Capítulo 1
Jungkook
Revisé la recámara de mi pistola, jalando el cerrojo apenas lo suficiente para ver la bala en la cámara antes de soltarlo con un clic. Ajusté mi agarre, sosteniéndola firmemente con ambas manos, el cañón apuntando hacia una casa de dos pisos a unos kilómetros de distancia.
Estabilicé mi respiración, tomando varias bocanadas profundas para calmarme, a pesar de la furia que corría por mis venas.
Mi hermanito está ahí dentro.
Desde el momento en que nació, mi trabajo ha sido protegerlo, mantenerlo a salvo y cuidarlo, y durante toda su vida lo he hecho. Estuve ahí para él, lo consolé cuando estaba triste o cuando pasaba por un mal momento. Aunque ahora era un doncel adulto, en mis ojos seguía siendo ese niño asustado de siete años que despertaba gritando por pesadillas en mitad de la noche. El pequeño que necesitaba que durmiera al pie de su cama para protegerlo de los malos sueños.
Me necesitaba ahora más que nunca, y yo estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para recuperarlo.
Nero, el jefe de la mafia de Chicago, lo había secuestrado y ahora lo tenía prisionero en esa granja a unos kilómetros de distancia. Lo hizo porque estaba furioso por la intervención de la Bratva en su guerra con la Cosa Nostra. Quería que nos apartáramos. Secuestrar al único hijo doncel del Pakhan era su manera de intentar tomar la ventaja, pero lo único que logró fue enojar a mi papá.
El peso del chaleco antibalas atado a mi pecho era incómodo pero necesario. No teníamos idea de a qué nos enfrentábamos. Llevaba una pistola asegurada a mi cintura, otra guardada en la espalda y una P-90 colgada al hombro.
Mi papá se acercó a mi lado, su furia era como una nube oscura sobre nuestras cabezas mientras miraba la casa con el ceño fruncido.
—Ty so mnoy. My zachistim kazhduyu komnatu, prezhde chem dvigat’sya dal’she. Nasha rabota okhranyat’ dom. Estás conmigo. Vamos a limpiar cada habitación antes de avanzar. Nuestra tarea es asegurar la casa —ordenó en ruso, metiendo un cargador en su pistola con un golpe seco. La guardó en su espalda y agarró su P-90 con fuerza con ambas manos.
Asentí una vez, apuntando.
Vladimir, el Sovietnik de mi papá, llegó corriendo, algo agitado. Era relativamente nuevo en su puesto, pero demostraba todos los días que estaba más que capacitado para manejar la responsabilidad.
—Explosivos colocados, jefe —jadeó, sacando su arma—. Unas cargas de C4 debajo de dos autos y una pegada debajo de la terraza trasera, cerca de la puerta trasera.
Mi papá asintió.
—¿Te vieron?
—No, jefe.
No me sorprendía. Vladimir era ligero como pluma en sus movimientos. Podía ir a cualquier parte, moverse sobre cualquier superficie, sin hacer un solo ruido.
Mi papá se giró cuando Bang Chan, Alessandro y Hyunjin se acercaron por detrás, con sus armas listas y un grupo de sus propios hombres a sus espaldas.
Admito que no me agradó Bang Chan cuando lo conocí. No me agradaba ninguno de ellos. Cuando mi papá nos contó de su solicitud para una reunión, fui escéptico. Estaba seguro de que tenían algún motivo oculto. Que intentarían traicionarnos y eliminarnos. Me senté todo el tiempo con una mano en mi pistola, listo para meterles una bala en la cabeza al menor movimiento sospechoso.
Investigué sobre ellos. Aprendí todo lo que pude antes de ese día, tanto de lo que encontré en internet como a través de mis propios contactos. Indagué a fondo sobre Bang Chan. Tenía que hacerlo. Si existía la posibilidad de que se casara con mi hermanito, debía asegurarme de que fuera digno de él.
En mi opinión, no lo era.
Bang Chan tenía una libreta negra llena de mujeres y donceles a los que llamaba regularmente. Para acostarse con ellos. Para usarlos. Nunca mantenía a una mujer o doncel por más de una semana y no tenía problema en saltar de cama en cama. No estaba seguro de si podría mantener su polla guardada una vez que se casara con mi hermano.
