Perdóname by Rose Callahan at Inkitt
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Perdóname

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Summary

Luana lleva ocho años tratando de olvidar a Valentino, el único hombre que la marcó para siempre. Cuando el destino los vuelve a cruzar en un taxi de Lima, todo lo que creía enterrado —el amor, la culpa, las viejas heridas— vuelve a la superficie de golpe. Hay un problema: Valentino está casado, y su esposa atraviesa una enfermedad que lo ata a una promesa que no puede romper. Entre la lealtad y un amor que nunca se apagó, Luana deberá enfrentar no solo lo que siente por él, sino los fantasmas de su propio pasado: una ruptura que nunca terminó de entender, un amigo incondicional que siempre estuvo ahí, y recuerdos que empiezan a no encajar del todo. Porque el corazón de Luana guarda secretos incluso para ella misma. Y a veces, perdonar a otros es más fácil que perdonarse a una misma. Una historia de amores imposibles, lealtades puestas a prueba y la pregunta que la persigue desde niña: ¿qué pasa cuando no puedes confiar ni en tus propios recuerdos?

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 - Ecos del pasado

Ese día había salido más temprano de lo acostumbrado. El sol estaba radiante y el cielo azul era perfecto; no hacía ni calor ni frío. Miró su celular mientras esperaba que llegara el transporte que solicitó mediante el aplicativo.

Una sonrisa iluminó su rostro; se sentía feliz. Tenía un buen trabajo, la paga era estupenda y como profesional era muy reconocida; su reputación iba en aumento. Tenía cinco años trabajando para L & V Ingenieros y todo había marchado sobre ruedas, excepto en el amor. En esa área estaba en una sequía monumental; no tenía tiempo ni ganas de conseguir una pareja.

Miró su viejo reloj Tank de Cartier en la muñeca derecha y la sonrisa desapareció de su rostro. Era lo único que le quedaba de aquella época oscura de su vida, que había guardado a cal y canto en un rincón de su mente. Muchas veces intentó deshacerse de esa pieza, pero no pudo. Había demasiada historia en ella, demasiados momentos felices que valía la pena guardar en el recuerdo, pero también muchas malas decisiones. Golpeó con la planta del pie varias veces el suelo; se sentía incómoda, tenía una especie de presentimiento. Tal vez debió quedarse en casa.

Una notificación en el celular interrumpió sus pensamientos y una maldición salió de su boca: el conductor de InDrive había cancelado el servicio. Su cara mostró un pequeño rictus de enojo. Mientras seguía intentando conseguir nuevamente el transporte, el celular se congeló y no le permitió ver el número de la placa del conductor que había aceptado el servicio. No había manera de que volviera a funcionar sin reiniciarse.

Levantó la vista y un auto negro venía en dirección de norte a sur; empezó a reducir la marcha y se detuvo frente a ella.

—¿Luana? —preguntaron, mientras que su teléfono terminaba de reiniciarse y volvía a estar en funcionamiento.

Su celular vibró en el momento en que ella miraba el auto detenido frente a ella. Era negro, dijeron su nombre... por supuesto que era el taxi del aplicativo. Sin pensarlo más, tomó la manija de la puerta mientras contestaba la llamada.

—Nico, sí, ya te dije temprano que todo estaba terminado; los bocetos están en la laptop y hay una copia de seguridad en el cajón de mi escritorio.

Del otro lado de la línea, la voz risueña de un hombre se dejó escuchar:

—Cielo, necesito que me envíes el mail con los datos de los Sres. Ugarte, me urge… Tengo la presentación en media hora, córrele, nena.

—Espera, dame un minuto en lo que ubico la información.

Luana abrió la portezuela del asiento delantero de la movilidad y se subió sin quitar la vista del celular, que estaba en altavoz para mayor comodidad.

—Nico, espera, no cuelgues, estoy buscando el dato que me pediste… Aguarda un momento. Acabo de subir al taxi.

Dejó de hablar con su amigo por un momento y se dirigió al chofer:

—Señor, ¿en cuánto tiempo llegaremos a San Isidro? —habló mientras su vista no se despegaba del celular y enviaba los datos solicitados por WhatsApp.

—Unos cuarenta y cinco minutos si no hay mucho tráfico —contestó el hombre mientras la observaba con detenimiento.

Esa voz le parecía conocida, pero no, era imposible... no podía ser él… «Además, ¿cómo? ¡Si él tenía su propia empresa! No, por Dios, es totalmente ilógico que fuera él», se dijo, y levantó la vista.

Su cuerpo tembló de pies a cabeza de manera imperceptible; habría esperado cualquier cosa, pero no lo que tenía frente a sus ojos. Trató de disimular su nerviosismo y lo saludó, intentando parecer indiferente mientras presionaba enviar y en modo automático colgaba la llamada.

—Hola, Valentino —pronunció cortante, con el timbre de voz que usaba para los clientes.

—Qué tal, Lu, ¿cómo has estado? —respondió él con una sonrisa que le iluminaba el rostro, mientras avanzaba por la avenida y miraba de reojo como ella se sonrojaba como si fuera una colegiala, al mismo tiempo que trataba de aparentar que su presencia no la estaba afectando.

