Porque el amor más difícil siempre fue el mío
Como hada del amor, todos creen que puedo hacer que cualquiera se enamore. La realidad es muy distinta: siempre me ha resultado más fácil unir corazones ajenos que comprender el mío.
Para alguien como yo, enamorarse es un crimen, un destino prohibido que jamás debería hacerse realidad. Y, sin embargo, aquí estoy, incapaz de arrancar este sentimiento de mi corazón.
Me llaman el dios del amor, pero la verdad es que no sé nada sobre él. Lo único que sé es que la persona que amo está lejos de mí.
Juanísimo Magnífico... Esa hada me cautivó desde el primer instante. Ver la intensidad con la que ama, la pasión que arde en su mirada cada vez que entrega el corazón, bastó para perderme. Ese fuego que llevaba dentro terminó consumiendo el mío.
Solo existe un deseo que no puedo concederme: que algún día ese mismo fuego arda por mí.
—Hola, Cupido —escuché frente a mí mientras paseaba por el Mundo Mágico.
Al levantar la vista, encontré a Timmy Turner, el ahijado de Cosmo y Wanda.
—Hola, niño —respondí sin demasiado entusiasmo—. ¿Qué quieres? ¿Que haga que una chica se enamore de ti?
—No —contestó con tranquilidad—. Te vi un poco triste y quise saber qué te pasaba.
No pude evitar sonreír.
—¿Sabes? Eres un buen chico.
—No soy tan bueno —respondió entre risas.
—Estoy bien. Son cosas de hadas.
—¿Podemos hacer algo? —preguntó Wanda con preocupación—. Verte así no es normal.
Miré a los tres y me detuve unos segundos en el idiota de cabello verde. Conociéndolos, sabía que no me dejarían solo hasta asegurarse de que estaba bien.
—Los invito a comer a mi casa.
Los llevé a mi hogar y les serví la comida más deliciosa que la magia podía crear. Cuando todos quedaron satisfechos, continuamos conversando.
Les hablé de mi situación. Cosmo y Wanda se miraron sorprendidos mientras le explicaban a Timmy que el amor, a veces, aparece de la forma más inesperada. El chico pareció entenderlo enseguida, aunque al hada de cabello verde todavía le costaba procesar la información.
—Cupido... eso es muy lindo, pero sabes que Juanísimo es un poco...
—Lo sé, Wanda. Y, créeme, precisamente eso fue lo que hizo que me enamorara de él —respondí con una sonrisa tímida, pero completamente sincera.
—¿Podemos hacer algo? —preguntó Timmy mientras me acercaba una taza de café.
—No. Pero que me escuchen ya me ayuda mucho.
Le revolví el cabello con cariño y, después de seguir hablando durante un rato más, nos despedimos. Compartir todo aquello me hizo sentir mucho más ligero, como si me hubiera quitado un enorme peso de encima.
Cuando estaba a punto de irme a dormir, sonó el timbre.
Al abrir la puerta, me quedé inmóvil.
Ahí estaba Juanísimo, sosteniendo un ramo de flores entre las manos.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, completamente sorprendido.
Sin responder de inmediato, entró en la casa y tomó mi mano con delicadeza.
—No sabía que te sentías así —dijo con la voz cargada de culpa—. Perdóname por no haberme dado cuenta.
—¿De qué hablas? —pregunté, confundido.
—Timmy Turner me dijo que no estabas bien. ¿Hay algo que pueda hacer por ti? —respondió sin soltar mi mano.
—Estoy bien —contesté con nerviosismo. Sentir el calor de su mano hacía que mi corazón latiera con más fuerza—. No tienes que preocuparte.
—Eres Cupido, el encargado de hacer que el amor exista. Si algo te ocurriera, sería como decir que el amor ha desaparecido.
Lo dijo con el dramatismo que lo caracterizaba, llevándose una mano al pecho y rompiendo su camisa como si estuviera interpretando la escena más trágica de su vida.
No pude evitar reír.
Quizá no fuera el hada más atenta del mundo, pero se preocupaba por mí. Aun así, mi corazón seguía deseando escuchar algo más.
—Cupido... —dijo con una seriedad inusual mientras tomaba ambas manos entre las suyas—. ¿Estás enamorado de mí?
No respondí.
Sentí que el rostro me ardía; estaba seguro de que me había puesto completamente rojo. Intenté apartarme, pero él me atrajo hacia sí antes de que pudiera escapar.
—Entonces es verdad... —murmuró con una sonrisa radiante—. Eso alegra mi corazón.
—¿Qué?
Apoyó su frente contra la mía.
—Yo también estoy enamorado de ti.
Con un *poof*, desaparecí de su lado y reaparecí al otro extremo de la habitación.
—No... no puede ser...
—Lo de Wanda fue solo un amor escolar. Me ayudó a comprender que podía amar a alguien más además de mí mismo —dijo mientras se acomodaba frente a un espejo—. No sé si alguna vez me lanzaste una flecha, pero sí sé que quiero estar contigo.
—¿Es una broma?
Se acercó una vez más y tomó mis manos con suavidad. Me perdí en aquellos ojos llenos de ese amor apasionado que tanto me fascinaba.
Entonces me besó.
Me quedé completamente inmóvil. El mundo pareció detenerse durante un instante, pero no me aparté. Cerré los ojos y correspondí al beso.
Después de todo, siendo el hada del amor... ¿cómo podría rechazar el amor cuando, por fin, había llegado hasta mí?
Después de aquel beso, reímos y hablamos durante horas sobre todo lo que nos esperaba en el futuro.
Con el paso de los días, Jorgen se enteró de nuestra relación. Lejos de enfadarse, me advirtió con su habitual severidad que debía cumplir con mis deberes sin falta. Tomando la mano de Juanísimo, le prometí que jamás dejaría de hacer que las personas encontraran el amor verdadero.
Timmy Turner, Cosmo y Wanda fueron los primeros en felicitarnos. Timmy incluso se disculpó por haber hablado de más, aunque terminé agradeciéndoselo. Pensé en darle alguna recompensa, pero, considerando que seguía siendo un niño con un pequeño toque de egoísmo, decidí regalarle algo mucho más valioso: una promesa silenciosa.
“Te prometo, Timmy Turner, que cuidaré a la persona que tu corazón ame y haré todo lo que esté en mis manos para que, cuando llegue el momento, encuentres a tu amor verdadero.”
Mientras formulaba aquella promesa, mi mirada se desvió hacia la enorme caja fuerte que descansaba en un rincón de mi hogar.
En su interior reposaba una única flecha.
Una flecha cuyo nombre solo yo conocía.
La contemplé durante unos segundos y sonreí con ternura. Aún no era el momento de entregarla. Timmy todavía tenía mucho por vivir, mucho que aprender y muchos sueños por perseguir antes de encontrarse con la persona destinada a cambiar su vida para siempre.
Con cuidado, cerré la caja fuerte.
Después de todo, incluso el hada del amor sabe que algunas historias no deben adelantarse. Hay destinos que solo florecen cuando llega el momento indicado.








