Asé mucho de que persigo la felicidad
"no ser amado es una simple desventura,la verdadera desgracia es no poder amar"
El sueño se te escapó una vez más.
Qué egoísta es la Princesa Luna. Qué egoísta al negarte el descanso, qué cruel el mismo sueño que se desvanece entre tus pezuñas cada vez que casi logras atraparlo.
Te despiertas por el rítmico golpeteo del tren en movimiento. Insomne otra vez. Tu pelaje está enmarañado, pegajoso por el sudor frío de la noche, y una sed molesta te raspa el fondo de la garganta, pidiendo un alivio que no llega. Aún no es el amanecer. Debiste haberlo intuido por el frío que se filtra por las juntas de la vieja ventanilla o por la oscuridad absoluta que reina más allá de los cristales empañados.
Los pensamientos van y vienen, desordenados, insistentes.
"Tik… tak… tik… tak…"
Ahí está de nuevo ese ruido tan molesto. Es normal, lo sabes bien: esta es una locomotora antigua, de las que aún usan vapor y ruedas de hierro forjado. Aun así, no puedes evitar preguntarte por qué demonios estás aquí.
Y entonces lo recuerdas.
Tu abuela. Una pony terrestre de la vieja escuela, de esas que todavía hablaban de “los tiempos antes de las Princesas” con una mezcla de orgullo y amargura contenida. Te dejó una casa en un pueblo lejano… ¿cómo se llamaba? Ah, sí: "Ponyville". Un rincón perdido en la otra punta del mundo, al menos según tu opinión. Nunca la conociste demasiado. No fueron cercanos. Cinco visitas en toda tu vida, quizás seis si cuentas aquella tarde en que te llevó a ver la Cascada de Cristal cuando aún eras un potro. Los motivos de aquella distancia… ni tú mismo los conoces del todo. Y, si eres honesto, tampoco intentaste averiguarlos. Simplemente un día llegó la carta. Una casa vieja. Unas llaves oxidadas. Y la fría certeza de que ya no quedaba nadie más que pudiera reclamarla.
Además, tu vida no ha ido precisamente bien.
Conservas recuerdos de la infancia en el Reino de Cristal. Algunos los habrían considerado una bendición. Para ti, más bien han sido una maldición silenciosa que se arrastra hasta el presente. Aún lidias con el constante problema del “pelaje de cristal”: ese extraño comportamiento de tu cuerpo, que se vuelve brillante, casi translúcido, cuando las emociones fuertes se acercan demasiado. Suena hermoso… hasta que intentas pasar desapercibido. Hasta que un simple ataque de ansiedad en el metro hace que tu pelaje brille como un faro y todas las miradas se giren hacia ti. Y luego está aquel estereotipo tan antiguo como el propio Reino: que los ponies de cristal son ingenuos, frágiles, demasiado sensibles para el mundo real. Lo odias. Y, al mismo tiempo, a veces te preguntas si no tiene algo de razón.
Los recuerdos de la niñez se te resisten. Están borrosos, como vistos a través de un cristal empañado. Lo que permanece más claro es tu adolescencia y tu vida adulta en Manehattan.
Mejor no pensar en eso. Ni de cerca.
Problemas de la gran ciudad: un trabajo que te consumía poco a poco mientras tú te dejabas consumir, un desamor que te vació por dentro y del que nunca terminaste de recuperarte del todo, una depresión que se instaló como un inquilino permanente y una crisis de identidad que nunca resolviste… porque, honestamente, tampoco te esforzaste demasiado en hacerlo. Cómo odiabas aquel lugar. Especialmente la falta de silencio. El ruido constante, las luces que nunca se apagaban, la sensación de que incluso cuando estabas solo… no lo estabas realmente. Y tú, en lugar de pelear, te limitaste a aguantar. A posponer. A quejarte en silencio.
Y gracias al doctor y al “psicólogo” —con comillas, porque nunca terminaste de confiar del todo en él, ni de hacer realmente el trabajo que te pedían— te dijeron que te tomaras un descanso. Que te alejaras. Que “cambiaras de aires”. El resultado fue predecible: terminaste sin trabajo. Y ahora estás aquí, en un tren que cruje y se queja a cada curva, camino a un pueblo del que solo conoces el nombre.
Ya perdiste la cuenta de cuántas veces te has mudado. Cada vez con la misma promesa vacía de que “esta vez sería diferente”.
