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Curvas Indiscretas

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Summary

Clara siempre ha tenido curvas de sobra y una lengua afilada. Acaba de comprar el piso de sus sueños para empezar de cero, pero no esperaba que las mejores vistas de su salón fueran un vecino que pasea desnudo por su casa como si la ropa fuera opcional. Entre miradas furtivas, encuentros incómodos y una atracción imposible de ignorar, Clara descubrirá que, a veces, el amor aparece justo al otro lado de la ventana.

Status
13d ago
Chapters
22
Rating
n/a
Age Rating
18+

Las vistas


Siempre había pensado que comprar un piso me haría sentir adulta.

Resultó que lo que me hizo sentir adulta fue firmar una hipoteca a treinta años.

Todavía recordaba el sonido del bolígrafo deslizándose sobre la última hoja y a la directora de la oficina sonriendo mientras me entregaba las llaves.

—Enhorabuena, Clara. Ya eres propietaria.

Propietaria.

Aquella palabra pesaba más que todas las cajas que ahora llenaban mi salón.

Treinta y cinco años.

Profesora de Lengua en un instituto.

Curvy, como decían ahora las revistas para evitar la palabra "gorda", aunque yo prefería decir que tenía curvas de sobra y una buena colección de vestidos que sabían cómo sacarme partido.

Había aprendido hacía tiempo que la seguridad resultaba mucho más atractiva que intentar parecer otra persona.

Aun así...

No siempre era fácil.

Mi última relación había terminado ocho meses atrás, después de tres años compartiendo piso con un hombre que terminó confesándome que le gustaban "las mujeres más deportistas".

No recordaba haberle obligado nunca a salir conmigo.

Pero, al parecer, algunas personas necesitaban encontrar un culpable para justificar que habían dejado de quererte.

Aquella ruptura dolió.

No porque quisiera volver con él.

Sino porque durante unas semanas consiguió hacerme dudar de mí misma.

Después llegó la decisión impulsiva.

Comprar un piso.

Uno pequeño.

Con mucha luz.

Y sin espacio para hombres incapaces de valorar a la mujer que tenían delante.

La inmobiliaria insistió mucho en una cosa durante la visita.

—Lo mejor del salón es el ventanal. Da una sensación de amplitud increíble.

No mentía.

La pared de cristal ocupaba casi todo el frontal del salón.

Desde el sofá podía verse la avenida, los árboles y el edificio de enfrente, situado a una distancia más que razonable.

No había pensado demasiado en las vistas.

Hasta aquella noche.

Llevaba todo el día subiendo cajas.

Mi madre se había ido hacía una hora después de repetir quince veces que todavía estaba a tiempo de devolver el piso si me veía muy agobiada.

Mi mejor amiga había prometido ayudarme a colocar la cocina... otro día.

Y yo solo quería sentarme.

Pedí una pizza.

Me preparé una copa de vino.

Apagué la lámpara del salón y me dejé caer sobre el sofá.

El silencio era extraño.

No había televisión.

No había vecinos dando portazos.

No había nadie preguntándome qué quería cenar.

Solo el rumor lejano de los coches y la luz anaranjada de las farolas entrando por el ventanal.

Sonreí.

Era mío.

Por primera vez en mucho tiempo estaba exactamente donde quería estar.

Di un mordisco a la pizza mientras observaba distraídamente las ventanas iluminadas del edificio de enfrente.

Siempre me había fascinado imaginar las vidas de los desconocidos.

En un piso, una pareja discutía delante del fregadero.

En otro, una mujer mayor regaba unas plantas enormes que parecían ocupar medio salón.

Más arriba, un adolescente jugaba a la consola con los cascos puestos, completamente ajeno al mundo.

Y entonces...

Lo vi.

Una figura masculina apareció en una galería iluminada.

Debía de ser la lavandería.

Había una lavadora, una secadora, un cesto de ropa y varias baldas con productos de limpieza.

Lo primero que pensé fue que el pobre acababa de llegar del gimnasio.

Lo segundo...

Fue que no llevaba absolutamente nada encima.

Ni un pantalón corto.

Ni una toalla.

Ni siquiera unos calcetines.

Nada.

Me quedé inmóvil con el trozo de pizza suspendido a medio camino entre el plato y mi boca.

—¿Pero qué...?

El hombre abrió la secadora, sacó varias prendas y comenzó a sacudirlas antes de doblarlas.

Con toda la tranquilidad del mundo.

Como si estuviera completamente solo en el planeta.

La luz cálida del interior de su piso iluminaba la galería y dibujaba su silueta contra la oscuridad de la noche. Desde la distancia no distinguía el color exacto de sus ojos ni los rasgos de su cara, pero sí podía apreciar el resto de su anatomía con una claridad sorprendente.

Era alto.

Muy alto.

Ancho de hombros.

Los músculos de la espalda se contraían cada vez que levantaba la cesta de la ropa.

Cuando se giró ligeramente para dejar unas camisetas sobre el montón de ropa doblada, la luz marcó esa pronunciada línea en forma de V que descendía desde el abdomen y desaparecía bajo el límite de mi visión.

Tragué saliva.

—Madre mía...

No era justo.

Había hombres que dedicaban media vida al gimnasio y no conseguían ese cuerpo.

Y luego estaba aquel desconocido, doblando calzoncillos con la despreocupación de quien ignora por completo el efecto que podía causar.

Desapareció hacia la cocina.

Solté el aire.

—Vale. Ya está. Se habrá dado cuenta.

Volvió diez segundos después.

Seguía exactamente igual.

No pude evitar soltar una carcajada.

—¿Este hombre no tiene un solo pantalón en toda la casa?

Intenté mirar el móvil.

Contesté un mensaje.

Bebí un sorbo de vino.

Cinco segundos después estaba mirando otra vez por la ventana.

No estaba fisgoneando.

Solo...

Comprobando si seguía allí.

Y sí.

Seguía allí.

Con la misma tranquilidad con la que otros riegan las plantas o pasan el aspirador.

Negué con la cabeza mientras una sonrisa divertida empezaba a dibujarse en mis labios.

Quizá las vistas del piso fueran mucho mejores de lo que había imaginado.

Y, sin saberlo, aquel vecino acababa de convertirse en la distracción más inesperada de mi nueva vida.

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