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PRÓLOGO
Esto no es como se supone que deba ser.
Mi historia.
Mi futuro.
Este no era el plan.
No es que alguna vez tuviera uno realmente sólido, pero sé que, si lo tuviera, si tuviese un tablero de visión pegado en la pared de mi habitación, este día no estaría en el.
Bajo la mirada hacia el atuendo que llevo puesto. Un traje negro con camisa blanca y una corbata naranja a juego con las rosas esparcidas por la habitación. Mi color menos favorito y mi flor menos favorita.
Mi traje me queda como un guante, pero se siente como si no hubiera sido fabricado a propósito para mí. Como si le perteneciera a un extraño, a una versión de mí que nunca ha existido. Es demasiado formal. Demasiado almidonado. Demasiado insulso.
Lo odio.
Odio cómo me veo y cómo me siento. Odio que nada de lo que hay aquí hoy sea lo que yo habría elegido. Especialmente no el hombre que tengo delante.
Él les sonríe a las personas que nos observan, con sus apagados ojos grises entrecerrándose en las comisuras. Su corbata está torcida, del mismo naranja pútrido que cada pequeño toque de elegancia en este lugar. No se han escatimado gastos. No ha quedado ningún rincón sin un recordatorio del motivo por el que estamos aquí.
Los invitados se remueven en sus asientos, esperando a que el espectáculo continúe. Son peones que no saben nada de nuestro jueguito. Vinieron a divertirse, a beber y a bailar, y a marcharse a casa creyendo que lo que presenciaron aquí hoy fue hermoso y mágico, y el maldito momento más grandioso de mi vida.
Qué épicamente equivocados están. El momento más grandioso de mi vida es uno que guardo donde solo yo puedo encontrarlo.
No es uno para compartir con nadie más que… sacudo la cabeza; mi cabello apenas se mueve bajo el peso del gel que lo mantiene en su sitio. Mis manos tienen espasmos a los costados, una de ellas frotándose contra la tela de mis pantalones.
Escaneo las filas de personas que nos miran. Conozco a muy pocas, excepto por los cuatro pares de ojos que se clavan en mí. Tres pares que yo invité y que aparecieron a pesar de sus reservas. Ellos saben la verdad, aunque nunca debieron saberla, y ahora comparten el peso de mi mentira.
El último par de ojos, aquellos que tan fácilmente habrían figurado en ese tablero de visión imaginario, me niego a encontrarlos por miedo a que mi corazón, ya destrozado, termine de salirse de mi pecho, estrellándose contra el suelo para que todos lo vean. ¿Y si eso sucede?
Si eso sucede, entonces pierdo. Lo perdemos todo.
¿Y no es eso lo peor?
Porque no importa cómo lo mire, no salgo ganador. Pero quizá ese sea el precio a pagar por mantener a alguien más a salvo, el precio del crimen de otro. Quizá ese sea el sacrificio que haces por la familia.
Miro al hombre mayor en la primera fila. Con ojos que no coinciden con los míos, pero con un traje que sí lo hace. Él asiente. Un gesto que dice: «esto es lo mejor» y «gracias por hacer esto por nosotros».
Cerrando los ojos, giro mi cuerpo lejos de los que observan y hacia mi futuro. Soltando un suspiro, levanto los párpados lentamente; mi boca se curva en una sonrisa que me duele más de lo que quiero admitir.
—¿Listo para comenzar?
No.
Fuerzo un asentimiento y hago lo que prometí que haría. Renuncio al futuro que podría haber tenido por el que me tocó. Quizá en otra vida.








