CAPÍTULO 1 Aquellos que llevan cicatrices

“Los discos antiguos siempre encuentran a la persona que necesita escucharlos.”
La lluvia caía sobre Tokio desde primera hora de la mañana.
No era una tormenta intensa, sino una lluvia constante que convertía la ciudad en una mezcla de luces, reflejos y nostalgia.
Era el tipo de clima que Emilia Saitō siempre había amado.
Porque cuando llovía, nadie esperaba que sonrieras.
Los focos iluminaban el pequeño escenario mientras una banda independiente terminaba una sesión de fotos...
Entre cables, amplificadores y guitarras, Emilia Saitō revisaba las fotografías en la pantalla de su cámara.
Vestía completamente de negro.
Botas altas.
Chaqueta de cuero caída sobre los hombros.
El cabello largo y oscuro enmarcaba un rostro sereno, acostumbrado a observar más de lo que hablaba.
Era estilista freelance y fotógrafa especializada en bandas de rock alternativo.
No trabajaba para grandes artistas.
Prefería los grupos pequeños.
Los que aún tenían hambre de escenarios.
Los que todavía hacían música porque la necesitaban.
No porque vendiera.
Uno de los guitarristas se acercó nervioso.
Guitarrista: —¿Han quedado bien?
Emilia levantó la vista.
Le mostró una fotografía.
El chico sonrió inmediatamente.
Guitarrista: —Es increíble...
Emilia: —No.
El joven la miró confundido.
Emilia: —La fotografía solo muestra lo que tú ya transmitías.
El guitarrista se quedó sin palabras.
Aquello era muy propio de Emilia.
Nunca buscaba el mérito.
Solo hacía que las personas vieran la mejor versión de sí mismas.
Un rato después ayudó a una cantante a cambiarse de vestuario antes del concierto.
Colocó una cadena alrededor de su cuello.
Arregló una manga.
Dio un paso atrás.
Emilia: —Ahora sí.
La cantante se observó en el espejo.
Cantante: —Siempre consigues que parezcamos estrellas.
Emilia sonrió con discreción.
Emilia: —Yo solo os ayudo a parecer quienes sois.
Cuando terminó la sesión guardó la cámara con el mismo cuidado con el que otros guardarían un tesoro.
Apagó las luces del estudio.
Y salió a la calle.
La lluvia seguía cayendo.
El trayecto hasta su apartamento transcurrió acompañado por el sonido constante de la lluvia golpeando el asfalto. Cuando abrió la puerta, la calidez del pequeño hogar la recibió como cada noche.
Su apartamento era pequeño.
Acogedor.
Con paredes de ladrillo visto.
Había cámaras analógicas repartidas por las estanterías.
Libros de fotografía.
Montones de vinilos.
Un tocadiscos antiguo junto a una ventana enorme desde la que se veía el perfil iluminado de Tokio.

El sofá estaba cubierto de discos.
Las paredes llenas de fotografías en blanco y negro.
No había muchos muebles.
Pero cada rincón hablaba de ella.
Era un hogar silencioso.
Sin embargo...
Nunca se sentía vacío.
Porque la música siempre estaba sonando.
Mientras preparaba café, sonó su teléfono.
En la pantalla apareció un nombre acompañado de un corazón.
Hachi ❤️
Emilia sonrió antes incluso de responder.
Pulsó el botón de responder mientras dejaba la taza de café sobre la encimera.
Emilia: —Hola.
Hachi: —¡Emiiii!
Emilia apartó ligeramente el teléfono de la oreja.
Emilia: —Algún día vas a dejarme sorda.
Hachi: —¿Estás ocupada?
Emilia: —Acabo de llegar del trabajo.
Hachi: —Perfecto.
Emilia: —Eso no suena bien.
Hachi: —Sal conmigo.
Emilia: —Estoy cansada.
Hachi: —Por eso mismo.
Emilia: —Hachi...
Hachi: —No acepto un no.
