Capitulo I - La casa de los Whitmore
La lluvia había caído durante toda la madrugada.
Cuando el amanecer logró abrirse paso entre las nubes, las gotas aún resbalaban por los altos ventanales de Whitmore Hall. El viejo roble del jardín se mecía con lentitud bajo el viento, y los rosales inclinaban sus flores como si también ellos obedecieran las estrictas normas de aquella casa.
Aurora Whitmore permanecía sentada junto a la ventana de la biblioteca.
Un libro descansaba abierto sobre sus piernas, aunque llevaba varios minutos sin pasar una sola página.
Le gustaban los finales felices.
Le gustaba creer que existían hombres capaces de amar a una mujer por quien era y no por el apellido que llevaba o la fortuna que heredaría.
Sabía que aquellas historias eran solo novelas.
Pero, mientras las leía, el mundo parecía un lugar menos frío.
—Otra vez refugiándote entre libros.
La voz hizo que Aurora levantara la cabeza de inmediato.
Lady Eleanor Whitmore permanecía junto a la puerta con la espalda recta y las manos entrelazadas delante del vestido color gris perla. No levantaba la voz. Nunca lo hacía. No le hacía falta.
—Buenos días, madre.
—Creí haberte pedido que supervisaras los arreglos del salón.
Aurora cerró el libro con cuidado.
—Solo quería terminar este capítulo.
Lady Eleanor avanzó despacio hasta la ventana.
Tomó el libro entre sus manos y leyó el título sin hacer comentario alguno.
Después lo dejó exactamente en el mismo lugar.
—Las novelas son agradables cuando una tiene tiempo para ellas.
Aurora conocía aquel tono.
No era un reproche.
Era una sentencia.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
Su madre la observó por primera vez directamente a los ojos.
—Entonces también sabes que la vida rara vez concede finales escritos por poetas.
Aurora bajó la mirada.
Aquellas conversaciones terminaban siempre igual.
Ella guardaba silencio.
Su madre continuaba hablando.
—Eres una señorita Whitmore. Algún día tendrás responsabilidades. Personas que dependerán de ti. No puedes vivir esperando que la realidad se parezca a esos libros.
Aurora apretó los dedos sobre el borde del vestido.
Quiso responder.
Quiso decir que leer no la hacía menos responsable.
Que soñar no era un pecado.
Pero nunca encontraba el valor suficiente para discutir con su madre.
Lady Eleanor suspiró apenas.
Era un gesto tan discreto que cualquiera habría pensado que solo estaba cansada.
—Tu padre regresará esta tarde desde Londres.
Aurora levantó la vista.
—¿Hoy?
—Sí.
Trae noticias importantes.
Un silencio incómodo cayó entre ambas.
Lady Eleanor parecía querer añadir algo más.
Sus labios se movieron apenas.
Durante un instante, Aurora creyó que su madre iba a acariciarle el rostro, como hacía cuando era niña y despertaba después de una pesadilla.
Pero aquella mujer había aprendido hacía muchos años que la ternura podía convertirse en una debilidad.
Retiró la mano antes de llegar a tocarla.
—Procura estar lista cuando llegue.
Sin esperar respuesta, salió de la biblioteca.
Aurora permaneció inmóvil.
Solo cuando la puerta volvió a cerrarse tomó aire profundamente.
—Algún día… —susurró para sí— comprenderás que no todo puede vivirse con los pies sobre la tierra.
Volvió a abrir la novela.
Sin embargo, ya no logró leer una sola línea.
Porque, sin saberlo, aquella mañana era el último día en que su vida pertenecía únicamente a sus sueños.
Aurora permaneció unos instantes inmóvil.
Las palabras de su madre aún parecían flotar entre los altos estantes de la biblioteca.
Con delicadeza cerró el libro y pasó la yema de los dedos sobre la cubierta, como si al hacerlo pudiera conservar el mundo que acababa de abandonar.
Fuera, la lluvia comenzaba a disiparse. Un tímido rayo de sol logró abrirse paso entre las nubes e iluminó las motas de polvo que danzaban en el aire.
—Señorita Aurora.
La voz del mayordomo llegó desde el pasillo.
—¿Sí, Thomas?
El hombre apareció en la puerta con la misma impecable formalidad de siempre.
—La señora Whitmore ha pedido que las floristas utilicen las peonías blancas para el salón principal. Han llegado unas rosas esta mañana y desean saber si deben reemplazarlas.
Aurora sonrió con suavidad.
—Mi madre jamás aprobaría rosas para una recepción formal.
Thomas permitió que una discreta sonrisa asomara apenas en su rostro.
—Eso mismo les he dicho.
Aurora dejó el libro sobre la mesa.
—Aun así, iré a verlo. No quisiera que la señora Bennett volviera a decir que en esta casa nadie sabe distinguir una flor de jardín de una flor de temporada.
Thomas abrió la puerta para dejarla pasar.
Mientras descendían por la amplia escalera de mármol, el aroma de la cera de abejas y de la madera antigua envolvía cada rincón de Whitmore Hall.
La mansión despertaba poco a poco.
Las doncellas cambiaban los jarrones del vestíbulo.
Dos lacayos transportaban baúles recién llegados desde Londres.
En la cocina, el inconfundible aroma del pan recién horneado comenzaba a extenderse por los corredores.
Era una casa llena de vida.
Y, sin embargo, todo parecía moverse siguiendo un orden invisible impuesto por Lady Eleanor.
Nadie alzaba la voz.
Nadie caminaba con prisa.
Nadie olvidaba cuál era su lugar.
Aurora saludó a cada empleado por su nombre.
Se detuvo unos instantes para preguntar por la salud de la esposa del jardinero y sonrió al saber que el hijo menor de la cocinera ya se encontraba mucho mejor del resfriado que lo había mantenido en cama la semana anterior.
Aquellos pequeños gestos siempre sorprendían a los nuevos sirvientes.
Una joven de su posición no tenía obligación de recordar nombres ni preocupaciones ajenas.
Pero Aurora jamás había aprendido a mirar a las personas como si fueran parte del mobiliario de la casa.
Desde el extremo del corredor, Lady Eleanor observó la escena en silencio.
No dijo una sola palabra.
Simplemente permaneció allí unos segundos antes de continuar su camino.
Nadie habría advertido el leve brillo que suavizó su mirada.
Quizá Aurora nunca sería la mujer práctica y firme que ella había imaginado.
Quizá su corazón siempre sería demasiado noble para un mundo que rara vez recompensaba la bondad.
Y precisamente por eso la protegía con tanta severidad.
Porque había aprendido, mucho tiempo atrás, que las personas más bondadosas eran también las que con mayor facilidad terminaban heridas.
Aurora jamás lo habría imaginado.
Creía que su madre solo veía en ella defectos.
Nunca sospechó que, detrás de cada exigencia, existía un miedo silencioso a verla sufrir el mismo destino que alguna vez había marcado la vida de Lady Eleanor.








