Jugador 2: Pulsa Star (Y Sácame De Esta Mierda) by Ade Pendergast at Inkitt
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Jugador 2: Pulsa Star (y sácame de esta mierda)

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Summary

A los treinta y cinco años, Phab tiene su rutina clara: sobrevivir a trabajos temporales que odia y refugiarse en su ordenador, donde es el imbatible líder estratega de un gremio en su MMORPG favorito. Fuera de la pantalla, es un hombre gruñón, estancado y devorado por la culpa de no ser suficiente para sus padres. El sistema colapsa el día que Win —un joven, carismático y desquiciado CEO de una empresa de nanotecnología— lo "secuestra" en una marquesina de autobús simplemente para ganar un absurdo reto familiar de su grupo de LINE. Arrastrado a la fuerza al caótico universo de "La Corte de los Milagros", Phab pasará de su oscuro aislamiento a enfrentarse a batallas de rol medieval en vivo, robar vasos gigantes de té de burbujas en centros comerciales y declarar su amor en pleno distrito financiero vestido con una armadura rosa holográfica. Lo que empieza como un cruce accidental se convierte en una alianza explosiva, donde este "Huracán" de trajes de diseño le demostrará al estratega amargado que sus habilidades de los videojuegos pueden hacerle triunfar en el mundo real. Atrapado en una dinámica de polos opuestos que salta chispas, y descubriendo que el humor absurdo de esta familia es en realidad un escudo para sobrevivir a los traumas más oscuros del pasado, Phab se dará cuenta de una cosa: para sanar sus heridas, levantar la cabeza y ganar la partida definitiva de la vida, solo necesita atreverse a pulsar Start junto a su Jugador 2.

Status
Complete
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Jodidamente estancado y demasiado guapo para esta mierda.

Si alguien me hubiera dicho a los veinte años que llegar a los treinta y cinco sería como estar atrapado en el puto menú de inicio de un videojuego barato, le habría mandado a la mierda. Pero ahí estaba yo, Phab, un tío de treinta y cinco años, llevando una vida jodidamente triste, refugiándome en los videojuegos y soñando con ser algo más de lo que era, aunque no tuviera ni puta idea de cuál era mi camino.

Recuerdo aquella mañana en concreto porque el calor de Bangkok era especialmente asqueroso, de ese que te pega la camiseta a la espalda antes incluso de salir del portal. Me miré en el espejo del baño de mi minúsculo apartamento y solté un suspiro que sonó más a quejido de perro viejo. Físicamente, no me podía quejar; la genética había sido absurdamente generosa conmigo. Tenía la altura, los hombros anchos, el pelo oscuro siempre perfectamente desordenado y una mandíbula que parecía tallada a mala leche. A menudo la gente me decía que parecía un modelo o un puto actor de series, y, de hecho, tanto las chicas como los chicos me tiraban piropos por la calle constantemente. Pero a mí me sudaba la polla. Literalmente, me importaba tres cojones. De qué servía tener una cara bonita si por dentro me sentía como un puto dinosaurio, un fósil andante que se había quedado atrás mientras el resto del mundo subía de nivel.

No tenía novio, no tenía un trabajo fijo y me pasaba los días saltando de un trabajo temporal de mierda a otro. Ese martes en particular, mi gran misión vital consistía en disfrazarme con un polo corporativo de un verde fosforito que me hacía parecer un puto subrayador humano, para repartir folletos de una nueva bebida energética a la salida de la estación de BTS de Siam. Un trabajo digno de un chaval de dieciocho años que quiere pagarse unas cervezas, no de un tío de mi edad.

Mientras bajaba las escaleras de la estación, esquivando a la marea de oficinistas que iban a sus trabajos de verdad, con sus sueldos de verdad y sus vidas de verdad, una chica en la cafetería de la esquina me guiñó el ojo al darme mi café helado. Un par de paradas de tren después, un chaval universitario con la mochila a medio abrochar intentó sacarme conversación para pedirme el ID de LINE. Los ignoré a ambos con una cara de perro que espantaría a cualquiera. No estaba para romances de mierda ni para sonrisitas complacientes. Me sentía mayor para absolutamente todo, un viejo gruñón atrapado en el cuerpo de un treintañero atractivo.

