El sacrificio del Rey Dragón
El sonido de las campanas resonó entre una espesa niebla.
Eryan abrió lentamente los ojos. Un intenso dolor recorría todo su cuerpo.
—¿Dónde... estoy?
Lo último que recordaba era haber salido de la universidad bajo una fuerte lluvia. Un camión perdió el control y todo se volvió oscuridad.
Al incorporarse, descubrió que llevaba una elegante túnica blanca bordada con hilos dorados. Sus manos eran más delgadas y su cabello, largo y plateado, caía sobre sus hombros.
Frente a un enorme espejo quedó paralizado.
—¡¿Quién es este?!
No era él.
En ese instante, una oleada de recuerdos invadió su mente.
Había reencarnado.
Y no en cualquier lugar.
Había despertado dentro de la novela de fantasía que había leído durante noches enteras.
Lo peor era que ocupaba el cuerpo de Aster, un joven omega cuya única función en la historia era ser entregado como sacrificio al temible Rey Dragón.
—No... esto tiene que ser una broma...
Recordaba perfectamente el destino de Aster.
Moría la misma noche en que era llevado al castillo.
La puerta se abrió de golpe.
Varias doncellas entraron inclinando la cabeza.
—Su Alteza, ha llegado el momento. El carruaje del Rey Dragón lo espera.
El corazón de Eryan comenzó a latir con fuerza.
—Si voy... voy a morir...
Intentó escapar por una ventana, pero todo el palacio estaba rodeado de caballeros.
No había salida.
Poco después, un enorme carruaje negro, decorado con escamas de dragón y tirado por criaturas aladas, emprendió el camino hacia las Montañas Escarlata.
Durante horas nadie dijo una palabra.
Cuando el carruaje se detuvo, Eryan levantó la vista.
Frente a él se alzaba un castillo gigantesco, construido entre montañas, con torres negras y enormes dragones de piedra custodiando la entrada.
Las puertas se abrieron lentamente.
El aire estaba impregnado de un aroma cálido y poderoso.
Entonces lo vio.
Sentado en un inmenso trono de obsidiana estaba Kaelith, el Rey Dragón.
Era un hombre alto, de cabello negro como la noche, ojos dorados con pupilas rasgadas y una mirada tan imponente que bastó un segundo para que todos bajaran la cabeza.
Su presencia hacía temblar el salón entero.
Kaelith observó fijamente al joven omega.
Por primera vez en mil años, una expresión de sorpresa cruzó su rostro.
—Así que... finalmente has llegado.
Eryan tragó saliva.
Estaba convencido de que aquella sería su última noche.
Pero aún no sabía que el Rey Dragón no tenía intención de sacrificarlo.
Al contrario...
Llevaba siglos esperándolo.








