Daemon ⁰³ |Kook V| by Taebubear at Inkitt
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Daemon ⁰³ |KookV|

Summary

Esta es una historia al estilo Romeo y Julieta, un poco retorcido, sobre un miembro del club de motociclistas Devil's Jacks y el hijo del presidente del club enemigo, los Reapers. Jeongguk «Hunter» Blake, es un miembro leal de los Devil's Jacks que odia a los Reapers. Para proteger a su club, usa como arma a Taehyung Hays, el hijo sobreprotegido del presidente de los Reapers. -Tae doncel -Adaptación -Saga Reapers 03

Genre
Romance
Author
Taebubear
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo


Advertencia: Esta historia contiene lenguaje soez, personajes moralmente ambiguos (nada es color de rosa), situaciones de violencia, muertes y mucho sexo. Si estas comod@ con ello, disfruta de tu lectura ;)




Hace ocho años

Coeur d’Alene, Idaho

Taehyung


— Que asco... parecen animales en celo. Voy a vomitar.

Asentí con la cabeza, de acuerdo con mi hermana al cien por cien. Echarlo todo por la boca parecía la única reacción posible ante aquella mierda. Estábamos en el comedor, desde el cual se accedía a la cocina a través de una doble puerta corredera. Mamá estaba sentada sobre la encimera y rodeaba con las piernas la cintura de papá, mientras él le metía la lengua tan adentro de la garganta como para provocarle una arcada.

—Saben que los estamos viendo ¿verdad? —preguntó Yoona, alzando la voz. Mi padre dio un paso atrás y se volvió para mirarnos. Mi madre parpadeó, pero no tuvo la gracia de ruborizarse.

—Suban, tienen otros diez minutos para arreglarse el pelo o lo que sea —dijo mi padre— y después bajen a desayunar.

Yoona gruñó. Mi hermana tenía el temperamento de mi padre y yo la envidiaba por ello. Yo, en cambio, siempre seguía las reglas —lo que me fastidiaba bastante. Yoona me llamaba «niño de papá» y tal vez tenía razón. La verdad es que no me gustaba nada disgustarlo.

—Hoy es el primer día de clase y no quiero llegar tarde —declaró Yoona —Ustedes pueden follar cualquier otro día, pero eso solo pasa una vez al año. Tengo hambre.

Mi padre se apartó lentamente de mi madre y nos miró fijamente, con los brazos cruzados. Sus tatuajes, muchos de ellos ya borrosos, contaban cientos de historias y mis amigos solían ponerse algo nerviosos cuando él andaba cerca —el chaleco de cuero negro con el emblema del club de los Reapers tampoco contribuía a tranquilizarlos. Qué suerte la nuestra. ¿No podíamos tener un padre normal, que trabajara en un banco o algo así? Pues no. El nuestro tenía que ser el presidente de un club de moteros. Quinn, mi mejor amiga, solía decir que mi padre era una mala bestia de muchísimo cuidado y tenía razón.

Yo sabía que, pasara lo que pasase, él siempre estaría ahí, a mi lado, y en secreto me gustaba la idea de que contara con el respaldo de los Reapers. Sus tatuajes y parches me daban cierta sensación deseguridad, aunque jamás lo habría admitido. Sin embargo, nada de esto aliviaba el asco que sentía al encontrarme a mis padres en la cocina, prácticamente en pleno acto. Quiero decir, yo solía prepararme los sándwiches en aquella encimera. ¿Dónde se suponía que iba a hacerlo ahora?

—Solo por una vez —dijo Yoona, entrecerrando los ojos—, ¿pueden por favor actuar como padres normales e ignorarse mutuamente en la mesa?

—Eso suena aburrido —murmuró mi padre en respuesta, con el mismo gesto de mi hermana. Mi madre y yo cruzamos nuestras miradas y ella hizo una mueca. Aquella parte me resultaba odiosa. Mi padre y Yoona podían convertir cualquier situación en una pelea. Mi madre decía que se parecían demasiado y yo estaba de acuerdo. Ella era como el aceite lubricante que permitía funcionar a nuestra familia, suavizando los roces antes de que se descontrolaran.

—No me gusta aburrirme —continuó mi padre—. Vamos, vayan un rato a hacer lo que sea que los jóvenes hacen en el baño y luego pueden bajar de nuevo. Esta es mi casa y aquí las reglas las pongo yo.

