Prólogo
El destino era cruel. Jason lo había pensado muchas veces mientras observaba la frase escrita en la piel de su antebrazo derecho. Todos nacían con una. Algunos tenían palabras dulces; otros tenían insultos. Había quienes recibían declaraciones de amor y quienes descubrían que su alma gemela les hablaría sobre el clima. Era impredecible, pero estaba ahí: una promesa grabada en la piel desde el nacimiento, la primera frase que tu alma gemela te diría.
Jason nunca le había prestado demasiada atención. No porque no creyera en ello, simplemente tenía cosas más importantes de las que preocuparse: como los criminales, como los exámenes, como sobrevivir a las discusiones con Bruce, como no morirse en una misión. Aun así, algunas noches, cuando el uniforme estaba guardado y la mansión permanecía en silencio, terminaba mirando las palabras. Las había repasado tantas veces que podría haberlas dibujado con los ojos cerrados. Las repasaba con la punta de los dedos, intentando imaginar una voz, un rostro, una persona. Si sería amable, si sería alguien capaz de soportarlo, si lo miraría y vería algo más que otro chico roto.
Alguien que todavía no conocía. Alguien que, en algún lugar del mundo, llevaba escrita sobre su piel la primera respuesta que Jason le daría. La idea era extrañamente reconfortante, porque significaba que existía alguien destinado a encontrarlo. Alguien que no lo vería como un reemplazo, ni como un error, ni como un niño problemático recogido de la calle. Solo Jason. Nada más.
—¿Otra vez mirando eso?
Jason levantó la cabeza. Dick estaba apoyado contra el marco de la puerta con una sonrisa burlona.
—Vete.
—Qué romántico.
—Te voy a tirar algo.
—Estás obsesionado.
—No lo estoy.
Dick señaló su brazo —Llevas cinco minutos mirándolo.
—Llevo cinco minutos pensando.
—Ajá.
Jason puso los ojos en blanco —. ¿Y tú qué sabes?
—Sé que cuando escuché la frase estuve dos semanas enteras actuando como un idiota.
—Eso no reduce mucho las posibilidades.
—Solo digo que es normal tener curiosidad. —La sonrisa de Dick se volvió más suave—. Todos la tenemos.
Jason bajó la mirada hacia las palabras. Tal vez tenía razón. Tal vez era normal preguntarse quién sería, cómo sería, cuándo la encontraría. Porque tarde o temprano todos encontraban a su alma gemela; era una de las pocas certezas que existían en el mundo. O al menos eso creían. Jason no sabía que apenas le quedaban unos meses de vida. No sabía que moriría antes de escuchar aquellas palabras. No sabía que el destino ya había decidido romper sus propias reglas.
Cuando volvió a abrir los ojos, estaba gritando. El aire quemaba sus pulmones, su corazón latía como si quisiera escapar de su pecho. Todo dolía. Todo. Durante unos segundos ni siquiera comprendió dónde estaba. Luego llegaron los recuerdos: el dolor de la palanca, la risa del Joker, la explosión, el fuego, la oscuridad. Jason se incorporó de golpe, las manos temblándole, respirando con dificultad. Vivo. Contra toda lógica. Contra toda razón. Vivo.
Su mirada cayó sobre su brazo por pura casualidad y entonces se quedó inmóvil. Se frotó la piel con brusquedad, esperando sentir el relieve familiar de las letras, pero sus dedos solo encontraron una superficie suave y vacía. Entró en un pánico sordo, raspando la zona con las uñas, desesperado por encontrar aunque fuera un rastro, una mancha, un indicio de lo que siempre había estado ahí.
—¿Qué demonios...? —murmuró.
La frase había desaparecido. No estaba borrosa, no estaba dañada, no estaba cubierta por cicatrices. Simplemente ya no existía, como si nunca hubiera estado ahí. Jason se quedó observando la piel vacía. Sin entender. Sin querer entender. Porque en el fondo ya sabía lo que significaba: había muerto, y algo se había roto con él. Algo que jamás podría recuperarse.
Pasó días intentando convencerse de que no significaba nada. Semanas. Meses. Pero cada vez que veía las marcas de otras personas, cada vez que escuchaba conversaciones sobre almas gemelas, cada vez que alguien hablaba de destinos y encuentros predestinados... recordaba. Recordaba el espacio vacío sobre su piel. Recordaba que había muerto. Y comprendía que algo dentro de él había quedado atrás. Quizá las almas gemelas estaban hechas para los vivos. No para los cadáveres.
Con el tiempo dejó de pensar en ello. O al menos eso se decía.








