Cenizas by Riko Ishikawa at Inkitt
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Cenizas

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Summary

En un mundo donde la bondad es castigada y la supervivencia tiene un precio cruel, Lir ha pasado su vida soportando el desprecio y el abuso. Vendido como una simple moneda de cambio por una familia que lo adoptó solo para usarlo, su destino parece sellado la noche en que es entregado como tributo a Yaak, una imponente deidad dragón de fuego temida por los hombres. Sin embargo, cuando el monstruo contempla a su ofrenda, descubre algo insólito: un corazón puro y ajeno a la maldad humana. En lugar de devorarlo, el dios lo perdona, y lo que comienza como un rescate despierta una peligrosa y fascinante atracción. Pero las deudas con los dioses no se pagan fácilmente, y entre cenizas, secretos ancestrales y un amor tan cálido como letal, la vida de Lir está a punto de cambiar para siempre, arrastrándolo a un abismo donde los verdaderos monstruos caminan a la luz del sol.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

El sol se colaba por los vitrales del orfanato segunda esperanza, dando inicio a otro nuevo día y con ello al orden de labores. Conforme los niños iban creciendo se les daba una mayor carga de tareas o se aumentaba su dificultad para que tuvieran algo que hacer y les dieran una mano con los quehaceres de la institución, puesto que no tenían mucho personal contratado. Sin embargo, para Lir, un chico escueto de apenas doce años, era mejor disuadir su mente en las labores domésticas que dejarse agobiar por sus pensamientos internos.

— ¡Lir! — alzó la voz la madre superiora, sacándolo de su ensoñación —. Tú te encargarás de limpiar el gallinero, cambia la paja, dales de comer, recoge los huevos y si tienes tiempo ayuda en la cocina con la comida — sin espera de algo más, el susodicho salió al patio con obediencia.

Las instalaciones eran de una hectárea, el edificio principal se erguía en cuatro niveles; los dos pisos superiores eran de dormitorios separados para las monjas y para los niños. El piso de en medio servía para las clases que recibían de las monjas entre semana, la planta baja desempeñaba como capilla, donde rezaban y cada domingo llegaba un sacerdote a oficiar una misa. En el edificio de al lado, se encontraba el comedor, la despensa y la cocina en la planta baja, mientras que el segundo piso era usado como lavandería y bodega.

Entre los pasillos se veía un hermoso jardín de hortensias, gardenias, claveles y margaritas que era cuidado por todos, el huerto estaba a unos pasos de la cocina y los animales lo más retirado de todos, para que su hedor no molestara a nadie. En medio de todo, se encontraba una noria de agua potable con la que se abastecían, el pozo y un granero para resguardar todo lo que requirieran plantas o animales.

Lir disfrutaba de las actividades con la naturaleza, al ser retraído era su única forma de comunicarse con el exterior sin sentirse mal y aunque fuera un trabajo duro, siempre se hacía tiempo para platicar con plantas o animales.

— Lo has hecho bien Ámbar, te lo agradezco — Lir acariciaba con ternura a las gallinas, como si las consolara de algún modo por llevarse sus huevos. Se colocó ambos huevos en los oídos — … Lo siento, está vez no lo has conseguido — sonrió a medias como tratando de animarla — … Quizá la próxima sea la buena — le dio otra caricia más antes de pasar a la siguiente ave. Usaba un tono ligero con los animales, como si le fuesen a responder y procuraba ser lo más comprensivo con ellas. Aunque siempre dejaba los huevos fecundados escondidos para que los pudieran seguir empollando.

Lir era tildado de loco, raro y mentiroso por los demás con facilidad, así que le era más cómodo trabajar solo. En las adopciones también era difícil que alguien quisiera llevárselo, no por mal portado, o feo, al contrario; tenía unos rasgos finos y delicados que lo hacían parecer como una muñeca de porcelana, pero el encanto se terminaba tan pronto alguien lo tocaba.

Unas pocas monjas le llamaban "don", pues el pequeño era capaz de leer los corazones de las personas, decir sus más oscuros secretos, o mencionar sus grandes pesares. Aunque siendo un niño, no tenía el tacto ni la cordialidad para hablar sobre ello; lo cual terminaba haciendo que más de uno se sintiera ofendido, avergonzado e indagando con las palabras de un chiquillo.