Las horas bajo el sol abrasador de Siam Square fueron una tortura. Cada vez que extendía la mano con un puto folleto verde fosforito y alguien me ignoraba, sentía que mi barra de vida bajaba un poco más. Mi cabeza, para no explotar de frustración, se evadió a su único refugio seguro: los videojuegos. Empecé a planear mentalmente la build de mi personaje en el RPG que estaba jugando, calculando estadísticas de armadura y daño por segundo. En el mundo virtual, yo era un puto héroe. Tenía oro, tenía respeto, tenía un gremio que dependía de mí. En el mundo real, era un repartidor de folletos sudado al que le dolían las lumbares si estaba mucho tiempo de pie. Joder, qué triste.

A media tarde, cuando por fin pude tirar el fajo de papeles sobrantes a la papelera y arrastrarme de vuelta a mi apartamento, el silencio me golpeó en la cara al abrir la puerta. Tiré las llaves sobre la mesa, me quité el polo asqueroso y encendí el PC antes siquiera de encender las luces del salón. El zumbido de los ventiladores de la torre fue como un bálsamo.

Mientras la pantalla de inicio cargaba, abrí la lista de amigos en mi cuenta. Desconectados. Todos jodidamente desconectados. Me quedé mirando dos nombres en concreto, sintiendo un nudo en la garganta que me apresuré a ahogar con un trago de agua del grifo. Dan y Beam. Mis dos mejores amigos, los tíos que eran como mis putos hermanos. Hubo una época en la que los tres éramos inseparables, los reyes de la ciudad, o al menos de nuestro pequeño y estúpido rincón de ella. Pero la gente crece, madura y sigue con su vida, mientras que yo me había quedado atascado en el tutorial.

Dan había sentado la cabeza; ya estaba casado, tenía críos y sus fines de semana ahora consistían en ir a parques de bolas y comprar pañales en oferta. Beam, por otro lado, se había largado a Singapur, inmerso en una relación larga con un hombre del que estaba locamente enamorado, viviendo una vida de éxito, cenas caras y fotos perfectas en Instagram. Hacía bastante tiempo que mi única interacción con ellos se reducía a hablar por internet y, si había suerte y cuadraban los horarios, echar un par de partidas en los videojuegos. Los echaba de menos, joder. Echaba de menos las cervezas en la calle, las charlas de madrugada, el sentir que pertenecía a algún sitio. Ahora, cada vez que hablábamos por los auriculares, llenos de sudor mientras acribillábamos zombis en cooperativo, me daba cuenta de lo vacía que estaba mi puta vida en comparación con las suyas.

Me dejé caer en la silla gaming (la única inversión decente que había hecho en el último año) y me froté los ojos. Y como si mi cerebro fuera un masoquista empeñado en joderme la existencia, mis pensamientos viajaron al norte, a seiscientos kilómetros de distancia, directamente a Chiang Mai.

La culpa me comía por dentro, devorándome los cojones a bocados lentos. Mis padres vivían allí y apenas venían a Bangkok, lo que me venía de perlas para que no vieran el fracaso estrepitoso en el que me había convertido. Mi viejo... joder. Mi padre seguía partiéndose el lomo todos los días vendiendo Pad Thai en un puesto callejero. Podía oler el tamarindo y el cacahuete tostado solo de pensarlo, podía ver el sudor en su frente y sus manos curtidas por el calor del wok. Él trabajaba de sol a sol, sonriendo a los turistas y a los locales, aguantando el tipo.

Y mi madre... eso era lo que más me destrozaba. Mi madre había sido una modista de muchísimo renombre, una leyenda de la costura con unas manos mágicas capaces de convertir cualquier trozo de tela en una obra de arte. Pero la vida es una perra injusta, y recientemente había empezado a perder la vista. El médico dijo que era degenerativo. Cada vez que hablábamos por teléfono, notaba cómo su voz temblaba al confesarme que ya no podía enhebrar una aguja o que los colores se le mezclaban en una neblina grisácea.

Toda esa culpa, esa puta losa de saber que mis padres estaban envejeciendo y pasándolo mal mientras yo desperdiciaba mis días cobrando una miseria por repartir flyers y matar dragones virtuales, me aplastaba el pecho. Sentía que les había fallado. Sentía que me había fallado a mí mismo. Estaba a punto de cruzar la línea de los treinta y cinco, la edad en la que se supone que ya tienes la vida resuelta, una hipoteca, un coche decente o, al menos, a alguien que te pregunte qué tal te ha ido el puto día cuando llegas a casa.

Pero yo solo tenía el brillo azulado de mi monitor.