Aunque Félix intentaba ocultarlo, sabía que en el fondo era un romántico. Quería un amor épico. Un amor con confianza, comprensión y lealtad. ¿Podría Bang Chan darle eso?
No estaba seguro.
—Este es el plan —empezó mi papá, con los ojos puestos en los hombres de la Cosa Nostra—. Cuando entremos, sepárense. Vayan habitación por habitación. Encuentren a Félix. Maten a cualquiera que se crucen. Excepto a Nero. Quiero a ese bastardo vivo. Es mío. —Miró a mis hermanos menores, Yoongi y Jackson—. Ustedes dos, con Bang Chan.
—Da, Otets —Sí. Papá respondieron ambos en ruso, asintiendo.
—¿Estamos claros? —preguntó mi papá cuando Bang Chan no respondió.
Los ojos azul y verde de Bang Chan brillaban de furia, apretando su arma con tanta fuerza que las venas de sus antebrazos resaltaban.
—Claros —respondió entre dientes.
No estaba seguro si su enojo era por la situación o por el hecho de que mi papá le estaba dando órdenes. Y, francamente, no me importaba. En ese momento, solo una cosa importaba.
Recuperar a mi hermano.
Mi papá asintió a Vladimir.
—Detónalo.
No teníamos un plano de la casa. No tuvimos tiempo de conseguir uno, así que era crucial que nos tomáramos el tiempo de limpiar cada habitación a medida que avanzábamos. Algunos cuerpos yacían en el suelo, ensangrentados y rotos. Disparé una bala en la cabeza de cada uno al pasar, no dispuesto a arriesgarme a que se levantaran y nos atacaran por la espalda.
Nos separamos en diferentes direcciones. Bang Chan, Hyunjin, Yoongi y Jackson fueron a la izquierda. Mi papá, Alessandro y yo fuimos a la derecha. Una mezcla de hombres de la Bratva y la Cosa Nostra se dividieron entre nosotros, algunos siguiéndonos y otros yendo con ellos.
Mantuve un agarre firme en mi pistola mientras entrábamos a un amplio comedor, con vidrios y muebles rotos esparcidos por el suelo. Tres hombres irrumpieron. Lo primero que noté fueron los cañones de sus armas, y me cubrí, volteando una mesa larga y usando mi cuerpo como escudo contra sus disparos. Mi papá y Alessandro se unieron a mí, devolviendo el fuego.
Asomé la cabeza por un lado, alineé mi disparo y apreté el gatillo, acertándole a uno de los bastardos justo entre los ojos. La sangre explotó de su cabeza, salpicando las paredes. Las balas silbaban en todas direcciones mientras se desataba una épica batalla de disparos.
Usando señales militares con las manos, mi papá me indicó que los embistiera mientras él y Alessandro me cubrían. Asentí, sacando otra pistola para tener una en cada mano.
Ellos se levantaron, disparando sin parar, obligando a los hombres a retroceder y buscar cobertura o arriesgarse a recibir un disparo. Cada uno se refugió detrás de un pedazo de pared, uno a la izquierda y otro a la derecha, dejando libre la entrada al pasillo. Con la adrenalina bombeando en mí, corrí hacia ellos y me lancé, rodando por el suelo y deteniéndome de rodillas justo en la entrada. Antes de que pudieran reaccionar, extendí ambos brazos a los lados y disparé, matándolos a ambos. Giré rápidamente, manteniendo ambas pistolas en alto mientras escaneaba el resto de la habitación.
Estaba despejada.
Me puse de pie cuando mi papá y Alessandro llegaron a mi lado.
—Te mueves rápido para ser un coglione tan grande —dijo Alessandro, limpiándose la sangre de la cara con el dorso de la mano.
Gruñí, guardando una de las pistolas.
—Bien, Alessandro, tú y tus hombres tomen las escaleras. Nosotros iremos a la derecha, por el pasillo —instruyó mi papá, recargando su P-90.
Alessandro asintió. Gritó una orden en italiano a sus hombres y lo siguieron, subiendo un tramo de escaleras y desapareciendo al doblar la esquina.
Mi papá puso una mano en mi hombro y dio dos palmadas, señalando que estaba listo para avanzar. Manteniendo mi pistola en alto, tomé la delantera, dirigiéndome por el pasillo, con mi papá siguiendo cada uno de mis pasos. Se mantuvo cerca de mi espalda, su mano firme en mi hombro mientras yo lideraba el camino. Cuando giraba, él giraba. Cuando ralentizaba, él ralentizaba. Cuando me agachaba, él se agachaba. Éramos uno solo. Cohesivos. Fluidos. Ambos una extensión del otro.
