Customize readability
Aa

La división fantasma

All Rights Reserved ©

Summary

En un mundo sumergido en la indiferencia, un grupo de niños rescatados de la explotación y la guerra es acogido por una potencia secreta de alta tecnología. Años después, convertidos en la unidad táctica de élite División Fantasma, deberán salir al caótico mundo de los adultos para proteger a los indefensos y cambiar la historia.

Status
7d ago
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
18+

1

El aire en la fábrica de ladrillos de Shanxi no se respiraba; se masticaba. Era un polvo denso, rojo y frío que se colaba en los pulmones y teñía las lágrimas de color óxido.

En 1985, el invierno del norte de China no tenía piedad, pero el silencio de aquella noche era aún más hostil. Era un silencio denso, solo roto por el eco quebrado de decenas de llantos débiles.

Trescientos sesenta y tres.

Mei Ling se sabía el número de memoria. No necesitaba escribirlo en un papel para llevar la cuenta en su cabeza; cada número era una boca, un par de ojos asustados, un cuerpo helado.

A sus diez años, con las manos agrietadas por el trabajo y el rostro curtido por el hollín, Mei Ling cargaba el peso de un adulto centenario. Llevaba siete años en aquel orfanato ilegal, que no era más que una vieja fábrica de ladrillos abandonada donde dos hombres sin escrúpulos amontonaban lo que la "Ley del Hijo Único" y la milenaria obsesión por los herederos varones desechaban como basura.

Para el gobierno de Pekín, aquellas niñas no existían. Para sus familias, eran una desgracia o una multa que no podían pagar.

Para Mei Ling, las tradiciones chinas —el respeto al linaje, el honor familiar, el culto a los ancestros— eran una soberana mierda. ¿De qué servía el honor de una familia si el precio era tirar a su propia sangre al suelo de tierra de un horno apagado?

Lo único que importaba era respirar un día más. Sobrevivir. Y asegurarse de que, en la medida de lo posible, las más pequeñas no murieran solas en la oscuridad.

Mei Ling terminó de ajustar un trozo de arpillera áspera alrededor de las piernas de Xiu Lan. La recién nacida apenas pesaba lo que un gato desnutrido.

Al cambiarle el pañal improvisado, el estómago se le contrajo de golpe: en los excrementos de la pequeña Xiu Lan se retorcían pequeños gusanos blancos.

Tres días, pensó Mei Ling, con una frialdad clínica que le heló la sangre.

Había visto morir a demasiadas. Sabía reconocer la mirada opaca, el aliento con olor a fruta podrida y la debilidad extrema. A Xiu Lan le quedaban tres días, a lo sumo.

—Tranquila, pequeña —susurró Mei Ling, acariciando la frente húmeda de la bebé con un dedo áspero. Su propia voz le sonó extraña, ronca por el polvo.

De repente, la tierra vibró.

No fue un terremoto ordinario. No hubo el crujido seco de las vigas de madera vieja ni el desprendimiento de los ladrillos apilados. Fue una vibración profunda, un zumbido sordo que resonó directamente en los dientes de Mei Ling y en los huesos de su pecho.

El aire se volvió denso, cargado de una electricidad estática que erizó los pocos cabellos limpios que le quedaban en la nuca.

Al instante, los gritos de pánico de los dos cuidadores —los capataces que las golpeaban si no trabajaban lo suficientemente rápido— rompieron la penumbra. Mei Ling escuchó sus pasos apresurados y pesados correr hacia la salida.

La adrenalina le disparó las piernas antes de que pudiera pensarlo. Salió corriendo del cobertizo, persiguiendo las sombras de los dos hombres.

—¡No se vayan! —les gritó, con la voz quebrada por la desesperación—. ¡No las dejen solas! ¡Hay que mover a las bebés! ¡El techo se va a caer!

Los hombres ni siquiera se giraron. La empujaron a un lado, haciéndola caer sobre el barro helado.

Mei Ling se levantó de inmediato, limpiándose la cara con la manga rasgada, y los siguió hasta el exterior de la fábrica.

Los dos capataces estaban agachados detrás de un grueso muro de adobe, temblando como perros asustados. Tenían los ojos fijos en el cielo nocturno sobre el páramo de Shanxi.

Mei Ling miró hacia arriba y se le cortó la respiración.

Dos esferas de una luz blanca, pura y cegadora, descendían sin hacer un solo ruido. No eran estrellas fugaces; su caída era controlada, casi majestuosa. Al tocar el suelo, la nieve y el barro del patio de la fábrica no salpicaron; simplemente parecieron evaporarse bajo un calor invisible.

