Capitulo 1.
Mamá, Todos Vamos al Infierno.
La mansión Potter no era un hogar; era un cadáver de madera noble y recuerdos polvorientos, Harry su único doliente. El aire era espeso, una sopa rancia de cera derretida de velas negras (que ardían con una llama enfermiza, verde como el veneno de una serpiente), el dulzor empalagoso de la Poción de Letargo que bebía a sorbos de una copa de cristal astillada, y el olor metálico de su propia descomposición. Polvo danzaba en los haces de luz lunar como espectros atrapados, revoloteando cada vez que él pasaba, tambaleándose, por los pasillos vacíos. Era un cabaret de uno solo, una ópera rock para un público de sombras.
Harry se detuvo frente al espejo del vestíbulo, su marco dorado enmohecido. El reflejo que le devolvía no era el del “Niño que Sobrevivió“. Era un espectro pálido , demacrado, con ojeras moradas que parecían moretones y una delgadez que gritaba abandono. Su cabello, una vez rebelde, ahora era una maraña grasienta. Pero lo peor eran sus ojos. Ya no eran verdes por Lily, sino verdes por la fiebre, por la locura que se enroscaba en sus entrañas. Y justo detrás de su hombro, difuso en el cristal sucio, el fantasma de Tom Riddle sonreía, una mueca serpentina y posesiva.
«Ella no vendrá, mi querido Harry», susurró la voz en su mente, no como un pensamiento intruso, sino como una caricia de terciopelo envenenado, un dueto siniestro que solo él podía escuchar. Era la voz de Tom, surgiendo de la cicatriz en su frente, del fragmento de alma que compartían, un hilo directo al abismo. «Prefiere el santuario de su dolor elegante, el luto de viuda intachable, a enfrentar el monstruo en el que su pequeño héroe se ha convertido.»
—Cállate —masculló Harry, apretando la copa con tanta fuerza que una astilla se clavó en su palma. La sangre, cálida y vital, manchó su piel pálida. Un sacrificio mínimo en este altar de su propia destrucción.
«¿Por qué? Por nombrar la verdad que te niegas a ver? Le suplicaste. ‘Mamá, las sombras me hablan. Mamá, siento sus manos frías en mis sueños. Mamá, me está consumiendo.’ Y tu única respuesta fue el silencio… un silencio más elocuente que cualquier maldición.»
Fue entonces cuando un crack secó, tan repentino y brutal como el disparo que inicia la guerra, destrozó el silencio del jardín. Harry se paralizó. Allí, bajo la luna llena que parecia un ojo ciego y indiferente en el cielo, estaba ella. Lily Potter. Su madre.
No era la diosa benevolente de sus recuerdos infantiles. Esta Lily era un monumento al dolor congelado. Llevaba un abrigo rojo sangre, un color demasiado vibrante para la penumbra, su rostro, aunque aún hermoso, estaba tallado en hielo. Sus ojos, los mismos que él había heredado, lo escudriñaron desde la distancia, en ellos no había bienvenida, solo un juicio silencioso e implacable.
Harry se abalanzó hacia la puerta, sus movimientos torpes, como los de un títere con los hilos cortados.
—¡Madre! —gritó, su voz sonó a garganta rota, a desesperación acumulada durante años.
Lily cruzó el umbral, su mirada, fría y precisa, escaneó la devastación: las botellas vacías de Firewhisky como lápidas en la mesa, el polvo acumulado como un sudario sobre los muebles, las velas negras chisporroteando su luz profana. Su nariz se frunció en un gesto de puro, incontestable desdén.
—Harry James Potter — su voz era el sonido del cristal rompiéndose sobre mármol— ¿Es esto lo que queda del niño que juré proteger? ¿Un fantasma que se alimenta de sus propias ruinas?
—Tú… no viniste —logró articular Harry, sintiendo cómo la cordura, esa frágil membrana que aún lo mantenía unido, comenzaba a desgarrarse. Las lágrimas le ardían en los ojos, pero se negaba a dejarlas caer. Eran la última fortaleza que le quedaba.— Te escribí. Cartas y cartas. Te rogué que me salvara.