Cuando el pasillo llegó a su fin, me pegué a la pared y miré por la esquina, verificando si el camino estaba despejado. El pasillo estaba vacío. Ni un alma a la vista. Había cuatro habitaciones; dos a la izquierda y dos a la derecha.
Toqué la mano de mi papá, que aún descansaba en mi hombro, indicándole que podíamos avanzar.
Como un equipo bien aceitado, nos movimos como uno solo, pasos rápidos y armas en alto mientras corríamos por el pasillo. Me detuve en la primera puerta a mi derecha. Mi papá se movió para colocarse al otro lado. Agarró la manija con fuerza, con sus ojos clavados en los míos.
Habíamos hecho este mismo baile mil veces antes. Ya fuera infiltrándonos en un antro de drogas o en un simple allanamiento, la rutina siempre era la misma. Revisábamos el lugar habitación por habitación, buscando cualquier amenaza potencial y eliminándola antes de que se convirtiera en un problema.
Los entrenamientos que mi papá nos hacía pasar a mis hermanos y a mí nos prepararon para momentos exactamente como este. El entrenamiento era riguroso. Sangriento. Brutal, y me encantaba cada minuto de él. Convertía nuestro almacén en un gigantesco campo de obstáculos, lleno de todo tipo de peligros. Desde cables trampa que soltaban redes eléctricas con suficiente potencia para noquearnos, hasta hombres de mi papá colocados estratégicamente por el lugar, armados con balas de goma. ¿Tienes idea de cuánto duele que te den en las pelotas con balas de goma?
Jodidamente demasiado.
Los labios de mi papá se movieron sin emitir sonido mientras articulaba: “Uno, dos, tres.” Abrió la puerta y yo entré corriendo, revisando rápidamente el espacio. Era un dormitorio pequeño. Una cama individual estaba arrinconada en una esquina, con cadenas conectadas a los postes de la cabecera y los pies. El colchón estaba manchado de sangre, orina y quién sabe qué más. Arrugué la nariz ante el olor espantoso y di la vuelta, saliendo.
—Despejado —dije, dirigiéndome a la siguiente puerta.
Repetimos el proceso, revisando cada habitación antes de pasar a la siguiente. Había dos dormitorios más exactamente como el primero. Excepto que uno de ellos tenía a una mujer desnuda e inconsciente acostada en la cama, su cuerpo lleno de sangre y moretones, además de un baño pequeño sin espejo.
Todo despejado.
El pasillo giraba a la izquierda y a la derecha, con gritos y disparos resonando desde ambos lados. El sonido de pasos pesados llegó a mis oídos un momento antes de que alguien doblara la esquina corriendo y chocara contra mi pecho.
A primera vista, pensé que era solo un niño. Definitivamente era lo bastante bajo para pasar por uno. No medía más de 1.60 metros, pero la barba espesa y los tatuajes de pandilla en su cara demostraban que no era un niño.
El hombre-niño me miró, y miró, y miró hacia arriba, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa. No podía culparlo. Con 2 metros de altura, era más alto que la mayoría. Sin mencionar que entrenaba 24/7, así que pesaba unos 110 kilos bien puestos. Mis muslos literalmente tenían el tamaño de su cuerpo.
La indecisión cruzó por el rostro del hombre-niño antes de que retrocediera y me diera un puñetazo en la mandíbula, o lo intentara.
No tenía el alcance suficiente, así que, en lugar de golpear mi cara, dio en mi pecho.
El golpe fue débil, torpe, pero su error fue la vacilación. Si vas a golpear a alguien, golpéalo. No lo hagas a medias. No dudes de ti mismo, especialmente si es cuestión de vida o muerte.
Arqueé una ceja, levanté mi pistola y disparé, acertándole en medio de la frente. La bala perforadora atravesó su cabeza, salpicando sangre y materia cerebral por las paredes. Su cuerpo cayó al suelo con un golpe seco. Más pasos resonaron a mi alrededor, como una estampida de gacelas corriendo hacia nosotros.
Mi papá se pegó a la pared opuesta a mí, se asomó para contar cuántos hombres de la mafia de Chicago o de los Zetas estaban a punto de caer sobre nosotros y retrocedió rápidamente. Levantó cuatro dedos.
