1: Grietas en la fachada
El olor a lluvia recién caída sobre el asfalto de Beacon Hills no inquietaba a Stiles Stilinski; al contrario, le parecía el escenario perfecto para ver a todos los demás arrastrarse bajo el agua mientras él permanecía impecable. Stiles conocía su propio valor: era brillante, calculador y poseía una mente que superaba por mucho a la media de ese pueblo insignificante. Si tenía un defecto, era que le aburría enormemente la mediocridad de la gente que lo rodeaba. Y si había algo que alimentara su ego, era saber que siempre estaba tres pasos por delante de cualquiera.
Esa tarde, Stiles caminaba por los pasillos desiertos del instituto tras el entrenamiento de lacrosse. Había olvidado las llaves de su Jeep en la banca de madera, un descuido absurdo que normalmente le habría molestado, de no ser porque el destino decidió premiarlo con un espectáculo imperdible.
La puerta del vestidor estaba entornada apenas un par de centímetros, dejando escapar una tenue línea de luz y el eco sofocado de una discusión. Stiles no se escondió como un muchacho asustado; simplemente se apoyó contra el marco de la puerta con los brazos cruzados y una sonrisa de superioridad dibujándose en sus labios.
Allí estaba Jackson Whittemore.
El supuesto "chico de oro" de Beacon Hills. Jackson estaba acorralando a un hombre mayor contra los casilleros metálicos, con el rostro desencajado por una rabia casi animal. Sus nudillos, apretados contra la garganta del desconocido, estaban blancos por la presión.
—Si vuelves a poner un pie cerca de mi casa o intentas usar eso en mi contra otra vez, te juro que no vas a salir caminando de este pueblo —siseó Jackson, amenazante.
El hombre, temblando, asintió torpemente antes de que Jackson lo soltara con desprecio. Sin decir una palabra más, el desconocido tomó un sobre negro del suelo y huyó por la puerta de emergencia.
Stiles soltó una risita baja, seca y llena de burla. Un sonido deliberado, hecho a propósito para ser escuchado.
—Patético, Whittemore. De verdad patético. ¿Tanto teatro para amedrentar a un infeliz? Esperaba algo más sofisticado de ti.
Jackson se giró de golpe, los ojos ardiendo en pánico y rabia pura. Antes de que pudiera articular palabra, dio tres pasos agigantados, acortando la distancia y acorralando a Stiles violentamente contra los casilleros. Apoyó ambos brazos a los lados de la cabeza de Stiles, intentando invadir su espacio, buscando infundirle miedo.
Pero Stiles ni siquiera pestañeó.
En lugar de asustarse, Stiles acomodó el cuello de su propia chaqueta, mirando a Jackson desde arriba —no por estatura, sino por la aplastante superioridad en su mirada—. Una sonrisa arrogante y calculadora se extendió por el rostro de Stiles, disfrutando al máximo la cercanía.
—Stilinski —siseó Jackson, con la respiración agitada y la vena del cuello a punto de explotar—. ¿Qué demonios estabas haciendo espiando, rata de mierda?
—Por favor, Jackson, no te des tanto crédito —respondió Stiles con voz pausada, elegante y cargada de un sarcasmo punzante—. Vine por mis llaves. Pero me encontré con tu pequeño e patético secreto. La verdad, es casi tierno ver cómo te esfuerzas por parecer peligroso.
Jackson apretó los dientes, inclinándose aún más hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros. Sus ojos azul acero bajaron por un segundo hacia los labios de Stiles antes de volver a clavar su vista en él con una mezcla peligrosa de rabia y una atracción no deseada.
—¿Te crees muy gracioso, no? —murmuró Jackson, su tono bajando a un susurro oscuro y sofocante—. Escúchame bien, idiota. Si una sola palabra de lo que viste sale de esa boca habladora que tienes… voy a encargarme personalmente de destruirte. Te voy a deshacer pedazo a pedazo.
Stiles no retrocedió ni un milímetro. En lugar de eso, alzó una mano sin prisa y, con la punta de los dedos, acomodó lentamente la solapa de la chaqueta de universidad de Jackson. El contacto fue lento, desafiante, casi una caricia que dominaba la situación.
—¿Destruirme tú a mí? —Stiles soltó una carcajada suave, inclinándose ligeramente hacia el oído de Jackson para hablarle en un susurro peligrosamente íntimo—. No te equivoques, Jackson. Para destruirme primero tendrías que estar a mi nivel, y los dos sabemos que estás muy lejos de eso. Tú no me asustas. De hecho, me pareces fascinante… pero solo porque me divierte ver cómo te rompes por dentro.
El aire entre ambos se volvió denso, eléctrico, cargado de un juego de poder brutal. Jackson se quedó congelado. La seguridad aplastante de Stiles, su falta absoluta de miedo y esa mirada narcisista que lo desafiaba lo tomaron por sorpresa, desencadenando una chispa de obsesión violenta en su pecho. La respiración de Jackson se volvió pesada, sus ojos clavados en Stiles con un hambre oscura y posesiva.
Por un segundo, pareció que Jackson iba a sujetarlo del cuello para besarlo o para golpearlo, incapaz de procesar la adicción inmediata que esa provocación le causaba.
Unos pasos lejanos en el pasillo rompieron el trance.
Jackson se apartó de golpe, respirando con dificultad, tratando de recomponer su fachada de capitán del equipo, aunque su mirada seguía fija en Stiles como si fuera su única presa.
Stiles, completamente sereno, se pasó una mano por el cabello, luciendo impecable, y recogió tranquilamente sus llaves del banco.
—Nos vemos en el entrenamiento, Whittemore —dijo Stiles, pasándole por al lado y rozando a propósito su hombro contra el de Jackson, dedicándole una última sonrisa de suficiencia antes de cruzar la puerta—. Intenta no perder el control antes de tiempo. Apenas estoy empezando a divertirme contigo.
Mientras caminaba hacia su Jeep bajo la lluvia, Stiles sonrió para sí mismo. Jackson creía ser el cazador, pero no tenía idea de que acababa de entrar voluntariamente en la jaula. Y Stiles estaba más que dispuesto a jugar con él hasta cansarse.








