01
Afino las cuerdas de mi guitarra por quinta vez. No hace falta, lo sé.
Suena igual que hace diez minutos, igual que hace cinco y exactamente igual que hace treinta segundos. Aun así, vuelvo a girar una clavija apenas unos milímetros y paso los dedos por las cuerdas una vez más.
Es una manía. Siempre que estoy nervioso termino haciendo lo mismo.
—Ya déjala descansar, hombre.—Levanto la vista.
Alejandro está sentado sobre uno de los amplificadores con una botella de agua entre las manos. Me observa con esa sonrisa burlona que siempre pone cuando descubre alguno de mis tics. —La vas a desafinar tú solo.
Replique —Solo estoy comprobando.
—Llevascomprobándolaveinte minutos.—Resoplo, aunque termino riéndome.
Él niega con la cabeza y vuelve a beber agua mientras uno de los técnicos termina de revisar los últimos cables del escenario.
La terraza donde se celebra la fiesta parece sacada de una película. No es enorme, tampoco exageradamente lujosa. Lo que la hace especial es la atmósfera.
Las ramas de los árboles están cubiertas por cientos de pequeñas luces cálidas que cuelgan como si fueran estrellas atrapadas entre las hojas. A los lados del camino hay faroles antiguos iluminando el piso de piedra y desde el borde del jardín, puede verse la ciudad extendiéndose hasta perderse en el horizonte.
El aire es fresco. Después de tantos días de calor, se agradece. La música ambiental suena bajita mientras los invitados conversan alrededor de las mesas. No hay periodistas. No hay cámaras apuntando a cada movimiento. Solo jugadores, cuerpo técnico, familiares y unas cuantas personas cercanas.
Por una noche pueden olvidarse de entrevistas, entrenamientos y conferencias. Por una noche simplemente celebran y nosotros tenemos la tarea de ponerle música a ese momento. Nunca imaginé que los chicos y yo terminaríamos tocando para la Selección Mexicana.
Mucho menos imaginé que, entre todos los invitados, habría una persona que conseguiría ponerme más nervioso que cualquier escenario lleno.
Sin darme cuenta, levanto la cabeza. Lo busco, no tengo que esforzarme demasiado. Está cerca de una de las mesas principales.
Habla con dos compañeros mientras sostiene un vaso de refresco. Se ríe de algo que uno de ellos acaba de decir y, por un instante, olvida completamente que lleva la camiseta de uno de los equipos más importantes del país.
Solo parece...
Un chico de diecisiete años disfrutando una fiesta como cualquier otro. No sé si siente mi mirada pero levanta la cabeza, nuestros ojos se encuentran durante apenas dos segundos. No hace falta más. Sonríe. Levanta discretamente la mano, le respondo el saludo casi por reflejo y vuelvo a mirar mi guitarra como si fuera lo más interesante del mundo.
—Te vio— La voz de Alejandro me hace cerrar los ojos.
—No empieces...- Respondi ensegida.
—Sí te vio.
—Aramburu...
—Y tú te pusiste rojo.—Le lanzo una mirada que solo consigue hacerlo reír más.
—¿Sabes qué? Mejor preocúpate por entrar en el tono cuando empecemos.—Bromeo no sin antes revolver mi cabello.
—Eso hago siempre.—contesto evitando que arruine el trabajo de las estilistas.
—Ajá.—Su carcajada vuelve a escucharse mientras se aleja para hablar con el sonidista.
Yo respiro profundo. Intento convencerme de que solo es una presentación más, una fiesta más y una noche cualquiera. Pero mi corazón insiste en llevarme la contraria, porque esta no es una noche cualquiera.
Es la primera vez que voy a verlo fuera de una pantalla. La primera vez que voy a escuchar su voz sin que salga por los altavoces del teléfono, la primera vez que voy a descubrir si las conversaciones que tuvimos durante meses son igual de fáciles cuando ambos compartimos el mismo espacio.
Inconscientemente paso el pulgar por el borde de mi celular. Todavía está ahí, la última conversación.
“No llegues tarde.”
“Nunca llego tarde.”
“Eso dicen todos.”
No puedo evitar sonreír. Es curioso, hace unas semanas ni siquiera sabía que algún día terminaríamos escribiéndonos casi todos los días y ahora...