Las naves —si es que aquello eran naves— se asentaron con un suspiro de aire caliente que golpeó el rostro de Mei Ling.

El corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que le dolía. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra de los hornos de carbón, luchaban por procesar la silueta de aquellos objetos. No tenían costuras, ni remaches, ni el metal tosco de los camiones militares que a veces pasaban por la carretera. Eran perfectas.

De los costados de las estructuras se abrieron rampas sin que mediara un solo engranaje. Y de ellas comenzaron a bajar siluetas humanas. Unas treinta de cada una.

Llevaban uniformes oscuros, de un material que parecía absorber la poca luz de la noche, y cascos cerrados que ocultaban por completo sus rostros. No llevaban las estrellas rojas del Ejército Popular de Liberación. No se movían como los soldados que Mei Ling había visto de lejos. Sus movimientos eran rápidos, precisos, casi felinos.

Se dirigieron hacia la entrada de la fábrica de ladrillos. Hacia donde estaba ella.

El pánico primitivo le gritó a Mei Ling que corriera, que se escondiera con los hombres detrás del muro. Pero el recuerdo del llanto de Xiu Lan y de las otras 362 niñas atrapadas en el interior la clavó al suelo como un ancla.

¿Quién las defendería si ella huía? ¿Quién les pondría un cuerpo delante si estos demonios venían a hacerles daño?

Con las piernas temblando tanto que apenas la sostenían, Mei Ling dio tres pasos al frente y se plantó en mitad del camino. Extendió los brazos delgados y esqueléticos a ambos lados, abriendo las manos en un gesto desesperado de barrera. Su pequeño cuerpo, envuelto en harapos mugrientos, parecía una brizna de paja frente a la marea de soldados que se aproximaba.

—¡No! —gritó, aunque su voz sonó pequeña frente al zumbido de la noche—. ¡Atrás! ¡No les hagan daño! ¡No entren!

La columna de soldados se detuvo.

El que iba a la cabeza, una figura imponente que le sacaba tres cabezas, dio un paso adelante. Mei Ling apretó los dientes, esperando un golpe, un disparo, la muerte.

En lugar de eso, la figura se arrodilló despacio, reduciendo su imponente estatura hasta quedar a la altura de los ojos de la niña.

—Hola, niña —dijo una voz masculina. Su acento en mandarín era extraño, un poco plano, pero se le entendía sin esfuerzo.

Mei Ling no respondió. Mantuvo los brazos estirados, aunque sus dedos no dejaban de temblar. Sus ojos negros estaban fijos en el visor oscuro del casco del hombre, buscando un reflejo, una señal de intenciones.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él con suavidad.

—Mei Ling —logró pronunciar, tragando la saliva pastosa que se le acumulaba en la garganta.

El hombre llevó una mano a un costado de su cabeza. Con un leve siseo, el casco se retrajo, deslizándose hacia el cuello del traje como si estuviera hecho de líquido. Debajo apareció el rostro de un hombre de facciones duras y una mirada que no encajaba con ellas: cálida, casi fuera de lugar. Tenía la piel clara y unos ojos grises.

—Yo me llamo Viktor —dijo, ofreciéndole una media sonrisa que no llegó a ocultar la gravedad de su mirada—. Eres muy valiente, Mei Ling. Muy valiente.

La niña parpadeó, desconcertada. La palabra "valiente" no existía en su vocabulario diario. Allí solo existían "útil", "molesta" o "muerta".

—Ahora, por favor, déjanos ayudar a las niñas —continuó Viktor, extendiendo una mano enguantada hacia ella, con la palma hacia arriba en señal de paz—. Déjanos ayudarte a ti.

Mei Ling miró la mano. Luego miró los ojos de Viktor. En esa fábrica de ladrillos, los hombres solo miraban a las niñas con desprecio, con desinterés o con una crueldad casual. Pero en los ojos de este tal Viktor no había nada de eso. Había respeto. Había... algo más, algo que Mei Ling no tenía nombre para poner.

El muro defensivo que Mei Ling había construido alrededor de su corazón durante siete años flaqueó. Sus brazos, agotados por la tensión, cayeron a los lados. Dio un paso atrás, apartándose del umbral de la puerta.

—Salven a Xiu Lan —susurró, con lágrimas calientes finalmente abriéndose paso a través del hollín de sus mejillas—. Se está muriendo. Tiene gusanos. Sálvenlas a todas.

Viktor asintió, despacio. Se puso de pie y miró a sus soldados.

—¡Procedan! —ordenó en un idioma que Mei Ling no reconoció.