Hice clic en el botón de “Jugar”. El logotipo de la desarrolladora apareció en la pantalla con una música épica que contrastaba brutalmente con la patética soledad de mi salón. Me puse los cascos, bloqueando el ruido del tráfico de Bangkok, bloqueando la culpa de Chiang Mai, bloqueando el recuerdo de Dan cambiando pañales y de Beam paseando por Marina Bay Sands.

“Venga, Phab”, me dije a mí mismo, moviendo el ratón. “A ver si hoy consigues que no te maten en el primer nivel de esta mierda de día”.

Lo que mi yo de treinta y cinco años, cínico y amargado, no sabía aquella tarde mientras machacaba botones en la oscuridad de su cuarto, era que mi puto “menú de inicio” estaba a punto de colapsar. No sabía que el destino, o el karma, o la simple y pura casualidad, me estaba preparando una emboscada en forma de un tornado hiperactivo. Un fallo en la Matrix de mi triste rutina que iba a poner mi mundo patas arriba y que me iba a arrastrar a la fuerza fuera de mi caparazón.

Pero para llegar a ese puto caos que me cambió la vida, primero tendría que sobrevivir a la mañana siguiente, y a un encuentro que me dejaría con ganas de estrangular a alguien y de besarlo al mismo tiempo.

La pantalla se iluminó con destellos rojos y dorados, escupiendo el logo del juego mientras yo me ajustaba los cascos, preparándome para sumergirme en la única realidad donde yo no importaba una mierda. En el juego, mi avatar no era un tío de treinta y cinco años con dolor de lumbares y una cuenta bancaria que daba pena mirar; era un tanque nivel ochenta, blindado hasta los dientes y con una espada que brillaba con fuego digital. Allí no era el pringado que repartía folletos fosforitos, era el líder de la puta raid.

Entré al servidor de Discord de mi gremio. Una cacofonía de voces agudas, risas histéricas y música tecno a todo volumen me reventó los tímpanos.

—¡Hostia, ya está aquí el jefe! —gritó uno de los chavales, que por la voz no debía tener ni pelo en los huevos—. ¿Le damos caña al dragón de la mazmorra de cristal o qué?

Suspiré, silenciando el micrófono un segundo para poder soltar un “me cago en mi puta vida” en la soledad de mi cuarto, antes de volver a activarlo y poner mi mejor voz de líder estoico.

—Vamos a ver, panda de inútiles —dije, usando ese tono ronco que sabía que los acojonaba un poco—. Ayer nos hicieron morder el polvo porque el gilipollas del sanador se quedó farmeando putas mariposas en lugar de curarme. Hoy quiero concentración. Si la cagáis, os expulso del gremio. ¿Entendido?

Un coro de “sí, señor” y “vamos, hostia” me respondió. Y así, durante las siguientes tres horas, mi mente se desconectó de Bangkok. Me olvidé del alquiler atrasado, me olvidé de que no tenía pareja ni un puto trabajo fijo y de que me ganaba la vida haciendo lo primero que me salía. En ese universo de píxeles, yo tenía un propósito, aunque fuera falso. Yo guiaba, yo protegía, yo daba las órdenes. Éramos un equipo.

Pero joder, la ilusión siempre acaba cayendo.

Hacia la una de la madrugada, cuando por fin derrotamos al maldito dragón y la pantalla se llenó de recompensas brillantes, el subidón de adrenalina duró exactamente tres segundos. Los chavales celebraban como si hubieran ganado la lotería. Yo solo miraba mis estadísticas de daño con los ojos inyectados en sangre, sintiendo un vacío en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre.

“¿Qué cojones estoy haciendo con mi vida?“, pensé.

Apagué el ordenador de golpe, sin despedirme. El silencio regresó a mi apartamento con la sutileza de una patada en los huevos. El zumbido del aire acondicionado barato era el único sonido en la habitación. Me quité los cascos y me froté la cara con ambas manos, notando la barba de un par de días que me hacía parecer un maldito vagabundo modelo de revista. Era patético. Me pasaba el día jugando a los videojuegos, soñando con ser algo más de lo que era, pero sin tener ni idea de cuál era mi verdadero camino.

