CAPÍTULO 1: EL PESO DEL AIRE
El aislamiento acústico del sedán negro convertía el caos de Seúl en una película muda. Tras los cristales tintados, la ciudad se movía a un ritmo frenético que Jiwoon ya no recordaba del todo. Habían pasado siete años, pero la humedad del verano coreano parecía haberla estado esperando en la puerta de la terminal de Incheon, densa y familiar.
—La señora Han ha organizado su agenda para mañana, señorita —dijo el chofer, manteniendo la vista fija en el retrovisor, pero con una reverencia implícita en el tono—. El director del hospital espera su visita a las diez. Su equipaje ya ha sido trasladado al apartamento de Hannam-dong.
Jiwoon asintió levemente mientras desbloqueaba su teléfono. Las notificaciones se amontonaban, pero no eran mensajes de bienvenida personales. Eran alertas de prensa y fragmentos de columnas económicas que ya circulaban por los foros de la élite.
“El regreso de la hija menor: ¿Lim Jiwoon se unirá a la junta de The Ardent Collection?”“Medicina y Linaje: El perfil de la cardióloga que vuelve a casa.”
Apagó la pantalla. No era la primera vez que su nombre servía de titular y sabía que no sería la última. Para la prensa, ella era un movimiento en el tablero de exhibición de los Lim. Para ella, solo era una mujer que acababa de terminar una guardia de treinta y seis horas en Nueva York antes de subirse a un avión de catorce.
Abrió su bolso y sacó un pequeño sobre de cuero. Dentro, una fotografía antigua, ligeramente desgastada en los bordes. Su madre sonreía en un jardín que Jiwoon reconoció como el de la residencia principal. No sentía un vacío punzante al mirarla; había aprendido a convivir con esa figura como quien estudia un manuscrito histórico. Era la mujer que le había dado la vida, una presencia que conocía más por fotografías, relatos familiares y recuerdos ajenos que por memoria propia. La guardó de nuevo con un gesto mecánico.
—Parece que nada ha cambiado —murmuró Jiwoon, observando las luces de los rascacielos.
—En este mundo, señorita, nada cambia —respondió el chofer—. Solo los nombres en las tarjetas de presentación.
⸻
Apartamento en Hannam-dong, 00:45 AM
El apartamento olía a madera nueva y a las flores frescas que el servicio doméstico había colocado esa tarde. Jiwoon dejó las llaves sobre la encimera de mármol y caminó hacia el vestidor principal. Allí, junto a sus uniformes médicos recién almidonados, descansaba una caja de madera que no contenía instrumentos quirúrgicos.
La abrió por un segundo. Dentro había un par de revistas de moda de hace casi una década, donde una Jiwoon adolescente posaba para una campaña editorial con la mirada perdida. Al lado, un marco de plata con una foto de ella montando a Ares, su caballo favorito, en los establos de Montclair.
Esa era la Jiwoon que Seúl no solía ver: la que sabía que un animal de quinientos kilos era más honesto que cualquier socio comercial, y la que una vez disfrutó de las luces de un set antes de decidir que prefería la luz de un quirófano. Un mensaje iluminó su teléfono personal. Era de una antigua amiga de la universidad: “Supe que aterrizaste. Mañana en la gala no dejes que te aburran los de siempre. Avísame cuando puedas respirar”.
Jiwoon sonrió apenas, una expresión que desapareció tan rápido como llegó.
⸻
Harrison & Doyle, Oficina Principal
El silencio en el piso 42 era absoluto, roto únicamente por el roce rítmico de una pluma estilográfica contra el papel. Sunghoon no había levantado la vista de los documentos en las últimas tres horas. Como abogado senior en uno de los bufetes más prestigiosos de Asia, su vida no pertenecía a Windsor & Co., aunque su apellido dictara lo contrario.
Sintió el sabor metálico antes de ver la mancha.
Una gota roja cayó sobre la cláusula de un contrato internacional. Sunghoon suspiró, dejando la pluma a un lado con una calma que revelaba costumbre. No se alteró. Alcanzó un pañuelo de tela del cajón de su escritorio y lo presionó contra su nariz, inclinando la cabeza ligeramente.
Había sido un mes difícil. Desde que su padre le asignó la supervisión legal de los nuevos proyectos inmobiliarios vinculados a Windsor, las horas de sueño se habían convertido en un concepto teórico.
La puerta de su oficina se abrió. Jake entró con dos vasos de café, deteniéndose en seco al ver la escena.
—Otra vez —declaró Jake, dejando los cafés sobre la mesa de cristal.
Sunghoon bajó el pañuelo y comprobó que el sangrado se había detenido. Su mirada se desvió un segundo hacia el café que Jake había traído.
—Sigues tomándolo sin azúcar y con un toque de canela. Deberías variar, Jake. Es previsible.
Jake soltó una risa seca, sentándose en el sofá de cuero.—Y tú sigues notando detalles absurdos para evitar que hablemos de que te estás matando a trabajar. No eres uno de los edificios de tu abuelo, Sunghoon. No estás hecho de hormigón.
—Windsor no acepta errores, Jake. Mi padre espera que este informe legal sea perfecto para la reunión de mañana.
—Mi hermana ha vuelto hoy —dijo Jake, cambiando de tema con la destreza de quien conoce a Sunghoon desde la secundaria—. Supongo que ya lo sabes por los boletines de prensa.
Sunghoon asintió vagamente, limpiando una pequeña mancha de su puño de la camisa.—Lo leí. Los Lim están capitalizando su regreso. ¿Va a incorporarse a The Ardent Collection?
—Jiwoon prefiere el hospital —Jake bebió de su café—. Mi padre está intentando asimilar que no tendrá a su hija menor en la junta directiva, pero ella es... persistente.
Sunghoon recordó vagamente a una niña silenciosa en las recepciones de Navidad, alguien que siempre parecía querer estar en otro lugar.—Es una elección inusual para alguien de su posición. Al menos uno de nosotros mantiene su propio rumbo.
—Mañana en la cena de la Fundación Ardent será el centro de atención —advirtió Jake—. Intenta no desangrarte sobre el esmoquin, Sunghoon. Sería un escándalo que ni yo podría cubrir legalmente.
—Estaré allí —respondió Sunghoon, ya volviendo su atención a los papeles—. Mi padre quiere que cierre un acuerdo con los inversores europeos.
Jake se levantó y se dirigió a la puerta.—Nos vemos mañana. Intenta dormir. Es una recomendación, no una orden legal.
Sunghoon no respondió. Cuando Jake salió, el abogado se quedó mirando la pantalla de su ordenador. Un archivo compartido por el equipo de relaciones públicas de los Lim mostraba la lista de invitados para la gala de mañana.
Sus ojos pasaron por el nombre de Lim Jiwoon. No se detuvo en él. No hubo una chispa de curiosidad, ni un presentimiento. Para él, ella era solo un nombre más en una lista de personas con las que tendría que ser cortés. Un apellido Lim más en un mundo donde los apellidos eran lo único que la gente veía.
Se levantó, se puso el abrigo y apagó las luces. Al salir, el reflejo en el cristal le devolvió la imagen de un hombre impecable, pero sus manos, ocultas en los bolsillos, estaban frías.
Por ahora, solo eran dos nombres dentro del mismo círculo. Dos personas acostumbradas a cargar con apellidos demasiado grandes.
Fin del Capitulo 1.
Espero les gustes jejee 👏🏻








