24h Sauna | Calm Version | Kpop Demon Hunters by jelly at Inkitt
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24h Sauna | Calm Version | Kpop Demon Hunters

Summary

Después de una agotadora presentación, Zoey y Mira vuelven a su ritual secreto: el sauna. Allí no hay focos, ni fans, ni ensayos… solo vapor, miradas largas y palabras que sobran.

Genre
Erotica
Author
jelly
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo Unico

Después del concierto, todo se volvía más silencioso. El maquillaje empezaba a correrse, la ropa pesaba con el sudor seco, y las luces ya no eran tan brillantes.

Era ese momento donde el cuerpo pedía descanso… pero a veces, también pedía otra cosa.

—Voy al sauna —dijo Zoey, alzando los brazos con un suspiro, mientras caminaba descalza por el vestidor.

—¿Otra vez? —bufó Rumi desde el sillón, medio dormida mientras se desabrochaba las botas—. ¿No se aburren?

Zoey la miró sin perder la sonrisa. Esa sonrisa que se le escapaba solo cuando sabía que algo bueno venía después.

—Es tradición.

—Es vicio, más bien —murmuró Rumi, rodando los ojos.

Mira, que se quitaba los aros frente al espejo, habló sin girarse.

—Rumi, si no vas a venir, no critiques. Esto no es para cualquiera.

Zoey soltó una risita baja. Casi cómplice.

Rumi chasqueó la lengua, sin insistir más. Ya sabía cómo iba eso.

Y en el fondo… sabía que entre Zoey y Mira, ese "ritual" significaba algo más.

---

El sauna era privado. Exclusivo para artistas. Un espacio donde nadie podía entrar sin autorización.

Allí no existían cámaras, ni fans, ni tensiones externas. Solo vapor, silencio… y el tipo de intimidad que no podía fingirse.

Ambas entraron en toallas blancas, el cabello todavía húmedo después de ducharse. La habitación estaba cargada de calor húmedo y aromas de eucalipto.

El banco de madera crujió apenas cuando se sentaron. Mira eligió el nivel medio. Zoey, como siempre, subió un poco más arriba.

La respiración se volvía pesada con el vapor. El sudor les cubría la piel lentamente. Ninguna hablaba. Y sin embargo, lo decían todo.

Zoey bajó la vista.

La forma en que Mira cruzaba las piernas, el desliz casi accidental de la toalla en su muslo... Era imposible no notarlo. Era imposible no imaginar.

Y Mira... sabía que la estaba mirando.

No dijeron nada. Zoey no apartó la mirada.

Estaba fija en las gotas de sudor que resbalaban por el escote de Mira, en cómo la toalla —ligera, empapada— se adhería a su piel con cada respiro.

El calor no tenía la culpa. No era solo el vapor. Era Mira. Eran ellas. Algo se había activado en el silencio.

Zoey bajó del nivel superior y se sentó junto a ella. Esta vez más cerca que nunca. Las rodillas se rozaron, las respiraciones se mezclaron. El vapor ocultaba sus rostros, pero no sus intenciones.

Mira no dijo nada. Solo la miró de reojo, con los labios entreabiertos.

—¿Pasa algo? —preguntó, como si no supiera.

Zoey tragó saliva.

—Quiero tocarte —susurró, apenas audible, sin rodeos.

La tensión entre sus cuerpos habló primero. Entonces, sin palabras, Mira separó lentamente las piernas.

Zoey se movió con cautela. Llevó una mano temblorosa al muslo de Mira y comenzó a acariciar despacio, con los dedos rozando la piel húmeda como una brisa tibia. Subió lentamente, deteniéndose en cada tramo, leyendo las reacciones con la mirada.

Mira soltó un suspiro contenido, pero no dijo nada. Cuando los dedos de Zoey se deslizaron bajo la toalla, todo pareció detenerse un instante.

El primer contacto fue suave, casi reverente. Y el cuerpo de Mira respondió: un leve arqueo, un temblor sutil, un aliento contenido. No era el sauna. Era la necesidad.

Zoey empezó a moverse despacio, como si descifrara un mapa secreto en su piel.