Agarré a Yoona por el brazo y la arrastré fuera de la habitación, antes de que pudiera abrir la boca para replicar. Solo tenía doce años y yo catorce, pero era ella la que siempre defendía a muerte su postura. A veces era buena cosa, pero...tenía que aprender a escoger sus batallas.

—Sube, vamos —le dije, entre dientes.

—Son demasiado viejos para estar ahí, follando en la cocina —replicó ella.

—No estábamos follando —puntualizó mi padre, que la había oído —pero silo estuviéramos haciendo, tampoco sería asunto tuyo, niña.

Clavé los dedos en el brazo de Yoona y tiré de ella escaleras arriba, mientras mi padre reía desde la cocina y mi madre lanzaba un gritillo.

—Dan asco —sentenció Yoona mientras se dejaba caer sobre mi cama. Teníamos cada uno nuestra habitación, pero mi hermana pasaba mucho tiempo en la mía, porque era más grande. Además, la rama de un árbol que había fuera llegaba hasta mi ventana y constituía una excelente vía de escape. No es que la utilizáramos, por el momento, pero Yoona tenía grandes planes para cuando fuera al instituto.

—Lo sé —respondí —pero tiene razón. Esta es su casa.

—Claro, tú ya no tienes el culo pegado a la mierda de la escuela, como yo —replicó ella — No puedo creer que vayas a marcharte. ¡No es justo!

—Solo un año más y entrarás en el instituto —le dije. Bien podía aprovechar mi ventaja, pensé mientras observaba mi pelo en el espejo del tocador que me había regalado mi madre al cumplir los trece años. Cuando era pequeño me encantaba sentarme ante él, ponerme su maquillaje y creerme un príncipe...

—De todos modos, no es tan maravilloso como te crees —continué —Quiero decir, el primer año es bastante aburrido.

—Mil veces mejor que octavo en la escuela —replicó Yoona—, aunque no vas a poder hacer mucho, de todas formas. ¿Crees que papá te dejará ir a las fiestas?

—Pues claro que sí —respondí, aunque tenía mis dudas. Mi padre podía ser...intenso. Yoona abrió la boca para decir algo, pero la cerró de golpe al oír el rugido de varias Harleys que se aproximaban hacia la casa.

—¿Qué demonios...? —dije, mientras me asomaba a la ventana. Seis miembros del club de los Reapers estaban aparcando fuera sus respectivas motos... a las siete y media de la mañana de un martes. Aquello no tenía buena pinta. Los moteros no eran gente madrugadora.

—Mierda —dijo Yoona — Aquí pasa algo.

Nos miramos y me pregunté para mis adentros si ella tendría un nudo en el estómago, como me ocurría a mí. «Pasa algo» podía significar cualquier cosa en nuestro mundo. Por lo general mi padre no permitía que los asuntos del club interfirieran en su vida familiar, pero yo ya había visto lo suficiente como para saber que algo no iba bien si un tercio de los «hermanos» aparecía así, sin avisar.

—Voy abajo —dijo Yoona, con tono sombrío, y sacudí la cabeza.

—No van a querer que estemos por ahí —objeté.

—A la mierda con eso—replicó ella.

Bajamos las escaleras de puntillas, como dos ladronzuelas. Esperaba oír voces amortiguadas, sentir la tensión en el ambiente que señala los momentos en que todo se va a la mierda. Sin embargo, lo que llegaba desde la cocina eran risas masculinas. Al entrar en el comedor vimos al tío Duck, sentado a la mesa, y a mi madre, que le servía una taza de café. Mi padre estaba junto a él y también Ruger —un joven aspirante que llevaba cuatro meses con el club y que estaba buenísimo— Miré hacia otro lado para evitar ponerme a balbucear, colorado como un tomate o algo peor. Cuando creciera un poco más, me casaría con Ruger, fijo.

Esto desde luego no iba a comentárselo a mi padre, por muy niño de papá que fuera. Ruger se había graduado en el instituto hacía un año y Quinn me había contado que le había pillado trajinándose a su hermana Nicole en la sala de estar de su casa, mientras sus padres estaban fuera. Puse cara de horror, pero le hice contar todos los detalles escabrosos... y los había a montones. Quinn no había echado a correr al descubrirles.

