Americano
El verano de Seúl no tenía piedad. Apenas se bajó del taxi frente al imponente edificio de concreto industrial en Seongsu-dong, River sintió que el aire caliente de la tarde se le pegaba a la piel como una segunda ropa. Venir desde Estados Unidos con una beca completa para la compañía de danza contemporánea más prestigiosa de Corea era un sueño, pero el clima de julio parecía dispuesto a derretir sus expectativas.
Cargó su mochila al hombro y entró al vestíbulo. El diseño interior era minimalista, frío y elegante, con paredes de cemento pulido y enormes espejos. Sin embargo, la frescura del recibidor desapareció en cuanto subió al piso de los estudios principales.
—Llegas a tiempo, River —dijo una voz firme y con un inglés perfecto.
Dakota, la implacable directora de la compañía, caminaba hacia él con pasos decididos y una tableta digital en las manos. Era una mujer madura, de mirada afilada, que vestía un traje sastre impecable a pesar del calor. No había espacio para las cortesías innecesarias en su mundo.
—Gracias por recibirme, directora —respondió River, haciendo una pequeña reverencia inclinando la cabeza.
—Ahorra tus energías para el suelo de madera. Ven, el equipo ya está en el estudio principal. La pieza vanguardista de esta temporada es compleja, y no suelo darle segundas oportunidades a los extranjeros si no dan la talla.
Dakota se dio la vuelta y River la siguió. El pasillo se volvía cada vez más caluroso a medida que se acercaban al fondo del edificio. Al entrar al estudio, el panorama lo dejó sin aliento. El salón era enorme, con ventanales que daban a los techos de la ciudad, pero lo que realmente llamó su atención fue el silencio y la tensión que se respiraba en el aire.
—Atención a todos —anunció Dakota, atrayendo las miradas de los pocos bailarines presentes—. Este es River, el nuevo becario de intercambio de Nueva York. Se integrará de inmediato al trío principal para la coreografía de exhibición.
Al fondo, apoyado contra la barra de ballet, se encontraba Saiz. Su sola presencia imponía respeto. Tenía el cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás, los brazos cruzados sobre el pecho y unos ojos que recorrieron a River de arriba abajo con una frialdad analítica que lo hizo estremecer. Para Saiz, River no era más que un elemento nuevo que debía encajar a la perfección en su engranaje, o ser desechado.
En el centro del salón, sentado directamente en el suelo de madera, estaba Jinn. Su postura era todo lo contrario a la rigidez de Saiz. Llevaba una camiseta blanca holgada que dejaba ver sus clavículas y el cabello largo y sedoso le caía un poco sobre los ojos. Cuando escuchó el nombre de River, Jinn levantó la mirada y una sonrisa lenta, provocativa y cargada de curiosidad se dibujó en sus labios. Sus ojos brillaron con el instinto de un depredador que acaba de encontrar un juguete interesante.
—Bienvenido, americano —murmuró Jinn, estirando sus largas piernas con gracia.
Saiz no dijo una sola palabra. Solo asintió levemente hacia Dakota, manteniendo sus ojos fijos en la postura de River, evaluando el ancho de sus hombros y la línea de su cuello.
—El aire acondicionado se descompuso esta mañana —advirtió Dakota, revisando su reloj—. El técnico vendrá mañana, pero no podemos perder un solo día. Empiecen con el primer bloque de inmediato. Camila, tú supervisarás desde la línea lateral los tiempos musicales junto a mí.
Camila, una de las bailarinas más competitivas de la compañía, se levantó del suelo de mala gana. Tenía una mirada cargada de resentimiento. Había estado audicionando para ocupar un lugar central en esa coreografía, y ver que un chico recién llegado de Estados Unidos tomaba el puesto la llenaba de rabia. Pasó junto a River simulando una sonrisa amable, pero sus ojos destilaban veneno.
—Suerte, vas a la necesitar con ellos dos —susurró Camila al pasar por su lado, antes de colocarse junto a la mesa de sonido.
Dakota dio la señal y los tres chicos se posicionaron en el centro del salón. Sin el aire acondicionado, el estudio se sentía como un invernadero. La temperatura subía a cada minuto y la luz dorada del sol de la tarde golpeaba directamente los espejos, creando un ambiente sofocante.
—Posición de inicio —ordenó Saiz con una voz grave y autoritaria que resonó en todo el salón.
River se colocó en medio de ambos. La música, un ritmo lento de danza contemporánea mezclado con beats electrónicos pesados y sensuales, comenzó a sonar. Era la melodía de un juego de seducción y poder.
Al principio, el ensayo fue puramente técnico, pero el calor de Seúl no tardó en hacer de las suyas. En cuestión de minutos, las camisetas de los tres comenzaron a pegarse a sus cuerpos debido al sudor. La piel de River brillaba bajo las luces del techo y su respiración empezó a acelerarse, no solo por el esfuerzo físico, sino por la abrumadora cercanía de los otros dos hombres.
La coreografía exigía un contacto físico constante y crudo. En la primera secuencia de giros, Saiz avanzó desde atrás. Su cuerpo, firme y musculoso, impactó directamente contra la espalda de River para guiarlo en un movimiento de cadera. La mano de Saiz, grande y caliente, se posó con firmeza sobre la cintura descubierta de River, presionando con una fuerza que iba más allá de una simple corrección de baile.
