Capítulo 1
—Ian, ¿Tienes listos los reportes de auditoría trimestral? El supervisor los necesita antes de las cuatro.
El zumbido tan característico de la oficina se vio interrumpido por el tono tan alegre de mi compañero de escritorio.
Normalmente, el tecleo incesante de mis compañeros, el murmullo de las llamadas telefónicas y el necesario —pero horrible— olor a café quemado de la máquina comunitaria eran cosas que podía ignorar con facilidad, ¿Pero hoy?, cada mínimo ruido martillea mi cabeza sin cesar.
—Están en tu bandeja de entrada desde hace una hora.
Ni siquiera me molesté en mirarlo al responder. Me limité a seguir presionando la tecla Enter y pretender que trabajo. De todas formas, sé que no se molestará; Daniel es el típico chico alegre que nada le afecta… idiota.
—¡Muchas Gracias Ian!
El sonido de sus pisadas alejándose —seguramente para imprimir el documento— rebotó infinitamente en mi cabeza.
Connelly suspiró internamente. No odiaba a su equipo, tampoco pretendía ser un aguafiestas; simplemente se sentía exhausto, demasiado cansado como para fingir una sonrisa de amabilidad o pretender que realmente le importa. Llevaba casi una semana con un dolor de cabeza que ningún analgésico había logrado mitigar.
¿Estrés laboral? ¿Tal vez debería dejar de decir que sí a todas las horas extra?
Realmente solo quería mantener un perfil bajo. Con veinte años, sólo deseaba pagar su apartamento y que el mundo lo dejara en paz. Claramente, su cuerpo tenía otros planes.
Pasadas las tres de la tarde, mientras la voz de su jefe hablaba de un nuevo plan de trabajo en la sala de conferencias, el aire acondicionado parecía apagarse de golpe. ¿o fue él?. El ambiente se volvió sofocante, apenas podía respirar, y de pronto, una corriente de calor violenta que contrastaba con el temblor de sus manos le cortó por completo la respiración.
—¿Ian? ¿Estás bien? Te ves pálido, más de lo normal —Daniel frunció el ceño, mientras levantaba una mano para tocar su frente.
Intentó responder, pero de su garganta salió un jadeo ahogado.
—¡Ian estás ardiendo!
Daniel le miraba descolocado, pero no registraba nada correctamente. Su visión se volvió borrosa. El calor interno se transformó en una explosión volcánica amenazando con derretir sus venas. Se levantó rápidamente, empujando la silla en el proceso.
—¡Ian! ¿Qué estás haciendo? — Daniel se levantó con él, agarrando su hombro y girando su cuerpo para detenerlo. —No puedes levantarte as- ¡Oh Dios! ¡Tus ojos!
No entendía nada. ¿Mis ojos? ¿Qué tienen mis ojos?
Empujó a Daniel, sin fijarse en que todos a su alrededor lucían sorprendidos, algunos incluso atemorizados, y se obligó a caminar hasta el ventanal a por su reflejo. Le costó enfocarse, pero logró apoyar ambas manos en el vidrio. Apenas logró enfocarse un poco ante lo borroso de su visión, se enfrentó a lo improbable: Sus ojos, que siempre habían sido de un color castaño, brillaban de un violeta claro, eléctrico, casi innatural.
Dirigió su mirada hacia sus compañeros, a la vez que, sin explicación, el ventanal que lo mantenía de pie se quebraba bajo la palma fría de sus manos. El pánico colectivo estalló a su alrededor justo cuando las luces del techo luchaban por mantenerse encendidas, y antes de que pudiera procesar lo que sea que le estuviera sucediendo, sus piernas cedieron, y le dio paso a la oscuridad.
El retorno a la consciencia fue lento y confuso. Lo primero que notó al abrir los ojos fue la ausencia del dolor de cabeza que lo perseguía hace un tiempo, su cuerpo no estaba ardiendo como antes y se sentía más liviano. Casi sonríe, en serio, estuvo a punto de hacerlo, pero a la misma vez notó algo nuevo: Escuchaba cada maldito sonido a su alrededor.
El sonido de las gotas cayendo a través del gotero intravenoso conectado en su brazo, el zumbido del aire acondicionado, los pasos de la gente caminando, no sólo en el edificio que asume es un hospital, sino que también de la gente lejos de su posición.
Me voy a volver loco.
Se concentró a su alrededor, necesitaba una distracción. No parecía el hospital general que solía visitar de niño, las paredes eran de un color azul pálido, y frente a su camilla no se alzaba la típica pared con el televisor que no funciona, sino que un vidrio unilateral que claramente era para observar dentro, a él. ¿Por qué?
Los pasos fuera de su habitación lo distrajeron, y la puerta se deslizó con un siseo neumático. Un hombre de mediana edad, con un traje gris impecable, barba recortada y un cabello que combinada con su ropa entró a paso firme. Su mirada era fría, casi se sentía reflejado en el misterioso hombre.
—Bienvenido, finalmente está despierto, Señor Connelly—dijo el hombre, quién portaba una tablet que fallé en identificar al principio. —Estuvimos monitoreando su progreso durante su descanso. Es un milagro que no sufriera consecuencias mayores con tal despertar.
