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A L F A | JEFFBARCODE

Summary

EUROPA, HACE 20,000 AÑOS Jeff, heredero del líder tribal, ha sido elegido para unirse a los cazadores, los protectores de su aldea. Pero mientras todos esperan que imponga su fuerza, él está dispuesto a demostrar que el corazón puede ser tan poderoso como cualquier arma. - JEFFBARCODE - Historia corta, capítulos largos - Inspirada en la película "ALPHA (2018)" - Todo contenido escrito es original y de mi autoría

Status
3h ago
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
13+

A

Cuando los seres humanos comenzaron su viaje en la Tierra, esta era un sitio peligroso, solo los más fuertes sobrevivían. Los humanos enviaban cazadores por alimento para sus tribus, pero enfrentaban dificultades increíbles. Nadie podía lograrlo solo: necesitaban de un líder que los mantuviera con vida. Así fue durante miles de años, hasta que surgió un líder cuyo corazón era tan valiente que vio en su enemigo a un aliado, y sobre todo, a más que un amigo. Y esa amistad cambió el curso de la humanidad misma.

EUROPA, HACE 20,000 AÑOS

Éramos cerca de 20 personas tumbadas en el pasto. El fuego que daba el día poco a poco se perdía en las montañas traseras de un risco. Enfrente de nosotros estaban unas bestias, con cuernos afilados y cuerpos llenos de pelaje. Eran cientos que comían el pasto sin notar nuestra presencia. A unos metros de ellos, estábamos esperando la señal de mi padre para avanzar, mientras nos movíamos por el piso para tener más cercanía a las bestias.

Todos a mi alrededor esperaban alguna señal del jefe de la aldea. Mi nula experiencia me impedía moverme con libertad como los experimentados. Alzaba la mirada para ver esas bestias, incluso mi respiración era más suave. Miré a un lado a mi padre, quien observaba todo con expresión seria mientras sostenía la lanza fuertemente. Comprobó que todos estuviéramos listos, dándome una mirada de apoyo, avisándome de lo que pasaría a continuación.

—¡Ahora!—gritó mi padre, y en automático todos nos levantamos y seguimos a mi padre, manteniendo una formación lineal. El ruido de gritos provocó que las bestias se enfrentaran a nosotros, moviéndose rápidamente para impactarnos. Bufaban y movían su cuerpo de manera rápida, listas para acabar con nosotros. Mientras corríamos, acortábamos la distancia. Nadie titubeaba en correr y enfrentarnos. Tan rápido como corrimos, pasamos para impulsar una lanza que cayó a pocos metros de las bestias. Ellas notaron la barrera de flechas y retornaron su camino. Aun corriendo, se dirigían al risco.

—¡Mantengan la formación!—mi padre nos dirigía tras las bestias, que se acercaban más al filo del risco, donde la altura era mortal para cualquier ser. Una por una fue cayendo. Las bestias que se detenían eran topadas por otras, llevándolas al fondo. Pero no todas cayeron. Unas cuantas regresaron hacia nosotros, casi como venganza por haber llevado a la muerte a sus compañeros. En especial una se abalanzó hacia mí. Tenía a unos pasos las lanzas que habíamos lanzado.

Mis manos se movían torpemente, tratando de zafar la lanza que estaba enterrada en la tierra. Cuando miré a la gran bestia, esta venía a una velocidad rápida, decidida a impactarme de frente. Escuché los gritos de mi padre, diciéndome que me quitara del camino, pero la mirada enojada de la bestia, junto con los bufidos fuertes, me pasmaron.

La gran cabeza impactó directamente en mí. El aire salió de mi cuerpo. Fui tirado de manera fuerte por la bestia. Esta se alejó, pero pude ver cómo de nuevo reanudaba su ataque hacia mí. Busqué la mirada de mi padre al caer al suelo. Antes de siquiera verlo, un cuerno de la bestia rasgaba mi capa, arrastrándome junto a él, directamente al final del risco. Grité por mi padre, pero entre el ruido, mis auxilios se perdieron. Y entonces el piso de tierra desapareció y ambos caímos.

—¡Jeff!—escuché el grito de mi padre por última vez.

DÍAS ANTES

—Bien, ahora muestren su trabajo—ordenó el jefe.