—Estás demasiado tenso —le susurró Saiz al oído, su aliento caliente rozando la piel sensible de su cuello—. Sigue mi ritmo. No me hagas perder el tiempo.
River soltó un leve gemido de sorpresa que afortunadamente la música amortiguó. El agarre de Saiz era posesivo, dominante. Podía sentir el pecho sudoroso del bailarín principal subiendo y bajando contra su propia espalda, transmitiéndole un calor abrasador.
Antes de que pudiera procesarlo, la dinámica de la coreografía lo empujó hacia el frente, directamente hacia los brazos de Jinn.
Jinn lo recibió con una energía completamente diferente, pero igual de peligrosa. Sus movimientos eran fluidos, casi teatrales. Atrapó a River por las manos, entrelazando sus dedos húmedos por el sudor. Jinn se inclinó hacia adelante, obligando a River a arquear la espalda hacia atrás. El cabello de Jinn rozó las mejillas de River y sus rostros quedaron a escasos centímetros de distancia.
Los ojos de Jinn estaban fijos en los labios de River, encendidos por una mezcla de diversión y deseo evidente. Con un movimiento rápido y ágil, Jinn pasó su pierna entre las de River, rompiendo toda distancia personal mientras sus torsos sudorosos se frotaban de arriba abajo con el compás de la música. El roce de la tela mojada y el calor de sus pieles conectadas generaron una chispa eléctrica en el estómago de River.
—Vaya... Dakota no mintió. Tienes un ritmo delicioso, mi bello ángel —provocó Jinn en un susurro ronco, recorriendo con la mirada el pecho agitado de River.
Desde el fondo del espejo, la mirada de Saiz se oscureció al ver la confianza con la que Jinn envolvía al nuevo becario. Saiz dio un paso al frente, rompiendo la formación original de la coreografía para interponerse entre ambos, reclamando el control del espacio y forzando a River a girar nuevamente hacia sus brazos.
La tensión en el estudio se volvió tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Ya no era solo un ensayo; era una lucha silenciosa por ver quién dominaba el cuerpo y la atención del chico nuevo. River se sentía atrapado en medio de una marea de calor, sudor y hormonas. Cada vez que Saiz lo tocaba de manera firme y dominante, su cuerpo respondía con un escalofrío; y cada vez que Jinn lo envolvía con su sensualidad descarada, el pulso se le disparaba.
—¡Pausa! —interrumpió la voz de Dakota desde la mesa de control—. Tienen la energía correcta, pero los tiempos del segundo bloque se están perdiendo por exceso de improvisación. Tómense diez minutos para hidratarse y regresamos.
La música se detuvo, dejando únicamente el sonido de las respiraciones agitadas de los tres muchachos en medio del silencioso calor del salón.
River se alejó un par de pasos, frotándose el rostro con el dorso de la mano, tratando de recuperar el aire y el control de sus propios pensamientos. Su cuerpo entero vibraba por el roce constante.
Viendo la oportunidad, Camila se despegó de la pared con una botella de agua fría en la mano y se acercó directamente a River, ignorando por completo a los otros dos.
—Oye, River, estuviste genial para ser tu primer día —dijo Camila con una voz falsamente dulce, extendiéndole la botella mientras se inclinaba un poco hacia él, buscando llamar su atención—. El verano aquí es terrible y Saiz suele ser un ogro con los nuevos. Si quieres, puedo mostrarte los alrededores de la academia saliendo del ensayo. Hay un café muy bueno aquí cerca.
River, agotado y sediento, estiró la mano para aceptar el agua.
—Gracias, de verdad lo necesi...
Antes de que pudiera terminar la frase o tocar la botella, una mano larga y firme se interpuso bruscamente en el aire, arrebatándole la botella a Camila con un movimiento seco.
Era Jinn.
Su expresión divertida había desaparecido por completo, reemplazada por una mirada fría y penetrante que hizo que Camila diera un paso atrás. Jinn destapó la botella con una sola mano y se la entregó directamente a River, pero sus ojos se mantuvieron fijos en la bailarina, marcando una línea invisible que nadie debía cruzar.
—El americano está bajo nuestra responsabilidad, Camila —dijo Jinn con una voz inusualmente baja y posesiva, que mandó un mensaje muy claro—. No necesita que lo distraigas. Ocúpate de tus propias notas musicales.
Camila abrió la boca, indignada, pero al mirar hacia atrás vio a Saiz observando la escena desde las sombras del fondo del salón. Saiz no intervino, pero su mirada fría apoyaba por completo las palabras de Jinn. Al verse acorralada por la imponente presencia de ambos hombres, Camila soltó un bufido de frustración, dio media vuelta y regresó junto a Dakota con paso furioso.
River se quedó congelado, sosteniendo la botella de agua fría entre sus manos temblorosas. Miró a Jinn, quien volvió a sonreírle con esa calidez peligrosa y provocativa, y luego miró a Saiz a través del espejo, quien mantenía sus ojos clavados en él como si ya supiera exactamente todo lo que iba a pasar en ese estudio.
El verano en Seúl acababa de empezar, el aire acondicionado seguía roto, y River supo en ese instante que su burbuja de tranquilidad se había reventado para siempre. Estaba atrapado entre dos fuerzas salvajes, y lo peor de todo era que su propio cuerpo deseaba desesperadamente volver a bailar con ellos.
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