Beta Sirviente (Oc X Anime/Manga) by PrincessRoyal95 at Inkitt
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Beta Sirviente (OC x Anime/Manga)

Summary

En un mundo contemporáneo donde la sociedad se divide entre Alfas, Betas y Omegas, Princess Ryu, conocida como Prin, creció creyendo que era una Beta. Abandonada por sus padres cuando era apenas una niña, fue criada en un orfanato donde los Betas eran educados para convertirse en los mejores sirvientes de la élite. Gracias a su dedicación y esfuerzo, termina trabajando como criada en una lujosa mansión habitada por cinco poderosos Alfas: Arkha Corvus, Sanemi Shinazugawa, King, Bickslow y Kisame Hoshigaki. Lo que comienza como una simple relación entre amos y sirvienta va transformándose lentamente en un entramado de afecto, confianza y sentimientos prohibidos. Sin embargo, en una sociedad donde el destino biológico pesa más que el corazón, enamorarse de ellos desencadenará una cadena de acontecimientos que conducirán a Prin hacia una tragedia que cambiará para siempre la vida de todos. —Derechos de autor. —Los personajes pertenecen a sus respectivos autores. —Princess Ryu es un personaje original de la autora.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. Un día más

El despertador sonó a las cinco y media de la mañana, como cada día desde hacía casi cuatro años. Princess Ryu abrió los ojos con pesadez y permaneció unos segundos inmóvil, dejando que el silencio llenara la pequeña habitación del servicio. Era sencilla: una cama individual, un armario de madera, un escritorio y una ventana por la que apenas empezaba a filtrarse la tenue luz del amanecer. Se acomodó las gafas sobre el puente de la nariz, se incorporó con lentitud, recogió el desordenado cabello castaño en una coleta baja y se puso el impecable uniforme de sirvienta que había planchado la noche anterior. Antes de salir, respiró hondo frente al espejo y sonrió para sí misma.

«Un día más», pensó, como si aquellas tres palabras bastaran para reunir fuerzas.

La enorme cocina de la mansión ya estaba iluminada cuando la joven comenzó a trabajar. Encendió los fogones, puso agua a hervir para el café y el té, sacó ingredientes frescos del frigorífico y se dispuso a preparar cinco desayunos distintos. Arkha prefería algo ligero acompañado de café negro; Sanemi exigía platos abundantes y casi siempre protestaba si faltaba proteína; King apenas desayunaba, pero nunca renunciaba a la fruta; Bickslow disfrutaba de cualquier cosa dulce junto a una taza de chocolate caliente; y Kisame era el más sencillo de todos: arroz, sopa de miso y pescado a la plancha. Con los años, Prin había memorizado cada costumbre, cada preferencia y cada pequeño detalle sin necesidad de anotar nada.

Mientras removía una sartén llena de huevos revueltos, sus pensamientos viajaron al pasado. Aún le costaba creer que hubiera terminado trabajando en una mansión tan lujosa. Durante toda su infancia había vivido entre los muros de un orfanato para Betas, un lugar donde nunca faltaban disciplina, normas y lecciones sobre cuál era su papel en aquella sociedad. Les repetían una y otra vez que los Betas eran el equilibrio del mundo, quienes sostenían el funcionamiento de las casas, las empresas y las familias de Alfas y Omegas. Debían ser discretos, eficientes y, sobre todo, invisibles. No importaban sus sueños; únicamente su utilidad. Prin había aceptado aquellas enseñanzas porque jamás conoció otra realidad.

Recordaba con claridad el día en que la directora reunió a los adolescentes en el gran salón principal. Uno tras otro fueron siendo asignados a distintas familias o empresas según sus capacidades, hasta que escuchó su nombre.

—Princess Ryu —había dicho la mujer con voz firme, consultando unos documentos—. Has sido seleccionada para servir en una de las mansiones más prestigiosas del país. Si haces bien tu trabajo, tendrás un hogar estable y un sueldo digno. No desperdicies esta oportunidad.