Me arrastré hasta la minúscula cocina y encendí la luz parpadeante. Abrí el armario: dos paquetes de fideos instantáneos sabor a gambas picantes. Un banquete digno de un rey, joder. Mientras el agua hervía en el hervidor eléctrico, agarré el móvil. Abrí el grupo de chat que tenía con Dan y Beam. El último mensaje era de hacía tres días. Beam había mandado una foto desde un restaurante en Singapur, brindando con una copa de vino carísimo junto a su chico, con el que llevaba una relación larguísima y del que estaba asquerosamente enamorado. Dan había respondido con una nota de voz donde se escuchaban los berridos de uno de sus hijos de fondo mientras él intentaba decir que el fin de semana irían al zoo.

Mis dos mejores amigos. Mis putos hermanos. Estaba feliz por ellos, lo juro por mi vida, pero ver cómo avanzaban me hacía sentir como si estuviera atrapado en arenas movedizas. Ellos habían pasado de pantalla. Yo seguía atascado en el tutorial. Hace ya bastante tiempo que casi la única forma de comunicarme con ellos era por internet. Ya no había escapadas de madrugada a comprar al 7-Eleven, ni borracheras épicas en Khao San Road arreglando el mundo. Ahora éramos tres extraños unidos por el Wi-Fi.

Vertí el agua hirviendo en el vaso de fideos y me apoyé en la encimera. El vapor me empañó la vista. Aquí estaba yo. Comiendo fideos de cartón a la una de la mañana en calzoncillos y lamentándome por no tener ni puto rumbo. La culpa me asfixiaba tanto que el primer bocado de fideos me supo a ceniza.

Esa noche dormí de mierda. Di vueltas en la cama hasta que las sábanas parecieron una camisa de fuerza. Cuando la alarma del móvil sonó a las siete de la mañana con ese tonito alegre que te da ganas de estrellar el teléfono contra la pared, ya estaba despierto, mirando una mancha de humedad en el techo.

Me levanté con un chasquido en las rodillas. Joder, en serio, la edad no perdona. Fui al baño, me lavé la cara con agua fría y me quedé mirando mi reflejo. El agua goteaba por mi mandíbula. Las ojeras me daban un aire peligroso, de “chico malo” atormentado. Si saliera ahora mismo a la calle, seguro que alguna cría de veinte años o algún oficinista reprimido me comería con los ojos. Es que era acojonante, tenía el físico de un puto ídolo adolescente, pero la energía vital de un jubilado con artrosis.

Me vestí con unos vaqueros desgastados y una camiseta negra básica. Ese día no me tocaba ser un subrayador andante. Tenía una entrevista para otro trabajo temporal, esta vez como asistente de inventario en un almacén de electrónica. Básicamente, contar cajas llenas de cables durante diez horas en una nave industrial sin ventanas. El sueño tailandés, señores.

Salí a la calle y el calor sofocante de Bangkok me dio la bienvenida habitual, como un puñetazo húmedo en la cara. Me abrí paso entre los puestos de comida callejera, esquivando motos que subían por las aceras y sorteando charcos de dudosa procedencia. Caminaba con la cabeza gacha, con mis cascos puestos escuchando rock noventero a todo volumen para aislarme de la puta humanidad.

De camino a la parada del autobús, pasé por delante de un inmenso rascacielos acristalado en la zona de Sukhumvit. Uno de esos edificios que huelen a dinero, éxito y aire acondicionado caro. Me detuve un segundo frente a los ventanales inmensos. Dentro, veía a tíos de mi edad con trajes a medida, bebiendo café de Starbucks y riéndose, liderando reuniones, tomando decisiones que seguramente importaban una mierda pero que les hacían sentirse los putos amos del universo.

Apreté los puños dentro de los bolsillos. Yo podría ser uno de esos cabrones. Podría haber sido alguien si no hubiera estado tan ocupado dándole a la pausa en mi propia puta vida.

El semáforo se puso en verde para los peatones. Un pitido estridente me sacó de mis pensamientos miserables. Era un coche tocando el claxon a un Tuk-Tuk que se había cruzado. Respiré hondo, sacudí la cabeza para espantar la autocompasión y crucé la calle.

Tenía que encontrar mi camino, joder. Tenía que dejar de saltar de un trabajo temporal a otro. Tenía que dejar de ser el puto NPC de mi propia historia. Pero claro, decirlo era muy fácil; hacerlo, cuando estás hundido en una rutina, es otra hostia muy distinta.

Mientras me subía a ese autobús abarrotado, sudando la gota gorda y mentalizándome para pasar el día contando cables HDMI en una caja de zapatos gigante, lo único que pensaba era: “Que acabe ya este puto día, joder”.

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