Con el gallinero limpio, la paja puesta, las aves bien alimentadas y con la cesta llena, Lir fue a la cocina para ver en qué otra cosa podría ayudar. Justo al entrar, escuchó susurros provenientes de la despensa, por lo que se quedó escondido detrás de la puerta escuchando por un pequeño orificio.

— No se puede evitar, ya son dos meses de adeudo. No hay más que decir — la madre superiora azotó la mesa haciendo que los frascos de conservas temblaran.

— Tenemos muchas bocas que alimentar — secundó la madre Silvia.

— Pero madre... eso sería peor que la excomunión... Ser cómplice es como ser el mismo pecador — refutó la madre Karina.

— Ojos que no ven... corazón que no siente. No se preocupen, yo me haré cargo de todo — aseguró la anciana.

El pequeño rubio se dio la vuelta cabizbajo, sabía que el orfanato llevaba tiempo con problemas económicos, por eso mandaron a los mayores a conseguir trabajos de medio tiempo, mientras que los demás ayudaban tanto como podían vendiendo lo que sacaban del ganado y la cosecha. Solo esperaba que, todos pudieran encontrar un hogar cálido al cual pertenecer.


Cuando la comida fue servida, las puertas del orfanato se abrieron como lo hacían mensualmente para las visitas de adoptantes: parejas, hombres o mujeres que deseaban formar un hogar o ser un sitio de "acogida" de forma temporal. Todos hablaban animosos, jugaban o preguntaban cosas sin sentido unos a otros para conocerse mejor.

— ¿Cómo te llamas? — quiso saber un hombre con un bastón a su lado que usaba para apoyarse al caminar —. No pareces muy interesado en la reunión, ¿o me equivoco? — dibujó una sonrisa torcida en su rostro, aunque no terminaba de llegarla a los ojos.

— Me llamo Lir, señor — contestó apretando las manos por debajo de la mesa. No sabía si por los nervios o porque el tipo no le daba buena espina.

— Que lindo, ¿Cuántos años tienes Lir? — se sacó el sombrero dejando ver un par de canas decorando su melena castaña.

— Doce años, señor — pasó saliva con dificultad tratando de mantener la calma.

— Oh, eres todo un hombre mi amigo. ¿Qué te gusta hacer? — se acomodó mejor en su asiento acercándose un poco más a Lir como queriendo escuchar mejor lo que decía.

— Me encargo de las gallinas y limpiar a las vacas, a veces alimento a los cerdos... Señor — quería morder sus labios, pero las monjas habían insistido en que debía de ser cortés y educado con cualquier mayor que le hablara, además de ser lo más claro posible, sin balbucear.

— ¡Vaya, que chico tan trabajador! — soltó una carcajada mientras se levantaba de su sitio con dificultad y se esfumaba entre la muchedumbre cojeando ayudado de su bastón.


Poco tiempo después, las monjas permitieron que los adoptantes jugaran con los niños, y algunos fueron afortunados al ser llevados a un hogar con adoptantes. Aunque ése no sería el caso de Lir.

Fue llamado a la oficina de la madre superiora para una "última entrevista", pero Lir no recordaba a ninguna pareja que estuviera particularmente interesado en él, además de haber pasado la tarde de juegos bañando a las vacas escondido de los demás.

— ¡Oh, ahí está mi campeón! — saludó el hombre del bastón con su característica sonrisa torcida. Extendió sus brazos hacia Lir para invitarlo a pasar, pero como no avanzaba se situó a su lado y colocó su brazo sobre su hombro para empujarlo dentro.

— No me siento... — no terminó la frase, se cubrió la boca como reprimiendo las ganas de vomitar.

— Entiendo, amigo. Un paso a la vez, ¿sí? — soltó una carcajada —. Adoro a este chico, nos entendimos en un segundo ¿recuerdas? — Lo tomó en brazos como un muñeco y lo sentó en sus piernas frotando su entre pierna contra el trasero del niño.

Lir se tiró al suelo en medio de una arcada.