—Recibí tus… lamentaciones —cortó Lily, su tono era un cuchillo afilado— Hablabas de abrazar la oscuridad, de un amor perverso que te ata a él. Después de que asesinara a tu padre, después de destrozar nuestras vidas… ¿cómo puedes mancillar su memoria, nuestra sangre, con semejante… devoción?
—¡PORQUE NO ENTIENDES! —el grito surgió de lo más profundo de su ser, un estallido de rabia y dolor tan visceral que hizo temblar las velas— ¡Nunca lo hiciste! ¡Me criaste para ser el cordero del sacrificio, el niño que vivió solo para tener una muerte gloriosa y conveniente! ¡Nunca te importó si podía soportar tener un pedazo de su alma pudriéndose dentro de la mía, gritándome, susurrándome, amándome!
Avanzó hacia ella, Lily retrocedió un paso. Solo uno. Pero fue suficiente. Ese pequeño movimiento, ese destello de miedo auténtico en los ojos de la gran Lily Potter, fue la confirmación más dolorosa. Tom tenía razón.
—Mira —susurró Harry, su voz ahora un hilo de veneno y quebranto— Mira lo que me hicieron. Todos ustedes. —Se señaló a sí mismo, su cuerpo demacrado, su rostro demacrado— ¡Soy un museo de cicatrices, un panteón de todo el dolor que el mundo pudo infligirme! ¡Y tú… tú! —Su voz se elevó de nuevo, en un falsete de locura—¡Deberías haber criado a una niña! ¡Una dulce niña a la que pudieras vestir de rosa y esconder en una torre de marfil! ¡No a un niño marcado como bestia de sacrificio!
Lily palideció, su máscara de frialdad se resquebrajó por un instante, mostrando el horror que había debajo.
—Harry, eso es una locura…
—¡ES LA ÚNICA VERDAD QUE ME QUEDA! —rugió, y las llamas de las velas se alzaron en columnas verdes y furiosas— ¡Me enviaste a esos Muggles para que me quebraran el espíritu! ¡Moriste para convertirte en un santo en mi altar personal, en un fantasma que me juzga cada día! ¡Y cuando sobreviví, todo el mundo esperaba que sonriera, que repartiera besos y apretones de manos, como si no llevara a un demonio anidando en mi cerebro! ¡No puedo más, madre! ¡El telón debe caer!
—Basta —La voz de Lily retumbó, llena de una autoridad final y devastadora. Ya no había rastro de la madre, solo la general que había perdido una guerra , ahora repudiaba a su soldado caído.— He escuchado suficiente. He visto el abismo en el que te regodeas. Y te digo esto, Harry Potter…
Hizo una pausa dramática, en el silencio cargado, Harry pudo sentir la sonrisa de Tom expandirse en su mente, un eclipse de puro gozo perverso.
—«No eres hijo mío» —declaró, cada palabra fue un martillazo en el ataúd de su humanidad— «Por la criatura obscena en la que te has convertido, por la oscuridad que no solo aceptas, sino que besas con fervor… Vete. Y no regreses a mí, mi amor.» Sus ojos verdes, ahora fríos como el gélido fondo del mar, lo atravesaron. «Te has labrado un lugar en el infierno. Ahora, ve y ocúpalo.»
El mundo de Harry se desintegró. No hubo más sonido, ni más luz, solo un vacío absoluto, un silencio blanco y atronador que lo succionó todo. La última cuerda que lo ataba a la orilla se había soltado. Ya no había Harry Potter. Solo un cascarón vacío, un instrumento a la espera de su maestro.
Y entonces, de las sombras más profundas del vestíbulo, donde la luz de la luna no llegaba, una figura emergió. No era un fantasma, no era una alucinación. Era Tom Riddle, en carne y hueso, tan tangible como la desesperación que ahogaba a Harry. Siempre había estado allí, observando, esperando. Su traje era impecable, negro como el carbón, su sonrisa era la de un depredador que ve a su presa rendirse por fin.
Sin decir una palabra, Tom se cerró sobre él. Sus brazos, fuertes y fríos, envolvieron el cuerpo tembloroso de Harry desde atrás, no como un consuelo, sino como una afirmación de propiedad. Harry se hundió contra ese pecho sólido y gélido, un bloque de hielo que quemaba más que cualquier fuego. La locura ya no era un enemigo; era un manto cálido, un refugio.
