Prólogo
EL CLUB
JR VELÁRDEZ & JP VELÁRDEZ
Las circunstancias no hacen al hombre, solo lo revelan.
Epicteto
En algún lugar de Argentina
La luna llena deformaba las sombras en la ladera anaranjada de piedra suelta. Un momento antes, cuando mis dedos tocaron el metal enterrado, no sentí el frío ni el cansancio; solo una urgencia eléctrica, casi violenta, por sacarlo de la tierra. Ahora, el viento soplaba con una fuerza distinta, como si nos echara a empujones, y el silbido bajo que se filtraba entre las rocas ya no sonaba a naturaleza.
Sonaba a advertencia.
—Tenemos que irnos —dije—. Ya.
Apagamos la linterna por puro reflejo. Metí el cofre en la mochila y bajamos con más rapidez que prudencia. Las piedras se movían, traicioneras, bajo los pies. Un par de veces mi papá estuvo a punto de resbalar hacia el vacío, pero se sostuvo de la nada, respirando a bocanadas.
Cuando llegamos al auto, el valle era una boca de lobo. Solo la luna arriba y, a lo lejos, el parpadeo estéril de un par de luces en la ruta.
Subimos. Esta vez, sin preguntar, tomé el volante.
—¿Qué hace? —preguntó mi papá.
—Manejo yo —dije, entregándole la mochila.
Arranqué sin encender los faros hasta tocar el asfalto. El motor rugió. Unos segundos después, en el espejo retrovisor, la oscuridad escupió dos focos encendidos. Lo supe en ese momento: el auto negro nos había seguido.
—No estamos solos.
Mi papá no contestó. Miró por el espejo y apretó la mochila contra sus piernas como si intentara asfixiar lo que había adentro.
—Conozco esta ruta —dijo—. Usted maneje. Yo le digo.
La aguja del velocímetro empezó a trepar: ciento cuarenta, ciento sesenta. El auto iba pegado al suelo, devorando una ruta que se estiraba en la oscuridad como una cuerda a punto de cortarse. A los costados, los arbustos pasaban como espectros negros que intentaban manotear las ventanillas.
—Más adelante hay una curva cerrada —dijo él, sin mirarme—. Después de eso, un desvío a la derecha. Una huella. Si entra rápido, el otro va a pasarse de largo.
Agarré el volante con más fuerza.
Las luces del auto negro se agrandaron en el espejo hasta inundar la cabina de un brillo blanco, cegador. Estaba encima, pegado a nuestro paragolpes, empujándonos. Aceleré a fondo; el turbo del motor silbó en un grito ahogado y el auto dio un tirón. Apagué las luces grandes y doblé a ciegas. Las gomas perdieron tracción en el barro y el coche se sacudió de costado. El vacío me saltó al estómago: por un milisegundo fuimos pasajeros de la inercia. Enderecé a puro pulso y avanzamos por la huella, con el capó apenas iluminado por la luz pálida de la luna.
Nos quedamos inmóviles, conteniendo el aire
En el retrovisor, la ruta principal quedó atrás. Los dos focos del otro coche pasaron de largo a toda velocidad, barriendo la noche, y se hundieron en la nada.
Solo entonces alivié la presión en el acelerador. El motor reguló en un ronroneo bajo, pesado.
Mi papá soltó un aire retenido.
—Llámelo a Pablo —dijo—. Ya mismo.
Saqué el celular todavía con los dedos rígidos por la fuerza con la que apretaba el volante. La pantalla iluminó mi cara con un brillo espectral. Había poca señal. Aun así, marqué.
El tono sonó una vez. Dos. Tres. Nadie atendió.
Lo intenté de nuevo. El mismo silencio.
Probé con el Loco. El buzón de voz saltó de inmediato, frio y automatizado.
Entonces me bajó un frío distinto, un frío que no tenía nada que ver con el viento de la montaña. Era la certeza de que algo había salido mal.
—No atienden —dije.
Mi papá cerró los ojos, entregándose a la penumbra.
Miré el cofre metálico sobre sus piernas, pesado, blindado, custodiando un secreto que no era ni por cerca lo que habíamos creído.
—No debimos separarnos… —murmuró.








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