— ¿Muchacho? ¿Estás bien? — cuestionó la madre superiora mientras dejaba los papeles de la adopción en el escritorio.

— Claro que está bien, sólo no puede con la emoción de salir de aquí, ¿no es cierto hijo? — se inclinó sobre Lir apretando su hombro con fuerza —. Haz lo que te digo antes de que me enoje — susurró en el oído del pequeño mientras lo ayudaba a levantarse en un abrazo —. Nos vamos a llevar super bien, no se preocupen — anunció a las monjas —. Mejor que bien — susurró en el oído del niño mientras lamía su oreja y este lo empujaba.

— Ellos... ellos... — la mente de Lir era en caos, por ella pasaban un sin fin de imágenes en las que ése hombre abusaba físicamente de otros niños que encontraba en las calles o sacaba de orfanatos como a él — ¿Por qué...? snif... ¿por qué les hace eso? — sus ojos soltaban lágrimas a borbotones. El miedo, el dolor, todo envolvía su cuerpo y lo quemaba.

Tanto el hombre como las monjas lo miraban con extrañeza, era algo que nunca había ocurrido. El chico, bien podía ser impertinente, nunca había llorado de ése modo con un adoptante. Parecía poseído.

— Amigo, deja de jugar. Ven, vamos a casa, ¿si? — el hombre lo abrazó de nuevo, pero el niño se resistía como podía, cubría sus oídos como si la vida le fuera en ello — ¡¿Qué demonios...?! — forcejeaba para evitar que Lir se le fuera de los brazos.

— ¡¿No está cansado?! ¡¿No le duele todo lo que hace Sr. Jones?! — nadie le había dicho el nombre del sujeto, pero Lir lo había dicho fuerte y claro sin titubear.

Mientras el castaño se disponía a cargar al chico para llevarlo consigo, una terrible jaqueca se arraigó en su mente haciéndolo gritar descontrolado. Justo como Lir había estado hace poco.

— Madre Sandra, llévate a Lir a su habitación — ordenó la madre superiora mientras veía al hombre gritar a todo pulmón y hacerse ovillo —. Llamaré a un médico —.


Cuando Lir estuvo a solas con la madre Sandra le contó lo que vio en el corazón del hombre, pero ella no le creyó. Como muchas otras, pensaba que eran ideas del niño y por como lo había visto gritar de ése modo, tenía la sospecha de que pudiera haber sido poseído verdaderamente por un demonio. Así que dejaron al niño en la bodega para que "reflexionara" sobre sus actos.

No era la primera vez que era recluido, ya que, por su “don” era constantemente regañado por la madre superiora quien le decía que debía mejorar sus modales para poder ser adoptado, “sino, ¿Quién te querrá así?” decía. También solía ser castigado por “mentir”, cuando los niños lo lastimaban a propósito para ver cómo su cuerpo se regeneraba en unos pocos segundos. Nadie creía que fuera capaz de hacerse, pues no tenía lógica alguna que las heridas cicatrizaran por obra de magia, y como no veían herida, ni cicatriz, Lir terminaba por asumir la culpa de todo.

Ésa noche de luna llena, los ojos azules verdosos de Lir estaban aguados en lágrimas; su piel normalmente pálida, ahora enrojecida por tanto llanto lo hacían ver deshecho, como si no tuviera a nadie en este mundo. Él se abrazaba a sí mismo en la esquina de la habitación en medio del fresco, recargado contra las dos paredes a su alrededor.

Hizo sus mechones rubios a un lado de sus ojos, enjaguando su vista para poder ver la luna por la ventana. Siempre se preguntaba acerca de su madre, si ella también podría ver ésa luna con él o si su padre algún día lo buscaría... Aunque le hacía mal tener falsas esperanzas, le gustaba aferrarse a ése hilo de felicidad que le daría conocer a su familia biológica.

— Mañana será un nuevo día... me esforzaré más — se sorbió los mocos y terminó por acurrucarse en sí mismo para poder pasar la noche.