«Lo ves, mi amor», murmuró Tom, sus labios, fríos como la muerte, rozando la oreja de Harry en una caricia obscena. Su aliento no tenía calor.* «Ella te ha desterrado. El mundo te ha exiliado. Tu cielo te ha escupido. Pero yo… yo soy tu infierno, y nunca, nunca te dejaré ir.»
Una de las manos de Tom se deslizó desde el pecho de Harry hasta su cuello, no para estrangular, sino para sostener, para poseer. La otra mano se enredó en su pelo sucio, tirando de su cabeza hacia atrás en un gesto de sumisión forzada y anhelada.
—Llévame —susurró Harry, y eran las primeras palabras verdaderamente sinceras que había pronunciado en años. Era el susurro del condenado que abraza su ejecución.
Tom Riddle sonrió, una expresión de triunfo absoluto.
—A casa —respondió, la oscuridad, su antigua y única aliada, se arremolinó a su alrededor, envolviéndolos en un abrazo eterno. El cabaret había terminado. La función principal de la noche, la coronación del Rey del Infierno y su Consorte Roto, estaba a punto de comenzar.
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La oscuridad no fue un simple teletransporte. Fue una ingestión. Harry sintió cómo el mundo se descompone a su alrededor en partículas de polvo y pesadilla, para ser reconstruido en otro lugar, en las entrañas de una realidad diferente. El aire cambió; ya no olía a polvo con abandono, sino a piedra antigua, hierbas raras, un poder tan denso que se podía saborear en el paladar, metálico y embriagador.
Cuando la negrura se disipó, estaban en una suite dentro de la Mansión Riddle, restaurada no a su antigua gloria mugglesca, sino a algo mucho más siniestro y lujoso. Alfombras persas de rojo oscuro, como sangre seca, cubrían suelos de ébano. Las paredes estaban forradas de estanterías repletas de tomos de magia oscura con lomos de piel cuya procedencia Harry prefería no imaginar. Una chimenea enorme, donde ardían llamas de un verde idéntico al de sus velas, iluminaba la estancia con una luz pulsante y antinatural.
Tom no lo soltó. Sus brazos permanecieron alrededor de él, una jaula de fuerza y posesión. Harry, aún tembloroso por el enfrentamiento con su madre, por la herida abierta del rechazo, se dejaba sostener. La frialdad de Tom ya no era un shock; era un bálsamo, la única verdad en un universo de mentiras piadosas.
—Nadie te volverá a hacer daño —murmuró Tom contra su nuca, y sus labios trazaron el contorno de la cicatriz en forma de rayo—Nadie te volverá a dar la espalda. Eres mío, Harry. Mío desde el momento en que mi alma se aferró a la tuya para sobrevivir.
Harry cerró los ojos. Las palabras, en boca de cualquier otro, habrían sido una amenaza. Ahora, eran un juramento. Un voto sagrado en esta nueva religión que solo tenía a dos feligreses.
—Ella me… —la voz de Harry se quebró.
—Te repudió —completó Tom, con una calma brutal. Su mano se deslizó desde el abdomen de Harry hasta su pecho, palmeando el lugar donde latía su corazón, acelerado y frágil— Porque es débil. Porque no puedes comprender la belleza sublime de lo que somos, de lo que tú eres. No eres un monstruo, Harry. Eres una obra de arte. Mi obra maestra.
Giró a Harry lentamente para enfrentarlo. Sus ojos, de un rojo oscuro y penetrante, no parpadeaban. Lo escudriñaban, leían cada grieta, cada sombra en su alma, no con desdén, sino con la avidez de un coleccionista que por fin tiene su pieza más preciada.
—Ella veía cicatrices —susurró Tom, sus dedos, largos y fríos, acariciaron la línea de la cicatriz en la frente de Harry— Yo veo el lugar donde nuestras almas se soldaron. Ella veía locura. —Su otra mano se enredó en el cabello de Harry, tirando con suavidad para exponer completamente su rostro— Yo veo la claridad que solo nace de haber visto el abismo a los ojos y haberle sonreído.
