Capitulo 1
El crepúsculo caía sobre el Gran Bosque de Hyrule con una parsimonia casi sagrada. Las hojas doradas de los árboles ancestrales atrapaban los últimos destellos del sol, tiñendo el suelo de un color ámbar profundo. Lejos de la rigidez del Castillo de Hyrule, de las miradas severas del rey Rhoam y de las incesantes obligaciones de la corte, se alzaba un pequeño claro rodeado de ruinas sheikah cubiertas de musgo. Era un lugar olvidado por el tiempo, pero perfecto para un secreto que podría tambalear los cimientos del reino.
Zelda se encontraba de pie frente a un pequeño altar de piedra, sosteniendo entre sus manos una flor de la princesa de la calma. Su mirada verde, usualmente cargada de la angustia por un poder sagrado que se negaba a despertar, contemplaba los pétalos blancos y azulados. El peso del destino del mundo descansaba sobre sus hombros, y la inminente profecía de la Calamidad Ganon devoraba su paz noche tras noche.
De repente, el crujido sutil de una rama rompió el silencio del bosque. Zelda no se sobresaltó; conocía perfectamente ese ritmo, esa presencia imponente que desafiaba la gravedad de la naturaleza misma.
Antes de que pudiera girarse, unos brazos robustos, envueltos en la inconfundible energía de un semidiós que había desafiado al mismísimo destino del Ragnarok, se deslizaron con delicadeza alrededor de su cintura. Siegfried la abrazó desde atrás, pegando su pecho firme contra la espalda de la princesa.
El contraste era absoluto, pero extrañamente armonioso: la delicadeza real de Zelda, ataviada con su túnica azul de investigadora, quedaba resguardada por la imponente y rebelde figura de Siegfried. Su cabello indómito rozó la mejilla de la joven, y el calor que emanaba de su cuerpo disipó instantáneamente el frío viento del atardecer.
—Te encontré, mi pequeña golondrina de laboratorio —susurró Siegfried cerca de su oído. Su voz, una mezcla perfecta de confianza heroica y suavidad devota, envió un escalofrío inmediato por la columna de la princesa—. Sabía que si no estabas memorizando textos antiguos, estarías aquí, compitiendo en belleza con las flores. Aunque, para ser sincero, estas pobres plantas no tienen ninguna oportunidad contra ti.
Zelda dejó escapar un suspiro trémulo, permitiéndose por fin relajar los músculos. Apoyó la cabeza hacia atrás, descansándola en el pecho de su amante, y cerró los ojos, embriagada por el aroma a tierra húmeda, cuero y esa indomable esencia masculina que solo él poseía.
—Siegfried… —pronunció su nombre como si fuera un rezo sagrado, una palabra prohibida que solo se permitía pronunciar en la clandestinidad—. Sabes que no deberías estar aquí. Mi padre tiene espías en los límites del bosque, y Link no debe tardar en reasumir su guardia.
—Déjalos que busquen —respondió él con una sonrisa ladina que Zelda no necesitaba ver para adivinar. El héroe encadenado, el hombre que había caminado entre dioses y humanos sin agachar jamás la cabeza, apretó el abrazo con una firmeza que no lastimaba, sino que reclamaba su posesión—. Ni todo el ejército de Hyrule, ni ese caballero silencioso tuyo, podrían apartarme de tu lado cuando decido que es hora de adorar a mi reina. Además, ¿cómo pretendes que me mantenga alejado de ti cuando son tus ojos el sol que quiero en todos mis dias?
Zelda sintió que el calor le subía a las mejillas. A pesar de su intelecto brillante y su porte real, las palabras de Siegfried siempre lograban desarmarla. Ella lo amaba con una intensidad que a veces la asustaba; un amor nacido de la admiración por su libertad absoluta, una libertad que ella deseaba desesperadamente pero que su linaje le negaba. Ella dependía de su fuerza, de la forma en que él la miraba no como a un contenedor del poder de la Diosa, sino como a Zelda, la mujer.
Siegfried, por su parte, la amaba con la devoción de quien ha visto el fin de los tiempos y ha decidido que su único universo digno de salvación es el corazón de esa muchacha. Aunque él mantenía siempre su fachada coqueta, audaz y un punto arrogante, sus ojos reflejaban una ternura infinita cada vez que la miraba.
—Hablas con demasiada ligereza —replicó ella, aunque sus manos subieron para entrelazar sus dedos con los de él, que descansaban sobre su vientre—. La Calamidad se acerca. Siento la presión en el aire cada día más fuerte. Las reliquias sheikah no reaccionan como deberían y mi poder… mi poder sigue dormido. A veces pienso que soy un fracaso.
