Prólogo
Amanda no estaba en su habitación.
Amelia lo supo en el momento en que abrió la puerta y encontró la cama intacta.
Se quedó de pie en el umbral durante unos segundos, observando el interior con una atención que no era normal para algo tan simple. La habitación estaba exactamente como debía estar. Las cortinas abiertas dejaban entrar la luz fría de la mañana. La colcha blanca, lisa, sin una sola arruga, cubría el colchón. Los cojines decorativos seguían en su sitio.
Amanda nunca dejaba la cama así si ya se había levantado.
Amelia dio un paso dentro.
—¿Amanda?
Su voz sonó más baja de lo que esperaba.
Nadie respondió.
Eran las siete de la mañana. Habían quedado para correr juntas por los senderos que rodeaban la propiedad. No era una costumbre antigua, pero en las últimas semanas Anne Beaumont había insistido en que ambas debían mantener una rutina más estricta. La disciplina, según ella, era una forma de respeto hacia el apellido que llevaban.
Amelia miró hacia el baño.
La puerta estaba abierta. La luz apagada.
Vacío.
Caminó hacia el vestidor. Lo recorrió con la mirada. Los vestidos seguían alineados por color, organizados con precisión. Los zapatos ocupaban sus estantes. Los bolsos estaban guardados en sus fundas de tela.
Nada faltaba.
Sintió una ligera presión en el pecho.
Amanda no salía sin prepararse.
Y menos ese día.
Cerró el vestidor y salió al pasillo del segundo nivel.
El silencio de la casa era absoluto.
La mansión Beaumont se alzaba en una de las calles más privadas de Westmount, rodeada de árboles antiguos y propiedades similares, todas protegidas por muros, rejas y sistemas de seguridad. La casa tenía dos niveles principales, además del sótano y las áreas de servicio. Había pertenecido a su familia durante más de veinte años.
Su padre la había comprado cuando ellas tenían apenas dos años.
Amelia bajó las escaleras principales con paso firme, aunque la sensación incómoda no desaparecía.
Llevaba puesto un conjunto deportivo negro de Lululemon que se ajustaba a su figura sin restringir el movimiento. Las zapatillas blancas estaban limpias. Su cabello negro, recogido en una coleta alta, dejaba su rostro completamente despejado.
Había estado lista.
Amanda no.
Al llegar al primer nivel, el living room se extendía frente a ella. Era amplio, con techos altos y ventanales que daban al jardín delantero. Los sofás claros formaban un espacio ordenado alrededor de una mesa baja de vidrio. La chimenea permanecía apagada.
Todo estaba en su sitio.
Demasiado en su sitio.
Amelia caminó hacia la puerta principal.
La abrió y salió al exterior.
El aire frío golpeó su rostro de inmediato. La nieve cubría los bordes del camino de piedra que conducía al portón de hierro. El puesto de seguridad estaba a unos metros, junto a la entrada.
Marc, uno de los guardias de turno, estaba en su posición habitual.
Él la vio acercarse y enderezó la espalda.
—Buenos días, señorita Beaumont.
Amelia asintió.
—Buenos días, Marc.
Hizo una pausa breve antes de hablar.
—¿Viste a mi hermana salir a correr esta mañana?
Marc frunció el ceño ligeramente, como si revisara mentalmente su memoria.
—No, señorita.
El corazón de Amelia dio un latido más fuerte.
—¿Estás seguro?
—Completamente. He estado aquí desde las seis. Nadie ha salido.
Amelia lo observó unos segundos más, buscando alguna señal de duda.
No la había.
Marc era eficiente. Su padre lo había contratado personalmente años atrás. No cometía errores.
—Gracias —dijo finalmente.
Se dio la vuelta y regresó hacia la casa.
La presión en su pecho aumentó.
No era dolor.
Era otra cosa.
Una sensación difícil de explicar.
Como si algo se hubiera desajustado.
Entró de nuevo y cerró la puerta detrás de ella.
El living room seguía igual de silencioso.
Amelia se llevó una mano al pecho, justo sobre el esternón, y frunció el ceño.
No se sentía bien.
No físicamente.
Era una inquietud que venía de un lugar más profundo.
—Amelia.
La voz la hizo girarse.
Leti estaba de pie a pocos metros.
Había trabajado para la familia desde antes de que las gemelas aprendieran a caminar. Era más que un ama de llaves. Era una presencia constante en sus vidas. Una figura que había estado allí en cada etapa importante.
Leti la observó con preocupación inmediata.
—Cielo, ¿qué sucede? Tienes la cara blanca como un papel.
Amelia bajó lentamente la mano de su pecho.
—Amanda no está en su habitación.
Leti parpadeó.
—¿Cómo que no está?
—No está —repitió Amelia—. Pensé que había salido a correr antes que yo, pero Marc dice que no la vio salir.
El rostro de Leti cambió.
—Ven —dijo con suavidad—. Vamos a la cocina. Te prepararé un té y algo de desayunar.
Amelia negó ligeramente con la cabeza.
—No tengo hambre.
Leti se acercó un poco más.
—Mira cómo estás. No has comido bien en días.
Amelia no respondió.
Dejó que Leti la guiara hacia la cocina.
Entraron en el espacio amplio que Amelia conocía mejor que cualquier otro en la casa. Las superficies limpias reflejaban la luz de la mañana. Todo estaba ordenado.
Leti comenzó a preparar agua caliente.
Amelia se apoyó contra la isla central. Su mente no dejaba de moverse. Amanda no estaba. No estaba en su habitación. No había salido por el portón. No estaba en la casa. Sintió la presión regresar a su pecho.
Más fuerte.
—No sé qué pasa —dijo en voz baja—, pero siento como si algo malo fuera a suceder.
Leti no respondió de inmediato.
Colocó una taza frente a ella.
—Bebe un poco.
Amelia tomó la taza, aunque sus manos no estaban completamente firmes.
Amanda no escaparía.
No era una persona impulsiva. Ella no desobedecía. Había aceptado el compromiso con Jason Crowel sin protestar. Había aceptado la fecha. Había aceptado el vestido. Había aceptado todo. Absolutamente todo.
El compromiso había sido anunciado el fin de semana anterior, durante la celebración de su cumpleaños número veintidós. La casa había estado llena de invitados. Socios. Amigos de la familia. Personas que observaban cada movimiento.
Anne Beaumont había hecho el anuncio con orgullo. Jason Crowel había llegado desde Grecia tan solo para conocer a su futura esposa y a su familia. Su madre estaba emocionada. Finalmente había salvado el futuro de su familia. La unión entre ambas familias se formalizaría.
Amelia no había estado presente cuando Jason visitó la casa por primera vez. Ese día había pasado la tarde en el estudio de ballet donde trabajaba. Enseñar a niñas pequeñas era una de las pocas cosas que hacía por elección propia.
No conocía su rostro. Solo sabía su nombre y su notoria importancia.
Amelia miró la superficie de la taza. Alguien se había llevado a Amanda.
El pensamiento apareció sin previo aviso. No tenía pruebas. Pero estaba allí. Instalado. Firme. Ese pensamiento no iba a soltarla.
Porque Amanda no se habría ido por su cuenta.
No sin decir nada.
No el día antes de su boda.