Ella, que apenas tenía dieciocho años, solo pudo inclinar la cabeza con nerviosismo mientras sujetaba la pequeña maleta que contenía todas sus pertenencias. En aquel momento creyó que su vida no cambiaría demasiado: simplemente pasaría de obedecer a los cuidadores del orfanato a obedecer a otros dueños.

El olor del pan recién horneado la devolvió al presente. Retiró las bandejas del horno, las colocó con cuidado sobre la encimera y miró el reloj de pared. Sonrió satisfecha: iba adelantada. Todo estaba casi listo para cuando los cinco Alfas despertaran. Aún ignoraba que aquel trabajo, que en su momento aceptó únicamente para sobrevivir, acabaría convirtiéndose en el lugar donde conocería la felicidad...

El primer sonido que rompió el silencio del comedor fue el de unos pasos tranquilos descendiendo por la amplia escalera de mármol. Arkha apareció impecablemente vestido con una camisa oscura remangada hasta los antebrazos y el cabello aún ligeramente despeinado por el sueño. Sus ojos recorrieron la estancia hasta detenerse en la mesa perfectamente preparada y después en la joven que terminaba de colocar una taza de café humeante frente a su asiento habitual. Al notar su presencia, Princess dejó la bandeja sobre la mesa y realizó una pequeña reverencia, un gesto que se había vuelto completamente natural.

—Buenos días, señor Arkha. El desayuno está listo.

—Buenos días, Prin.

El alfa dirigió una rápida mirada a todo lo que había preparado antes de volver a fijarse en ella.

—Como siempre, hueles a pan recién hecho antes incluso de que llegue a la cocina.

La joven soltó una risa tímida y acomodó un mechón de cabello tras la oreja.

—Me alegra que sea de su agrado.

No pasó mucho tiempo antes de que un fuerte bostezo resonara por el pasillo. Sanemi apareció con expresión malhumorada, el cabello blanco completamente revuelto y una camiseta negra que dejaba ver parte de las cicatrices que recorrían su cuerpo. Nada más cruzar el umbral olfateó el ambiente y dirigió una mirada crítica hacia la mesa, aunque el intenso aroma de la comida suavizó ligeramente su gesto.

—¿Ya está lista la comida? Espero que hoy no hayas vuelto a poner poca carne. Ayer me quedé con hambre.

Princess señaló discretamente el plato que había reservado para él.

—Preparé una ración un poco más grande, señor Sanemi. Pensé que hoy entrenaría y necesitaría más energía.

El hombre observó el plato durante unos segundos antes de tomar asiento.

—...Al menos aprendes rápido.

Mientras tanto, King descendió las escaleras con la elegancia que siempre lo caracterizaba. Saludó primero a Arkha y después a Sanemi con una leve inclinación de cabeza antes de dedicar una cálida sonrisa a la sirvienta. Su presencia transmitía una calma que contrastaba con el temperamento del alfa de cabello blanco.

—Buenos días, Princess. Gracias por levantarte tan temprano todos los días.

Ella negó suavemente con la cabeza mientras colocaba delante de él la fruta recién cortada y una taza de té caliente.

—No tiene que agradecerlo, señor King. Es mi trabajo.

—Aun así, el esfuerzo merece ser reconocido.

Prin sonrió con timidez y realizó una breve reverencia antes de regresar a la cocina a buscar una cesta con pan recién horneado.

Un silbido desafinado anunció la llegada de Bickslow incluso antes de que apareciera por las escaleras. Bajó los peldaños de dos en dos con una energía contagiosa y se apoyó sobre la encimera con una enorme sonrisa, observando todo lo que había preparado.

—¡Buenos días, Prin! Dime que hoy hay tortitas. Vamos, no me rompas el corazón tan temprano.

La joven dejó escapar una pequeña carcajada mientras destapaba otra bandeja.

—Hay tortitas con sirope y también las rosquillas que preparé ayer por la tarde. Pensé que le gustaría desayunarlas.

Los ojos del alfa brillaron de emoción.

—¡Lo sabía! ¡Eres oficialmente la mejor sirvienta del mundo!

Sanemi resopló desde su asiento.

—Eres un niño grande.

—Y tú un viejo gruñón antes incluso del desayuno.