Siegfried frunció el ceño, detestando la melancolía que apagaba la chispa de su amada. Con un movimiento fluido pero decidido, la giró entre sus brazos para que quedara frente a frente con él. No rompió el contacto físico; mantuvo una mano firme en su cintura mientras la otra subía con extrema delicadeza a su rostro. Sus dedos rozaron la línea de su mandíbula, obligándola a mirarlo directamente a los ojos.
—Mírame, Zelda —ordenó con suavidad pero con una autoridad inquebrantable—. No vuelvas a decir eso. Esos viejos tontos del castillo y tu padre te piden que despiertes una magia que no entienden, tratándote como a un arma. Pero tú eres mucho más que un sello para un monstruo. Eres la criatura más fascinante, inteligente y hermosa que ha pisado este mundo o cualquier otro. Si la Diosa no ve la joya que eres, es porque está ciega.
—¡Siegfried! ¡No digas eso! ¡es una blasfemia…! —intentó reprenderlo ella, pero la intensidad de su mirada la silenció.
—La verdad no es blasfemia, mi amor —replicó él, acercando su rostro peligrosamente al de ella. Su aliento cálido acarició los labios de Zelda—. Y la verdad es que eres una mujer con una mente que rivaliza con los eruditos más grandes y un cuerpo que… bueno, un hermos cuerpo que me facina. ¿Has visto cómo te queda esa túnica y esos pantalones? Resalta unas curvas que me hacen tan feliz el poder recorrerlas. Es una bendición que solo yo pueda apreciarlas en este bosque.
El tono de Siegfried cambió sutilmente, volviéndose más bajo, más ronco, cargado de una sensualidad latente que encendió un fuego inmediato en el vientre de la princesa. Zelda entreabrió los labios, su respiración acelerándose ante la proximidad del hombre que poseía su alma entera. Ella lo amaba con una desesperación silenciosa, sabiendo que el tiempo que les quedaba antes de la tormenta era limitado.
—¡Eres un desvergonzado! —susurró Zelda, su voz perdiendo toda autoridad real, convertida en un ruego de amor—. Siempre encuentras la manera de decirme las cosas más atrevidas.
—Solo digo lo que veo, mi princesa —sonrió él con sus ojos brillando con picardía mientras su mano en la cintura descendía un par de centímetros, presionándola sutilmente contra su cadera, haciéndole sentir la solidez de su cuerpo—. Y ahora mismo veo a una mujer hermosa que piensa demasiado y que necesita recordar lo que es sentir de verdad. Olvídate de esas reliquias. Olvídate de ese Ganon por un maldito segundo. Aquí dolo existimos tú y yo, y el amor que nos tenemos.
Zelda no pudo resistirse más. Se empinó ligeramente sobre la punta de sus pies y rodeó el cuello de Siegfried con sus brazos, acortando la distancia entre ambos. Sus labios se encontraron en un beso que comenzó con la urgencia del tiempo robado y se transformó rápidamente en una caricia profunda, lenta y rebosante de una pasión contenida.
Siegfried gimió contra su boca, involucrandoce en el beso, reclamando su territorio con una sensualidad que hizo que a Zelda le temblaran las piernas. Las manos del héroe se volvieron más posesivas; una se enredó en los cabellos dorados de ella, deshaciendo la trenza que los recogía, mientras la otra la ceñía con fuerza desde sus nalgas, eliminando cualquier espacio entre sus cuerpos. El calor de la piel de Siegfried, el roce de sus labios y la audacia de su lengua transportaron a Zelda a un lugar donde la Calamidad no existía, donde no había profecías ni coronas, solo el amor puro, carnal y devastador que compartían en secreto.
Cuando finalmente se separaron por falta de aire, sus frentes permanecieron unidas. La respiración de Zelda era errática, sus ojos brillantes y sus labios encendidos por el deseo. Siegfried la contemplaba con una devoción absoluta, sus dedos deliniaban el contorno de sus labios húmedos.
—Si el mundo llega acabarse mañana, Zelda —susurró Siegfried, con una seriedad inusual que demostraba la profundidad de sus sentimientos subyacentes—, te juro por mi propia existencia, que Ganon tendrá que pasar por encima de mi cadáver antes de tocar un solo cabello dorado de tu cabeza. Pero hoy, esta noche es nuestra. Déjame recordarte cuánto te amo.
Zelda lo miró, sintiendo que las lágrimas de alivio y amor amenazaban con salir. Lo amaba más de lo que las palabras podían expresar; él era su ancla, su salvación secreta antes de que la oscuridad lo cubriera todo.
—Te amo, Siegfried. No me sueltes, por favor —pidió ella en un susurro, entregándose por completo a los brazos de su protector— No dejes de amarme.
Siegfried sonrió, volviendo a abrazarla, depositando besos tiernos y encendidos en su cuello mientras el sol finalmente se ocultaba, cobijando su amor secreto bajo el manto protector de las estrellas de Hyrule.