El corazón de Luana latía con fuerza. Se podría decir que, si estuvieran en una habitación vacía, el latido se escucharía nítidamente. Se emocionó; él aún recordaba cómo la llamaba, y habían pasado ocho años desde la última vez que habían hablado. Cerró los ojos de manera inconsciente.

—¿Te pasa algo? —preguntó Valentino—. Tú nunca has sido de las que se quedan calladas; es más, diría yo, muchas veces había que taparte la boca para que te callaras.

—Por favor, Tino, qué cosas dices —comentó mientras el sonrojo calentaba su piel al darse cuenta como lo había llamado—. Además, ¿quién recuerda eso a estas alturas?

—Yo, yo las recuerdo —replicó él mientras la miraba—. Yo creo que fueron los ratones —dijo mientras esquivaba un auto.

—¿Los ratones qué?

—Los que te comieron la lengua; sigues callada desde hace un buen rato —bromeó él mientras se detenía por culpa de un semáforo.

—No digas eso, en verdad no me pasa nada; pero cuéntame, ¿cómo te ha ido? —preguntó Luana mientras miraba distraída por la ventanilla del auto, tratando de mantener una conversación superflua para que él no siguiera molestando.

—Muy bien, no puedo quejarme. Ya sabes, tengo dos hijas que son mi debilidad, un buen negocio… Pero tú, por lo visto, le huyes al matrimonio, ¿no? ¿Nunca piensas casarte?

—No seas malo, lo que pasa es que aún no encuentro a nadie que me ame como yo quiero.

—¿De verdad aún no lo encuentras? —preguntó curioso Valentino.

—Sí —dijo ella mientras volvía a sonrojarse y volteaba la mirada hacia el exterior del auto.

Todo quedó en silencio por un momento; solo el sonido de sus respiraciones se dejaba escuchar. Cuando ella creía que esa sería toda la conversación, él volvió a la carga con sus preguntas.

—¿En realidad crees que el amor aún no ha llegado a tu vida?

—Sí —susurró ella, mientras su mente recordaba los maravillosos momentos que habían compartido juntos. «Calma —se dijo a sí misma—, pronto llegaremos y todo será como si nunca hubiera sucedido». «Pero sucedió», le dijo una vocecita en su cabeza, esa vocecita que a veces la molestaba cuando hacía algo mal. «¿Y si me bajo? ¿Si le digo a Nico que me llame y que me mande a otro lado? Pero tendría que decirle lo que está pasando. ¿Y si le digo que el conductor es sospechoso? No, no le puedo decir eso, es capaz de llamar a la policía».

Y mientras su mente se debatía entre qué hacer y qué no hacer, un suspiro salió de ella sin que lo pudiera controlar. La verdad es que tal vez ellos habrían podido ser felices, pero las circunstancias, unidas a las personalidades contradictorias de cada uno, los hicieron fracasar como pareja. Eso era un hecho; no se podía luchar contra la realidad.

Él tenía un lado muy sobreprotector: la trataba como a una muñeca de porcelana, frágil. Muchas veces ella le había dicho que, si por él fuera, la pondría en una burbuja para que nadie la tocara; siempre quería ser partícipe de sus decisiones. Ella, en ese momento, atravesaba una etapa de rebeldía e inmadurez; pensaba que la vida solo se había hecho para divertirse sin pensar en el mañana y odiaba sentirse atada a una relación tan absorbente.

—Sabes —dijo de pronto Valentino— yo nunca pude olvidarte.

Un frío intenso recorrió su cuerpo; de manera automática, se giró hacia él mientras su corazón parecía quedarse quieto: asustado, emocionado. Nunca creyó que él diría eso. De pronto, su corazón pareció volverse loco; empezó a latir con fuerza, como si quisiera recuperar los movimientos que no había dado en esa milésima de segundo en la que se había detenido. Tomó la manija de la puerta de manera inconsciente, intentando abrirla, pero la curiosidad y por qué no, un poco de vanidad, se lo impidieron. Quería saber hasta qué punto él la recordaba; quería sentir su ego elevarse. Además, sentía una pequeña emoción al saber que él no había podido olvidarla.

De pronto, reflexionó para sí misma: «¿Y si él me está mintiendo? ¿Y si se está burlando de mí? Después de todo, terminé la relación; le pedí que nos diéramos un tiempo».

—No te burles de mí —respondió seriamente Luana.

—Pero no me estoy burlando, pequeña.

Al escuchar ser llamada así después de tanto tiempo, sintió un estremecimiento interno unido a la nostalgia por los viejos tiempos. Le hubiera gustado ser más liberal y seguirle el juego, pero ella tenía una moral inquebrantable... o al menos eso era lo que siempre se exigía.

«Gracias a Dios —pensaba ella mientras se daba cuenta de por dónde estaban— ya estoy por llegar a mi trabajo y sé que este incidente no pasará de ser una simple bobería. Nada de esto volverá a ocurrir».

—Oye, oye, detente aquí, ya llegamos —aclaró Luana.

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