Prólogo
Las percibo a diario, ocultas en cada rincón solitario, en esos lugares donde el sol no se atreve a llegar en ciertas horas del día. Su presencia helada eriza la piel de quienes se atreven a mirarlas directamente a los ojos. Solo aquellos que las ven están al borde de la muerte, y por eso, al principio, pensé que quizás mi hora había llegado para abandonar este mundo cruel.
Con el tiempo, aprendí a ignorarlas, a actuar como si no estuvieran allí, aunque sé que siempre están al acecho.
Las tengo bajo mi sombra todos los días, especialmente en la escuela, sobre mis compañeros, profesores y amigos cercanos, e incluso en las calles bulliciosas de Tokio.
Jamás podré olvidar la primera vez que vi una maldición causada por mi culpa cuando aún era solo una niña. Desde ese instante comprendí que mi destino estaba sellado, condenado a vivir en un mundo donde las sombras, las emociones negativas de las personas y las mentiras nunca desaparecen.
Advertencia:
En los próximos capítulos de esta historia, habrán escenas que pueden resultar sensibles para el lector/ra. Se recomienda discreción.
Okinawa, Japón. 1998.
—¡Quiero a mi mami! ¡Quiero a mi papá! —gritó con desesperación —. ¡Suélteme! —intentó liberarse, pero el hombre enmascarado sujetaba sus muñecas con una fuerza implacable—. ¡Ayuda!
—¡Cierra la boca, bruja del demonio! —gruñó, y sin avisar, presionó un pañuelo contra su rostro, impidiéndole respirar.
Los sollozos de la niña de rizos dorados con ojos carmesí brotaban como ríos de sangre, surcando sus mejillas pálidas. No comprendía por qué, de un día para otro, sus iris habían cambiado, tornándose de ese color imposible y fascinante.
Si su familia hubiese decidido quedarse más tiempo en Europa, nada de esto habría ocurrido.
Su corazón latía frenético, un grito mudo atrapado en su garganta: «No quiero morir». Pero el pañuelo enmudecía su voz, a medida que sus lágrimas se mezclaban con el terror que la paralizaba.
La noche había llegado. Al despertar en la penumbra de la habitación, trató de gritar con todas sus fuerzas, pero solo salió un gemido ahogado. Sus manos estaban firmemente atadas a un tubo frío y metálico, y el dolor en su mejilla derecha ardía con intensidad, resultado de un golpe brutal dirigido a quien creían una bruja.
Nunca había salido a la calle; sus padres le prohibían hacerlo sin explicaciones claras. Su mundo estaba confinado a aquella casa en un pueblito pequeño de Okinawa —alejado de la población— desde que llegó a Japón a los seis años. Esa vez, al desobedecer y escapar sin permiso, la tragedia la alcanzó como una sombra implacable.
«Todo esto es mi culpa», se culpaba en silencio, mientras un nudo de angustia oprimía su pecho.
Deseaba lo peor para aquel hombre que la había hecho tanto daño al llevársela lejos para quién sabe qué. ¿Por qué la secuestraría? ¿A dónde la llevaría? No entendía nada, su vista se sentía cansada, tenía hambre, y sus piernas estaban débiles.
Con un grito desesperado volvió a clamar, esperando que alguien respondiera. Solo el eco de sus movimientos al forcejear contra las cadenas rompía el silencio.
—Haz silencio, niña —ordenó el hombre con voz exigente, recostado en la pared. Más de cinco metros los separaban de distancia—. Si te callas, no te haré daño.
—¡Ojalá y te coma un monstruo! —rugió la de ojos carmesí, intentando liberarse del pañuelo en sus labios. Tenía tanta rabia acumulada hacia ese hombre que la sangre hervía en sus venas, pero ella estaba indefensa. No podía hacer nada más que esperar que la lleguen a liberar.
El desconocido apenas pudo entender lo que dijo.
—Aquí no hay ningún monstruo, niña tonta. Ya cálla... —No terminó de hablar, debido a que fue interrumpido por el crujido de sus propios huesos romperse. Un grito desgarrador por parte del hombre enmascarado llenó el lugar.
La pequeña contrajo sus pupilas al ver lo irreal saliendo de la pared, mordiendo al hombre por todas sus extremidades: una criatura del tamaño de una persona, ojos totalmente negros, y toda su piel estaba cubierta de escamas. De verdad parecía un monstruo aterrador.