Ahora estoy aquí, esperando el momento para conocerlo. Todo por culpa de un simple botón, nunca pensé que un simple botón de “Seguir” pudiera cambiar tantas cosas.
...
Todo empezó una noche cualquiera.
Regresábamos de un ensayo con los chicos después de casi seis horas seguidas tocando, bailando y cantando.
Habíamos pasado toda la tarde intentando ajustar una canción nueva que, por alguna razón, siempre encontraba una forma distinta de complicarnos la vida.
—Otra vez desde el coro.
—No, el puente está adelantado.
—La guitarra entró medio tiempo antes.
—Otra.
Y otra.
Y otra.
Cuando por fin salimos del estudio ya era de noche, subimos a la camioneta completamente agotados. Gabi se quedó dormido apenas arrancamos y Kaue seguía tarareando la melodía entre bostezos. Alejandro iba con los audífonos puestos, haciendo como que escuchaba música cuando en realidad todos sabíamos que estaba durmiendo sentado.
El tráfico tampoco ayudaba. Una fila interminable de luces rojas se extendía frente a nosotros, ni avanzábamos, ni retrocedíamos. Simplemente esperábamos. Suspiré y saqué el celular del bolsillo.
Instagram. Era casi un reflejo automático. Historias. Videos. Memes. Publicaciones de amigos. Una receta que jamás iba a cocinar. Un perro usando lentes. Otro video de alguien bailando. Deslicé el dedo sin prestar demasiada atención hasta que apareció una fotografía distinta a todas las anteriores.
La concentración de la Selección Mexicana. La imagen mostraba a varios jugadores caminando hacia uno de los campos de entrenamiento. Todos sonreían, algunos llevaban los audífonos puestos otros cargaban mochilas enormes y entonces lo vi.
Gilberto Mora.
No era la primera vez que aparecía en mi pantalla. Desde hacía semanas era imposible entrar a cualquier red social sin encontrar algún video suyo jugando, alguna entrevista o algún análisis hablando de él. Había visto varios partidos. No porque fuera el mayor fanático del fútbol del mundo, sino porque en casa siempre había alguien viendo deportes y aunque nunca fui experto, sí había algo que me llamaba la atención de él. La calma.
Mientras otros celebraban cada jugada levantando los brazos o buscaban la cámara después de anotar, él parecía vivir el partido de otra manera. Más silenciosa y más tranquila. Como si el ruido de todo lo que ocurría alrededor desapareciera apenas el balón llegaba a sus pies. No sé explicar por qué simplemente me parecía interesante.
Entré a su perfil. Había fotografías entrenando, con su familia, con algunos compañeros de la selección. Un video practicando tiros libres, una historia destacada donde aparecía riéndose mientras intentaba cocinar algo que claramente había salido mal. Sonreí. No parecía alguien que intentara construir una imagen perfecta. Sus publicaciones tenían algo... Cercano.
Como si detrás del futbolista siguiera existiendo el chico de siempre, sin darme cuenta ya llevaba varios minutos viendo el perfil. Mi dedo quedó suspendido sobre la pantalla. El botón azul estaba ahí.
Seguir.
—¿Qué haces tan concentrado?—La voz de Drew me hizo levantar la cabeza.
—Nada.
—¿Seguro?—Me miro curioso.
—Sí.
—Traes cara de estarstalkeandoa alguien.—Solté una risa.
—Qué chismoso eres.—Negué con la cabeza. Esperé a que volviera a acomodarse en su asiento.
Miré otra vez el teléfono. Y, sin darle demasiadas vueltas... Presioné el botón.
Seguir.
Listo. Nada extraordinario, miles de personas lo seguían todos los días, yo solo era una más. Bloqueé el celular y lo guardé en el bolsillo convencido de que la historia terminaba ahí. Cinco minutos después...
El teléfono vibró. Pensé que sería algún mensaje del grupo, lo saqué casi sin interés, pero la notificación que apareció hizo que me quedara inmóvil.
Gilberto Mora empezó a seguirte.
Parpadeé. Volví a leerla por si había entendido mal. Seguía diciendo exactamente lo mismo. No pude evitar reír solo. -Bueno...
Miré la pantalla una vez más.
—...eso sí no me lo esperaba.
...
¡Holi! 🤍
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¡Nos leemos muy pronto! Besos y bye. 🤍



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