Genial. Dos para él y dos para mí. Alcé una mano hacia nuestros hombres que nos seguían todo el tiempo, un mensaje silencioso para que se mantuvieran atrás y nos dejaran encargarnos.
Saqué mi cuchillo de la espalda. Giré la hoja en mi mano, sosteniéndola en un agarre inverso y la levanté para que quedara paralela a la pistola en mi mano derecha. Apunté y esperé, mi atención estaba completamente enfocada en el espacio frente a mí.
Del otro lado, mi papá agarró su P-90 con fuerza con ambas manos, apuntando hacia el sonido de los pasos apresurados. En el segundo en que alguien apareció a la vista, disparé, acertándole en un lado de la cabeza. Mientras caía, avancé y giré, clavando mi cuchillo en el pecho de otro tipo que corría hacia mí. Ni siquiera me vio venir, simplemente se empaló en mi hoja. Todo lo que tuve que hacer fue aplicar un poco de presión para atravesar su carne. Él hizo el resto.
Los otros dos hombres apuntaron sus armas hacia mí, reaccionando rápido ante la muerte de sus compañeros. Me agaché, usando el cuerpo del tipo muerto frente a mí como escudo. Mi papá disparó una ráfaga de balas, eliminándolos a ambos antes de que pudieran disparar un solo tiro. Estiré el cuello a un lado, comprobé que el camino estuviera despejado antes de sacar mi cuchillo del pecho del tipo y dejarlo caer al suelo.
Limpié la sangre en la manga de mi camisa, limpiando ambos lados de la hoja antes de guardarla.
Mi papá se acercó a mi lado.
—Buen trabajo —gruñó, revisando cuántas balas le quedaban en el cargador. Debía tener suficientes, porque no se molestó en recargar.
Incliné la cabeza ante su cumplido. No era común que mi papá los diera, así que reconocerlo era lo único que se me ocurrió hacer.
Mi papá miró hacia atrás, a la oscuridad del pasillo. Su cabeza giró de nuevo y un ceño frunció su frente. Sabía por qué. Tendríamos que separarnos para cubrir más terreno. Este lugar era más grande de lo que parecía desde afuera.
Señalé con el pulgar el pasillo detrás de mí.
—Voy por este lado. Tú ve por aquel —dije, señalando en la otra dirección.
Mi papá parecía que iba a protestar, pero no le di la oportunidad. Miré al grupo de hombres de la Bratva esperando a un lado por su próxima orden.
—Ustedes tres conmigo, los demás con el Pakhan. —Eso le daba a mi papá un respaldo de seis hombres. Más que suficiente.
Cuando me giré para irme, mi papá habló.
—Jungkook.
Me detuve, pero no me giré.
—Bud’ ostorozhen, syn moy —Ten cuidado hijo mío, dijo en ruso, con una sinceridad profunda en su voz que nunca había escuchado antes.
El secuestro de mi hermano debía haberlo afectado más de lo que dejaba ver. Normalmente no decía cosas así.
Asentí una vez y continué, sin mirar atrás. En eso era muy parecido a mi papá. Ambos no manejábamos bien las emociones. Éramos duros. Resistentes. Preferíamos actuar en lugar de hablar.
Con los hombres de la Bratva siguiéndome, avanzamos por la casa, revisando cada habitación que encontrábamos. Nos topamos con algunos hombres más, teniendo que pelear para avanzar. Amaba cada maldito minuto de eso. La brutalidad. La violencia. La sensación de quitarles la vida. Clavar mi cuchillo en sus cuerpos. La sangre acumulándose en el suelo. Era catártico, en cierto modo. Relajante.
Bueno, al menos para mí. Estoy bastante seguro de que la gente normal no se siente así al matar, pero yo no era normal. Era un asesino sediento de sangre.
Cuando llegamos a un par de puertas dobles y anchas, me detuve, inclinando la cabeza mientras las estudiaba. Solo por las puertas, podía decir que lo que había en la habitación sería diferente a todo lo que habíamos encontrado. Levanté mi pistola y le hice una señal con la cabeza a Erik para que la abriera. Erik asintió, giró la manija y abrió la puerta de par en par.
Entré, preparado para lo peor, y me detuve en seco.