No, no. Se había quedado a cubierto para observarlo todo y, según su relato, no había sido algo rapidito. Para nada. Ruger tenía el miembro perforado y Nicole se pasó tres noches seguidas llorando porque él no volvió a llamarla después de aquello, según Quinn. A mí sí me llamaría cuando fuera mayor. Tenía grandes planes para los dos.

—Buenos días —me dijo Duck, sonriente. Nunca me había dicho por qué le llamaban Duck y la verdad es que su aspecto era mucho más de oso que de ninguna otra cosa: robusto, muy peludo, intimidante de no ser porque desde antes de que pudiera recordar me había llevado a caballito y me había dado caramelos a escondidas.

—Estás precioso, Tae —continuó —Te va a ir de maravilla en el instituto.

Miró de reojo a mi padre y añadió:

—Aún no me creo que nuestro pequeño Tae haya crecido tanto como para eso.

Puaj. Odiaba que hicieran comentarios así, sobre todo delante de Ruger. Todo el mundo parecía considerarme un bebé, aunque tuviera ya catorce años. En un par de años más estaría conduciendo. Legalmente, quiero decir. La verdad es que llevaba años haciéndolo en nuestra propiedad.

—Gracias a todos por venir, chicos —dijo mi padre —Tae, empaca tu desayuno. Vamos a llevarte al instituto y no quiero que lleguemos tarde.

Me quedé boquiabierto y oí cómo Yoona emitía un ruido ahogado.

—¿Vamos? —susurré, esperando haber oído mal.

—Todos —confirmó mi padre con una amplia sonrisa, que sin embargo no se reflejó en sus ojos —Ya estás hecho un doncelito y he pensado que no estaría de más enseñarles a esos estúpidos del instituto quiénes son tus familiares. Así dejaremos las cosas claras desde el principio.

Casi me mareo.

—¡Papá, no puedes hablar en serio! —estalló Yoona —Si aparecen todos en el instituto, los chicos se cagarán de miedo. ¿Así quién va a querer salir con Tae?

Mi padre sonrió con ferocidad.

—Si un chico no acepta a la familia de Tae, no se pierde nada no saliendo con él —dijo. Tragué saliva. Aquello no podía estar pasando. Mi madre se echó el pelo hacia atrás con los dedos y mi padre la hizo sentar en su regazo. Siempre estaban así, uno encima del otro. Aun así, mi madre solía enfrentarse a él cuando se pasaba de protector. A diferencia de mi padre, ella tenía cierta idea de lo que significaba ser una adolescente.

—Mamá, creía que ibas a llevarme tú —conseguí decir, pero ella sacudió la cabeza con tristeza.

—Lo siento, nene —dijo —tu padre se ha empeñado en hacerlo él. Yo voy a acompañar a Yoona y a ti te llevará él junto con tu tío Duck y el resto de los hermanos.

—Los pequeños del instituto tienen que saber con quién se las verán si se les ocurre meterse contigo —dijo mi padre, con voz sombría—. No pretendo complicarte las cosas, pero yo también he sido joven. A esas edades solo se piensa con el rabo y tienen que ser conscientes de que cualquiera de ellos perderá el suyo si no te trata como es debido. No hay nada como un pequeño despliegue de fuerza para poner a un chico en su sitio.

—Todo eso no son más que bobadas, papá, y lo sabes —intervino Yoona en mi defensa, lo que le agradecí, ya que me había quedado sin palabras—. Además, es una actitud sexista. Tae puede cuidar de sí mismo. No tienes ningún derecho a humillarlo así.

—Tengo todo el derecho —replicó él, con tono que indicaba que ya estaba todo decidido — Soy tu padre y mi obligación es protegerte. No quiero incomodarte, pero haré lo que sea necesario para cuidar de tu seguridad.

—Nadie quiere hacerme daño —acerté a decir y el lanzó un gruñido.

—Pero querrán follar contigo, por supuesto —contestó.

Sentí que las mejillas me ardían y bajé los ojos, tratando como fuera de evitar mirar a Ruger y a los demás.

—¿Quieres que te trate como a una persona adulta? —inquirió mi padre—.Es un poco complicado, si con solo mencionar el sexo ya te pones colorado. Si no puedes ni hablar de ello, está más claro que el agua que no estás preparado para hacerlo. Bien está, así nadie te presionará para que lo hagas. Ahora mete unos pocos cereales en tu bolsa, si es que quieres comer. Nos vamos enseguida.