Emilia dejó escapar una pequeña risa.
Era imposible decirle que no.
Una hora después estaban sentadas en un pequeño bar donde una banda tocaba versiones de The Cure.
Hachi no dejaba de hablar.
Emilia escuchaba mientras removía lentamente su cerveza.
Como siempre.
Hachi: —¡Tengo que contarte algo!
Emilia: —Adelante.
Hachi: —Creo que he conocido al hombre de mi vida.
Emilia arqueó una ceja.
Emilia: —¿Otra vez?
Hachi: —Esta vez es diferente.
Emilia: —Eso dijiste hace dos meses.
Hachi: —¡Pero ahora es verdad!
Emilia: —¿Dónde lo conociste?
Hachi sonrió con orgullo.
Hachi: —En una aplicación de citas.
Emilia soltó una carcajada.
Emilia: —Eso explica muchas cosas.
Hachi: —¡No seas mala!
Emilia: —No soy mala.
Hachi: —Eres una desconfiada.
Emilia: —Soy realista.
Las dos terminaron riéndose.
En ese momento el móvil de Hachi vibró.
Ella abrió el mensaje.
Sus ojos brillaron inmediatamente.
Hachi: —¡Es él!
Emilia: —No...
Hachi: —Sí.
Emilia: —Ni se te ocurra.
Hachi: —Ha llegado antes.
Emilia: —Hachi...
Hachi: —Solo una hora.
Emilia: —Ajá.
Hachi: —Te lo compensaré.
Emilia: —No sabes mentir.
Hachi ya estaba poniéndose el abrigo.
Le dio un beso en la mejilla.
Hachi: —¡Te quiero muchísimo!
Y salió corriendo bajo la lluvia.
Emilia negó con la cabeza mientras sonreía.
Emilia (pensando): “Jamás cambiarás.”
Emilia permaneció unos instantes observando la puerta por la que su amiga acababa de desaparecer. Sonrió para sí antes de terminar la cerveza con calma. Al mirar la hora recordó la llamada del dueño de una vieja tienda de discos.
El dueño de una vieja tienda de discos le había prometido llamarla cuando llegara un álbum muy especial.
Una primera edición japonesa de Unknown Pleasures, de Joy Division.
Llevaba casi dos años buscándolo.
Quizá aún estuviera allí.
Sin pensarlo demasiado, pagó la cuenta y caminó bajo la lluvia hasta el pequeño local escondido entre callejones que llevaba años visitando.
La campanilla de la puerta sonó cuando Emilia entró.
La tienda olía a madera vieja.
Vinilo.
Café.
Y nostalgia.
El dueño levantó la vista.
Sonrió al verla.
Dueño: —Sabía que vendrías.
Emilia: —Dime que sigue aquí.
El hombre sacó cuidadosamente una caja.
Dentro estaba el disco.
Los ojos de Emilia brillaron.
Alargó la mano.
Pero otra mano llegó exactamente al mismo tiempo.
Ambos tocaron la funda del vinilo.
Los dos levantaron la vista.
Frente a ella había un hombre alto.
Cabello negro despeinado.
Barba de varios días.
Camisa negra remangada.
Anillos plateados.
Y una funda de guitarra apoyada sobre una estantería.
Sus ojos oscuros se encontraron.
Durante unos segundos ninguno habló.
Hasta que él rompió el silencio.

Adrián: —Parece que tenemos el mismo gusto.
Emilia: —Llegué primero.
Él sonrió.
Adrián: —Yo lo reservé hace meses.
El dueño carraspeó.
Dueño: —Bueno...
Los dos lo miraron.
Dueño: —La verdad... es que los dos lo reservasteis el mismo día.
Silencio.
Ninguno soltó el disco.
Adrián: —Adrián Velasco.
Emilia: —Emilia Saitō.
Adrián: —Encantado.
Emilia: —Todavía no.
Él soltó una risa.
Era la primera sonrisa sincera que tenía en días.
