Chapter 1
El hacha cayó.
El sonido metálico atravesó la plaza como un trueno. Milena quiso cerrar los ojos con todas sus fuerzas y al abrirlos, despertar. Pero no funcionó, aquella era la realidad.
Las lágrimas le nublaron la vista hasta convertir a sus padres en dos siluetas borrosas.
El vestido azul celeste de su madre ondeó por última vez con el viento. Algo se quebró en su interior. Un dolor insoportable que ningún niño debería sentir.
Su padre levantó la cabeza y la buscó entre la multitud.
¿Qué hacía toda esa gente allí? ¿Por qué nadie hacía nada? Algunos cuchicheaban que era una injusticia, otros gritaban que lo merecían, pero nadie se movía de su lugar.
Milena todavía era muy pequeña para entender.
Los ojos de su padre la encontraron. Durante un instante, el ruido desapareció. No existían los soldados. Ni el pueblo. Ni el rey sentado en su enorme trono de madera oscura mientras presenciaba todo. Solo existían unos ojos llenos de amor hacia su hija. Le dedicó una sonrisa pequeña. Intentó que fuera tranquilizadora, una sonrisa que dijera que todo estaría bien.
Ella no debería estar ahí, no debería quedarse con ese recuerdo. El alma se le partió en mil pedazos justo cuando el hacha volvió a caer.
—¡Papááááá!
Milena despertó con un grito ahogado y las lágrimas bañando sus mejillas.
Se incorporó de golpe y colocó su mano donde el dolor quemaba como el fuego vivo: sobre su pecho.
Su respiración era rápida. Descontrolada.
Le dolía.
Siempre dolía tanto.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando la tenue luz que entraba por la pequeña ventana de la habitación.
La cabaña seguía allí. Las paredes de madera vieja, el armario un poco destartalado y la manta que tejió su abuela.
Todo estaba en silencio. Excepto su corazón.
Habían pasado quince años.
Quince.
Y seguía despertando exactamente igual. Con la sensación de que aún tenía seis años.
Cerró los ojos con fuerza. No podía permitirse recordar. No hoy. Hoy era diferente.
Hoy... era el día.
Se vistió despacio. Las manos le temblaban mientras ajustaba el cordón del vestido. No por miedo. Nunca admitiría que tenía miedo. Era otra cosa.
Era el peso de una promesa hecha demasiado tiempo atrás.
Cuando abrió la puerta, el aroma del pan recién hecho llenó la habitación principal. Su abuela Carmen ya estaba despierta. Como siempre, sentada junto al fuego.Tejía con absoluta tranquilidad. La lana se deslizaba entre sus dedos con una precisión casi hipnótica. Ni siquiera levantó la vista cuando Milena entró.
—Has vuelto a soñar con ellos.
No era una pregunta. Milena permaneció en silencio observando el lento movimiento de las envejecidas manos que siguieron tejiendo.
Una vuelta.
Dos.
Tres.
—¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas ese día?
Milena tragó saliva. Un nudo se había formado en su garganta. Apretó los puños con fuerza.
—Todos los días de mi vida— aseguró.
Por primera vez, la mujer levantó la mirada. Sus ojos estaban llenos de algo que el tiempo nunca había conseguido borrar: Dolor.
Pero también odio.
Un odio tan profundo que nublaba cualquier otro sentimiento.
—Entonces aún no los has traicionado.
Las lágrimas amenazaron con escabullirse de los ojos de la muchacha. Ella no respondió.
Nunca respondía cuando hablaban de aquello. Y su abuela nunca parecía cansarse de recordarle por qué seguía viva.
La anciana dejó el tejido sobre la mesa. Se levantó lentamente y caminó hasta una vieja estantería. De uno de sus cajones polvorientos sacó una pequeña daga.
No era el arma elegante que perteneciera a alguien de la realeza. No brillaba con cuidado, de hecho, el acero estaba muy gastado, como si hubiera esperado muchos años para cumplir un único propósito.
La colocó sobre la mesa. Entre las dos.
—¿Estás lista?
Milena observó el arma. La había visto desde niña. Siempre en el mismo cajón. Siempre esperando.
Había pertenecido a su padre. Y eso era todo.
Respiró hondo. Y con el recuerdo de la mirada de su padre sobre ella asintió.
La anciana caminó hasta la puerta de la cabaña. La abrió con el crujido protestante de la bisagra. El amanecer comenzó a teñir el bosque de tonos dorados.
Permaneció de espaldas. Sin mirarla.Y dijo, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito:
—No regreses...
El silencio pareció durar una eternidad.
—...hasta traer el corazón del rey entre tus manos.
Milena tomó la daga con firmeza. La guardó bajo su capa y no miró atrás. Frente a ella, a lo lejos, el castillo se alzaba sobre la colina. Inmenso. Imponente. Inalcanzable.
O eso creían quienes vivían dentro.
Milena levantó la vista. Sus labios apenas se movieron.
—Voy por ti— susurró.
El viento arrastró sus palabras antes de que nadie pudiera escucharlas.
Y, por primera vez en muchos años... dio el primer paso hacia el hombre al que había jurado destruir.