Capítulo uno
Ante el mundo solo eran amigos. Amigos con mucha química. Ellos sabían que existían algunas personas que los emparejaban pero veían dicho acto como algo ridículo y sin importancia.
Cada uno tenía su vida, sus metas y sus gustos; los cuales eran todo menos su compañero de grupo.
Hasta esa noche.
Eran las dos de la madrugada y la habitación que compartían olía a la colonia de bebé que Jungkook se empeñaba en usar aunque ya no era adolescente.
El resto del edificio dormía. Solo ellos dos seguían despiertos, sentados en el suelo, con la espalda apoyada contra la cama, el portátil abierto entre las piernas y la pantalla iluminándoles la cara.
Habían terminado de ver un episodio de un anime. El silencio se había instalado cómodo, de esos que solo existen entre personas que se conocen desde hace bastantes años.
Amigos...
Eso eran. Amigos con miradas que se alargaban un segundo de más, con risas que sonaban distintas cuando estaban solos, de jugueteos incluso en los escenarios.
Fue Jungkook quien, por aburrimiento, abrió Twitter. Una fan lo había etiquetado en un hilo. El título era simple: "Kookmin". Jimin se inclinó para leer por encima del hombro del menor.
— ¿Y eso qué diablos es? ¿Una combinación de nuestros nombres?
— Así parece, Hyung.
Al principio rieron. Era absurdo. Era vulgar. Eran ellos dos descritos con un detalle obsceno que hacía que las orejas de Jeon se pusieran rojas. Pero ninguno cerró la pestaña.
La historia era sucia. Muy sucia. Jungkook follando a Jimin contra el espejo del estudio de práctica, sujetándole las muñecas, metiéndole los dedos en la boca para que no gritara. Jimin gimiendo su nombre como si se estuviera deshaciendo. Frases tan explícitas que el aire del cuarto se volvió denso. El pelinegro tragó saliva. El rubio no dijo nada. Solo seguía leyendo con los labios entreabiertos y la respiración un poco más pesada.
Cuando llegaron a la parte en la que Jungkook se corría dentro de él y después lo limpiaba con la lengua, ambos se miraron.
Jimin fue el primero en hablar. Su voz salió ronca, divertida, pero había algo más debajo:
— Qué puta mente tiene esta chica... ¿cómo se le ocurrió ponernos en esa situación?
Jeon soltó una risa nerviosa y desvió la vista a la pantalla. El calor le subía por el cuello.
— Es... intenso. Yo... ni siquiera sé hacer eso. Además de que tú y yo jamás estaríamos en una situación similar.
Se detuvo un segundo a pensar y respondió — En efecto, no lo sabes.
Se rieron.
No dijeron nada más esa noche.
Cerraron el portátil y se desearon buenas noches. Jungkook se fue a su cama con el corazón latiéndole fuerte al igual que su miembro dentro del pantalón, por alguna razón. Jimin se quedó tirado en el suelo mirando el techo, analizando cada letra.
Algo se había encendido dentro de sus mentes.
Los días siguientes fueron todo menos normal: en los ensayos, los toques "accidentales" se multiplicaron. La mano de Jungkook en la cintura de Jimin al corregir un paso. Los dedos de Jimin rozándole la nuca cuando le pasaba una toalla, Jungkook cargando a Jimin, Jimin "coqueteándole".
— ¿Están saliendo o qué diablos? — bromeó Jin. Ellos solo se rieron y negaron.
Una noche, después de un live, estaban jugando y Jungkook lo empujó contra la encimara de la cocina "en broma". Jimin se dejó. Y cuando Jungkook, todavía riendo, inclinó la cabeza y rozó los labios con los suyos, Jimin no se apartó.
— Lo siento — dijo Jeon.
— ¿Lo sientes? — se impulsó y le dio un beso.
Jungkook se lo devolvió sin pensar.
— No deberíamos estar haciendo esto...
— Es un juego... — susurró el mayor.
— Sí... solo un juego.
Pero el juego se volvió costumbre...
Besos robados en el pasillo del edificio cuando nadie miraba. Manos que se metían bajo las camisetas en el asiento trasero de la van. Dedos que rozaban el borde de la ropa interior y se retiraban justo a tiempo. La tensión crecía demasiado rápido.
Fue una noche de un jueves. El grupo tenía el día libre después de tres semanas de ensayos intensos. Jungkook estaba tirado en el sofá del departamento que compartían, con una camiseta negra y el cabello aún húmedo de la ducha reciente, cuando escuchó el ruido de la puerta del baño. Jimin salió envuelto en una toalla. Se detuvo frente al espejo y empezó a secarse con movimientos lentos, casi perezosos, sin saber, o quizá sabiendo demasiado bien, que su amigo lo estaba mirando.