Ese día, a todos los jóvenes de la aldea se nos reunió en medio del poblado. Todos, incluyéndome, tallamos una roca. La petición fue hacerla tan afilada que sirviera como cuchilla. Mi padre revisó al primer joven, tomó la roca y la observó minuciosamente. Mientras estaban ocupados, seguí formando la mía. Mis manos ya estaban cansadas. No tenía mucha idea de cómo hacerla, pero sabía que debía cortar, incluso si solo acariciaba el filo.

Algunos otros jóvenes fueron incapaces de tallarla adecuadamente. Mi padre los despedía con un “fracasaste”, mientras repetía lo mismo a cada uno de ellos, excluyendo al tercero. Mis nervios hacían que diera golpes inútiles a la piedra. Era el hijo del jefe de la aldea y esperaban de mí lo mismo que mi padre les daba.

Al llegar mi turno, le di la piedra pulida. Él la tomó y revisó como a los demás. Su rostro era pacífico. Pasó su mano sobre el filo y unas gotas de sangre cayeron a la tierra. Después de unos segundos me miró y dijo:

—Bien hecho.

Esas palabras lograron quitarme la duda de si en esta primera prueba sería capaz de llegar a la altura del jefe de la aldea. Me levanté de donde estábamos sentados. Mi padre me dejó la ahora cuchilla para dejar que uno de sus aliados hablara. Miré cómo se alejaba, mientras que el amigo de mi padre nos hablaba a los dos únicos que logramos cumplir con la tarea.

—El dolor será nuestra compañera de viaje.

Después de pronunciar eso, un fuerte golpe cayó sobre mí, seguido de muchos. Esta era la prueba final del día. Golpe tras golpe impactaba en mí y en el otro chico que aprobó. Él soltaba pequeños gruñidos, resistiendo las patadas de los cazadores de la aldea, mientras que yo mantenía mi boca fuertemente cerrada, incapaz de permitirme un solo suspiro de dolor. Mi padre, quien nos daba la espalda, esperó a que la paliza terminara. Se acercó a mí. Vi sus piernas delante de mí y después sus brazos apoyándome para levantarme.

Acercó su mano a mi rostro, limpiando la sangre que corría de mi nariz y boca. Me tomó en brazos y me abrazó. Mi nariz estaba adolorida, al igual que partes de mi cuerpo.

—Basta, padre. Mi cuerpo ya no es capaz de recibir otro golpe.

Él me miró orgulloso. Sabía que había logrado pasar.

Rió y siguió sujetándome.

—Tú vas a cazar a mi lado. Eres mi hijo, el hijo del jefe.

Desamarró uno de sus collares, hechos con colmillos de sus presas. Lo rodeó en mi cuello y lo ató, dejando una parte importante de él en mí.

Esa noche, junto a todos, frente a una fogata, vimos las pequeñas bolas de fuego en el cielo, mientras escuchábamos a la mediadora de espíritus cantar, pidiéndole a nuestros ancestros que los cazadores tuvieran un viaje seguro. Tanto yo como el otro chico fuimos marcados.

La mediadora pintó nuestra frente, dándonos la bienvenida a los cazadores de la aldea. Todo el rito fue acompañado por las oraciones individuales de cada uno. Mis padres me veían desde el otro extremo. Como jefes de la aldea, nos entregaban nuestras lanzas, que ocuparíamos mañana una vez que partiéramos.

Ya dentro de casa, descansábamos. Mis padres de un lado y yo a una distancia corta. La fogata calentaba la noche. Mis padres creían que estaba dormido, así que empezaron a conversar suavemente.

La dulce voz de mi madre llamó mi atención.

—Todavía no está listo.

—En una estación de cada año, cazamos a la gran bestia—le respondió mi padre— Si no, la tribu muere. Debe hacer la parte que le corresponde—finalizó mi padre en susurros, apenas audibles para mí.

—Debe demostrar lo que vale.

—¿Y si no lo logra?—preguntó mi madre—Lo amo con todo mi corazón. Me da miedo que muera en la cacería. Él guía con su corazón, no con su lanza.

A la mañana siguiente, la aldea nos despedía. Ahora, como nuevo miembro de la cacería, mi madre me despediría así como a mi padre. El rostro de mi madre se veía cansado. Desde que despertó, la preocupación era intacta en ella. Temía que, al salir de la aldea, nunca volvería a sentir los cálidos brazos de ella ni sus palabras que me recordaban cuánto era amado por ellos.