Ian intentó incorporarse, pero el hombre le hizo un gesto con la mano para que permaneciera en su lugar.
—¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? —la voz salió áspera, casi se ahoga al hablar.
El hombre simplemente se acercó a una pequeña mesa cerca de la camilla, sirvió un poco de agua y se lo entregó.
—Usted se encuentra en las instalaciones del centro médico general para despertados de los Estados Unidos de América— respondió, deslizando los dedos por la pantalla de su tableta. —Me disculpo por no presentarme como es debido, mi nombre es Raúl Hale, director de la división de despertados.
¿Qué?
Ese nombre lo conocía, por supuesto que lo hacía, su nombre siempre aparecía en las noticias cada vez que aparecía una grieta y se daba información al respecto, aunque jamás pensó conocerlo en persona… aunque… espera un momento.
—¿Por qué está usted aquí?
El director levantó la vista de su Tablet, y le miró directamente a los ojos.
—A las 15:42 de hoy, usted experimentó lo que nosotros llamamos un despertar tardío, señor Connelly. Lo que usted experimentó hoy, el calor insoportable, el dolor de cabeza que seguramente tuvo por días, las ondas magnéticas que su cuerpo expulsó hoy, todo eso, en términos legales e institucionales, indican que usted es un guía, señor Connelly.
Ian frunció el ceño, apretando las sábanas de la camilla.
—Eso es ridículo. Los exámenes obligatorios que el gobierno exige los tengo hechos. Al igual que todo el mundo, me sometí a todo eso a mis dieciocho años. Los resultados fueron negativos. Tengo veinte años, un alquiler que pagar, un trabajo al que ir.
—Las anomalías biológicas ocurren, aunque la probabilidad sea de un 0.1% —lo interrumpió Raúl, con una seriedad burocrática—. Usted es uno de esos escasos casos. Con su edad, su sistema nervioso ya está concluido, por lo que un despertar a su edad suele ser letal y no tiene una alta tasa de supervivencia. Su cuerpo, al intentar asimilar toda esa energía de golpe, le provocó una fiebre alta, y un dolor de cabeza intenso. Ese suele ser el primer síntoma, pero los civiles lo confunden con una jaqueca.
El director dio un paso más cerca, y colocó su mano encima del hombro de Ian.
—Su vida civil, me temo, ha concluido formalmente a partir de hoy. Desde ahora, usted pasa a estar bajo jurisdicción federal.
Ian desvió la mirada hacia el vidrio frente a él. El destello violeta en sus ojos le observaba, más estable y más intenso de lo que había sido en la oficina. La rabia y la frustración se acumularon en su pecho, pero se obligó a mantener la calma.
—Necesitamos confirmar a través de una prueba de sangre sus niveles base para el registro— dijo el director, interrumpiendo el silencio. —Un equipo médico tomará una muestra para su análisis en el laboratorio. Es un protocolo a ser realizado, pero debíamos informarle antes de hacerlo.
Más pasos resonaron fuera, y pronto un asistente médico entró con un kit portátil. Asintiendo de forma educada, tomó mi brazo cuidadosamente y de un pinchazo extrajo un poco de mi sangre. Nuevamente volvió a inclinarse en un saludo y se retiró de la habitación.
El silencio invadió la sala por unos minutos. Ian sólo podía pensar en lo que el director dijo hace unos momentos.
¿Un guía? ¿yo? ¿A mis 20 años? Es imposible
Un sonido interrumpió sus pensamientos, y el director movió sus dedos por la pantalla de su tableta. Fueron segundos, e Ian pudo registrar sorpresa e incredulidad, para luego pasar al completo shock. Posiblemente se hubiera reído de la expresión del director en otra ocasión, pero no en una donde su propia vida estaba relacionada.
—Esto…no puede ser correcto —murmuró, revisando los gráficos una y otra vez, actualizando la página como si su vida dependiera de ello.
—¿director? —preguntó Ian, con un tono rozando lo cortante, con un toque de inquietud imposible de ocultar. No puede decir eso y quedarse callado. — ¿Qué sucede?
Raul levantó la vista, mirando a Ian sin esa seriedad con la que entró a verlo, ahora lucía más… ¿Inquieto?
—Mil disculpas señor Connelly. Sus resultados salieron más rápido de lo que esperaba por lo que pensé esto estaba mal, pero… sus niveles de emisión de feromonas, y la capacidad de absorción de éstas… están fuera de cualquier escala registrada para un guía recién despertado. Es un hecho jamás registrado en la historia de nuestro país, señor Connelly. El sistema le ha otorgado inmediatamente la clasificación más alta registrada.
El director se paró recto y se inclinó en un saludo que, a pesar de demostrar un respeto absoluto, solo provocaron un escalofrío a lo largo de toda su espalda.
—Desde hoy, usted será el primer guía de rango S registrado en Estados Unidos.
…
……
¿Qué mierda?









pobre Ian,el solo queria una vida normal 💔