El teléfono le vibró sobre la mesita.
— Kook... pásame el móvil, porfa.
Jeon se levantó sin pensarlo. Agarró el aparato y pantalla se iluminó sola. Un mensaje de KakaoTalk estaba abierto. El nombre era claro: Taemin.
Quien por cierto, le caía bastante mal.
«Ya estoy con él. Paso a buscarte en veinte. Ponte algo bonito. Hoy no volveremos temprano así que avisa en tu agencia.»
Jungkook se quedó quieto. El corazón le dio un vuelco seco, feo. "Él". ¿Quién era él? ¿Por qué Taemin escribía así? ¿Por qué "no volverían temprano"?
Una mala espina le recorrió la espalda pero no preguntó. No podía, Jimin era reservado con sus otras amistades y ellos no eran nada. Solo amigos que se besaban en broma, que se tocaban sin querer, que se miraban demasiado tiempo cuando creían que el otro no se daba cuenta. No tenía derecho a reclamar. Así que solo extendió el teléfono y la voz le salió demasiado normal... tanto que se escuchó fingida.
— Aquí, Hyung.
Jimin lo tomó, leyó, y sonrió. Una sonrisa pequeña, privada, que no estaba dirigida a él. Dejó la toalla caer al suelo sin pudor alguno y caminó desnudo hasta el armario. Jungkook lo siguió con la mirada, la garganta apretada, el estómago revuelto. Observó cómo elegía la ropa: unos pantalones negros ajustados y una camisa del mismo tono con algunos botones abiertos. Se peinó el cabello hacia atrás con los dedos. Se puso un poco de brillo en los labios. Se miró al espejo y ladeó la cabeza, evaluándose.
— ¿Me veo bien? — se giró para verse el culo.
Jeon quiso responder, pero decidió callar.
Nunca se había visto tan hermoso. Tan intencionalmente hermoso.
Cuando terminó, se acercó a Jungkook. Le tomó la cara entre las manos y lo besó. Un beso lento, profundo, con lengua, de esos que habían empezado como "juego" y que ahora sabían a algo mucho más peligroso. El pelinegro respondió casi con desesperación, agarrándolo de la cintura, intentando profundizar más, intentando retenerlo. Pero Jimin se separó demasiado pronto. Le acarició el labio inferior con el pulgar y sonrió.
— Puede que llegue tarde...
— ¿A dónde vas?
— Tengo una salida con amigos.
Y se fue.
La puerta se cerró y el departamento quedó en silencio.
Jungkook permaneció de pie en medio de la sala, con el sabor de Jimin todavía en la boca y el mensaje de Taemin quemándole la retina.
Las horas se arrastraron como animales heridos.
A las once todavía no había regresado.
A las doce, Jeon ya había caminado el pasillo unas veinte veces.
A la una, el pecho le dolía.
Se imaginaba mil escenarios y todos eran peores que el anterior. Taemin presentándole a algún hombre. Jimin riendo con otro. Manos extrañas recorriéndole la cintura. Labios ajenos en su cuello. Jimin gimiendo. Jimin arqueando la espalda. Jimin permitiendo que alguien más lo tocara de las formas en las que Jungkook solo había soñado tocarlo desde aquella noche en que leyeron ese cuento sucio juntos.
A las dos y media no aguantó más. Marcó el número.
Jimin contestó al cuarto tono. La voz le salió entrecortada, agitada, como si acabara de reír demasiado... o como si estuviera haciendo algo que le quitaba el aire.
— ¿Pasa algo?
— Son casi las tres — la voz le salió grave, más baja de lo normal— dijiste que llegabas tarde, no que no ibas a llegar.
Hubo un silencio. Al fondo se escuchó una risa masculina. No era la de Taemin.
— Estoy ocupado — respondió — en un rato voy. Te lo prometo.
— Hyung... es peligroso que estés por ahí tan tarde.
— En un rato voy — repitió, más suave, dulce — no te pongas así... es decir; me gusta que te preocupes por mí pero soy mayor que tú, sé cuidarme solo.
La llamada se cortó.
Jungkook se quedó mirando la pantalla. El teléfono le temblaba en la mano. La imaginación, ahora sin freno, le pintó las imágenes más sucias y más dolorosas.
Se sentó en el borde de su cama. Se pasó las manos por la cara — Maldita sea.
Las tres.
Las tres y media.
Las cuatro.
Cuando por fin escuchó la llave en la cerradura, Jungkook ya no era el mismo chico que lo había besado horas atrás.
