mediodía.

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