Capítulo 1
"¡Muerto!"
El aire en el cementerio de Little Hangleton era espeso, cargado con el olor a tierra revuelta, ciprés marchito y el dulzón aroma de la magia oscura que se condensaba como niebla. Cada chispa del ritual de resurrección dejaba un regusto metálico en la lengua, un anticipo del poder que estaba naciendo. Harry Potter, atado por las ataduras invisibles de Pettigrew, sentía el calor de su propia sangre caliente recorriendo su brazo hacia el suelo frío algo que jamás creyó vivir el día de su mayoría de edad. Pero era un dolor menor comparado con el incendio en su frente.
La cicatriz no solo ardía; palpitaba, como un segundo corazón latiendo al unísono con una fuerza que se alzaba frente a él.
El caldero hirviente se serenó. De su interior, bañado por una luz espectral, una figura se erguía. Alta, esquelética, de una palidez cadavérica que brillaba con una luz interior siniestra. Lord Voldemort respiraba de nuevo, su primer acto no fue un grito de victoria, sino una inhalación profunda, como si saboreara el aire mismo. Pero sus ojos, de un rojo escarlata que cortaba la penumbra, no se posaron en sus mortífagos postrados. Se clavaron en Harry. Y en ellos no había solo triunfo. Había un reconocimiento hambriento, visceral.
—Cariño... —La palabra salió de sus labios delgados como un susurro sedoso, una intimidad obscena que hizo estremecer a los mortífagos. No era un término cariñoso, era una marca de propiedad.
Harry forcejeó, la rabia ahogando momentáneamente el miedo.
—¡No me llames así! —escupió, pero su voz sonó estrangulada, traicionando la turbación que le produjo ese apodo en boca de su verdugo.
Voldemort emitió una risa baja, un sonido que no era alegre, sino una vibración profunda que resonó en los huesos de Harry, como si su propio esqueleto reconociera la fuente de su tormento. Avanzó. Estaba completamente desnudo, y su cuerpo, aunque esquelético, irradiaba una potencia felina, letal. La luz de la luna acariciaba su piel pálida, definiendo cada músculo tenso, cada hueso. Era la belleza terrible de un ángel caído, Harry no podía apartar la mirada.
Se detuvo a centímetros de Harry. El calor que emanaba de su cuerpo recién forjado contrastaba con el aire gélido de la noche.
—Pero eso es lo que eres, ¿no es cierto? —murmuró Voldemort, y su aliento, frío como la tumba, acarició el rostro de Harry — Mi pequeño obstáculo persistente. El error que se convirtió en mi mayor logro. Mi.… posesión más preciada.
Una mano de dedos largos y pálidos, con uñas perfectamente cuidadas, se alzó. Harry contuvo el aliento. El tacto, cuando llegó, fue devastadoramente suave. Los nudillos de Voldemort acariciaron su mejilla sucia de tierra y sudor, un gesto que pretendía ser tierno pero que estaba cargado de una posesividad tan absoluta que erizó todo el vello del cuerpo de Harry. Quiso retroceder, gritar, pero sus músculos estaban paralizados, no solo por la magia, sino por una fascinación hipnótica y repulsiva.
—Esta conexión... —continuó Voldemort, inclinándose hasta que sus labios casi rozaban la oreja de Harry. Su voz era un zumbido íntimo, un secreto compartido en la oscuridad — No es un hilo accidental. Es un lazo de sangre y alma. Atado por el destino y manchado con mis pecados... bendecido con tu resistencia. Es nuestra obra maestra.
Harry cerró los ojos con fuerza, pero fue peor. Con la vista oscurecida, los otros sentidos se agudizaron. A través de la cicatriz, no solo llegó el dolor, sino un torrente de sensaciones ajenas: el placer casi sexual de Voldemort al sentir su cuerpo completo, la textura imaginaria de la seda negra que anhelaba contra su piel, el sabor embriagador del poder absoluto. Era una invasión mental, una violación que provocaba náuseas, para su horror absoluto, un punzante destello de excitación en lo más profundo de su ser.
—Por favor... déjame ir —suplicó Harry, pero era un susurro débil, la súplica de un hombre que ya sabía la respuesta.
—Nunca —la negativa de Voldemort fue un susurro final, un sello de hielo y fuego en su alma — Esto no es el final, Harry. Es el principio. Nuestro principio. La primera nota de nuestra parade.
