CAPÍTULO 1: EL ÚLTIMO ADIÓS
Era temprano en la mañana de un dĂa cualquiera, Camilo y Luna conversaban animados ante un bol de cereales en la cocina.
—Que no Luna, los gatos no tiene 9 vidas.
—Que si Cami nos lo dijeron en clase.
—Si Luna, pero no funciona asĂ…
—Adiós chicos, me han llamado del trabajo, hay un conductor borracho disturbando en la calle. Dijo desacomodando los largos rizos de su hijo.
—Adiós papá.
—Adiós.
—Pero los gatos tienen 9 vidas.
—Que no tontita.
—Mamá Cami me ha llamado tonta.
—Camilo no quiero oĂr eso eh
—Pero mamá, ella dice que los gatos tienen 9 vidas, está equivocada.
—No no, no quiero oĂr escusas, discĂşlpate con tu hermana. Luna se rio y le saco la lengua a su hermano.
—Vale vale, perdón Luna. Dijo haciendo una mueca
—Ja ja, que tontito que eres Cami.
En ese momento sonó el teléfono en la cocina. Camilo fue a cogerlo.
—¿SĂ, quiĂ©n es?
—Hola, soy Jake.
—Ah, hola Jake, ¿qué pasa?
—Camilo, ¿está tu madre en casa?
—SĂ, ahora la llamo. Jake era un compañero de trabajo de su padre. Ambos trabajaban como policĂas hacĂa años.
—¿QuiĂ©n era, Cami? —Jake. —¿Y quĂ© querĂa? —No sĂ©, quiere hablar con mamá.
—Chicos, coged las chaquetas y subid al coche.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
—¡Al coche!
—Mamá, ¿a dónde vamos?
—Al hospital. Vuestro padre ha recibido un disparo. —¿Estará bien?
—No lo sĂ©, espero que sĂ.
Llegaron al hospital, y se dirigieron rápidamente a la sala en la que estaba su padre. Al llegar, vieron a su padre conectado a máquinas, con tubos saliendo de su piel, y seis doctores atendiéndolo.
La imagen era aterradora. Cuando entraron en la sala, se escuchĂł un pitido, y vieron cĂłmo su padre dejaba de respirar lentamente, cayendo inerte sobre la cama.
—¡Noooo, papá! Antes de que pudiera decir nada más, Camilo cogió a Luna y la sacó de la sala. Ella soltó un grito ahogado, y lloró sobre su hombro hasta quedarse dormida.
Camilo no sabĂa cĂłmo reaccionar. No sabĂa si llorar, gritar, o quedarse en silencio. El hombre que siempre estuvo allĂ, fuerte como un roble, uniendo a su familia y sosteniĂ©ndola como un pilar, habĂa caĂdo. No era posible. No podĂa ser posible. No tan rápido, no de esa manera.
PensĂł en la Ăşltima vez que su padre le habĂa hablado, en cĂłmo solo le habĂa dicho “adiĂłs”. CĂłmo Ă©l podrĂa haberle dicho tantas cosas más, y no lo hizo. ÂżPor quĂ©? Sin saberlo, esas fueron las Ăşltimas palabras que le dijo. Era de noche, pero en casa nadie dormĂa. Los segundos parecĂan minutos, los minutos horas, las horas dĂas, con esa presiĂłn en el pecho que no aflojaba. Camilo, tumbado boca arriba en su cama, no podĂa pensar en otra cosa que en los Ăşltimos segundos de su padre. Repasaba una y otra vez la imagen de su rostro apagándose en aquella frĂa habitaciĂłn de hospital.
A las dos y media de la madrugada, algo por fin lo sacĂł de su trance. Alguien tocaba la puerta: era su hermana Luna, sosteniendo entre sus brazos un antiguo peluche que Ă©l no le veĂa desde hacĂa años.
—Cami, ¿estás despierto? No puedo dormir.
—Ven aquĂ, tranquila, no pasa nada —dijo, apartándose para dejarle espacio.
La niña se apresuró a meterse en la cama y abrazar a su hermano. Rompió a llorar de nuevo, pero esta vez, Camilo tampoco pudo contenerse. Lloraron juntos hasta quedarse dormidos, aunque el sueño fue inquieto.
Luna no podĂa borrar de su mente la aterradora imagen de su padre conectado a máquinas.
A Camilo, en cambio, se le repetĂa una Ăşnica escena: Ă©l diciĂ©ndole adiĂłs sin saber que era la Ăşltima vez.
A la mañana siguiente, empezaron a llegar las llamadas y las visitas. Gente bienintencionada tratando de consolar a una familia rota con palabras vacĂas que se esfumaban en el aire, igual que la presencia de su padre.
Su madre agradecĂa las muestras de cariño mientras los hermanos, abrazados en el sofá, miraban una pelĂcula sin prestar atenciĂłn. Ambos pensaban lo mismo: Âżpor quĂ© todos venĂan con frases que, lejos de aliviar, dolĂan más? Cuando por dĂ©cima vez un vecino se presentĂł para “presentar sus respetos”, Luna no aguantĂł más. Se levantĂł de golpe, los ojos rojos, y entre sollozos gritĂł:
—¡Largo! ¡No nos importa si mi padre era amigo tuyo! ¡No ves que decirnos que era una buena persona no cambia nada! ¡Eso ya lo sabemos! Cerró la puerta de un portazo en la cara del hombre. Su madre intentó decirle algo, pero no alcanzó a hacerlo. Luna subió corriendo las escaleras, y unos segundos después, se oyó cómo cerraba su puerta con fuerza.