El mes siguiente afuera había una conmoción en las calles, pues investigando un poco, los policías encontraron información que incriminaba al Sr. Jones en trata de menores, abuso sexual y homicidio, todo esto confesado por el mismo hombre. Contrario al deseo de la sociedad, el jurado estaba pensando en enviarlo a una institución mental por su paranoia reciente. Desde que había sido recogido por la unidad médica no paraba de hablar para sí mismo como si estuviera en estado de psicosis.

Las monjas no le tomaron mucha importancia, pues para ellas había sido un alivio no tener que enviar a ningún niño con el Sr. Jones para que sufriera esos malos tratos. Pero nadie aceptaba que Lir había influido en la confesión del hombre.

Ésa tarde de visita con los adoptantes, un hombre de clase alta irrumpió en medio de la comida con una solicitud especial para la madre superiora. El señor se paseaba luciendo su ilustre traje por los alrededores, escaneando a los niños de arriba a abajo con una mirada fría, casi como si encontrara los defectos de cada niño en un segundo.

— Este. Sí, me lo llevo — anunció el hombre de alta alcurnia.

— ¿Disculpe? — cuestionó la madre Karina.

— El rubio delgaducho de ahí — señaló a Lir — ¿Hablas? — se acercó al chico con un par de zancadas.

— Sí, señor — se paró derecho tratando de evitar los nervios.

— Bien por ti. Tú, vienes conmigo — reiteró —. Recoge tus cosas, nos vamos en cinco minutos. No llegues tarde — exigió con monotonía. Se dio la vuelta colocando uno de sus brazos detrás de la espalda, con la cabeza alta y los hombros hacia atrás, sin mirar a los costados.

Ya en la oficina, la madre superiora le mostraba al hombre acaudalado los diferentes proyectos que tenían en mente para mantener el orfanato, pero no parecía capturar el interés del señor.

— Lir, te presento al señor Moruga, él va a adoptarte — anunció la madre superiora con emoción.

— Mucho gusto — se inclinó el rubio pero el azabache no mostró respuesta.

— Él tiene otro hijos, pero quiere un compañero de juegos para su hija menor, ya que su madre falleció recientemente. Es un niño muy trabajador, no le dará problemas — comunicó la monja a su lado mientras le ayudaba a Lir con sus pocas pertenencias.

— Nos entenderemos bien, no se preocupe — la voz áspera del Sr. Moruga no mostraba realmente emoción por la adopción, pero Lir no se iba a quejar. Daría lo mejor de sí mismo para que funcionara.


El viaje en coche fue de cuarenta minutos hasta llegar a la hacienda que se alzaba como un gran monumento de dos pisos. Un jardín enorme, una fuente de agua e incluso árboles con formas que Lir no terminaba de descifrar. En el estacionamiento, el Sr. Moruga avanzó sin importar que Lir lo siguiera.

— Dormirá en el cuarto de lavandería, creo recordar que hay un catre por ahí. Quiero que lo instruyas en todo Bruno, él será tu responsabilidad a partir de ahora — un mayordomo de ojos café chocolate asintió a las palabras del Sr. Moruga mientras ayudaba a Lir con sus cosas.

— Sígueme, por favor — lo llevó por un pasillo que le permitía observar la magnitud del lugar: un establo, piscina, cosas que no sabía nombrar ni para qué servían.

— S-soy Lir, por cierto — balbuceó tratando de seguirle el ritmo —. Tengo doce años — a cada que avanzaban se percataba de lo pequeño que era él y lo enorme del lugar.

— Vaya, por tu tamaño pensé que tendrías apenas nueve, pero si eres mayor, puede funcionar. El Sr. Moruga suele traer chicos para que se unan al equipo de servicio de la casa... No te hagas ideas equivocadas. Siempre debes referirte a los amos como "Señor" o "amo", nuestro salario depende de ello; aunque en tu caso, creo que sería tu comida — abrió una puerta con un conjunto de máquinas, lavaderos y tendederos puestos en fila —. Esta será tu habitación, acomódate donde puedas. Cambia tu ropa y ven a buscarme al jardín, tenemos que podar el césped y regar las plantas antes del anochecer — le empujó un conjunto antes de cerrar la puerta en sus narices.

Así fue como Lir terminó siendo adoptado por los Moruga.

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