Su toque era delicado, íntimo, preciso. Cada gesto despertaba un suspiro, una vibración profunda.

Y Mira, con los ojos cerrados y el cuerpo rendido al calor, dejó que la condujera al borde.

—Sigue así… —susurró, apenas un soplo.

Zoey bajó el rostro.

Besó su cuello, luego su clavícula. Probó la sal del sudor en su piel, la textura viva de su deseo. La toalla cayó, revelando la piel temblorosa, encendida, deseosa. Y Zoey la acarició con los labios, con la lengua, con una ternura que ardía.

La mano entre sus piernas no se detuvo.

Mira temblaba. Su respiración se volvió irregular, su cuerpo se ofrecía sin defensas.

—Mierda… —murmuró, con la voz quebrada.

Zoey sintió cómo todo en ella palpitaba, como si el corazón también estuviera escondido ahí. Buscó con sus dedos. Encontró. Presionó. Y Mira gimió.

—No pares… —jadeó, aferrándose a su cabello—. Ahí… justo ahí…

Entonces, Zoey bajó más. Y la lengua reemplazó a la mano. Sutil, firme, cálida.

Cada movimiento era una promesa. Cada espasmo, una respuesta. Y Mira se abrió al momento, al placer, a ella.

Y entonces llegó. El clímax la alcanzó como una ola inesperada. Su cuerpo se estremeció, su espalda se arqueó, y un suspiro casi animal escapó de su boca. Un temblor bello, inevitable, sagrado.

Como si algo se hubiera liberado desde lo más profundo.

Mira cayó hacia atrás, jadeando. Zoey la besó. Primero suave. Luego profundo. Como si sellara un pacto invisible.

Pero Mira no había terminado. Se incorporó, tomó a Zoey por el cuello y la empujó con fuerza contra la banca caliente. Se subió encima de ella, le retiró la toalla de un tirón, y la besó con fuego. No con los labios, sino con todo el deseo acumulado.

—Ahora yo —susurró contra su boca—. Quiero hacerte gritar.

Y lo hizo. Mira no se detuvo. Hundió más el rostro entre sus piernas, con la precisión de quien conoce cada rincón y cada reacción.

Usó los dedos para abrirse paso entre la humedad palpitante, mientras su lengua trazaba círculos suaves, constantes, como si marcara un ritmo antiguo que solo ellas entendían.

Zoey se arqueó de inmediato, jadeando con fuerza, las piernas temblándole como si el suelo ya no existiera. Mira la sostuvo por los muslos, separándolos aún más.

Entonces bajó, lenta, implacable, y dejó que su lengua explorara la entrada misma de su deseo. Sin previo aviso, deslizó un dedo en su interior.

El cuerpo de Zoey lo recibió sin resistencia.

Estaba húmeda, cálida, vibrando. Cada movimiento provocaba una respuesta. Un leve estremecimiento. Un suspiro contenido. Una rendición involuntaria.

—Mierda… —susurró Mira, con la voz rota, sintiendo cómo su cuerpo la apretaba en cada pulso.

Añadió un segundo dedo. Luego un tercero.

Sus movimientos eran profundos, medidos, exactos. Como si tocara una melodía desde dentro.

Buscaba algo, y lo encontró. Lo supo por el gemido de Zoey, más agudo, más vulnerable, como un grito nacido desde el centro mismo del alma.

—Ah… ahí… ¡No pares… no pares…! —suplicó entre gemidos entrecortados.

Mira no se detuvo. Bombeaba con decisión, mientras su boca seguía entregada al centro de su placer. Su lengua, incansable, se deslizaba entre los latidos, entre espasmos que crecían en intensidad.

Había hambre en cada gesto. Pero también devoción.

El sauna se llenó de sonidos húmedos, respiraciones desbordadas, cuerpos chocando contra la madera. El aire se volvió espeso, cargado. Como si el deseo mismo lo hubiera saturado todo.

—Te vas a venir otra vez… —murmuró Mira, ronca, con una sonrisa en los labios—. Lo siento… estás temblando por dentro.

