TURISTAS.
Tromsø, Noruega — Noviembre de 1993
—Antes de irte, lava las tazas.
La voz del dueño resonó desde el fondo de la librería mientras acomodaba unos estantes.
—Ya lo hice ayer —respondió Namjoon desde el mostrador, sin levantar la vista de la revista que hojeaba.
Solo se escuchaba el crujido de la madera vieja bajo las pisadas. El silencio entre ambos era cómodo.
Rutinario.
—Sí, pero yo arreglé las postales y las guías hoy —replicó el hombre.
Namjoon suspiró y asintió lentamente sin dejar de ver la revista.
—Bien.
— Me iré temprano hoy.— anunció.— Y deja esto, son para los clientes.
Dijo tomando la revista de las manos de Namjoon para ponerla en su lugar.
El tiempo pasaba lento y pesado. Afuera, la luz del verano se rendía poco a poco.
Y el cielo se teñía de un azul profundo que pronto se volvería una rutina. La noche polar estaba llegando, y con ella, ese peso familiar que Namjoon detestaba.
Miró el reloj de pared por enésima vez. Faltaban pocos minutos para cerrar. La librec solía quedarse vacía a esa hora.
Se dirigió a la pequeña cocina y maldijo por lo bajo al ver las tazas apiladas de forma precaria. Un movimiento en falso y todas caerían.
—Sería más fácil si solo usáramos vasos desechables… —murmuró para sí mismo.
Se arremangó el suéter, se puso los guantes de látex y comenzó a lavarlas con cuidado, el agua caliente contrastando con el frío que se filtraba por las rendijas de la ventana.
Estaba terminando cuando la campanilla de la puerta sonó.
Salió secándose las manos con el delantal, el cabello negro ligeramente revuelto y gotas de agua aún cayendo de sus guantes.
Era un joven alto, bien abrigado con varias capas de ropa que gritaban “extranjero”. Sacudió la nieve de sus hombros con un movimiento despreocupado, casi alegre, como si el invierno fuera un inconveniente menor.
—Hola… ¿todavía está abierto? —preguntó en un inglés torpe, con acento marcado.
Namjoon miró el reloj y asintió.
—Cinco minutos más. ¿En qué puedo ayudarte?
El chico sonrió, una sonrisa amplia y llena de vida.
—Postales. Y… ¿tienes libros sobre el invierno aquí?
Namjoon arrugó ligeramente la nariz, se quitó los guantes y señaló.
—Los libros están al fondo, junto a las enciclopedias. Las postales están a tu izquierda.
El joven asintió con entusiasmo y se dirigió directamente al exhibidor de postales. Mientras tanto, Namjoon volvió a la cocina refunfuñando en voz baja.
—Genial… no solo trajo nieve adentro, sino que ahora tengo que esperarlo.
Terminó de enjuagar las últimas tazas, apagó las luces de la cocina y regresó al mostrador. El chico seguía allí, concentrado. Pasando postal por postal.
—Solo llevaré estas tres —dijo, colocando las postales sobre el mostrador.
Namjoon las registró, mordiéndose el labio inferior para no sonreír por el inglés torpe.
Después, el chico sacó un bolígrafo y empezó a escribir en una de las postales. Namjoon alcanzó a ver las letras coreanas.
—¿Escribes a tu familia? —preguntó en coreano, sin poder contenerse.
El joven levantó la cabeza de golpe, sorprendido. Sus ojos se iluminaron.
—Mi mejor amigo —respondió en un coreano perfecto y suave—. Le prometí que le escribiría en cuanto llegara.
Namjoon asintió varias veces, un poco descolocado por la familiaridad repentina de su idioma materno.
—Ojalá le llegue pronto.
El chico lo miró con curiosidad.
—¿Tú… también viniste de viaje?
—¿Yo? No. Vivo aquí desde hace unos años. Mi madre se casó con un noruego y…
Hubo un breve silencio. Namjoon se encogió de hombros.
—¿Y tú? ¿Viniste desde Corea?
El joven negó con la cabeza, sonriendo.