Las bromas entre ambos arrancaron una ligera sonrisa a Arkha y King, mientras Princess continuaba sirviendo la mesa como si aquella discusión fuera parte de la rutina diaria.

La última persona en llegar fue Kisame. Su imponente figura apareció en la entrada del comedor con la tranquilidad que siempre lo acompañaba. Saludó a todos con una sonrisa relajada antes de acercarse a la mesa. La muchacha ya había preparado su desayuno favorito y lo colocó frente a él justo cuando tomó asiento.

—Buenos días, señor Kisame.

—Buenos días, Princess.

El hombre observó el arroz, la sopa de miso y el pescado perfectamente cocinado antes de levantar la vista hacia ella.

—Siempre consigues que tenga exactamente el mismo sabor. No sé cómo lo haces.

—Intento hacerlo lo mejor posible.

Con los cinco Alfas reunidos alrededor de la mesa, Princess permaneció discretamente a un lado, atenta a cualquier cosa que pudieran necesitar. Rellenaba una taza de café antes de que se vaciara, acercaba más pan cuando alguien alargaba la mano o retiraba un plato sin interrumpir las conversaciones. Así era como la habían educado desde niña: servir con eficacia, permanecer en silencio y pasar desapercibida. Sin embargo, mientras contemplaba cómo discutían, reían y compartían aquel desayuno como si fueran una peculiar familia, no pudo evitar sentir que aquella enorme mansión era el único lugar que, en toda su vida, había llegado a considerar un verdadero hogar. Ignoraba que ese mismo sentimiento sería el origen de la mayor tragedia de su vida.

El desayuno transcurrió con la tranquilidad habitual. Entre algún comentario de Bickslow, las respuestas secas de Sanemi y las intervenciones más serenas de Arkha, King y Kisame, la mesa terminó por vaciarse. Princess retiró los platos con movimientos ágiles, acostumbrada a anticiparse incluso antes de que alguno de ellos pidiera algo. Cuando dejó la última taza en el fregadero, escuchó cómo las sillas se deslizaban sobre el suelo de madera. Era la señal de que comenzaba la siguiente parte de la rutina diaria.

Uno tras otro, los cinco Alfas abandonaron el comedor para prepararse antes de salir de la mansión. Arkha fue el primero en regresar, vistiendo un elegante traje oscuro acompañado de una corbata perfectamente anudada. Su presencia imponía respeto sin necesidad de alzar la voz. Revisó algunos documentos mientras ajustaba el reloj de su muñeca, completamente concentrado en la jornada que le esperaba. Princess, que acababa de terminar de limpiar la mesa, lo observó de reojo durante unos instantes antes de bajar la vista para continuar con su trabajo.

—¿Ya has terminado aquí? —preguntó Arkha sin apartar la vista de los papeles.

—Sí, señor Arkha. Ahora limpiaré la cocina y después me encargaré del resto de la casa —respondió ella.

—Como siempre, gracias por tu esfuerzo.

La joven sonrió con discreción.

—No tiene que agradecerlo.

Pocos minutos después apareció Sanemi. Ya se había cambiado de ropa y llevaba una camiseta ajustada junto con unos pantalones oscuros que dejaban entrever su musculatura. Mientras caminaba hacia la entrada, terminó de colocarse una chaqueta sobre los hombros y recogió las llaves que descansaban sobre un pequeño mueble del recibidor. Al pasar junto a la cocina, lanzó una rápida mirada hacia Princess, que fregaba los últimos utensilios.

—No te olvides de dejar preparada la comida. Hoy volveré tarde.

Ella levantó ligeramente la cabeza.

—Lo tendré listo antes de que regresen, señor Sanemi.

—Bien.

Sin añadir nada más, el alfa continuó su camino hacia la puerta principal.

King descendió unos minutos después con un aspecto impecable. Su ropa era elegante, aunque mucho más sobria que la de Arkha, y desprendía esa calma que parecía acompañarlo a todas partes. Antes de salir, se acercó a la cocina y apoyó suavemente una mano sobre el marco de la puerta.

—Princess.

Ella dejó el paño sobre la encimera y se giró hacia él.

—¿Sí, señor King?