Antes de que Harry pudiera articular otra protesta, Voldemort cerró la distancia final. Su boca encontró la de Harry en un beso que fue un acto de conquista. No había dulzura, solo la urgencia áspera y dominante de la reclamación. Sabía a sangre, a ceniza, a una dulzura perversa de un renacimiento manchado. Harry intentó resistirse, apretando los labios, pero la mano de Voldemort se enredó en su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás con una fuerza que no era brutal, sino inexorable. Y entonces, su cuerpo, su traidor cuerpo, respondió. Un escalofrío de puro placer prohibido le recorrió la espina dorsal, arrancándole un gemido ahogado que se mezcló con el sabor del beso. Era el sonido de su propia rendición, lo aterró más que cualquier maldición.
Cuando Voldemort se separó, un hilillo de saliva plateada los unía por un instante. Sus ojos escarlatas ardían con un fuego triunfal y algo más: lujuria.
—La muerte intentó separarnos —declaró, su pulgar limpiando el labio inferior hinchado de Harry con una posesividad que era casi un mimo — Y fracasó. Ahora perteneces a la oscuridad. A mí.
Volviéndose hacia sus mortífagos, su voz cortó el aire como un látigo:
—¡Este niño ya no es un enemigo!¡Es mi contraparte! ¡Mi destino! Y quien lo toque... conocerá una agonía que hará que la muerte sea un alivio.
El duelo de las varitas hermanas que siguió no fue un combate. Fue un cortejo macabro. Cada hechizo desviado, cada destello de luz dorada y verde, fue un diálogo íntimo, un juego previo peligroso entre dos fuerzas destinadas a destruirse, al mismo tiempo, a consumirse. Cuando las sombras de los difuntos emergieron de la varita de Harry, Voldemort no vio fantasmas. Vio el poder de Harry para desafiar a la muerte misma, su obsesión se transformó en algo más profundo, más peligroso: deseo.
Mientras Harry escapaba con el cuerpo de Cedric, Voldemort no rugió de furia. Permaneció de pie, una sonrisa terrible y satisfecha en sus labios. El lazo estaba sellado. La Dark Parade había comenzado.
La parade es oscura, Harry Potter, la voz de Voldemort resonó en la mente de Harry, una caricia mental que lo perseguiría hasta sus sueños. Y tú llevarás la antorcha a mi lado. Hasta el final de todo, Así es como desaparezco"
El regreso a Hogwarts fue como caminar a través de un velo de gasa empapado en niebla fría. Los colores del castillo parecían destellos, las risas de los otros estudiantes sonaban distorsionadas, como si llegaran desde el fondo de un océano.
Harry Potter se movía como un autómata, respondiendo a las preocupaciones de Ron y Hermione con monosílabos, sintiendo sus miradas cargadas de inquietud clavadas en su espalda. Pero eran un zumbido lejano. Su realidad se había dividido en dos: la tangible, con sus deberes y sus amigos, y la otra, la que habitaba en los espacios silenciosos entre sus pensamientos, en la oscuridad detrás de sus párpados. La realidad donde Él residía.
Tom.
No era solo el dolor punzante en la cicatriz, un recordatorio constante como un latido corrupto. Era una presencia constante, un perfume pesado de poder antiguo y obsesión que se adhería a su piel, impregnado su ropa, se enredaba en su cabello.
En la biblioteca, intentando concentrarse en un texto sobre occlumencia, cerró los ojos por un segundo de fatiga. Inmediatamente, sintió unos dedos largos y fríos acariciando su nuca, un tacto fantasma que era tan vívido que hizo que se estremeciera y volviera la cabeza bruscamente, solo para encontrar el estante polvoriento con la mirada suspicaz de Madame Pince. La sonrisa burlona de Tom resonó en su mente, un eco lascivo.
Pero las noches... las noches eran el verdadero campo de batalla. O el verdadero santuario. Harry ya no estaba seguro.
«Huyes de mí en tus vigilias, pero me buscas en tus sueños, Harry», la voz de Tom era un susurro de seda, tan íntimo que sentía el calor del aliento en su oído incluso estando solo en la cama de cuatro postes. «Es inútil. Estoy en cada sombra, en cada jirón de oscuridad. Soy el suspiro entre tus propios pensamientos.»
Harry se revolvía entre las sábanas, ya empapadas de un sudor frío. «Sal de mi cabeza», suplicaba mentalmente, apretando los puños contra el colchón, pero era una oración débil dirigida a un dios que solo sabía devorar.
«¿Por qué? Cuando te da tanto... placer...»
Era esa la tortura exquisita. Porque no era solo dolor o terror. En la densa bruma de sus pesadillas, la sensación a menudo se transformaba. La mano fría en su nuca se calentaba, recorriéndole la espalda con una lentitud deliberada. La voz áspera se suavizaba, convertida en murmullos tentadores que hablaban de poder compartido, de una comprensión que nadie más podría ofrecerle. Soñaba con aquellos dedos pálidos deslizándose por su pecho, bajando por su abdomen, tanteando el elástico de su pijama... y se despertaba con un gemido ahogado, el corazón embistiéndole el pecho, el cuerpo ardiendo con una excitación culpable que lo dejaba temblando de asco y de una necesidad confesa.
