PRÓLOGO
Hospital Psiquiátrico Rodheen 1978
DEAN
El eco de una pelota de baloncesto golpeando el cemento agrietado llega amortiguado por el doble acristalamiento del comedor.
Observo la escena con una mirada gélida; me he asegurado de vaciarla de cualquier rastro de humanidad.
Afuera, los chicos del pabellón
A los medianamente estables corren y ríen.
Desde aquí parecen figuras de cartón en una obra de teatro sin sentido.
Mis ojos no son más que dos cristales inexpresivos que reflejan la luz fluorescente y la desesperanza de este lugar. No siento envidia por los que están fuera, ni pena por los que estamos dentro. No siento nada.
Me concentro en mi bandeja de plástico: ensalada rancia y un trozo de pollo que sospecho sintético. Es el «menú del mudo», el castigo diario por no colaborar con los doctores.
El estrépito de una bandeja chocando contra la mesa de fórmica rompe mi concentración. Siento una punzada de rabia.
Mi rincón es sagrado; nadie se sienta aquí. Nadie se atreve.
Levanto la vista con lentitud. Un tipo castaño de ojos verdes claros, de mi misma edad pero algo más bajo, me sonríe con suficiencia. Tiene hombros anchos y la postura de quien no teme a nada.
Se llama Damon.
Miro su rostro y luego regreso la vista a la ventana, como si él no existiera. Él es nuevo, pero ya tiene reputación. No es un santo; está aquí por reventar la cabeza de dos chicos con un bate de béisbol.
Supongo que por eso cree tener derecho a invadir mi territorio.
Frunzo el ceño de forma imperceptible.
Este imbécil no sabe que se ha sentado con el monstruo oficial del pabellón. Él mató a dos desconocidos en un ataque de furia; yo masacré a mi propia familia a los catorce años. Mi marca es mucho más oscura que la suya.
Haciendo honor a mi apodo, permanezco inmóvil. Soy una estatua de piel pálida dejando que la tensión espese el aire entre nosotros. Él no parece intimidado; al contrario, su sonrisa se ensancha.
—Me llamo Damon —dice, extendiendo la mano con una confianza irritante.
No me muevo. Ni siquiera parpadeo. Sus ojos buscan desesperadamente una grieta en los míos, un destello de rabia o miedo, pero solo encuentran cristal.
Bajo la vista, ignorando su gesto. Hundo la cuchara en la ensalada y me la llevo a la boca con una lentitud deliberada, como si estuviera solo en el mundo.
Él retira la mano, pero no me quita la vista de encima. Empieza a masticar su comida con una calma que me crispa los nervios.
—Entiendo —suelta con la boca a medio llenar y una risita seca-. Tienes una reputación que mantener.
Alzo la mirada y la clavo en la suya. No hay gestos, solo el peso de mi silencio chocando contra su arrogancia. Me sostiene el duelo visual un segundo más de lo que cualquiera se atrevería, hasta que una sombra masiva se proyecta sobre la mesa.
—Lárguense de aquí. Los dos.
Es John, el autoproclamado uno de los veteranos de este vertedero. Un trastorno bipolar lo convierte en una bestia impredecible de cien kilos de músculo y odio. Se planta frente a nosotros con los brazos cruzados, bloqueando la escasa luz natural. Damon ni se inmuta, pero yo siento que el aire en mis pulmones se vuelve eléctrico.
—Esta mesa es de los veteranos, fenómenos —escupe, inclinándose hacia mí. Su aliento apesta a café rancio y tabaco—. ¿Qué pasa? ¿Te comieron la lengua en el juicio o te da vergüenza hablar después de lo que le hiciste a tu familia?
El comedor se sume en un silencio sepulcral. Los internos contienen el aliento. Él suelta una carcajada ronca que me vibra en los huesos.
—Mírenlo. El gran monstruo. El asesino de mamá y papá.
Él agarra mi bandeja y, con un movimiento violento, me la estampa en el pecho. La ensalada y el puré resbalan por mi uniforme gris. El impacto del plástico contra mi cuerpo es el detonante.
Algo en mi interior, un resorte tensado al límite durante años, se rompe.
No necesito gritar. Me lanzo sobre la mesa con una velocidad que lo deja gélido. Mis manos se cierran sobre él mientras lo tacleo, llevándolo contra el suelo de azulejos amarillentos.
Siento sus costillas crujir bajo mi peso. Le suelto un puñetazo en la mandíbula que suena a madera astillada. La rabia es ciega, es roja; es lo único que me hace sentir vivo.
Pero John es más grande y aquí nadie pelea limpio. Mientras intento asfixiarlo, diviso un destello metálico en su mano derecha: una tapa de lata afilada y oxidada.
Antes de que pueda reaccionar, siento el tajo gélido. El metal me rasga la piel desde el nacimiento del pelo hasta la mejilla, partiendo mi ceja izquierda en dos. La sangre, caliente y espesa, brota al instante, inundándome el ojo y tiñendo mi visión de carmesí.
Suelto un quejido sordo, el primer sonido que sale de mi garganta en años. Los guardias irrumpen con las cachiporras en alto y me arrastran por el suelo, pero mis ojos, ahora manchados de rojo, no dejan de mirar a John.
La herida arde, pero mi silencio sigue intacto. Ahora tengo una marca que le grita al mundo exactamente lo que soy: un monstruo que no tiene nada que perder.