Respiras hondo.
El aire entra frío, mezclado con tierra mojada y el olor leve de la lluvia reciente. Un conjunto de cosas totalmente aleatorias… y, sin embargo, te trae una calma particular. Una calma que no sentías desde hace demasiado tiempo.
Tu estómago ruge, exigiendo comida. Tu espalda te suplica, casi con desesperación, que cambies de posición. Llevas un día entero de viaje. Parece poco… hasta que recuerdas que los asientos son tan viejos como tu abuela. De pronto dejan de parecer tan “aceptables”.
Perezoso como siempre, usas tu magia.
Una débil chispa azulada sale de tu cuerno —apenas lo suficiente— y sacas de la mochila una pizza de microondas envuelta en plástico arrugado. La abres sin ceremonias y metes trozos enteros en tu boca, masticando con la misma tranquilidad con la que has hecho esto demasiadas veces. Más de las que es saludable, desde luego. ¿Qué esperabas? Es la dieta de un trabajador que apenas tiene fuerzas para existir.
Comes hasta saciarte, o al menos hasta que el estómago deja de quejarse.
Al mismo tiempo, el tren se detiene con un chirrido largo y cansado. Una voz mecánica, distorsionada por los altavoces viejos, anuncia:
—“Última parada: Ponyville. Por favor, bajen con cuidado. Gracias por su viaje.”
Te levantas con todo el ánimo que un trabajador agotado puede reunir —es decir, casi ninguno— y bajas del vagón. Eres el único.
Obvio. ¿Quién demonios viajaría hasta aquí?
En el andén solo hay un viejo asno leyendo el periódico, sentado en un banco de madera desgastada. No te mira. No te habla. Mejor. No es que seas grosero… simplemente no eres bueno hablando. Nunca lo has sido. Pasas a su lado en silencio y te detienes frente al cartel oxidado. Tiene un par de flechas pintadas a mano, casi ilegibles por el tiempo.
Miras rápido.
Ahí está: "Ponyville".
Solo tienes que seguir la flecha.
Genial. Caminar más.
Ahora lo único que envidias de Manehattan son los taxis. Esos malditos taxis que siempre encontrabas aunque fuera a las tres de la madrugada. Pero qué se le va a hacer.
Ajustas la mochila sobre tu espalda adolorida, das un paso adelante… y empiezas a caminar por el camino de tierra que se pierde entre los árboles.
La caminata no es muy larga.
El aire fresco te envuelve como debería serlo todo en un lugar decente: limpio, frío, sin el olor a escape de los taxis ni el ruido constante de Manehattan. Por un momento, casi se siente… bien.
Sigues las indicaciones que tu abuela dejó escritas en aquel papel arrugado que casi no encontraste. Tardaste bastante. Revisaste la mochila tres veces, luego los bolsillos, luego la mochila otra vez, hasta que casi te dio el amanecer. La casa está algo alejada, cerca de una pequeña escuela de potros cuyos ventanales aún están a oscuras. Y ahí está.
Lo primero que notas no es la casa.
Es el paquete.
Un paquete de colores chillones, envuelto con un lazo torcido y demasiado entusiasta, abandonado justo frente a la puerta. Qué raro. Te detienes. Miras a un lado. Al otro. No hay nadie. Al final decides verlo. Lleva una nota pegada con cinta adhesiva de colores.
La lees.
“Lo siento por la abuela Sugar Mix… me enteré de que eres su nieto… suelo hacer fiestas a los recién llegados, pero… em… no quiero ser entrometida con algo tan delicado, así que te dejo esto. Att: Pinkie Pie.”
¿Pinkie Pie?
Esa… ¿quién es? Solo Celestia sabrá.
Abres el paquete con más curiosidad que ganas. Dentro hay un pastel. De fresa. Dulce, . No es que te anime particularmente lo dulce… de hecho, casi te da pereza solo de mirarlo. Pero no te vas a quejar. Comida es comida. Y después de un día entero de tren y pizza de microondas, no estás en posición de ser exigente.
Lo dejas a un lado por ahora.
Y por fin levantas la mirada.
Ahí está.
Una casa bonita. Pequeña, de madera clara, con el tejado un poco ladeado por los años y un porche que aún recuerda mejores días. Tal como la recuerdas de aquellas pocas visitas de cuando eras potro. Un poco más desgastada, sí. Un poco más sola. Pero es la misma.