—Vengo de Australia pero nací en Corea. Y mi inglés es un asco.
Namjoon soltó una risa baja, casi involuntaria. Y nego con la cabeza.
—No pasa nada. Casi no me di cuenta.— mintió con suavidad.
—Me llamo Seokjin.— mencionó mientras se movia a pagar las postales.
—Namjoon.— sonrió con amabilidad.
Namjoon cobró en efectivo y le entregó el cambio.
—Gracias —dijo Seokjin, guardándose las postales con cuidado en el bolsillo interno del abrigo—. Y perdón por hacerte esperar a punto de cerrar.
—No hay problema — musitó manteniendo una pequeña sonrisa. Aunque en realidad sí le molestaba un poco, pero la novedad de hablar coreano con un desconocido en Tromsø compensaba el retraso.
Seokjin se quedó un segundo más de lo necesario frente al mostrador, como si quisiera decir algo más. Al final solo sonrió.
—Espero vernos de nuevo.
Namjoon asintió sin comprometerse demasiado.
—Está abierto casi todos los días.
Con una última inclinación de cabeza, Seokjin se ajustó la bufanda roja y salió.
La campanilla sonó de nuevo y el frío entró como una cuchillada por unos segundos. Namjoon lo vio alejarse a través del vidrio empañado: una figura alta caminando bajo la farola, la bufanda ondeando con el viento helado.
Luego hubo un silencio. Namjoon soltó un largo suspiro y se pasó la mano por la cara.
Apagó las luces principales, dejando solo la lámpara tenue detrás del mostrador. Contóel dinero de la caja y luego la cerróbajo llave, revisó que las tazas estuvieran bien colocadas esta vez y salió a barrer la nieve que Seokjin había dejado caer cerca de la entrada.
—Turistas.— habló en su soledad. Con una mezcla de fastidio y algo más suave.
Cuando todo estuvo en orden, se puso un pesado abrigo negro, la bufanda y los guantes. Apagó la última luz y cerró la puerta con llave.
El frío lo golpeó de lleno. Era un frío seco, cortante, que se metía hasta los huesos. El cielo estaba completamente azul oscuro, sin una sola estrella visible esa noche. Ni rastro de auroras. Solo el cielo despejado.
Caminó por las calles casi vacías de Tromsø.
Sus botas crujían sobre la nieve compacta. Las luces de las farolas proyectaban círculos amarillos aislados, como pequeños refugios en medio de la nada. Namjoon metió las manos en los bolsillos y encorvó los hombros para esconder su nariz.
Otro invierno más.
Pensó en cómo, dentro de pocas semanas, el sol dejaría de salir por completo.
Había días que eran solo una débil penumbra entre las 11 de la mañana y las 2 de la tarde, y luego otra vez la noche eterna. Sabía que la depresión estacional ya empezaba a arrastrarlo: la falta de energía, las ganas de no salir de la cama, la sensación de que todo era inútil.
Era como si su cuerpo lo supiera antes que él.
Llegó a su pequeño apartamento en un edificio modesto a veinte minutos de la librería. Subió las escaleras con pesadez, abrió la puerta y fue recibido por el silencio y el frío que nunca terminaba de irse del todo, a pesar de la calefacción.
Se quitó las botas, colgó el abrigo en el perchero y fue directo a la cocina. En silencio, para no despertar a su madre y padrastro.
No habia nada para cenar. Asi que solo se sirvió un té y miró por la ventana. Nada. Solo oscuridad.
Después de ducharse con agua lo más caliente posible, se metió en la cama. La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por la luz naranja de una lamparita de noche. Se quedó mirando el techo, con las manos cruzadas sobre el estómago.
“Otro invierno”, repitió en su mente.
Se giró a la mesa de noche y marcó su alarma a las siete.
Cerró los ojos, pero el sueño tardó en llegar.
Por alguna razón, no dejaba de pensar en el turista de hacia un rato.
—Me hace daño pensar en Corea.— susurró a la nada y abrazó su almohada.








