24h Sauna | Spicy Version | Kpop Demon Hunters by jelly at Inkitt
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24h Sauna | Spicy Version | Kpop Demon Hunters

Summary

Después de una agotadora presentación, Zoey y Mira vuelven a su ritual secreto: el sauna. Allí no hay focos, ni fans, ni ensayos… solo vapor, miradas largas y palabras que sobran.

Genre
Erotica
Author
jelly
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo Único

Por: Jelly :P

Nota: Les pido discreción a la hora de leer esto... es muy potente 😭✋️

---

Después del concierto, todo se volvía más silencioso.

El maquillaje empezaba a correrse, la ropa pesaba con el sudor seco, y las luces ya no eran tan brillantes.

Era ese momento donde el cuerpo pedía descanso… pero a veces, también pedía otra cosa.

—Voy al sauna —dijo Zoey, alzando los brazos con un suspiro, mientras caminaba descalza por el vestidor.

—¿Otra vez? —bufó Rumi desde el sillón, medio dormida mientras se desabrochaba las botas—. ¿No se aburren?

Zoey la miró sin perder la sonrisa. Esa sonrisa que se le escapaba solo cuando sabía que algo bueno venía después.

—Es tradición.

—Es un vicio, más bien —murmuró Rumi, rodando los ojos.

Mira, que se quitaba los aros frente al espejo, habló sin girarse.

—Rumi, si no vas a venir, mejor no critiques. Esto no es para cualquiera.

Zoey soltó una risita baja. Casi cómplice.

Rumi chasqueó la lengua, sin insistir más. Ya sabía cómo iba eso.

Y en el fondo… sabía que entre Zoey y Mira, ese "ritual" significaba algo más.

---

El sauna era privado. Exclusivo para artistas. Un espacio donde nadie podía entrar sin autorización.

Allí no existían cámaras, ni fans, ni tensiones externas. Solo vapor, silencio… y el tipo de intimidad que no podía fingirse.

Ambas entraron en toallas blancas, el cabello todavía húmedo después de ducharse. La habitación estaba cargada de calor húmedo y aromas de eucalipto.

El banco de madera crujió apenas cuando se sentaron. Mira eligió el nivel medio. Zoey, como siempre, subió un poco más arriba.

La respiración se volvía pesada con el vapor. El sudor les cubría la piel lentamente.

Ninguna hablaba. Y sin embargo, lo decían todo.

Zoey bajó la vista.

La forma en que Mira cruzaba las piernas, el desliz casi accidental de la toalla en su muslo... Era imposible no notarlo. Era imposible no imaginar.

Y Mira... sabía que la estaba mirando.

No dijeron nada.

Zoey no apartó la mirada.

Estaba fija en las gotas de sudor que resbalaban por el escote de Mira, en cómo la toalla —ligera, empapada— se deslizaba apenas con cada respiro.

El calor no tenía la culpa. No era solo el vapor. Era Mira. Eran ellas. Algo se había activado en el silencio.

Zoey bajó del nivel superior y se sentó junto a ella. Esta vez más cerca que nunca. Las rodillas se tocaron, las respiraciones se mezclaron. El vapor ocultaba sus rostros, pero no sus intenciones.

Mira no dijo nada. Solo la miró de reojo, con los labios entreabiertos.

—¿Pasa algo? —preguntó, como si no supiera.

Zoey tragó saliva.

—Quiero tocarte —dijo en voz baja, casi sin aire, pero sin rodeos.

Mira no respondió de inmediato. La tensión entre sus cuerpos era más fuerte que cualquier palabra.

Entonces, sin romper el contacto visual, separó lentamente las piernas. Zoey se movió con cuidado. Llevó una mano temblorosa al muslo de Mira y acarició despacio, con los dedos apenas rozando la piel húmeda.

Subió poco a poco, deteniéndose en cada centímetro, leyendo las reacciones con los ojos. Mira soltó un suspiro leve, pero no dijo nada.

Cuando los dedos de Zoey se atrevieron a meterse bajo la toalla, todo se detuvo por un instante. El contacto fue suave, exacto, directo.

Y el cuerpo de Mira reaccionó de inmediato: se arqueó levemente, los músculos del abdomen se tensaron, su respiración se aceleró.

Estaba caliente, húmeda, palpitante.

Y no era por el sauna.

Zoey empezó con movimientos lentos.

