Capitulo la llegada
Rod Champ, ya no sabía cuánto tiempo llevaba subiendo aquella escalera.
Las piernas le dolían, el aire cambiaba con cada tramo que ascendía -más denso, más extraño, cargado de un olor que no supo identificar- y en algún punto había dejado de contar los escalones. Pero cada vez que pensaba en detenerse, algo tiraba de él hacia arriba. Curiosidad, tal vez. O simplemente la certeza de que no había vuelta atrás.
-Solo uno más -se repitió, aunque llevaba diciéndose lo mismo desde hacía rato-. Y luego otro. Y otro.
Cuando finalmente llegó a lo alto, se detuvo en seco.
Un mundo imposible
El paisaje que se extendía ante él no pertenecía a ningún lugar que Rod pudiera reconocer. El cielo tenía un tono que no era del todo azul, y hacia el horizonte se alzaban formaciones vegetales tan altas que parecían rascacielos hechos de tallo y hoja.
-Esto no puede ser real -murmuró, aunque nadie lo escuchaba.
Bajó la vista hacia sus propios pies y se quedó paralizado. Algo se movía en el suelo, decenas de formas diminutas desplazándose en todas direcciones.
-Hormigas -pensó en voz alta, dando un paso atrás por instinto-. Son solo hormigas.
Pero al agacharse para mirar mejor, comprendió que estaba equivocado. No eran hormigas. Ni insectos de ningún tipo. Eran bacterias. Formas de vida que, en su mundo, solo existían bajo un microscopio, y que aquí se desplazaban frente a él, visibles a simple vista, como si el tamaño de las cosas hubiera perdido todo sentido.
-De acuerdo -dijo Rod, incorporándose lentamente-. Definitivamente no estoy en casa.
El camino
Caminó durante horas. El sol -si es que aquello era el sol- se movía lento sobre su cabeza, y el paisaje cambiaba constantemente: bosques de proporciones absurdas, criaturas que se detenían a observarlo con la misma curiosidad con la que él las observaba a ellas.
En un punto del camino se cruzó con un grupo de figuras altas, de piel curtida y varias orejas asomando entre el cabello. Uno de ellos tenía tres ojos, y lo miró con una expresión que Rod no supo interpretar del todo: ¿sorpresa?, ¿desconfianza?
Ninguno le habló. Rod tampoco se atrevió a acercarse. Simplemente siguió caminando, cada vez más consciente de que, en aquel mundo, era él quien estaba fuera de lugar.
-Tres ojos -murmuró para sí mismo, varios minutos después de haberlos dejado atrás-. Genial. Cuatro orejas, tres ojos. ¿Qué sigue, seis brazos?
Nadie respondió, por supuesto. Pero decirlo en voz alta ayudaba, de alguna manera, a que todo aquello se sintiera un poco menos abrumador.
La aldea
Cuando el cansancio ya empezaba a pesarle más que la curiosidad, Rod divisó algo que reconoció al instante: una empalizada de madera, tosca pero claramente construida por manos humanas.
Se acercó con cautela, y antes de que pudiera decidir si llamar o esperar, un hombre armado con una lanza improvisada apareció tras la puerta.
-¿Quién eres? -preguntó el hombre, con más curiosidad que hostilidad-. ¿De dónde vienes?
-Sinceramente -respondió Rod, todavía sin aliento-, no tengo ni idea. Subí una escalera. Y ahora estoy aquí.
El hombre lo observó un momento más, y algo en su expresión pareció suavizarse.
-Otro más -dijo, casi para sí mismo-. Entra. Hablaremos adentro.
La aldea era pequeña, apenas un puñado de casas de madera dispuestas alrededor de un espacio común, pero después de horas caminando solo entre gigantes y bacterias del tamaño de un puño, a Rod le pareció el lugar más acogedor que había visto en su vida.
Historias alrededor del fuego
Aquella noche, sentado junto al fuego con un plato de comida caliente entre las manos, Rod escuchó las historias de quienes ya llevaban tiempo viviendo allí.
-Todos llegamos igual -le explicó una mujer mayor, señalando el fuego con un gesto cansado-. Subiendo esa escalera. Nadie sabe bien por qué, ni de dónde viene.
-¿Todos ustedes son humanos? -preguntó Rod-. ¿De la Tierra?
-De distintos mundos, en realidad -respondió otro de los presentes, un hombre con una cicatriz que le cruzaba la ceja-. Pero sí, todos humanos. Y todos aprendimos a sobrevivir aquí, entre los Cuatro Orejas y los Seis Orejas.
-¿Son enemigos? -preguntó Rod, con cierta cautela.
-Enemigos entre sí, sobre todo -dijo la mujer-. Nosotros solo intentamos no quedar atrapados en el medio. Aunque hay quienes todavía nos persiguen a los humanos. Facciones que no confían en nosotros. Otras que sí.
Rod escuchó en silencio, absorbiendo cada palabra. Conflictos entre pueblos, alianzas frágiles, humanos llegados de mundos distintos intentando encontrar un lugar en aquel caos. Era demasiada información para asimilar en una sola noche, pero por alguna razón, escuchar que no era el único que había subido aquella escalera lo tranquilizaba más de lo que esperaba.
Una frase junto al fuego
Más tarde, cuando ya casi todos se habían retirado a descansar, alguien lo condujo a una pequeña habitación de madera. Una cama sencilla, una manta gruesa, y el sonido distante del fuego todavía crepitando afuera.
Rod se recostó y miró el techo, repasando mentalmente todo lo que había visto ese día: la escalera interminable, las bacterias gigantes, los Cuatro Orejas de tres ojos, la aldea, el fuego, las historias.
Justo antes de quedarse dormido, recordó algo que había escuchado esa noche, dicho casi al pasar por uno de los aldeanos mayores:
-Si has llegado aquí, significa que ahora eres uno de nosotros.
Rod no entendía todavía qué significaba exactamente aquello. Pero mientras el sueño finalmente lo vencía, tuvo la certeza de que estaba a punto de descubrirlo.