Lo que siguió fue un torbellino que la mente de Mei Ling apenas podía procesar. Los soldados de Viktor entraron en la fábrica. No lo hicieron con la brutalidad de los inspectores del gobierno, sino con una delicadeza desconcertante.

Mei Ling vio a hombres y mujeres blindados salir cargando a tres, cuatro niñas a la vez, envolviéndolas en mantas térmicas plateadas que brillaban bajo la luz de las naves. No había gritos. Las bebés que antes lloraban sin consuelo parecían calmarse casi al instante al ser tocadas por aquellos extraños.

Viktor se acercó de nuevo a Mei Ling. Con un gesto suave, le indicó que lo acompañara.

La niña, todavía entumecida, se dejó guiar hacia una de las naves. El suelo de Shanxi quedaba atrás, pero sus ojos seguían fijos en el desfile de sus "hermanas" siendo rescatadas.

Cuando cruzó el umbral de la rampa, Mei Ling se detuvo en seco. Algo se le revolvió por dentro, algo que la hizo tambalearse.

Desde fuera, la nave parecía del tamaño de un camión grande. Pero al cruzar la compuerta, se encontró en un espacio que parecía no tener fin. Un pasillo inmenso, de un blanco inmaculado y techos altísimos, se extendía ante ella. Había hileras de lo que parecían camillas iluminadas por luces suaves, y pantallas transparentes que flotaban en el aire mostrando extraños símbolos luminosos.

El aire allí dentro no olía a carbón ni a descomposición; olía a limpio, a lluvia fresca.

—¿Cómo...? —balbuceó Mei Ling, dando vueltas sobre sí misma, con los ojos desorbitados por el asombro y el terror—. Por fuera... por fuera era pequeña. Esto... esto es magia.

—No es magia, pequeña Mei Ling —dijo Viktor, colocándole una mano suave en el hombro—. Es tecnología. Un lugar seguro para ti y para todas ellas.

La niña miró hacia una de las camillas cercanas. Allí, rodeada por dos médicos vestidos de blanco, estaba la pequeña Xiu Lan.

Una luz azul recorría el diminuto cuerpo de la bebé. En una de las pantallas flotantes, Mei Ling vio una representación gráfica del interior de la pequeña; vio los parásitos en su estómago disolverse y desaparecer como si nunca hubieran estado allí. Vio cómo el color de la piel de Xiu Lan pasaba del gris cadavérico a un rosa saludable en cuestión de segundos.

Mei Ling cayó de rodillas sobre el suelo metálico y tibio de la nave.

Algo se rompió dentro de ella, algo que llevaba siete años sosteniendo con las dos manos. Se tapó la cara con las manos sucias y lloró. Lloró con un llanto desgarrador, ruidoso, el llanto que se había prohibido a sí misma durante siete años.

Viktor se arrodilló a su lado, sin que le importara que la mugre del suelo o de la ropa de la niña manchara su impecable uniforme, y se quedó ahí, sin decir nada, sin tocarla, dejando que llorara.

Afuera, la última de las camillas cruzaba la rampa. Mei Ling levantó la cabeza a tiempo para verla pasar, y por primera vez en siete años, no contó cuántas quedaban.

Let Elian Vescard know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Our third chance

VD: Quick read. Cute story. Good writing. Smooth flow.

Read Now
Bloodlines

Ku_Rolet: The novel was good, and I really enjoyed reading it. I love the leads and their bond, but I have one question that confused me. How could Tristan have been dreaming about his mate since he was a child if Omara was already mated to someone else before him? If Kyle had accepted Omara, would Tristan ne...

Read Now
Silver's Second Chance

Beth Willyoung: This is definitely a great site all the rest make you read and pay this one is the most legitimate site.

Read Now
The Neighbor's Son

Geneise: I really enjoy your writing style. I loved this story and the way they found each other. I was thinking it was gping to have an obsessed stalked situation but loved the history he had. Loved that the story had some twists and showed real life situations.

Read Now
Nothing Between Us

nice_tangelo_843: la storia è bella,lo stile è buono. La scrittrice è brava

Read Now
PARIS IN THE DARK

Sasha: Love this kind of romantic stories, very good one.

Read Now
AFTER THE BETRAYAL

Andie Wri: Nice plot and chemistry between the main characters.Overall a great read with intrigue and things being revealed that is surprising. I like how vulnerable the main characters are. They still believe in love despite the heartaches they have experienced.

Read Now
The Orc's Pet

Mary Wilkins: This was an enjoyable short story. Well done! 😄👏🏾👏🏾

Read Now
Fated to My Ex- Best Friend

Kelley: Love the story line! Ryder needs to getvhiavhead out of his ass tho!

Read Now