Harry jadeó. El dolor de la revelación, la herida del abandono, comenzaba a transformarse bajo la lupa distorsionada de la adoración de Tom. Ya no era dolor; era una ofrenda. Un sacrificio que le hacía a su único dios.
—Tómame —susurró Harry, y esta vez no fue una súplica de desesperación, sino una invitación. Una consagración.
Una sonrisa lenta, triunfal y terriblemente hermosa, se dibujó en los labios de Tom.
—Con gusto.
Su boca encontró la de Harry en un beso que no tenía nada tierno. Era una conquista. Una reclamación. La boca de Tom era fría, pero la pasión que transmitía era un fuego gélido que quemaba desde dentro. Harry respondió con igual ferocidad, aferrándose a los hombros de Tom como si fuera el único ancla en un mar de locura. Sus dedos se clavaron en la tela impecable del traje, desesperados por sentir algo, todo, bajo su superficie.
Tom lo guió hacia la cama enorme, con dosel de terciopelo negro, que dominaba la habitación. No fue un acto de amor, sino de adoración profana. Le quitó la ropa no con delicadeza, sino con la urgencia ritualística de desvelar un icono. Cuando Harry quedó expuesto, pálido y tembloroso sobre la oscuridad de las sábanas, Tom lo observó con una reverencia hambrienta.
—Perfecto —respiró Tom, sus ojos recorriendo cada costilla visible, cada antigua cicatriz en su piel— Tan fuerte. Tan roto. Y tan mío.
Sus propias ropas desaparecieron con un susurro de magia, y entonces fue piel contra piel. La frialdad de Tom se fundía con el calor febril de Harry, creando una temperatura nueva, una fiebre compartida. Sus manos, sus labios, su lengua, recorrían el cuerpo de Harry no como un amante, sino como un cartógrafo reclamando un territorio. Marcando cada centímetro como suyo.
Harry se arqueó bajo él, perdido en la tormenta de sensaciones. Cada caricia era un recordatorio: nadie más te querrá así. Nadie más podrá entender esta belleza fracturada. Solo yo. En su estado de derrumbe, era la verdad más liberadora que había escuchado.
Cuando Tom lo poseyó, fue con una intensidad que rayaba en la violencia, pero que Harry recibió como una bendición. Era el dolor físico que eclipsaba el dolor del alma, el acto de ser reclamado, reensamblado, poseído de una manera tan completa que no quedaba espacio para los fantasmas de su madre, de sus amigos, de un mundo que lo había repudiado. Gritó, no de agonía, sino de entrega, sus uñas marcando caminos rojos en la espalda pálida de Tom.
—Eres mío —rugó Tom en su oído, su voz un latigazo de poder y necesidad obscena— Cada jadeo, cada temblor, cada parte de tu ser roto y brillante. Mío.
—¡Tuyo! —jadeó Harry en respuesta, sus ojos, velados por las lágrimas y el éxtasis, mirando fijamente a los de su amante, su verdugo, su salvador— Siempre tuyo.
El clímax no fue una explosión de luz, sino un descenso más profundo en la oscuridad. Fue la sensación de ser completamente devorado , al mismo tiempo, de ser hecho completo por primera vez. Cuando acabaron, Harry yacía exhausto, envuelto en los brazos de Tom, su cabeza apoyada en el frío pecho donde no latía ningún corazón humano, pero donde resonaba un poder ancestral.
Tom acariciaba su cabello con una posesividad tranquila.
—Duerme, mi amor —murmuró, su voz ahora una caricia sedosa— El mundo que te lastimó ha muerto. Mañana comenzaremos a construir el nuestro sobre sus cenizas.
Harry por primera vez en años, no tuvo pesadillas. Porque la peor pesadilla ya había pasado, había resultado ser el único sueño por el que valía la pena vivir. Se durmió, no como Harry Potter, el niño que sobrevivió, sino como el consorte del Señor Oscuro, el príncipe del infierno que había elegido habitar. En su sueño, no había luz, solo la paz infinita y erótica de la oscuridad compartida.
Continuará...








