I
xx de Octubre, 2004📍Redgrave City
La habitación estaba en silencio. Un calmo y suave silencio que reina cuándo el par de niños finalmente se han quedado dormidos luego de tanto lidiar con cólicos, pañales y llanto.
Leon se asomó de repente en el marco de la puerta con dos biberones calientes en mano. Supone... que ya no se ocuparán hasta más tarde que despierten y clamen por comida.
—¿Se durmieron ya? —susurró acercándose a su esposo para verificarlo. Dante espabiló de repente, recordando que tenía a ambos bebés en brazos y se levantó con sumo cuidado de la mecedora tratando de ver la forma de ponerlos en su cuna sin que lo noten.
Un movimiento en falso y provocaría el llanto.
Los niños ahora pasaron a manos de su esposo en cuánto este estiró sus brazos con sumo cuidado provocando pequeños gorgoritos adormilados en el par de criaturas al reconocer los brazos y aroma de quién los trajo al mundo; Dante se apuró a reacomodar y despejar la cuna antes de recostarlos. La tenue luz de la luna se colaba por las cortinas, pintando la habitación con tonos plateados haciendo parecer todo más tranquilo de lo que realmente era.
Porque él lo sabía...
Sabía que dentro de unas horas, su amado estaría abordando un avión rumbo a Europa y que debía dejar aquél par de vidas que sostiene para salvar y proteger la de la señorita Graham.
Y sabía también que aquella misión tenía demasiadas probabilidades. Malas y buenas.
Pero seguía allí, inmóvil, repasando todo lo que conllevaba esto.
El mayor de los mellizos emitió un suspiro adormilado y se aferró a su hermana de manera inconsciente; la otra mordía su pequeña mano entre sueños. El agente sintió un nudo formarse en su garganta.
—Oh, pulgas... —murmuró con una sonrisa débil—. Dejen de hacer eso, me lo ponen cada vez más difícil.
Dante observó la escena en silencio esbozando un leve suspiro enternecido, conoce a su esposo demasiado bien: la manera en que Leon fingía tranquilidad cuándo por dentro la preocupación lo carcome, la forma en que sólo vacilaba con una sonrisa, la manera en que evitaba hablar de sus propios miedos y quejas.
—Estás sobre pensando demasiado.
Leon soltó una risita.
—¿Yo...? ¿De qué hablas?
—Déjate de cosas, guapo —se acercó hasta él por detrás admirando la placidez con la que ambos niños dormían, ajenos al peso de aquella despedida y a lo que el mundo constantemente se sumía, pasando una mano por sus cabecitas.
Tan pequeñitos...
Tan reales y a la vez frágiles.
A veces les costaba creer que existiesen y fuesen parte de ellos, que tuvieran algo valioso que perder. Y quizás era precisamente lo que más aterraba a Leon; que podía lanzarse al peligro sin medirlo y ahora cada herida significaba algo más: cada bala, cada misión y cada pérdida.
—Voy a volver -dijo finalmente sellando una promesa.
Dante arqueó una ceja para luego chistar.
—Tienes qué, bombón.
El agente sonrió.
—No estoy tranquilo dejándote toda la responsabilidad, ¿Sabes?
—Estaremos bien, Nero y Sherry dijeron que estarían encantados de hacerla de niñeros y así podré ocuparme también del 𝘋𝘦𝘷𝘪𝘭 𝘔𝘢𝘺 𝘊𝘳𝘺.
La respuesta le hizo suspirar de alivio pues sólo el albino tenía esa extraña habilidad para hacerle poner los pies sobre la tierra y devolverlo a la calma. Este mismo hizo un ademán con la cabeza indicándole que la cuna estaba lista.
Su pecho se encogió.
No quería soltarlos... al menos no todavía.
—Odio esto -confesó Leon.
—Lo sé.
—No la misión, irme. Ahora tengo algo que perder.
—Lo sé, mi amor —insisitó Dante acercándose a su amado hasta quedar frente a él tomando su rostro entre sus manos—, pero siempre has tenido algo que perder.
—No así.
—No, calla.
—No así, Dante.
—Yo también tengo miedo -confesó el cazador. Leon parpadeó, no esperaba escuchar eso de él.
¡Tsk!
—¿Tú?
—¡Claro! —afirmó esbozando una sonrisa cargada de tristeza besando sus labios con dulzura—. Pero confío más en tí de lo que le temo al mundo, Leon.
Aquello casi rompe la compostura que el rubio conservaba. Casi. Después de todo seguía siendo Leon Kennedy, aquél hombre —y policía novato— que llevaba años sobreviviendo gracias a fingir que estaba bien.
El mestizo lo notaba. Por ello, simplemente abrazó a su pequeña familia y depositó un beso en la frente de su amado. El mismo beso que suele darle para ahuyentar sus pesadillas... Cuándo despertaba sobresaltado.
Cuándo el pasado regresaba.
—Promete que volverás a casa —murmuró Dante casi en una súplica.
Leon cerró los ojos. No iba a retirarse sin antes llevar consigo el aroma del mestizo consigo al aspirarlo, luego besó la mejilla de aquél par de pequeños rostros angelicales antes de ponerlos con cuidado en su cuna sintiendo el calor de la habitación de aquella vida que habían construído juntos.
Desde que recibió el llamado del presidente Graham encontró una razón más fuerte que el deber: una razón para seguir viviendo y regresar.
Se permitió otro instante antes de marcharse y enfrentarse a... lo que sea que le depare la búsqueda de la señorita Graham, Leon optó porque ese momento fuese todo lo que existía.
Su amado esposo, sus hijos y su hogar.
—Lo haré.
—Tienes qué.
—Cállate, Dante.
![Werewolf Hollow [GALATEA DATE TBA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_76bbf380fa2e8dc2f70694197487ab81.jpg)







