Capítulo 1: El porche vacío
ACTO I: EL ENCUENTRO
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El pueblo de Willow Creek no tenía sauces a pesar de su nombre. Tenía pinos altos y oscuros que flanqueaban las carreteras estrechas como si estuvieran custodiando algo que ya nadie recordaba, y una niebla baja que se quedaba pegada a los techos de las casas incluso cuando el sol ya llevaba horas alto. Margaret Freeman bajó del auto de la mudanza y sintió el aire fresco de la mañana entrar por la sudadera que llevaba puesta. Olía a resina de pino y a tierra húmeda. Un olor limpio, casi demasiado limpio después de Cedar Hollow.
El conductor del camión ya estaba descargando las últimas cajas. Su madre firmaba un papel apoyada contra el capó del auto, con esa postura ligeramente encorvada que adoptaba cuando estaba cansada pero no quería que se notara. Margaret se quedó de pie en la acera, mirando la casa que ahora era suya.
Era una casa de dos pisos con un porche delantero que necesitaba una mano de pintura y un jardín delantero que parecía haber perdido la batalla contra las malas hierbas hacía al menos dos inviernos. Las ventanas del primer piso tenían cortinas viejas que alguien había dejado puestas, de un color beige desvaído que apenas se distinguía de las paredes. No era fea. Solo parecía…
olvidada. Como si la casa hubiera estado esperando a alguien que nunca llegó, y ahora tuviera que conformarse con ellas dos.
—Esto va a estar bien —dijo su madre cuando se acercó a ella. Su voz tenía ese tono que Margaret había aprendido a reconocer: optimismo forzado, como si decir las palabras en voz alta pudiera hacer que se volvieran realidad.
Margaret asintió. No porque creyera que iba a estar bien, sino porque discutir habría requerido más energía de la que tenía. Llevaba tres días con el estómago cerrado y el sueño ligero, como si su cuerpo supiera que algo importante estaba cambiando y se negara a relajarse hasta ver de qué se trataba.
Dentro de la casa, el aire era más frío de lo que esperaba. Olía a madera vieja, a polvo removido y a algo ligeramente dulce que no supo identificar. El suelo de madera crujía bajo sus pies en algunos puntos. Mamá caminó hasta la cocina y abrió la nevera vacía, como si necesitara comprobar que seguía siendo una nevera aunque ya no hubiera nada dentro.
Margaret subió las escaleras despacio. Eligió el cuarto que daba al frente de la casa, el que tenía una ventana grande con un alféizar lo suficientemente ancho como para sentarse. Desde allí se veía la calle, los pinos al fondo y la casa de al lado, casi idéntica a la suya pero
un poco más cuidada. En el porche de esa casa había un chico sentado en el escalón superior.
No estaba haciendo nada en especial. Tenía las piernas largas estiradas, los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en la calle vacía. El sol le daba de lado y le marcaba la línea de la mandíbula y el cuello. El cabello oscuro le caía un poco sobre la frente. No parecía tener más de diecinueve años. Había algo en la forma en que estaba sentado que le llamó la atención a Margaret. No era la postura de alguien que espera con impaciencia. Era la de alguien que ya ha aprendido a esperar sin esperar nada en concreto.
Se quedó mirándolo más tiempo del que pretendía. El chico se pasó una mano por el cabello y suspiró. El sonido no llegó hasta ella, pero lo imaginó. Luego se quedó completamente quieto otra vez, como si el acto de respirar le hubiera costado más de lo que quería admitir.
—Margaret —llamó su madre desde abajo—. ¿Me ayudas con estas cajas de la cocina?
—Ahora voy —respondió ella, sin apartar los ojos de la ventana.
El chico giró ligeramente la cabeza, como si hubiera sentido que alguien lo observaba. Sus miradas no se encontraron porque Margaret estaba detrás del vidrio sucio, pero por un instante tuvo la extraña sensación de
que sí lo habían hecho. Como si algo en el aire entre las dos casas se hubiera tensado durante un segundo y luego se hubiera soltado.
Bajó las escaleras.
Esa primera noche durmió poco. La casa hacía ruidos pequeños y constantes: madera que se asentaba, el viento rozando las ventanas, el crujido de algo en el techo que podía ser una rama o podía ser otra cosa. Eran sonidos normales de una casa vieja. Aun así, Margaret se mantuvo despierta hasta tarde, rodeada de cajas sin abrir, mirando el techo.
