Capítulo 1
El ruidoso silencio.
El aire en la Torre de Gryffindor olía a lluvia antigua y a polvo de piedra. Harry Potter respiró hondo, pero el aire no llegó a sus pulmones. Era como si su cuerpo hubiese dejado de ser sólido, transformándose en algo translúcido e insustancial. Abajo, en los terrenos del castillo, podía ver las diminutas figuras de Ron y Hermione caminando juntos hacia los invernaderos. Sus cabezas estaban juntas, hablando en voz baja.
Siempre en voz baja ahora.
Había sido el tercer almuerzo esta semana que Harry había encontrado su lugar en la mesa de Gryffindor ocupado por Dean y Seamus, justo cuando Ron y Hermione decían: “Oh, lo sentimos, Harry, pensamos que estarías con Ginny”. Ginny, que ya ni lo miraba a los ojos. Sus besos habían pasado de ser fuego a ser cenizas frías, sus manos en su rostro más a un examen clínico que a una caricia. “Estás muy lejos”, le había susurrado ella la última vez pero realmente Harry no había tenido respuesta. ¿Cómo explicar que se sentía atrapado en una campana de cristal, viendo la vida distorsionada y sin sonido?
La presión en su pecho era una losa. “El Elegido”. Las palabras resonaban como un mal hechizo en su mente. Todo el mundo esperaba algo de él: valentía, liderazgo, un plan. Dumbledore muerto, la Orden dispersa, además de Voldemort ganando terreno cada día. Y él, Harry Potter, no sentía más que un vacío aterrador, un entumecimiento que lo alejaba de todo.
Un ruido a sus espaldas. Se giró, la varita en la mano antes de pensarlo. Era sólo un retrato que bostezaba. Pero el latido de su corazón se aceleró de manera enfermiza. Paranoia.
La sentía trepar por su espina dorsal como una enredadera venenosa. ¿Y si no era sólo su mente? ¿Y si las miradas furtivas, las conversaciones cortadas, las excusas débiles de sus amigos, eran algo más? ¿Había visto a Hermione intercambiar un pergamino con un alumno de Ravenclaw que a veces usaba una insignia con una serpiente demasiado estilizada? ¿Había sido Ron realmente tan torpe como para revelar sin querer el lugar de su próximo entrenamiento de DA?
—No —murmuró para sí mismo, frotándose los ojos con tanta fuerza que vio estrellas—Están en mi cabeza. Todo está en mi cabeza.
Pero la duda, una vez sembrada, tenía raíces profundas sumamente retorcidas.
Justo entonces, como respuesta, llegó el calor.
No fue el dolor agudo, punzante, al que estaba acostumbrado. Éste fue diferente: una onda lenta y pesada que emanó de su cicatriz, extendiéndose por su sien como miel caliente. Era casi... placentera. Un alivio físico contra el caos mental. Cerró los ojos, por primera vez en semanas, la cacofonía de sus pensamientos se apagó. Sólo quedó el calor, pulsátil, invitante.
Una voz, tan clara como si estuviera a su lado, pero originándose desde el mismo centro de su cráneo:
—Tan solo... cansado, ¿verdad?
La voz era sedosa, joven, cultivada. Nada que ver con el siseo de la pesadilla. Era la voz de la memoria del diario de la Cámara de los Secretos, pero con la profundidad y la certeza de un hombre en plenitud.
Harry no se asustó. Eso fue lo más aterrador. Un hilo de pánico intentó emerger, pero fue ahogado inmediatamente por una ola de cansancio tan profundo que casi lo hizo desmayarse. No tenía energía para el miedo.
—¿Quién...? —pensó, sabiendo muy bien la respuesta.
—Tú me conoces. Me has llevado dentro más tiempo del que recuerdas.
La voz era una caricia en su mente agotada.
—Ellos no te ven. Pero yo sí. Yo siempre te veo, Harry.
—Vete —intentó Harry, pero el pensamiento carecía de fuerza, de convicción. Era un susurro en una tormenta.
—¿Por qué? Cuando soy lo único que te hace sentir algo real en este... entumecimiento.
La voz sonaba curiosamente comprensiva.
—Mira allá abajo. Mira cómo viven, cómo ríen, cómo planean... sin ti. Te han convertido en un fantasma en tu propia vida.