Su mirada se detuvo en la cámara que Emilia llevaba colgada al cuello.
Adrián: —Fotógrafa.
Emilia: —Y estilista.
Ella señaló la funda de guitarra.
Emilia: —Músico.
Adrián: —Productor musical.
Se observaron unos segundos más.
Adrián: —No es muy común encontrar a alguien buscando esta edición.
Emilia: —Las mejores cosas nunca son comunes.
Él sonrió de nuevo.
El dueño volvió a intervenir.
Dueño: —Dentro de una semana recibiré otra copia.
Los dos giraron la cabeza.
Dueño: —Esta se la llevarás tú, Emilia. Llegaste unos minutos antes.
Adrián suspiró resignado.
Adrián: —Supongo que hoy has ganado.
Emilia dudó unos segundos.
Sacó una pequeña libreta de su bolso.
Escribió una dirección.
Arrancó la hoja.
Y se la tendió.
Emilia: —Cuando llegue tu copia...
levantó ligeramente el disco.
Emilia: —...podemos escucharlos juntos.
Adrián la miró sorprendido.
Tomó el papel.
Adrián: —¿Eso es una invitación?
Emilia: —Eso depende de si llegas tarde.
Por primera vez en mucho tiempo...
Adrián sintió verdadera curiosidad por alguien.
Minutos después, Emilia abandonó la tienda con el disco cuidadosamente protegido entre los brazos. La lluvia, lejos de cesar, caía con más fuerza que antes.
Guardó el disco bajo el abrigo para protegerlo.
Emilia (pensando): “Perfecto... olvidé el paraguas.”
Apenas había avanzado unos pasos cuando escuchó la puerta abrirse otra vez.
Adrián: —¡Espera!
Ella se volvió.
Adrián corrió hasta alcanzarla.
Sin decir nada, se quitó la chaqueta negra.
Emilia: —¿Qué haces?
Con un gesto tranquilo, Adrián levantó la chaqueta y la colocó sobre la cabeza de Emilia, cubriendo también el disco que llevaba entre los brazos.
Por un instante, sus manos rozaron el cabello de ella.
Los dos quedaron inmóviles.
La lluvia seguía cayendo a su alrededor.
Emilia: —Te vas a empapar.
Adrián sonrió de lado.
Adrián: —Prefiero que se moje mi chaqueta antes que ese disco.
Emilia soltó una pequeña risa.
Negó con la cabeza.
Emilia: —Mentiroso.
Adrián: —¿Por qué?
Ella lo miró directamente a los ojos.
Una sonrisa muy tenue apareció en sus labios.
Emilia: —No estabas mirando el disco.
Adrián permaneció en silencio unos segundos.
Después desvió la mirada, ligeramente avergonzado.
Adrián: —...Puede que tengas razón.
Emilia sintió un leve vuelco en el pecho.
No era una declaración.
Ni un momento extraordinario.
Solo un desconocido compartiendo su chaqueta bajo la lluvia.
Pero había algo en él...
Algo que le resultaba extrañamente familiar.
Adrián: —¿Vas hacia la estación?
Emilia: —Sí.
Adrián: —Entonces caminemos.
Los dos comenzaron a andar por la acera, protegidos bajo la misma chaqueta improvisada mientras la lluvia seguía cayendo sobre Tokio.
Hablaron de música.
De vinilos.
De conciertos.
Y de por qué las canciones más tristes eran siempre las que más acompañaban.
Sin saber que aquel encuentro fortuito en una vieja tienda de discos acababa de cambiar para siempre el rumbo de sus vidas.

Gracias por leer esta historia y por acompañar a Emilia y Adrián en este viaje.
Si os ha gustado, me encantaría conocer vuestra opinión. Dejadme un comentario, contadme qué os ha parecido o cuál ha sido vuestro momento favorito.
Vuestro apoyo significa mucho y me anima a seguir escribiendo. ❤️