Y tenía razón. El cuerpo de Zoey se preparaba para ceder otra vez. Cada músculo se tensaba. Cada espasmo era más urgente. Más inevitable.

Hasta que ocurrió. Zoey gritó. No podía más. Su cuerpo se estremeció con fuerza, los puños cerrados, el abdomen contraído, los ojos llenos de lágrimas.

El placer la arrasó por dentro. Un estallido cálido, desbordado. Puro. Mira la sostuvo entre sus brazos hasta que dejó de temblar.

...

La besó, suave, en medio de su centro aún sensible. Como si cerrara un ciclo.

Luego subió, la rodeó con los brazos, y la abrazó como si la tierra volviera a ser segura.

Zoey apenas podía hablar. Tenía los labios entreabiertos, los ojos brillantes, y todo el cuerpo encendido.

—¿Lo hiciste a propósito...? —susurró, todavía sin aliento.

—Te debía esto desde hace meses —murmuró Mira en su oído—. Y apenas vamos empezando.

Zoey aún no se recuperaba del todo. Sus piernas estaban entumecidas, la pelvis vibraba con ecos eléctricos, y su cuerpo entero seguía latiendo al ritmo de lo que Mira acababa de provocarle.

Pero Mira no se movió. Seguía sobre ella, con una rodilla entre sus muslos y los ojos fijos en su rostro. Su respiración ya era más tranquila… pero sus dedos permanecían en su interior. Inmóviles. Calientes. Presentes.

—Estás completamente abierta… —susurró, sin retirarlos—. Aún puedes sentirme, ¿verdad?

Zoey asintió con un gemido suave. La sensación era abrumadora. Tenerla ahí, dentro de ella, tan quieta, tan profundamente cerca… hacía que todo en su interior palpitara, húmedo y sensible.

—¿Quieres más?

—Quiero que me destruyas… —murmuró Zoey, sin filtros, con el alma abierta.

Y Mira la escuchó. Retiró lentamente los dedos, dejando un fino hilo húmedo que aún las unía.

Zoey tembló al sentir el vacío, pero el alivio fue breve. Mira se incorporó, tomó una de sus piernas y la alzó con firmeza, abriéndola sin reservas sobre la banca caliente.

Se inclinó nuevamente sobre su cuerpo, sujetándola con fuerza de la cadera.

Y entonces, con su pulgar, comenzó a estimular el centro de su placer.

Los movimientos eran rápidos. Secos. Crueles. Zoey gritó. El clímax parecía asomar sin permiso. El contacto era perfecto.

Su espalda se arqueaba, sus pechos subían y bajaban con cada respiración irregular.

No podía pensar. Y cuando creyó que no podía más, Mira volvió a entrar.

Pero esta vez… con más fuerza. Más profundidad. No uno. No dos. Cuatro dedos envolvieron su interior, entrando con lentitud calculada.

Zoey sintió cómo todo en su cuerpo se abría, cómo la presión interna crecía, se expandía, se volvía un fuego líquido. Soltó un gemido que rozaba el llanto.

—¡Ahh…! ¡Me vas a romper…!

—Vas a abrirte para mí —respondió Mira, grave, segura—. Toda. Hasta el final.

Los movimientos eran intensos, envolventes, profundamente íntimos.

El punto exacto de placer era estimulado sin descanso.

Y mientras tanto, su clítoris seguía siendo acariciado con precisión. Zoey no podía resistir. No podía hablar. No podía más que rendirse. Una vez. Y otra. Y otra.

Hasta que su cuerpo entero convulsionó por sí solo. El placer brotó como una ola incontrolable, desbordándose sobre ambas.

La energía era tan fuerte que pareció nacer desde la raíz misma de su vientre.

...

Zoey se dejó caer, exhausta. Había perdido el control. Mira la besó con ternura. Primero suave. Luego más profundo. Como si su boca quisiera calmarla, agradecerle, contenerla.

—Eres perfecta así… toda entregada… toda mía —murmuró.

Zoey lloraba bajito. No de tristeza, sino de exceso. De haber sentido tanto. De no poder contenerlo.

—Ya no puedo más… —susurró, sin aliento.