Sentí náuseas. Mi vida en el instituto había terminado antes de empezar y él pretendía que comiera cereales.

—Me llevo solo esta barrita —murmuré, mirándole a los ojos. Mi padre se encogió de hombros y vi cómo su mano se deslizaba entre las piernas de mi madre.

Mi vida era una mierda.

Normalmente me encantaba que mi padre me llevara en su moto. No había nada como ir detrás de él, agarrado fuertemente a su cintura, mientras volábamos por la autopista. Si Yoona había heredado su temperamento, a mí me había pasado lo mismo con su pasión por la carretera. Llevaba ahorrando para comprarme una moto desde que tenía seis años y podía sentir cómo él se hinchaba de orgullo cada vez que le pedía que diera una vuelta.

Aquel día, sin embargo... odié la moto por primera vez en mi vida. Llegamos al instituto en medio de un rugido de motores, mi padre y yo encabeza y detrás el resto de los moteros —incluido Ruger, que seguramente se habría acostado con la mitad de las chicas de su promoción, antes de graduarse.

Mi padre se detuvo justo en la puerta, en una zona en que estaba prohibido aparcar, y los hermanos hicieron lo propio, formando una fila de brillante metal cromado con sus Harleys. Mi idea inicial de una entrada rápida y discreta en mi primer día de clase se había evaporado por completo. Una de las profesoras, que debía de tener veintitantos años, se encontraba de pie en la hierba que había junto a la entrada y miraba nerviosa, pero cuando los chicos avanzaron no les dijo ni palabra.

No, se limitó simplemente a observarnos con la boca abierta, lo que habría podido ser divertido de no ser porque estaba casi segura de que era de las de mi clase. Me sonaba su cara del día de introducción en el instituto. Ruger se acercó hacia ella contoneándose y me di cuenta de que la profe se ruborizaba hasta la raíz del pelo. Mierda... ¿es que había alguien en aquel instituto con quien no se hubiera acostado? Tal vez debería reconsiderar mis planes de boda.

—Bueno, pues nada, gracias por la vuelta —dije, dirigiéndome a mi padre —Ya se pueden ir

—Enséñame tu taquilla —fue su respuesta. Estaba claramente decidido a machacar todas y cada una de mis posibilidades de felicidad para los próximos cuatro años. Le miré y traté de poner en juego todos mis recursos. Los ojos de perrito apaleado, la respiración entrecortada, el gesto infantil de morderme el labio inferior... Normalmente conseguía exprimir una o dos lágrimas de mis ojos, pero eso requería algo más de tiempo de preparación.

—Papá ¿puedes dejarme entrar solo, por favor? —dije, con un murmullo —Ya has dejado clara tu postura.

Él sacudió la cabeza, implacable.

—Ni lo intentes —dijo—. Yo ya he visto de todo en la vida y, comparado con tu madre, no eres más que un aficionado. Voy a entrar porque quiero que todos los chicos sepan que perteneces al club de los Reapers y que tendrán que responder ante nosotros si se meten contigo.

No sé para qué me molestaba...Mi padre era una fuerza de la naturaleza, una marea cuyo objetivo era la destrucción de mi vida. Al cruzar la puerta y recorrer el pasillo sentí los ojos de todo el mundo fijos en nuestro llamativo grupo. Quinn cruzó su mirada con la mía y alzó las cejas en un dramático gesto de alarma. Me encogí de hombros, resignado, y busqué la taquilla número 1125, que estaba en la primera planta, cerca del vestuario de los chicos.

Justo donde el equipo de fútbol del instituto acababa de cambiarse de ropa después de un entrenamiento mañanero y comenzaba a salir en tropel al pasillo.

Perfecto. Todo jodidamente perfecto.

Alcé los ojos y vi al hermano de Quinn, Jason, uno de los defensas del equipo. Siempre me había gustado y deseaba en secreto que se fijara en mí como en alguien diferente de «el pesadito amigo de su hermana». Porque si deseaba que alguien como Ruger volviera a llamarme, necesitaba un poco de práctica ¿no es cierto?