—¡No es real! —se mascullaba a sí mismo, frotándose la cicatriz con tanta fuerza que casi abría la piel, buscando que el dolor físico opacara el eco de placer que aún resonaba en sus nervios.
Pero una parte de él, una parte oscura y hambrienta que crecía alimentada por cada uno de esos sueños, sabía que era más real que la piedra del castillo. Era una verdad primala.
El punto de quiebre llegó en una de las lecciones de oclumencia con Snape. Las lecciones se habían vuelto una tortura adicional, porque implican bucear en su propia mente, justo donde Tom acechaba.
—Céntrate, Potter —bufó Snape, con su desprecio habitual — Sus emociones son un estruendo patético. Bloquee, la mente es una fortaleza.
Harry cerró los ojos con fuerza, intentando erigir muros de piedra, de hielo, de acero. Pero en lugar de oscuridad, encontró una puerta abierta de par en par. Y del otro lado no estaba el espectro serpentino de Lord Voldemort. Era Tom Riddle, el de dieciséis años, con su pelo impecable, su sonrisa perfecta y una belleza que era un arma. Estaba recostado en un sillón de cuero en una biblioteca que Harry no reconocía, con un libro en las manos.
—¿Por qué luchas contra lo inevitable, Harry? —preguntó Tom, su voz era melosa, hipnótica — Somos dos mitades de una misma moneda. Sangre de la misma sangre. Sin mí, solo eres un niño perdido, un peón en el tablero de Dumbledore. Conmigo... seremos dioses.
En la mazmorra, Harry jadeó. Snape frunció el ceño, notando el cambio.
—¿Qué está haciendo Potter? —preguntó, su voz cargada de desconfianza.
Pero Harry no lo escuchaba. En su mente, Tom se levantaba y se acercaba. No con amenazas, sino con una sensualidad aplastante.
—Mira lo que podemos ser —murmuró Tom, una visión se desplegó ante Harry: ellos dos, de pie sobre un mundo en ruinas, no como amos desde un trono distante, sino entrelazados, sus cuerpos sudorosos y satisfechos después de conquistarlo todo, la lealtad del mundo a sus pies, pero solo teniendo ojos el uno para el otro. El poder no era abstracto; era físico. Se sentía en la caricia de Tom en su mejilla, en la promesa de su boca.
—Deja de resistirte. Desaparece conmigo. En nuestra oscuridad, encontrarás la libertad más absoluta.
La tentación fue un veneno dulce que corrió por sus venas. Rendirse. Dejar de luchar. Dejar que la oscuridad lo envolviera y se llevara el peso de ser el Niño Que Vivió. Por un instante, quiso hacerlo.
Fue el recuerdo de Sirius, de la luz en sus ojos cuando miraba a Harry, lo que lo sacó del trance. Con un grito desgarrado, Harry rompió la conexión, cayendo de la silla al suelo frío de piedra de la mazmorra de Snape.
—¡Fuera de mi cabeza! —jadeó, mirando a Snape con los ojos desorbitados por el terror y... algo más. Algo que parecía vergüenza.
Snape lo observó, por primera vez, Harry creyó ver un destello de algo que no era solo desprecio, sino un reconocimiento incómodo. Como si Snape también hubiera vislumbrado al fantasma sensual que ahora acosaba a Harry.
Esa noche, Harry no durmió. Se sentó en el alféizar de la ventana de la sala común de Gryffindor, mirando el lago negro bajo la luna. Sabía que estaba perdiendo la batalla. Cada vez que Tom entraba en su mente, una parte de Harry se desvanecía, se disolvía, reemplazada por el eco de Tom Riddle. Se estaba convirtiendo en un fantasma en su propia vida, un espectro atrapado entre dos mundos, mientras la obsesión de Voldemort crecía, alimentándose de su resistencia y de su secreta fascinación.
Desde las profundidades de la conexión, una última palabra llegó a él, susurrada como una promesa y una amenaza que erizó su piel y aceleró su corazón:
«Pronto, Harry... pronto no habrá diferencia entre tú y yo. Desaparecerás en mí, en esa nada... encontrarás el éxtasis más puro. Seremos uno.»
Harry apoyó la frente contra el vidrio frío, cerró los ojos, para su propio horror, sintió cómo un escalofrío de anticipación recorría su cuerpo. Una parte de él, cada vez más grande, ansiaba que ese momento llegara.
Continuará...