Frente a ella, el hombre enmascarado que la había secuestrado estaba siendo devorado por la criatura monstruosa, de pesadillas y formas que desafiaban toda lógica. El estómago de la pequeña rubia se revolvió al ver tanta sangre.
«¿De dónde salió?».
Esa maldición se cebó con él de manera despiadada, tragando por completo el cuerpo de ese desconocido.
En su interior surgía un terror aún más profundo: ¿acaso ella también estaba marcada para ese destino oscuro e inevitable y sería devorada?
—No me comas, por favor —suplicó en angustia, consiguió liberarse del pañuelo en su boca, apretando los ojos con terror—. Solo quiero... ir a casa.
La criatura escamosa, con la boca manchada de sangre ajena, clavó en ella una mirada voraz, como si ya estuviera saboreando su miedo.
La pequeña se quedó inmóvil, consciente de que el más mínimo sonido podría condenarla. Un sudor frío resbalaba por su frente; anhelaba huir, pero las ataduras la mantenían atrapada, prisionera de su propio cuerpo.
Se obligó a ser fuerte, así le costara la vida.
—No voy a morir aquí —susurró más para sí misma.
Sin rodeos, la bestia se lanzó hacia ella con furia salvaje. En un parpadeo, la vida pareció atravesarle de golpe, creyendo que ese sería su último instante.
—Aléjate, ¡aléjate! —ordenó sin titubear a la maldición aproximándose a su lugar—. ¡No te tengo miedo, monstruo feo!
Por un instante le bestia se detuvo; sin embargo, eso no fue suficiente para detenerla por mucho tiempo y siguió su camino hacia la niña.
De pronto, un destello helado cruzó el aire a pocos centímetros de rozarla: una espada relució y, con un corte certero, separó la cabeza de la maldición, que cayó rodando y se desvaneció en el aire.
El mango de la espada fue recogido por una mano enguantada en cuero negro. La figura de esa persona vestía completamente de negro, mostraba su espalda elegante mientras sacudía la nívea cabellera reflejada por la luz lunar, que caía en cascada debajo de sus hombros. Solo dirigió una mirada fugaz a la niña, momento en el que notó el intenso carmesí de sus orbes, el mismo tono de sangre de los suyos.
La de tez pálida se giró para expulsar lo que su estómago había revuelto al ver semejante escena.
El hombre albino supo entonces que eso no era una maldición común, sino más bien una ilusión, la cual fue creada por esa pequeña.
—¿Quién eres? —preguntó la niña de cabello dorado con voz quebrada. Le dolía la garganta de tanto gritar aquella noche, y ahora le ardía—. No voy a ir a ninguna parte con usted, señor.
Él no respondió. Solo ladeo la cabeza con intriga.
Entonces todo se volvió oscuro para la niña. Se había desvanecido de la impresión.
Esa mocosa… era yo. Y ese monstruo horrendo fue una ilusión que yo había creado sin darme cuenta.
Maté a una persona. Yo lo hice.
No recuerdo nada más, salvo que desperté en mi cama, rodeada por la preocupación de mis padres. Mi madre, con voz temblorosa, me aseguró que hablaríamos sobre lo que había visto y me reveló pequeños fragmentos de la verdad oculta sobre nuestro origen entre lágrimas. Algo me dice que no lo dijo todo aquella vez.
—Prométeme que esto quedará en secreto, Emilia —pidió mi madre, apretando con suavidad mis manos entre las suyas—. Nadie puede saberlo.
—Lo prometo, mami. No se lo diré a nadie.
Ni siquiera a quienes más amaba podía confiarles ese oscuro secreto.
Poco después, nos mudamos a España de nuevo, y vivimos en la cuidad de mi padre. Con el tiempo, logré ocultar el carmesí que teñía mis ojos cada vez que desprendía energía maldita —dominando solo un poco esa habilidad con ayuda de madre—, regresando a su tono natural, igual que los de mi papá: avellanas.
Jamás supe quién fue el hombre que me salvó la vida aquella noche. Mi madre nunca habló de él, ni siquiera mencionó su nombre; tal vez ni ella lo conocía, ¿o sí? No tengo idea.
Ahora que volví a Japón, no pienso descansar hasta descubrir quién era ese hombre albino de ojos rojos iguales a los míos. Quiero saber más sobre mi pasado y lo que mamá me oculta.
Por el momento, tengo que resolver unos problemitas, en especial, poder liberarme de ese imbécil acosador con cabello de princesa.
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