—Eh, Reed —le llamó mi padre, señalándole con la barbilla, despreocupado —Gran temporada la del año pasado ¿eh? ¿Cómo va todo con el equipo?

Jason tragó saliva y nos miró alternativamente, a mi padre y a mí.

—Mmm, bastante bien — acertó a decir mientras yo veía mi taquilla, deseando poder meterme dentro y morir ahí... o al menos desaparecer durante cuatro años. Por desgracia, ni siquiera una preciosidad delgada como yo cabía en aquella caja metálica.

—Me alegro —replicó mi padre, inclinándose para besarme en la coronilla. Acto seguido, habló con voz tan potente que reverberó en el pasillo.

—Que disfrutes tu primer día en el instituto, príncipe. Si alguno de estos chicos te toca las narices, me lo cuentas ¿estamos?

Asentí con la cabeza, deseando la muerte. Algo rápido, indoloro. ¿Un aneurisma? Sí, eso serviría.

—Ahora vete —susurré.

—Nos vemos esta noche —replicó, antes de girar sobre sus talones y retirarse por el pasillo. El parche de su espalda era un siniestro recordatorio para todos de que mi padre era el presidente del club de los Reapers. Quinn vino a mi encuentro y se apoyó en las taquillas, con ojos muy abiertos.

—Uff —dijo —no va a haber nadie que te proponga acompañarte a casa, ni nada de nada. Lo sabes ¿verdad? Ni tampoco que se acueste contigo, en toda la vida.

—Lo sé —respondí, sintiéndome muy desgraciado. No es que quisiera acostarme con nadie, de momento...Pero no estaría mal que me acompañaran a casa alguna vez.

Suspiré.

—Moriré virgen, Quinn —dije y ella asintió con gesto grave y ojos llenos de compasión.

—Sí, creo que es un hecho —respondió —pero mira el lado bueno.

—¿Cuál? —inquirí.—Las monjas ya no van vestidas de hábito, así que al menos no tendrás que gastarte dinero en eso —respondió. Miré a Jason, que me observaba como si me hubiera crecido una segunda cabeza. Mi padre era de cierta manera el peor que hubiera existido jamás.




Hace ocho años

Stockton, California

Jeongguk

Natalie se limpió la boca con el dorso de la mano y alzó los ojos hacia mí, con una expresión astuta y calculadora en su bonito rostro. Me metí la polla—ya blanda— en los pantalones, me abroché la cremallera y me separé del muro de ladrillos que había detrás de la estación de servicio. Nat se puso de pie y me dedicó una sonrisita, mientras se mordía el labio inferior. Creo que quería hacerse la juguetona. Pero resultó más bien desesperada.

—¿Entonces...? —dijo y yo alcé una ceja, con expresión inquisitiva.

—¿Entonces qué? —repliqué.

—Mmm... ¿no vas a darme mi premio? —dijo. Qué típico. Estas zorras ricas...No me sorprendía. En el mundo de Natalie, yo nunca sería nada más que un revolcón rápido, aunque además daba la casualidad de que tenía los contactos adecuados. No es que aquello fuera problema para mí. Al fin y al cabo, los negocios son los negocios y Nat tenía mucho dinero.

—¿Qué es lo que quieres? —inquirí. «Con tal de que no me pida un descuento por la mamada», pensé. No estaba mal, la chica, pero tampoco era nada del otro mundo. La tenía encima desde hacía tiempo y ¿quién soy yo para rechazar a una chica que quiere chuparme la polla? Ahora que ya se lo había tragado todo, resultaba un poco pesada. Antes de que pudiera responder a la pregunta, vibró mi teléfono móvil.

Kelsey.

Mierda. Me separé de Natalie y contesté.

—¿Qué hay, Kels? —dije.

—Han echado a Jim de la fábrica —respondió ella —Ven en cuanto puedas. Está borracho y tengo miedo.

Sentí todo el cuerpo en tensión y entrecerré los ojos. Maldito, si se atreve a tocarla...

—Tranquila, Kels, llegaré en unos minutos —respondí a mi hermana adoptiva — Intenta marcharte de casa y vete al parque. Si no puedes salir, enciérrate en el baño. Aguanta. Voy a buscarte.