La puerta se abrió.
Jimin entró.
Traía la camisa un poco arrugada, y por la forma de caminar se notaba que estaba ebrio.
Jeon no se movió del sofá. Tenía las manos apretadas sobre las rodillas con los nudillos blancos y la mandíbula tan tensa que le dolía.
— Llegaste...
El rubio dejó las llaves sobre la mesita con un tintineo descuidado y se giró hacia él. Los ojos le brillaban húmedos por el alcohol.
— Obviamente llegué. ¿Me estabas esperando como un perrito, Kook? — bromeó.
Jungkook se levantó de golpe. El sofá crujió detrás de él — No salgas más con Taemin.
Jimin parpadeó. Luego soltó una risa corta, incrédula — ¿Perdón?
— Que no salgas más con él —repitió, dando un paso adelante— Ni con él ni con quienquiera que te presente, ni con nadie, no me gusta.
El más bajo ladeó la cabeza. El alcohol le hacía los movimientos más lentos. Se acercó hasta quedar a escasos centímetros del pecho de su amigo y tuvo que levantar un poco la barbilla para mirarlo a los ojos.
— Tú no eres nadie para prohibirme nada, Jeon Jungkook.
El menor sintió que algo se le rompía en el pecho. La rabia, los celos, el miedo, el deseo acumulado... todo se le subió a la garganta de golpe.
— Hyung... es que...
— No — lo cortó — tú y yo somos amigos.
— ¡Los amigos no hacen lo que nosotros hacemos!
— Pues repítelo hasta que lo aceptes porque actúas como un desquiciado. En privado me buscas, quieres tocarme y besarme pero cuando estamos en público y yo trato de, por poco solo darte un abrazo tú me huyes, me empujas, me haces quedar como un maldito intenso y acosador. ¿Entonces qué rayos pretendes?
— Es que cuando hay cámaras, yo...
— Deja de hacer esto entonces. No eres mi novio. No eres mi dueño. Y mucho menos tienes derecho a decirme con quién salgo o dejo de salir.
Se giró. Caminó hacia el pasillo con pasos un poco inestables. Jungkook lo siguió con la mirada y el corazón latiéndole tan fuerte que le dolían las costillas.
— ¿A dónde vas?
Jimin ni siquiera se detuvo — A la habitación de Hoseok. Hoy no tengo ganas de compartir aire contigo.
La puerta se cerró.
Jeon se dejó caer otra vez en el sofá y se pasó las manos por la cabeza con fuerza, como si pudiera arrancarse las imágenes que le seguían dando vueltas.
No durmió ni un minuto.
Se quedó mirando la ventana hasta que la luz del amanecer filtró por las cortinas. A las once de la mañana, cuando ya había desistido de fingir que podía desayunar, la puerta de la habitación de Hobi se abrió.
Jimin salió.
Con el cabello revuelto, sin camisa, con los ojos un poco hinchados. Bostezó. Se frotó la cara y cuando vio a Jungkook sentado en la isla de la cocina, sonrió.
Una sonrisa suave como si la noche anterior no hubiera existido. Decidido a olvidar esa extraña reacción de su compañero.
— Buenos días, Kook — dijo, acercándose. Le pasó una mano por el cabello con esa ternura que siempre lo desarmaba — ¿Dormiste mal? Tienes cara de muerto.
Jungkook lo miró. Quiso gritarle. Quiso agarrarlo del cuello y preguntarle qué había hecho con quienes salió. Quiso empujarlo contra la nevera y besarlo. Pero no hizo nada de eso.
Porque no sabía qué le pasaba con Jimin.
Porque el nudo en el pecho era demasiado confuso. Porque el cuerpo le pedía cosas que la cabeza todavía no se atrevía a nombrar. Así que solo asintió con la voz baja, derrotada.
— Sí... dormí mal.
Jimin le acarició la mejilla con el dorso de los dedos y después se estiró para alcanzar el café que Jungkook había preparado.
— Pobrecito — murmuró contra el borde de la taza— Hoy no tengo agenda. Si quieres podemos ver algo juntos... o salir a comer, como siempre.
Como siempre.
Como si no lo hubiera dejado temblando de celos, como si no le hubiera dicho que no era nadie, como si el beso que le dio antes de irse no hubiera significado nada.
Jungkook tragó saliva y aceptó.
Porque no sabía qué más hacer con todo lo que Jimin le provocaba y además, tenía razón, sus actitudes eran contradictorias, y porque el simple hecho de tenerlo cerca, dulce y divertido era mejor que no tenerlo...

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