Acarició los labios mayores con la yema de los dedos, delineando con precisión cada pliegue. Luego, con el dedo medio, separó con delicadeza los labios menores y encontró el clítoris, ya turgente y sensible.

Comenzó a masajearlo con círculos suaves, en ritmo pausado, dejando que Mira marcara el tempo con cada exhalación entrecortada.

Mira cerró los ojos y apoyó una mano en el banco de madera, la otra en el muslo de Zoey. Su respiración era irregular, el pecho subía y bajaba, empapado de sudor.

—Sigue así... —susurró, apenas audible.

Zoey bajó el rostro y comenzó a besarla lentamente.

Primero el cuello, luego la clavícula. Dejó que su lengua probara la sal del sudor en su piel, y continuó bajando…

Cuando la toalla cayó, expuso sus pechos, suaves y tensos por la excitación. Zoey los acarició con la boca, rozando el pezón con la lengua hasta hacerlo endurecerse más.

La mano que seguía entre sus piernas no se detuvo.

Y cuando deslizó los dedos hacia el vestíbulo vaginal, Mira tembló. Zoey la penetró con un solo dedo al principio. Después con dos. Y con cada movimiento, más hondo, más preciso, más desesperado.

—Mierda… —murmuró Mira, con la voz quebrada.

Zoey sentía cómo las paredes vaginales se contraían alrededor de sus dedos, cómo el cuerpo entero de Mira vibraba. Bombeaba en ángulo, buscando el punto G con precisión. Lo encontró. Lo presionó.

Y Mira gimió.

—¡No pares…! —jadeó, su mano enterrada en el cabello de Zoey—. ¡Ahí… justo ahí…!

Zoey bajó de nuevo. Su boca reemplazó los dedos. Separó con cuidado los pliegues y comenzó a lamerla con fuerza controlada, usando la lengua ancha, húmeda, caliente. Subía, bajaba, succionaba.

El clítoris respondía con espasmos. Mira soltaba sonidos entre gemidos y respiraciones rotas, los ojos cerrados, totalmente abierta, totalmente rendida.

Y entonces llegó. El orgasmo la tomó entera. Se tensó, apretó los dientes, y sus caderas se movieron de forma involuntaria.

El flujo se escapó sin control, mojando la boca de Zoey, salpicando la madera caliente del sauna.

Un squirt suave, inesperado, hermoso.

Mira cayó de espaldas, jadeando.

Zoey la besó. Primero suave. Luego profundo.

Pero Mira no había terminado.

Se incorporó, tomó a Zoey por el cuello y la empujó con fuerza contra la banca caliente. Se subió encima de ella, le quitó la toalla en un movimiento brusco y la besó con los dientes, la lengua, el deseo.

—Ahora yo —susurró contra su boca—. Quiero hacerte gritar.

Y lo hizo. Mira no se detuvo.

Hundió más la lengua, abriendo los labios de Zoey con precisión, usando los dedos para separar los pliegues húmedos de su vulva.

El clítoris, ya inflamado y sensible, sobresalía entre los bordes rosados. Y Mira se enfocó ahí, presionándolo con la punta de la lengua en círculos lentos pero constantes.

Zoey se arqueó, jadeando con fuerza, las piernas temblándole. Mira la sujetó por los muslos, los separó aún más, y bajó la lengua. Pasó lentamente por el vestíbulo vaginal, y sin avisar, deslizó un dedo en su interior.

Estaba empapada.

La pared vaginal la recibió con facilidad, caliente, estrecha, palpitante.

—Mierda... —susurró Mira con la voz rota, sintiendo cómo se contraía en su dedo.

Metió otro. Y luego otro. Hasta tener tres dedos moviéndose en profundidad, hacia la parte anterior, donde buscó su punto G con precisión.

Lo encontró cuando Zoey soltó un gemido más agudo, casi suplicante, apretando los dientes.

—¡Ah, ahí…! ¡No pares… no pares…! —gritó, entre sollozos de placer.

Mira bombeaba con fuerza, sin dejar de succionar el clítoris entre los labios. Su lengua se movía entre las pulsaciones, con la misma hambre que tenía desde que la vio entrar al sauna.

El sonido del sexo llenó la sala.

Chasquidos húmedos. Gemidos bajos. El golpe rítmico de sus caderas contra la madera. Todo era tan explícito, tan descaradamente sexual, que el aire mismo se sentía más espeso.