—De acuerdo —susurró y oí la voz de Jim que tronaba de fondo. James Calloway era nuestro maldito padre de acogida, además de un completo cabronazo como no hay dos. Colgué y miré de reojo a Natalie, con cara de póker. Había aprendido por las bravas a no contar nunca más de lo necesario.

—Tengo que ir a casa —le dije —¿Puedo llevarme tu Mustang?

Ella sonrió, tratando de parecer tímida e inocente.

—Por supuesto —respondió, trazando circulitos en el polvo con el tacón de uno de los zapatos modelo «fóllame» que llevaba siempre puestos. Media hora antes me habían parecido muchísimo más sexys —Pero antes de irnos... —añadió.

Mierda. No tenía tiempo para esto.

—Dame las putas llaves —la corté, seco. Natalie abrió la boca para protestar, pero la miré fijamente, con los ojos entrecerrados, como dos rendijas. Había perfeccionado con los años aquella forma de mirar y nunca me fallaba. Ella respiró hondo, sacó las llaves y me las entregó. Con mi metro noventa de estatura, sé que soy un cabrón que impone. Y no tengo reparos en asustar a una chica, si hace falta. Rodeé la gasolinera en dirección al pequeño y coqueto Mustang de Natalie, un regalo de papá al cumplir los dieciséis. Me senté, giré la llave y el motor cobró vida con un rugido que en otro momento habría podido encontrar agradable.

Natalie saltó a su asiento, junto a mí, obviamente temerosa de que pudiera largarme sin ella. Lo habría hecho de buena gana, pero no quería llamar la atención más de lo necesario. La última vez que había apartado a Jim de Kelsey, le habría prometido que le mataría si volvía a suceder. Dios, ella solo tenía trece años y ya había aprendido a dormir con un cuchillo. Tenía el presentimiento de que las cosas iban a ponerse feas y lo último que necesitaba era una denuncia por robo de un vehículo.

Cinco minutos después, detuve el Mustang frente a la decrépita casa de Jim, en cuyo jardín se alzaba un columpio oxidado en medio de la hierba seca. Sus propios hijos se habían marchado hacía tiempo y yo suponía que no tardaría en perder la casa sin la ayuda pública que recibía por Kels y por mí. Los trabajadores sociales no se habían dado cuenta de que Autum, su mujer, se había ido hacía más de seis meses. ¿Quién podía culparla? Para mí aquello solo era temporal, pero quedarte aquí para pudrirte el resto de tu vida... y una mierda. Yo también me habría largado.

En general no tenía mayor problema en vivir en aquel agujero. Me gustaba tener mi propio espacio y la planta del sótano estaba por completo a mi disposición, aunque dejaba que Kelsey durmiera ahí también. No se sentía cómoda arriba, en su habitación. Demasiado cerca de Jim. Chica lista. Salté del vehículo y me dirigí a la casa.

—¡Espera! —llamó Natalie, que corría detrás de mí.

—¿Sí? —respondí, sin aminorar el paso.

En aquel momento oí gritar a Jim y me detuve en seco, tratando de pensar. ¿Cuál era el mejor plan de ataque? Un fuerte ruido metálico en la casa de al lado rompió mi concentración. Aquel viejo debía de estar de nuevo en el garaje, ocupado en reparar sus motos...

—¿Qué hay de lo mío? —dijo Natalie, con una sonrisa tímida. Dios ¿todavía con esas? Rebusqué en mi bolsillo, saqué una bolsita de plástico hermética y se la lancé. Con fuerza.

—Ahí tienes —le dije—. Ahora métete en tu puto auto y lárgate.

Ella abrió y cerró la boca como un pez dorado y me pregunté para mis adentros cómo había podido permitir que sus labios rodearan mi pene, hacía solo un rato. En aquel momento oí gritar a Kelsey y sentí que la furia me cegaba.

Al fin y al cabo, eso de planificar es cosa de gente sin valor, concluí, y el saco de mierda en cuestión tenía que recibir lo suyo, sí o sí. Me dirigí sin dudarlo hacia la puerta trasera —ojalá que Natalie se haya quedado lo suficientemente contenta con su regalito como para olvidar todo lo visto y oído, pensé. Me cago en la...Estaba cerrada. Salté la valla y miré de reojo a Natalie, que no me prestaba la más mínima atención. Claro, la zorra estaba demasiado ocupada rebuscando entre la hierba, ya que se le había caído su «bolsita sorpresa». Kelsey gritó de nuevo.