—No trabajes demasiado. También debes descansar de vez en cuando.

La muchacha soltó una risa baja.

—Haré lo posible.

—Eso espero —respondió él con una pequeña sonrisa antes de marcharse.

Como era de esperar, Bickslow rompió la tranquilidad del recibidor apenas apareció. Bajó las escaleras silbando, con la chaqueta colgada despreocupadamente sobre un hombro y el maletín sujeto con la otra mano. Antes de cruzar la puerta se asomó a la cocina con una sonrisa traviesa.

—¡Prin! Si hoy haces postre, guarda una ración para mí. Como Sanemi llegue antes, seguro que se la come.

Desde el exterior se escuchó la voz del alfa de cabello blanco.

—¡Te estoy oyendo, idiota!

Bickslow soltó una carcajada.

—¡Lo ves! ¡Ya está gruñendo!

Princess negó con la cabeza mientras reía por lo bajo.

—Guardaré una porción para usted, señor Bickslow.

—¡Sabía que eras mi favorita!

El último en bajar fue Kisame. Caminó con la tranquilidad habitual hasta el recibidor, recogió su abrigo y, antes de salir, pasó junto a la cocina para despedirse. Encontró a la joven terminando de secar unos platos, completamente concentrada en su tarea.

—Nos vemos esta tarde, Princess.

Ella levantó la vista y le dedicó una amable sonrisa.

—Que tenga un buen día, señor Kisame.

—Tú también.

La puerta principal se cerró tras él y, de repente, la enorme mansión quedó envuelta en un silencio absoluto. Princess permaneció inmóvil durante unos segundos, escuchando cómo el ruido del último coche desaparecía más allá de la verja. Cerró lentamente la puerta y apoyó la espalda contra ella. El silencio volvía a adueñarse del lugar, un silencio que ya conocía de memoria y que la acompañaba durante gran parte del día. Respiró hondo antes de dirigirse hacia el salón con los utensilios de limpieza. Mientras retiraba el polvo de los elegantes muebles y abría las cortinas para dejar entrar la luz del sol, su mente comenzó a divagar, como solía ocurrir cada vez que trabajaba sola.

No conservaba demasiados recuerdos de sus padres. De hecho, la mayoría eran imágenes borrosas y fragmentos de voces que el paso de los años había ido desgastando. Nunca recordaba una caricia, una sonrisa o un abrazo. Lo único que permanecía intacto era la sensación de miedo que la invadía cuando aquellas voces elevaban el tono. Desde que nació, había sido una decepción para ellos. En una sociedad donde las familias ansiaban tener hijos Alfas u Omegas, ella había llegado al mundo siendo una simple Beta, algo que sus propios padres jamás aceptaron. Aun siendo demasiado pequeña para comprenderlo, podía recordar sus miradas de desprecio y el frío con el que la trataban, como si su sola existencia hubiera arruinado las expectativas que habían depositado en aquel nacimiento.

Algunas noches incluso despertaba sobresaltada por recuerdos que apenas tenían forma. Una mujer apartando la mano cuando la pequeña intentaba aferrarse a ella. Un hombre pronunciando palabras que nunca lograba reconstruir por completo, aunque el tono cargado de desprecio seguía resonando en su memoria. Después... nada. Todo se convertía en un enorme vacío hasta el día en que apareció en el orfanato para Betas. Nunca supo si la abandonaron frente a la puerta o si alguien más la llevó hasta allí. Tampoco recordaba haber llorado por ellos. Quizá porque nunca llegaron a comportarse como verdaderos padres.

Princess dejó el plumero sobre una estantería y observó durante unos instantes su reflejo en el cristal de una de las ventanas. A veces se preguntaba si se parecería físicamente a alguno de ellos o si habría heredado algo más que el color de sus ojos y su cabello. Sin embargo, aquella curiosidad nunca duraba demasiado. Después de tantos años, había comprendido que una familia no siempre estaba unida por la sangre. Aunque los cinco Alfas fueran sus empleadores y ella solo una sirvienta Beta, en aquella casa había recibido mucho más respeto del que jamás obtuvo de quienes le dieron la vida. Y, sin darse cuenta, ese pequeño detalle había empezado a llenar el vacío que llevaba dentro desde que era una niña.