Harry abrió los ojos. Vio a Ron dar una palmada a Neville en la espalda, riendo. Una punzada de algo amargo y afilado le atravesó el pecho. Celos. Dolor. Abandono.
—Ellos no soportan el peso que llevas. No pueden. Son... ordinarios. Pero ese peso, Harry... es poder. Es lo que te conecta a todo. Y a mí.
El calor en su cicatriz aumentó, convirtiéndose en una sensación casi táctil, como si unos dedos expertos masajearan justo ahí, disolviendo la tensión. Un gemido escapó de los labios de Harry, un sonido de alivio involuntario y profundo. Se apoyó contra la piedra fría de la almena con las piernas débiles.
—Ven —susurró la voz, ahora desde todas direcciones— Ven a donde el ruido cesa. A donde no hay expectativas. A donde solo existe... la verdad.
El mundo alrededor de Harry—las piedras grises, el cielo plomizo, las risas distantes—comenzó a borrarse lentamente hasta perder la sustancia de su existencia. Como si fuera una acuarela mala a la que le echan agua. El calor lo envolvió por completo, acogedor, oscuro, prometedor.
Cedió.
No fue un desvanecimiento. Fue un dejarse caer deliberado, hacia atrás, en los brazos de esa presencia que lo llamaba.
El mundo se recompuso en silencio.
Harry parpadeó. Ya no estaba en la torre. Estaba en un lugar que nunca había visto que le resultaba inquietantemente familiar. Era un invernadero, pero no como los de Pomona Sprout. Este era de una geometría imposible, con cristales que se arqueaban formando una bóveda perfecta sobre su cabeza. La luz que filtraban no era solar; era una luminiscencia pálida, como de luna perpetua. No había flores coloridas, sino plantas de hojas oscuras, gruesas y carnosas, que se movían lentamente como un baile sensual. El aire era templado, olía a tierra húmeda después de una tormenta con algo más... a almizcle antiguo con un toque de poder oscuro que te invitaba a sucumbir.
La quietud era absoluta. No había rumor de estudiantes, ni susurros, ni el peso de las miradas. Sólo el latido de su propio corazón, que por primera vez en mucho tiempo no sonaba a golpes de pánico, sino a un ritmo profundo y calmado.
—¿Dónde...?
—Donde tú necesitabas estar.
La voz ya no estaba solo en su cabeza. Provenía del otro extremo del largo pasillo central del invernadero.
Tom Riddle estaba recostado contra un pedestal de ébano, con la elegancia relajada de un gran felino. No era el espectro del diario, ni la sombra distorsionada de sus pesadillas. Era real. Joven, quizás en sus veintitantos, con una belleza cortante y fría. Su cabello oscuro estaba impecable, sus ojos de un rojo tan profundo que en esta luz parecían negros, lo observaban con una intensidad que era casi física. Vestía ropas sencillas pero exquisitas: una camisa blanca de mangas enrolladas y pantalones oscuros. Parecía un príncipe de un cuento antiguo jodidamente perfecto.
Harry no sintió miedo. Sintió... reconocimiento. Una conexión visceral y eléctrica que nació de la cicatriz que recorrió todo su cuerpo. Aquí, en este lugar imaginario, la némesis, la amenaza, se presentaba como la única cosa sólida y comprensible.
—Esto no es real —dijo Harry, pero sus palabras carecían de convicción.
Esto se sentía más real que la torre, que la sala común, que los besos vacíos de Ginny.
—¿Qué es real, Harry?
Tom se separó del pedestal y comenzó a caminar hacia él, sin prisa. Sus pasos no hacían ruido sobre el suelo de mosaico negro.
—¿El desprecio disfrazado de preocupación de tus amigos? ¿El amor que se desvanece porque no puedes fingir normalidad? ¿O esto...
Hizo un gesto leve con la mano, abarcando el espacio silencioso.
—...un lugar donde no tienes que fingir nada?
Se detuvo a un paso de distancia. Harry podía sentir el calor que emanaba de él, diferente al de la cicatriz, más vital, más presente. Olía a tormenta con hierbas amargas.
—Me estás volviendo loco —murmuró Harry, pero su voz se quebró.
No era una acusación, era una confesión desesperada.
Tom sonrió. No era una sonrisa amable. Era una cosa fascinantemente peligrosa, como el destello de una hoja de afeitar a la luz de la luna.