—Lleva esto para que nada pueda herirte.

Dejó en mis brazos un suave pelaje de alguna bestia, pero también sus palabras se adherían a mí fuertemente. No soportaría verla sufrir por mi partida. Era el hijo único que tanto protegía, y el ahora verme crecer era, sin duda, lo más duro para mi madre.

—Ya pude cuidar de ti. Ahora tú cuida de ti.

Ella apoyó sus manos en mi rostro y besó, con labios húmedos por lágrimas, cada extensión de mí. Mi padre, quien veía todo, solamente se mantenía fuerte, incapaz de interrumpir este momento donde mi madre abría completamente su corazón para que yo saliera y me enfrentara a todo lo que me aterraba de niño.

La mediadora espiritual dio la señal para que partiéramos. Poco a poco dejé de ver la aldea y, con ello, a mi madre. Sabía que junto a mi padre nada me podría pasar, pero ahora éramos más personas a las que mi padre cuidaría. No podía depender tanto de él.

Caminamos toda la tarde. Vi cada cascada, llanura y montaña que mi padre contaba en historias de mi niñez, cuando yo era quien se despedía de él para luego verlo partir. A mi lado permaneció Sena, el otro chico que logró pasar la prueba. Conversamos poco, expectantes a los nuevos lugares que veríamos.

La primera noche descansamos cerca de las faldas de una montaña. El jefe se encargó de hacer el fuego, frotando los palos con un poco de pasto seco. Nos dejó calentarnos en la oscuridad. De nuevo, las bolas de fuego pintaban el cielo, haciéndonos compañía. Mi padre me extendió los palillos con los que logró hacer fuego.

Los tomé, aún viéndolo, tratando de saber qué era lo que buscaba. Él asintió y miró el fuego. Probé, como él, frotar la madera, pero era difícil. Traté de recordar cómo lo hizo mi padre y replicarlo, pero tal vez era demasiado impaciente para que una pequeña llama apareciera en el pasto. Suspiré, cansado y molesto, y regresé los palillos a mi padre. Él, quien no despegó su mirada de mí, dijo:

—Sobrevivir requiere de dedicación, paciencia y no darse por vencido.

A pesar de que lo decía viendo a todos, era un claro mensaje para mí, no como un regaño, sino un recordatorio.

Seguimos caminando en cuanto salió la luz. En una bajada de la montaña, a lo lejos, un grupo de personas, al igual que nosotros, se acercaba. Desconocía quiénes eran y, por miedo, busqué refugio detrás de mi padre. Ellos avanzaron hasta estar enfrente nuestro. Vestían pieles iguales a las de nosotros y su líder tenía el rostro pintado: alrededor de sus ojos, una franja negra.

Mi padre se acercó a él y lo abrazó, reconociéndolo como un viejo amigo.

—Sobreviviste al invierno—dijo el otro jefe—Estás gordo.

Mi padre miró atrás, donde yo estaba.

—Traje a otro cazador, uno joven y nuevo. — Las miradas de los desconocidos me observaban. Traté de no encontrarme con ninguna.

—Levanta la cabeza y tus ojos harán lo mismo.

Escuché a mi padre. Quité mi gorro y sacudí un poco la cabeza. El amigo de mi padre me miró.

—Este es mi hijo—dijo mi padre.

—El mío no verá otra cacería—señaló el cazador al cielo— Está con los antepasados.

Su voz sonaba casi idéntica a la de mi padre. Ambos eran cazadores que guiaban a su aldea y familia.

El jefe de la otra aldea se acercó a mí y, con su mano, acarició mi cabello, al igual que mi rostro. Su mirada era igual a la de mi padre cuando me miraba: tan protectora como orgullosa de que esté con él.

—Debes de ser un padre muy orgulloso.

—Espero que me haga sentir orgulloso muy pronto.

Nuestra tribu recorre grandes extensiones desde la primera gran cacería. Las marcas nos guían: estas eran grandes rocas apiladas como una montaña, y en la cima una piedra con un agujero. Fueron hechas por los antepasados, dejándolas para marcar el camino a seguir y ayudarnos a sobrevivir el gran viaje.

—Nuestras manos señalan hacia la casa. Algunos hombres regresarán a la aldea y otros no lo lograrán—explicó mi padre—Las marcas son para que el jefe los guíe a casa.