Pensó en Cedar Hollow. Pensó en los tres años que había pasado allí. En cómo había aprendido a caminar con la cabeza baja en los pasillos del instituto. En cómo las risas se apagaban cuando ella entraba a un salón. En la forma en que la gente se apartaba un paso cuando pasaba cerca, como si su rareza pudiera contagiarse por el aire. No era por cómo se vestía. No era por cómo hablaba. Era por algo que ella misma no terminaba de entender.
Cosas que veía.
Personas que, para ella, estaban allí, caminando, hablando, existiendo… y que para los demás no estaban. Al principio pensó que era imaginación. Después empezó a callarse. Y después empezó a quedarse sola.
Su madre nunca le había preguntado directamente. Solo la observaba con esa expresión que tenía cuando creía que Margaret no la veía: una mezcla de miedo y culpa, como si supiera algo que su hija aún no alcanzaba a nombrar. Margaret había aprendido a no hacer preguntas. Había aprendido que algunas cosas, cuando se nombran, se vuelven más reales y más difíciles de cargar.
Ahora estaban aquí. En Willow Creek. En esta casa que olía a madera vieja y a posibilidad. Mamá había elegido el lugar porque era pequeño, porque nadie las conocía, porque “un nuevo comienzo” sonaba mejor que “huir otra vez”. Margaret no sabía si creía en los nuevos comienzos. Pero estaba dispuesta a intentarlo, al menos por un tiempo.
Se dio vuelta en la cama y miró hacia la ventana. La casa de al lado tenía una luz encendida en el piso de arriba. El porche estaba a oscuras. El chico ya no estaba allí.
Cerró los ojos y trató de dormir.
A la mañana siguiente, el sol entraba fuerte por la ventana de la cocina. Mamá ya había puesto agua a hervir para el té y había encontrado dos tazas entre las cajas. Margaret se sirvió una y salió al porche con ella entre las manos. El aire estaba fresco y olía a pino y a
tierra húmeda. Se sentó en el escalón superior, en el mismo lugar donde había visto al chico la tarde anterior.
El pueblo estaba quieto. Desde donde estaba podía ver parte de la calle principal que llevaba hacia el centro y, más allá, la silueta oscura de los árboles que rodeaban todo. No había nadie caminando. No pasaba ningún auto. Solo el sonido del viento moviendo las agujas de los pinos.
Hasta que lo hubo.
El chico apareció caminando por la acera de enfrente. Llevaba una camiseta oscura de manga larga y jeans. Caminaba con las manos en los bolsillos, sin prisa pero tampoco con la lentitud de alguien que no tiene adónde ir. Cuando llegó frente a su casa, se detuvo. Miró hacia la puerta principal durante un largo momento, como si esperara que alguien saliera a recibirlo.
Nadie salió.
Entonces subió los escalones del porche y se sentó en el mismo sitio de siempre. El mismo escalón. La misma postura. Como si ese fuera el lugar que le correspondía ocupar mientras esperaba algo que no terminaba de llegar.
Margaret lo observó sin disimulo esta vez. El chico levantó la vista y la vio.
Por un segundo, ninguno de los dos se movió. Luego, muy despacio, él levantó una mano en un saludo pequeño, casi tímido. Como si no estuviera seguro de si ella iba a devolverlo o si preferiría fingir que no lo había visto.
Margaret levantó la suya.
Él no sonrió del todo. Solo inclinó un poco la cabeza, como si ese gesto fuera suficiente por ahora. Después volvió a mirar la calle, pero ya no con la misma expresión de antes. Había algo distinto en su postura. Como si, por primera vez desde que Margaret lo había visto, no estuviera completamente solo esperando.
Se quedó allí un rato más, con la taza de té ya fría entre las manos, sintiendo el sol en la cara y el viento moviendo un mechón de cabello que se le había soltado sobre la mejilla. No sabía quién era ese chico. No sabía por qué estaba siempre en ese porche, esperando algo que parecía no llegar nunca. Pero por primera vez en mucho tiempo, la curiosidad que sintió no vino acompañada de la necesidad de apartarse.
Solo de una sensación pequeña y extraña: la de que algo había comenzado sin que ella hubiera tenido que pedirlo.
Y que, tal vez, esta vez no tendría que cargarlo completamente sola.
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