Rodeé la casa y me colé por una de las ventanas bajas que daban acceso a la planta del sótano. Jim siempre mantenía las puertas cerradas y yo no tenía llaves. No es que me importara, ya que no he encontrado todavía la cerradura que se me resista, pero en aquel momento no tenía tiempo para eso. Corrí escaleras arriba, hacia la habitación de Kelsey, y me quedé clavado en el umbral. Mi hermana adoptiva estaba en su cama, arrinconada contra la pared y con la camisa abierta casi hasta la cintura, exponiendo el pequeño sujetador de color carne que había tenido que comprarle yo no hacía mucho, en la sesión de compras más incómoda de mi vida.

Tenía la marca roja de un bofetón en la mejilla y el labio inferior le sangraba. Jim estaba inclinado sobre ella y sentí un intenso pestazo a sudor y a alcohol. Los hombros se le agitaban al ritmo de su respiración jadeante y los pantalones, desabrochados, le colgaban por debajo de sus estrechas caderas. El delgado pedazo de pene que Dios le había dado se bamboleaba a un lado y a otro, como una cobra borracha.

—Déjala en paz —le advertí y todo el odio que hervía en mi interior se reflejó en mi voz. Jim se volvió con un gruñido. Su hinchada nariz parecía un tomate podrido, plantado en medio de la cara.

—¿O qué? —respondió él.

—Pues que morirás —dijo una voz detrás de mí, seguida por el inconfundible chasquido del percutor de una pistola. Todos nos volvimos y nos quedamos de piedra al ver cómo el vecino entraba lentamente en la habitación. Sujetaba el arma con descuido, como si fuera el mando de la tele más que otra cosa. Era un hombre ya de edad avanzada —cincuenta y tantos, probablemente— y que, por lo que yo sabía, se pasaba la mayor parte del tiempo en su garaje, arreglando motos para luego venderlas. De hecho, me había fijado en el último proyecto que se traía entre manos y hasta había considerado si podría permitirme hacerle una oferta. Burke. Así se llamaba, no sé si de nombre o de apellido.

Tenía pinta de tipo duro, con su larga barba canosa y sus brazos cubiertos de tatuajes ya algo desvaídos. Por los parches que llevaba en su eterno chaleco de cuero, sabía que era miembro de un club de moteros llamado Devil’s Jacks. Sin embargo, aquella era la primera vez que podía ver de cerca los distintivos. En un hombro llevaba un parche rojo y blanco, con su nombre encima de la palabra «Original». En el otro había cosido un rombo con el signo del 1%. Más abajo se alineaban varios parches pequeños, con nombres y fechas. Su mano, muy bronceada por el sol, no se movía ni un milímetro y su mirada eran tan letalmente fría como la mía.

—Kelsey, saca tu culo de aquí —dije, procurando mantener la voz firme. No sabía nada de Burke y no tenía ni idea de qué era lo que planeaba, pero si con ello conseguía poner a Kels a salvo, no me importaba una mierda.

—Haz lo que dice el chico —ordenó Burke. Kelsey asintió, con ojos muy abiertos, se retiró de la cama y reculó hacia la puerta, pegada a la pared.

— Ve a mi habitación y espera ahí —le dije a Kels —Cierra la puerta y no le abras a nadie que no sea yo. La tensión se mascaba en el ambiente. Kelsey cruzó el umbral y desapareció.

—¿Qué vas a hacer, entonces? —inquirió Jim —. ¿Dispararme?

No es que fuera el hombre más listo del mundo cuando estaba sobrio, pero cuando bebía la cosa ya llegaba a niveles patéticos.

—Depende —respondió Burke.

—¿De qué? —preguntó de nuevo Jim.

—De lo que diga este chico —respondió el motero, haciendo un gesto en mi dirección con la barbilla —¿Quieres que le pegue un tiro a este pedazo de mierda, hijo?

Le miré, sorprendido. La expresión helada seguía allí, en sus ojos. Burke no bromeaba. Mierda. Aquello iba en serio.

—Piénsalo bien —dijo— .Una vez que aprietes el gatillo, ya no podrás volverte atrás, pero tampoco tendrás que preocuparte de que este desgraciado vuelva a meterse con tu hermana. Podemos hacer desaparecer el cadáver.