Para antes de anochecer, buscamos alguna bestia pequeña para tener algo que comer. Los cazadores experimentados encontraron una cerca de los árboles. Era de cuerpo robusto, con pequeños colmillos que salían de su boca. Estaba distraída comiendo el pasto.

Los cazadores de la otra aldea se acomodaron para poder cazarla, mientras nosotros esperábamos a unos metros más atrás. La lanza de uno de ellos la atravesó. Aun con eso, la bestia no dudó en correr, pero ya era tarde cuando otro cazador la tomó y tiró al suelo. Aún se movía con desespero y bufaba, buscando morder al cazador que la sostenía.

—Acaba con él, Jeff—dijo mi padre.

Lo miré, aún dudando. Sabía cómo mataba a los animales mi padre, pero nunca lo hice yo. Incluso mi madre me quitaba el cuchillo para que yo no lo hiciera en la aldea. Pero ahora no estaba ella y mi padre esperaba que lo obedeciera. Tomé el cuchillo que me extendió mi padre y dio un paso atrás, mientras otros cazadores sujetaban a la bestia.

La bestia respiraba fuertemente y jadeaba, aún teniendo fuerzas para salir del agarre de los cazadores. Me agaché y acerqué la cuchilla a su cuello. Seguía moviéndose, incluso lloriqueaba, pero nunca quitó su mirada de mí, y eso nublaba aún más mi capacidad de quitarle la vida. Todos esperaban a que la matara, en especial mi padre, ya harto de mi titubeo. Bajó a mi nivel y dijo:

—Quitas una vida para dar vida a tu tribu—miró atrás, de seguro mirando a los cazadores—.¡Hazlo ya!, mátalo, hijo.

No pude soportar ver más la mirada dolorosa de la bestia. Mi padre no esperó mucho. Cuando le dije que no podría, tomó el cuchillo y, sin pensarlo, lo hizo. Desvié la mirada cuando el cuello fue cortado. Mi padre se levantó y se acercó a mí.

—La vida es para los fuertes—se detuvo, estaba claramente molesto, pero siguió diciendo—:la vida no se regala, la vida se gana.

Ya en la noche se hizo una fogata. Todos los cazadores estábamos cerca, en círculo. Comíamos un poco de carne para después descansar por este día. A un lado mío estaba Sena, quien se mantenía callado desde el intento de que matara a la bestia. Él estaba igual que yo. No teníamos ninguna cercanía con este tipo de viajes. Cuando las bestias llegaban a la aldea, ya estaban muertas. No veíamos cómo luchaban por su vida.

Mientras comíamos, mi padre silbó. Su silbido significaba muchas cosas, pero ese en particular era para que nos detuviéramos y calláramos. Algo estaba acechándonos. Mi padre esperó hasta que no escuchó nada. Sus oídos eran más hábiles que los míos. Apenas y podía escuchar algo. Cuando ya no escuchó nada, dejó de estar tenso y bajó la guardia. Solo unos segundos después, Sena fue arrastrado a la oscuridad, donde el fuego ya no alumbraba.

Se escuchaban sus gritos, y en automático todos nos levantamos para tomar nuestras lanzas en caso de que otra bestia se acercara. Nadie podía ayudar a Sena, y si lo hacían, prácticamente regalaban su vida a las bestias.

Estaba muy asustado. Me temblaba el agarre a la lanza por más que lo apretaba y acercaba hacia mí. Nadie esperaba que Sena tuviera que visitar tan pronto a los antepasados. Tan pronto como amaneció, seguimos los rituales de la aldea. Dimos el adiós a Sena.

—Que su espíritu, como el de sus ancestros, vigile el sendero—mi padre colocó una piedra en una cima sobre otras. Sena al fin descansaría y ya no sentiría más dolor.

Seguimos caminando. Aunque Sena era un reciente miembro del grupo de cazadores y su madre esperaba por él en la aldea, no podíamos detenernos. Como decía mi padre, teníamos que ser fuertes y seguir. La noche nos detuvo en un valle de rocas. Buscamos una cueva para resguardarnos. El aire era fresco en las mañanas y noches. Una fogata alumbraba el alrededor.

Mi padre ordenó que se me impregnaran los mismos tatuajes que él. Una cazadora punzaba una espina con tinta en mi brazo.

