Prólogo
El dorado por milenios fue reconocido como el color de la gloria y la divinidad.
Miruk, la Arrogancia de la Gloria. Bajó de los cielos a contemplar la desnudez del mundo.
La tranquilidad era inquietante. No existía nada más allá que las plantas.
Se vio envuelto en una soledad ensordecedora de la que se vio obligado a salir rasgando su piel, y de su sangre nacieron los primeros reyes y reinas. A imagen y semejanza suya, pequeñas criaturas que lo alababan y cuidaban de él como lo más preciado.
Aún no había nacido Joseon.
Miruk, la Arrogancia de la Gloria. No vio con buenos ojos que aquellos que había proclamado sus hijos, que eran parte de sí mismo, lo sirvieran.
Eran una extensión de él.
Como tal, necesitaban quien les sirva.
Y fue así, que de las semillas de sésamo, nació la gente de Joseon. Creados con el único fin de adorar y cuidar a Miruk y su descendencia.
Un día, la hija más preciada de Miruk, ascendió al trono de Joseon.
Justa, piadosa y benevolente.
Unió las dos mitades de la creación de su padre.
Su reinado próspero y hasta entonces un ejemplo para las futuras generaciones de reyes, se vio manchado por la desgracia y el dolor.
El hijo menor de la reina, falleció en manos de aquellos que ella recibió en su casa.
Los gritos inundaron el palacio que alguna vez fue un lugar seguro.
El cielo lloró con ella su pérdida.
Se tomaron decisiones para proteger a su señora, disfrazados de corderos, la aislaron del mundo. Tomando así el control sobre el pueblo.
Culpado y hecho a un lado. El pueblo perdió la gracia de Miruk.
Aquellos dones utilizados para venerarlo, fueron prohibidos.
Y la gente se fue olvidando.
Dejó de bailar, cantar y alabar.
Sumidos en el gris del nuevo Joseon.
La realeza fue manchada y la podredumbre corrompió su corazón.
Miruk, la Arrogancia de la Gloria. Subió a los cielos, prometiendo vengar el dolor de su hija más querida.
La reina hundida en su dolor, pidió ir con él. Dejando atrás todo lo que la ataba al mundo terrenal.
Como último acto de amor mezclado con amargura, Miruk, dejó una balanza en la tierra.
Justa y ecuánime.
Una vez la corrupción y los males hayan envenenado a la gente de Joseon, esta se inclinará y castigará a la humanidad.
Solo si logran equilibrar la balanza Miruk bajará del cielo, dará un veredicto final.
Pero existe un riesgo.
Los corruptos no quieren que la balanza se equilibre, quieren mover los hilos a su favor.
Dos niños, nacidos el mismo año, bajo la misma cuna.
Pero criados de maneras tan distintas.
Las sombras y los miedos formaron parte de sus vidas y la angustia bañada en dolor fue el bálsamo que la vida tuvo para darles.
Los ministros y la élite quieren destruirlos.
Destinados a encontrarse.
Forjarán su camino a base de sacrificios.
Y solo ahí se sabrá si su esfuerzo habrá valido la pena.







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