Ahora Jim nos miró alternativamente, con ojos desorbitados por el terror.

—No le escuches —me susurró —Irás a la cárcel. Te condenarán a muerte. Está hablando de asesinato.

—Eso es poco probable —repuso Burke—. Nunca me caíste bien, Calloway. En realidad, creo que a nadie en el mundo le importa una mierda si vives o si mueres. Tu mujer se ha largado, tus hijos te odian y, según esos papeles que hay en tu cocina, no tienes trabajo. Sería como si nunca hubieras existido. Imposible encontrar un candidato mejor.

—Los trabajadores sociales —intervino Jim, con un jadeo desesperado —Tienen que venir a visitar a los chicos. Ellos se darán cuenta.

No pude evitar echarme a reír. No había visto al funcionario que se encargaba de mí desde hacía más de un año. De no ser por los cheques que Jim se bebía todos los meses, bien podría pensarse que habían perdido mi expediente. El rostro de mi padre de acogida enrojeció de furia y pude darme cuenta del momento exacto en que su cerebro desconectó de la realidad y se olvidó por completo de la pistola que le apuntaba.

—Voy a matarte, mierdecilla —me dijo—. Te crees alguien, pero no eres más que basura, lo mismo que esa zorra. Dos montones de desperdicios apestando mi casa.

—Parece que hay que decidirse, hijo —me dijo Burke —¿Quieres quitarlo de en medio o no?

¿Quería matarlo? Me acordé de Kelsey llorando y de la ocasión en que me había roto las costillas por negarme a darle una parte de mis ahorros. De puta madre. Desde luego que quería quitarlo de en medio.

—Dame la pistola —dije, saboreando las palabras. En aquel momento Jim se abalanzó hacia nosotros y en la habitación reverberó un potente estampido. Mi padre de acogida lanzó un grito y se desplomó en el suelo, agarrándose el hombro con fuerza. Entre los dedos chorreaba sangre.

Burke ni siquiera había pestañeado. Sujetaba la pistola con firmeza y continuaba apuntando hacia Jim. Con un rápido gesto, se echó la mano atrás, extrajo otra pistola de debajo de sus pantalones y me la tendió. Se ajustaba a mi mano a la perfección.

—¿Sabes utilizarla? —inquirió Burke. Como respuesta, retiré el seguro y amartillé el percutor.

—Acaba el trabajo, chico —dijo finalmente el motero, sonriendo por primera vez, casi como un padre orgulloso —Ya que estás metido en esto, que sea del todo.

Apunté al pecho de Jim y apreté el gatillo.

Al mirar atrás y recordar, me doy cuenta de que nuestro vecindario era justo lo que necesitábamos aquel día: un sitio donde nadie le importaba a nadie una mierda, porque a la gente que vivía allí tampoco le importaba su propia vida. Nos moríamos poco a poco, todos. Así que, cuando Burke y yo libramos al mundo de mi padre de acogida, ningún vecino se dio cuenta. Nadie preguntó por los disparos. Nadie se molestó en llamar a la poli cuando llevé a Kelsey —que lloraba agritos— hasta la casa de Burke. Nadie salió a mirar cuando una furgoneta entró por el callejón y se detuvo detrás de la casa de Jim.

Diez minutos más tarde, el vehículo arrancó, llevando en su interior un paquete con forma humana, hecho con bolsas negras de basura. Jim había dejado de existir. Y Kelsey y yo también. Al cabo de una semana estábamos viviendo en ciudades diferentes, con nuevos certificados de nacimiento, cortesía de un primo de Burke y de su mujer.

Además, mi benefactor me vendió la moto de mis sueños por un precio de risa le pagué con el fajo de billetes que encontré en la cartera de Jim. Un año después cumplí los dieciocho y lo celebré convirtiéndome en aspirante oficial al club de moteros Devil’s Jacks. Burke estaba tan orgulloso de mí aquel día como si yo hubiera sido su propio hijo.

En cierto modo, creo que lo soy.





Preferí no cambiar todos los nombres de los personajes secundarios porque me hago bola y terminamos confundidos todos 🥲

Iniciamos este tercer libro de la saga antes del segundo porque me apetece así jajajas, me gustaría leerlos asegurense de comentar lo que piensan de estos singulares personajes, besos.

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