—Sí puedes —respondió Mira, bajando los labios hacia su abdomen—. Aún queda una ronda. Solo una.

Entonces la levantó en brazos. Como si su cuerpo no pesara. Como si llevarla fuera parte del ritual. Ambas estaban empapadas.

Sudor. Respiración. Deseo.

Mira salió del sauna cargándola, directo a las duchas frías. La cargó como si no pesara. Zoey llevaba la cabeza apoyada en su hombro, con el cuerpo aún tembloroso y la respiración entrecortada.

A cada paso, sentía el rastro cálido de lo que había pasado, resbalando por sus muslos. Y su interior… aún latía. Abierto. Sensible. Vivo.

El aire fuera del sauna era más fresco, pero no menos denso. El pasillo de mármol, silencioso y solitario, las guió hacia las regaderas individuales.

La luz tenue jugaba con el brillo del sudor sobre sus espaldas, y el eco de sus pasos rompía el silencio con una calma casi ceremonial.

Mira entró con ella en la ducha más amplia.

Cerró la puerta de cristal, y la apoyó suavemente contra la pared fría. Zoey soltó un gemido bajo al sentir el mármol helado rozando su espalda desnuda.

—Mierda… está frío… —jadeó.

—Necesitabas bajar la temperatura —respondió Mira con una sonrisa ladina, y giró la perilla del agua.

El chorro cayó sobre ellas como una cascada. Primero en los hombros, luego entre los cuerpos.

El contraste fue inmediato: calor en la piel + agua helada = un estallido de sensaciones.

Zoey contuvo el aliento al sentir el agua recorrerle el pecho, el vientre, la entrepierna. Pero Mira no le dio tregua.

Se acercó, atrapándola con su cuerpo.

Una rodilla entre las suyas. Los labios en su cuello. Y luego en su boca. Un beso húmedo, profundo, lleno de deseo acumulado.

—Dime si aún puedes más —susurró entre beso y beso.

—Si te detienes ahora, me muero —respondió Zoey, sin pensar.

Mira la besó con más hambre. Y su mano descendió, recorriendo su abdomen hasta llegar entre sus piernas. Allí, el centro de su deseo volvió a encenderse. Despierto. Hinchado. Receptivo.

Comenzó a estimularla con firmeza, mientras con la otra mano sostenía su muslo, abriéndola más bajo el agua.

El sonido del agua chocando sobre sus cuerpos se mezclaba con otro más íntimo:

el roce húmedo, crudo, del contacto intenso, del cuerpo respondiendo sin control.

Zoey sollozaba otra vez. Entre placer y sorpresa.

—Mira… por favor… —susurró con los ojos cerrados—. No me hagas terminar otra vez…

—¿Y por qué no? —le respondió Mira al oído—. Tu cuerpo lo está pidiendo a gritos.

Y era verdad. Su pelvis se movía sola. Instintiva. Voraz. El agua fría intensificaba cada roce, cada latido.

—Abre más las piernas —ordenó con suavidad firme.

Zoey lo hizo. Y Mira deslizó dos dedos en su interior, sin pausa. La recibió aún hinchada por los temblores anteriores, pero igual de abierta.

Y entonces empezó a moverse. Profunda. Rítmica. Precisa.

—¡Miraaaah…! —gritó Zoey, rompiéndose contra la pared.

El orgasmo la golpeó como una ola furiosa.

Su cuerpo se dobló. Su voz se quebró. Y el agua se mezcló con el resto de su placer, deslizándose por sus piernas hasta el mármol.

Se había rendido por completo. Otra vez.

Ambas quedaron quietas, respirando con dificultad bajo el chorro helado. Zoey se dejó caer sobre ella, abrazándola. Lloró un poco. No por dolor. Sino por amor. Por el alivio de haberse entregado. Por el tiempo que esperó este momento.

Mira la sostuvo en silencio, acariciándole el cabello. La besó en la sien, como si calmara un corazón.

—Vamos a secarnos —susurró—. Te quiero llevar a la cama.

Y ahí… quiero hacerte mía sin pausas.

Zoey asintió, sin abrir los ojos. Y supo, sin ninguna duda, que la noche aún no había terminado.

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