—En el día te guiarán las marcas de piedra—señaló su interior del brazo. Tenía manchas oscuras a lo largo— Ahora en la piel también llevas las marcas que siempre han de guiarte, y con las que guiarás a tus hombres durante la noche.

No tardó tanto tiempo mi padre para empezar a enseñarme cómo ubicarme con las marcas.

—La luz de nuestros ancestros nos muestra el camino a casa.

Fuera de la cueva vimos las bolas de fuego sobre nosotros. Mi padre levantó su brazo y extendió su mano. Las mismas marcas que tenía en su piel eran una réplica a la formación de las bolas de fuego. Copié su acción, tratando de encajar las nuevas marcas que tenía en la mano como mi padre.

—Camino a casa—dije en susurro.

No podría igualar la experiencia de mi padre, pero el lograr igualar la alineación de las marcas como reflejo del agua era satisfactorio, aún más cuando veía a mi padre sonreír por mis intentos torpes. Un aullido llegó de las montañas enfrente de nosotros. La luna daba reflejo para que un lobo, una de las bestias más peligrosas que un humano se pudiera encontrar, aullara junto con su manada.

Mi padre dijo: —¿Ves el que está allí?

Busqué al lobo que más aullaba y que estaba más separado de los otros.

—Ese es el alfa, su líder—mi padre explicó mientras tomábamos asiento en las rocas, llevando nuestra atención completa a la manada de bestias— El alfa es quien ha de cuidar de su manada—susurró— Esa es su tarea más importante. Pero además, siempre corre peligro—mi padre miró atrás, donde estaban los cazadores entretenidos curando algunas heridas.

Rápidamente regresó su mirada a mí—Habrá unos, al interior de su manada, que querrán arrebatarle el mando—el lobo seguía aullando, pero ahora más alejado de su manada—Si perciben debilidad en él, el alfa defiende su lugar con su fortaleza y su serenidad.

Mi padre apretó gentilmente su mano en mi rodilla, y siguió:

—No nació siendo un líder. Se lo ganó con su valor y su corazón—tocó mi pecho, y se aseguró de que entendiera claramente lo del final.

El jefe de la otra aldea encontró para la mañana siguiente un gran rastro de bestias. Posiblemente caminaban buscando alguna laguna. Las tierras que pisábamos eran secas, y rara vez encontrábamos alguna laguna o río para tomar agua. Siguiendo las pisadas de las bestias dimos a un alto risco. Antes de atacar, todos cubrimos nuestro cuerpo con lodo de una laguna casi seca, tratando de que nuestro olor no fuera perceptible para el rebaño que comía cerca del risco.

Nos acercamos lentamente, arrastrándonos y apoyándonos con los brazos para seguir avanzando, uno al lado del otro en una formación. Mi padre estaba en el centro y yo al lado de él. Esta sería la gran cacería y lo tomaríamos como premio para permitirnos regresar a casa. El rebaño era lo suficiente para cubrir las necesidades de las dos aldeas.

Los nervios no hacían más que tensar mis extremidades. La incómoda posición era asfixiante. Tenía alrededor de mí cazadores experimentados y a mi padre, pero no podía evitar sentirme inútil. El negarme a matar a la bestia en el bosque solo disminuyó mi ánimo.

Mi padre, aunque estaba disgustado, me motivaba a que interviniera en la cacería activamente. Pero no podía hacer nada más que mirar y no estorbar. Y pensaba hacer lo mismo. Esta vez tendría más cuidado de que ninguna bestia notara mi presencia. Dejaría que ellos tomaran el control y después esperaría humillado las miradas de decepción del jefe de la aldea.

Mi padre dio la señal y todos nos paramos para correr y topar con el rebaño de las bestias. Todos pararon, incluyéndome, para lanzar las lanzas y obligar a las bestias a girar, empujándolas directo al final del risco, a un acantilado alto.

En un parpadeo, una bestia notó mi presencia. Aunque no estaba cerca del camino de ellas, esta no dudó en impactarme.

—¡Jeff, hijo!—gritó mi padre cuando aterricé de golpe al pasto.

Mi nula reacción le dio fuerza a la bestia para impactarme por segunda vez. Mi cuerpo dolía por ser arrastrado. La piel de mi ropa era jalada por un cuerno de la bestia. Mi boca sangraba y sentía el sabor aterroso en mi paladar. Una lanza impactó al costado de la bestia, aturdiéndola y haciendo que ambos cayéramos al acantilado.

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