—Te vas a venir otra vez —murmuró Mira con voz rasposa—. Siento cómo late tu punto, Zoey...

Y tenía razón. El útero se contraía levemente con cada espasmo. Las paredes vaginales se apretaban en torno a sus dedos, listas para otro orgasmo.

Zoey gritó. No podía callarse más. Todo su cuerpo tembló, los músculos se tensaron. Su abdomen se contrajo, los dedos se cerraron en puños.

El orgasmo la tomó con violencia. Fluido transparente salió a borbotones, salpicando la madera caliente.

Había eyaculado. Mira la sostuvo hasta que dejó de convulsionar, hasta que su respiración volvió poco a poco. La besó entre las piernas, suave esta vez, como cerrando un ritual. Luego subió, y la abrazó.

Zoey apenas podía hablar. Tenía los labios hinchados, los ojos llorosos, la piel brillante de sudor.

—¿Lo hiciste a propósito...? —preguntó, en un hilo de voz.

—Te debía esto desde hace meses —susurró Mira en su oído—. Y apenas vamos empezando.

Zoey aún no se recuperaba del todo. Sentía las piernas entumecidas, la pelvis aún vibrando, y los labios inferiores sensibles, hinchados. Todo su cuerpo seguía recibiendo las descargas eléctricas de lo que Mira acababa de provocarle.

Pero Mira no se movió. Seguía sobre ella, con una rodilla entre sus muslos, la mirada fija en su rostro. Su respiración era más tranquila, pero sus dedos estaban aún dentro, inmóviles... calientes… presentes.

—Estás completamente abierta… —murmuró, sin sacarlos—. Aún me sientes adentro, ¿verdad?

Zoey gimió. Asintió con la cabeza.

La sensación de tener esos tres dedos aún dentro de ella, sin moverse, pero firmes... era casi insoportable. Su canal vaginal seguía palpitando alrededor de ellos, húmedo, receptivo.

—¿Quieres más?

—Quiero que me destroces —susurró Zoey, sin filtros.

Y Mira obedeció. Retiró lentamente los dedos, dejando un hilo espeso de fluidos conectándolos con la entrada. Zoey se estremeció con el vacío repentino, pero no por mucho tiempo.

Mira se incorporó, tomó una pierna de Zoey y la alzó con firmeza, abriéndola al máximo sobre la banca.

Se inclinó de nuevo, esta vez sujetándola de la cadera con una mano, y con la otra… usó su pulgar para estimular el clítoris en movimientos rápidos, secos, precisos.

Zoey gritó. La presión era perfecta. El ritmo, cruel. Sentía cómo su clítoris pulsaba entre el hueso púbico y el pulgar de Mira.

Cada roce la hacía saltar. Su espalda se arqueaba. Sus pechos subían y bajaban con el esfuerzo de respirar. Y cuando creyó que no podía más, Mira volvió a penetrarla.

No con uno. No con dos. Esta vez entró con cuatro dedos, haciéndolos girar en su interior con lentitud.

La entrada vaginal se estiró, húmeda y caliente, aceptando la invasión con un sonido espeso y mojado.

Zoey soltó un gemido agudo que rozó el llanto.

—¡Ahh...! ¡Me vas a romper...!

—Vas a abrirte para mí —respondió Mira con voz grave—. Toda. Hasta el final.

Los dedos se movían con intensidad, rozando las paredes laterales, golpeando contra el fondo. La presión sobre el punto G era constante, envolvente, calculada.

Y mientras tanto, el clítoris no dejaba de ser estimulado.

Zoey gritaba, se retorcía, apretaba los ojos. No podía pensar. No podía hablar.

Solo podía venirse. Una vez. Y otra. Y otra.

Hasta que su pelvis convulsionó sola, y el líquido brotó en un chorro más fuerte, salpicando el pecho y el abdomen de Mira.

Zoey había perdido el control. Se había corrido violentamente. Su canal vaginal se contrajo en oleadas, completamente dilatado, húmedo, brillante.

Mira la besó en la boca, lenta, con ternura ahora.

—Eres perfecta así… toda mojada… toda mía.

Zoey lloraba suave, sin tristeza. Por exceso de placer, por entrega, por no poder aguantar más.

—Ya no puedo más… —susurró entre jadeos.