—La cordura es una prisión construida por los mediocres, Harry. Tú rompiste sus barreras hace mucho tiempo. Lo que sientes no es locura. Es... despertar.
Alzó una mano. Harry contuvo la respiración. No fue para atacar. Los dedos largos y pálidos de Tom se acercaron a su frente, a la cicatriz. El contacto, cuando llegó, fue suave como la seda. Un simple toque de yemas de dedos.
Fue como si un circuito se cerrara.
El calor estalló, transformándose. No fue dolor. Fue un shock de placer puro, eléctrico casi nauseabundo, que le recorrió el cráneo y bajó por su columna vertebral en una onda incandescente. Harry jadeó, los ojos muy abiertos, todo su cuerpo arqueándose hacia ese contacto mínimo. Era repulsivo. Era adictivo. Era la sensación más vívida, más real, que había experimentado en meses.
—Ahí —susurró Tom, su voz ahora un ronroneo íntimo, sus ojos fijos en la reacción de Harry con un interés científico voraz— ¿Ves? No soy tu dolor. Soy la única cosa que puede hacer que lo sientas todo de nuevo.
Harry temblaba. Las defensas, los años de odio y lucha, se estaban disolviendo en ese mar de sensaciones contradictorias. Estaba asustado, excitado, avergonzado, pero sobre todo, agradecido. Por sentir algo. Por no ser un fantasma.
Tom inclinó la cabeza, su rostro ahora a centímetros del de Harry. Su aliento era fresco.
—Ellos te quieren muerto o como un mártir. Yo...- Hizo una pausa, y su mirada bajó a los labios entreabiertos de Harry. —...yo te quiero vivo. Ardiente.
Entonces, cerró la distancia.
El beso no fue lo que Harry esperaba. No fue violento, ni dominante de manera brusca. Fue una consumación. Una afirmación de posesión. Los labios de Tom eran más suaves de lo imaginable, pero la intención detrás de ellos era de una voracidad absoluta. Harry se quedó inmóvil, paralizado por el shock, la oleada de magia oscura y placer perverso que el beso desataba desde la cicatriz, inundando cada rincón de su ser. Un sabor a cobre, manzana podrida y éxtasis le llenó la boca.
Sin pensarlo, impulsado por una necesidad más profunda que la razón, Harry respondió. Un gemido ahogado vibró en su garganta, sus propias manos se aferraron a los costados de la camisa de Tom, arrugando la tela impecable, no para empujarlo, sino para anclarse. Para no hundirse solo en este vértigo.
Tom lo sostuvo, una mano en su nuca, los dedos enredándose en su desordenado cabello, la otra en la pequeña de su espalda, presionando sus cuerpos juntos. Harry podía sentir la delgada pero poderosa musculatura de Tom, la firmeza de su pecho contra el suyo. Era real. Sólido. Aquí, en este mundo imaginario, Tom Riddle era la única verdad tangible.
Cuando Tom finalmente se separó, solo lo suficiente para mirarlo, sus ojos ya no parecían totalmente Negros. Un anillo de carmesí ardía tenuemente alrededor de sus pupilas. La respiración de Harry era entrecortada, sus labios estaban sensibles, todo su cuerpo vibraba con una energía extraña y embriagadora del placer.
—Este es tu refugio —dijo Tom, su voz un poco ronca, el pulso visible en su cuello— Cuando el mundo de ellos te ahogue, ven aquí. Ven a mí.
Harry, con la mente nublada por el placer del alivio, el sabor de su enemigo en la lengua y el calor de su alma horrocrux bailando bajo su piel, asintió. Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible.
Pero fue una rendición.
El mundo imaginario comenzó a desvanecerse alrededor de los bordes, la luz pálida a difuminarse. Harry sentía el tirón de la torre, de la realidad fría y gris.
Antes de que se desvaneciera por completo, Tom le susurró al oído, sus palabras una promesa tanto una maldición:
—Siempre te estaré esperando, Harry. En el único lugar donde existes de verdad.
Harry despertó de nuevo en la Torre de Gryffindor, temblando, con los labios ardientes y la cicatriz latiendo con una satisfacción tranquilidad ominosa.
Abajo, Ron y Hermione ya no estaban. Estaba solo.
Pero por primera vez en mucho, mucho tiempo, no se sentía solo.
Se sentía... visto.
Continuara…