Aquellos pensamientos hicieron que, casi sin darse cuenta, llevara una mano hasta el delantal que cubría su cuerpo. Desde hacía años vestía ropa holgada incluso cuando no estaba trabajando. Era una costumbre que había nacido durante la adolescencia y que jamás había conseguido abandonar. Cada vez que se miraba al espejo sin el uniforme o sin varias capas de ropa encima, la inseguridad volvía a hacerse presente. Su vientre no era completamente plano y unas finas estrías recorrían la parte baja de su abdomen. Sus muslos eran más anchos de lo que a ella le habría gustado y su pecho, algo más grande de lo que consideraba bonito, caía ligeramente por su propio peso. Eran detalles completamente normales que cualquiera podría pasar por alto, pero ella era incapaz de dejar de fijarse en ellos.

Había días en los que permanecía varios minutos frente al espejo de su habitación, intentando convencerse de que no había nada malo en su aspecto. Sin embargo, las palabras que escuchó durante sus primeros años de vida parecían haberse quedado grabadas en algún rincón de su memoria. Nunca recordaba frases completas, solo la sensación de no ser suficiente, de haber decepcionado a quienes debían quererla desde el momento en que nació. Aunque racionalmente sabía que su cuerpo no tenía nada de malo, su corazón seguía creyendo lo contrario.

Por eso evitaba llamar la atención siempre que podía. Caminaba con discreción, escogía uniformes ligeramente más holgados de su talla y procuraba pasar desapercibida incluso dentro de la mansión. Le resultaba mucho más sencillo pensar que los demás solo veían a una sirvienta eficiente que imaginar que alguien pudiera fijarse en ella como mujer. Después de todo, ¿quién iba a reparar en una Beta corriente cuando convivía todos los días con cinco Alfas tan extraordinarios?

Lo que más la inquietaba, sin embargo, no era su aspecto físico. Había algo mucho más difícil de aceptar, un sentimiento que intentaba reprimir cada día desde hacía varios meses. Convivir con los cinco Alfas había cambiado poco a poco la imagen que tenía de ellos. Ya no solo veía a sus empleadores, sino también a hombres con virtudes, defectos y personalidades muy distintas. Arkha siempre encontraba un momento para agradecer su trabajo; King se preocupaba por su bienestar; Kisame la trataba con una amabilidad constante; incluso las brusquedades de Sanemi y las bromas de Bickslow habían terminado formando parte de una rutina que, sin darse cuenta, había empezado a esperar con ilusión cada mañana.

Cada vez que alguno sonreía, la felicitaba por una comida bien preparada o simplemente pronunciaba su nombre con naturalidad, el corazón de Princess reaccionaba de una forma que ella prefería ignorar. Aquellas emociones la asustaban más que cualquier otra cosa. No quería enamorarse. No debía hacerlo. Sabía perfectamente cuál era su lugar dentro de aquella casa y dentro de la sociedad. Ella era una Beta criada para servir; ellos eran Alfas con un futuro muy distinto al suyo.

—No seas tonta... —se dijo en voz baja mientras continuaba limpiando el salón—. Eso nunca va a pasar.

Sacudió la cabeza con una sonrisa amarga, intentando borrar aquellos pensamientos antes de que echaran raíces. Estaba convencida de que, tarde o temprano, los cinco encontrarían a sus parejas destinadas, probablemente Omegas con las que formar una familia. Cuando ese día llegara, ella seguiría ocupándose de la casa, preparando el desayuno y manteniendo todo en orden, exactamente igual que siempre. Ese era su trabajo y también el papel que había aceptado desde niña.

Con esa idea logró tranquilizarse, o al menos eso quiso creer. Respiró profundamente, acomodó sus gafas y volvió a concentrarse en las tareas del hogar. No se permitió pensar más en aquellos sentimientos, convenciéndose de que desaparecerían con el tiempo. Lo que Princess todavía no podía imaginar era que el destino tenía preparado para ella un camino muy distinto, uno que haría tambalear todas las certezas con las que había vivido hasta ese momento.

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