—Sí puedes —respondió Mira, bajando hacia su abdomen—. Aún queda una ronda. Solo una.

Y entonces, la levantó en brazos, como si no pesara nada. Ambas estaban empapadas. Sus cuerpos brillaban por el sudor y los fluidos sexuales.

Mira salió del sauna cargándola, llevándola directo a las duchas frías.  Mira la cargó como si no pesara. Zoey tenía la cabeza apoyada en su hombro, el cuerpo aún temblando, la respiración entrecortada.

Cada paso que daba sentía el movimiento de los fluidos entre sus piernas, chorreando por el muslo. Aún podía sentir su interior palpitante, abierto, sensible.

El aire fuera del sauna era más fresco, pero no menos denso.

El pasillo de mármol conducía directo a las regaderas individuales, amplias y silenciosas. La luz tenue reflejaba el sudor sobre sus espaldas, y el eco de sus pasos rompía el silencio.

Mira entró con ella en la ducha más grande, cerró la puerta de cristal y la apoyó con suavidad contra la pared fría.

Zoey soltó un gemido bajo al sentir el contacto del mármol helado en su espalda desnuda.

—Mierda, está frío… —jadeó, temblando.

—Necesitabas bajarte la temperatura —susurró Mira con una sonrisa sucia, y giró la perilla del agua.

El chorro cayó sobre ellas, fuerte, directo, como una cascada. Primero en sus hombros, luego en el centro de sus cuerpos.

El contraste fue inmediato: calor corporal + agua helada = explosión de sensaciones.

Zoey jadeó fuerte al sentir el líquido correr por su pecho, su vientre, entre sus piernas. Pero Mira no le dio descanso.

Se acercó, apoyó una rodilla entre las de Zoey y la atrapó con su cuerpo. Le besó el cuello, lento, mojado, y luego subió hasta su boca. Un beso con lengua, con los dientes rozando los labios, profundo.

—Dime si aún puedes más —le susurró entre beso y beso.

—Si te detienes ahora, me muero —respondió Zoey, sin dudar.

Mira la besó otra vez, más violenta, y deslizó una mano por el abdomen de Zoey hasta llegar entre sus piernas.

Los dedos pasaron directamente sobre el clítoris. Ya no era tan sensible como antes.

Ahora estaba más despierto. Más hinchado. Más necesitado.

Mira comenzó a masajearlo con firmeza, mientras con la otra mano sujetaba su muslo, levantándolo para abrirle mejor las piernas bajo el agua. El sonido era salvaje.

El chorro de agua golpeaba sus cuerpos. Las gotas bajaban por sus senos, por sus bocas. Y en medio de eso, el sonido húmedo, crudo, de los dedos frotando su sexo mojado sin piedad.

Zoey lloraba de placer otra vez.

—Mira... por favor… —murmuró entre sollozos—. No me hagas acabar otra vez…

—¿Por qué no? —susurró ella en su oído—. Tu cuerpo lo quiere más que tú.

Y era cierto. Su pelvis ya se movía sola.

Zoey se frotaba contra su mano como una necesidad biológica. El clítoris estaba duro, totalmente estimulado, y el agua fría solo intensificaba cada roce.

—Abre más las piernas —ordenó Mira.

Zoey obedeció. Y Mira deslizó dos dedos dentro, esta vez con rapidez. El canal vaginal aún estaba hinchado por las contracciones anteriores, pero eso no lo detenía. Entró profundo. Y bombeó con furia.

—¡Miraaaah! —gritó Zoey, y su cuerpo se quebró contra la pared.

El orgasmo fue brutal. La hizo doblarse, moverse sin control, mientras el agua bajaba mezclada con su líquido transparente.

La presión fue tan intensa que eyaculó de nuevo, una vez más, golpeando el suelo de mármol con fuerza. Ambas se quedaron pegadas, respirando con dificultad.

Y luego, lentamente… Zoey se dejó caer sobre Mira. La abrazó bajo el agua. Lloró un poco. De alivio. De amor. De haberlo esperado tanto tiempo.

Mira le acarició el cabello, suave, la besó en la sien.

—Vamos a secarnos... —dijo con voz baja—. Te quiero llevar a la cama. Y ahí... quiero hacerte mía sin pausas.

Zoey asintió, sin abrir los ojos. Y supo que la noche no había terminado.

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