Una Sonrisa De Oro by Elbuscado1 at Inkitt
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Una Sonrisa de Oro

Summary

Un one-shot crossover de Siegfried de Record Of Ragnarok y La Princesa Zelda de Breath of The Wild.

Genre
Drama
Author
Elbuscado1
Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1

El viento del norte soplaba con una fuerza implacable a través de las almenas del Castillo de Hyrule, transportando el aroma de la tecnología ancestral desenterrada y el frío húmedo de los picos de Hebra. En los jardines de la corte inferior, la hierba se mecía suavemente bajo el sol poniente, que teñía las murallas de un rojo tan denso que recordaba, de forma incómoda, a la sustancia malévola de las profecías.

Link permanecía inmóvil en la base de la escalinata que conducía a la sala de audiencias privadas. Sus dedos, callosos por el uso constante del arco y la espada, descansaban sobre la empuñadura de la espada que doblega a la oscuridad, la cual emitía una vibración casi imperceptible contra su espalda; no era la señal de advertencia ante un monstruo, sino una sutil distorsión en el flujo de la energía ambiental.

Por primera vez en meses, los pensamientos de Link no estaban enfocados exclusivamente en las rutas de patrullaje. Miraba de reojo la ventana del laboratorio de la princesa, recordando los eventos de hacía apenas tres semanas había sucedido en el Cañón de Tanagar.

Zelda lo había llevado allí siguiendo una lectura anómala de la Piedra Sheikah. Link recordaba el destello: una grieta en la realidad misma, un desgarro de luz violeta y ceniza que no pertenecía a este mundo. De esa fractura no emergió un monstruo de Ganon, sino un hombre moribundo, encadenado con eslabones de un metal oscuro que se disolvía en el aire como humo denso. Zelda, ignorando las advertencias de Link, se había arrojado al suelo para sostener la cabeza del extraño. En ese instante, cuando los ojos grises del semidiós se abrieron y se encontraron con los de la princesa, algo cambió en el destino de Hyrule.

Link exhaló un suspiro insonoro. Observar a Zelda durante las semanas siguientes había sido una experiencia desconcertante. Ella, que siempre arrastraba los pies bajo el peso del fracaso espiritual, que lloraba en silencio tras regresar de las Fuentes sagradas sin un solo rastro del poder del sello, había comenzado a sonreír. El extraño, que se identificó simplemente como Siegfried, poseía una elocuencia mordaz y una falta absoluta de reverencia que, paradójicamente, actuaba como un bálsamo para la ansiedad de la princesa. A Link le dolía admitirlo, pero sus propios silencios estictos, autoimpuestos para mantener la disciplina de un guardián, jamás habrían podido ofrecerle a Zelda el consuelo humano que este vagabundo interdimensional le otorgaba con un par de bromas descaradas.

—¿Te vas a quedar ahí plantado como una estatua Sheikah todo el día, muchacho? —la voz profunda de Urbosa interrumpió las cavilaciones de Link.

La matriarca Gerudo avanzaba por el pasillo exterior, seguida por el pesado retumbar de los pasos de Daruk y el elegante andar de Mipha. Revali cerraba la marcha, sobrevolando a ras de suelo con las alas cruzadas y una expresión de profundo fastidio.

—La princesa nos ha citado con un misterio digno de las reliquias más antiguas —continuó Urbosa, deteniéndose frente a Link. Sus ojos verdes lo escanearon con una mezcla de afecto y preocupación—. Dime, guardián, ¿qué es lo que nos oculta nuestra princesa? Tu rostro está más rígido de lo habitual, y eso ya es decir bastante.

Link simplemente desvió la mirada hacia las grandes puertas de madera de roble, ofreciendo un sutil asentimiento con la cabeza como única respuesta.

—¡Bah! El chico de la espada sigue tan parlanchín como siempre —bufó Revali, posándose sobre la barandilla de piedra de la escalinata—. Francamente, no sé por qué toleramos estos caprichos. El Cataclismo envía señales cada noche en los cielos de la Montaña de la Muerte, las Bestias Divinas aún requieren ajustes en sus sistemas de guía, y la princesa nos convoca para un asunto "estrictamente personal". Espero que valga la pena el viaje desde el poblado Orni.

—Calma, Revali —pidió Mipha con suavidad, ajustando la tela azul de su banda de Campeona—. Zelda ha estado bajo una presión inmensa. Si nos ha llamado a todos juntos, es porque necesita nuestra fuerza... o nuestro consejo. Debemos escucharla.

—¡Exacto! —rugió Daruk, dándole una palmada amistosa a Revali que casi lo hace perder el equilibrio—. ¡Un buen guerrero sabe cuándo afilar el hacha y cuándo escuchar a sus aliados! Además, la comida del castillo siempre es excelente. ¡Jajaja!

Las puertas de la sala se abrieron desde el interior. El aroma a cera de abejas, pergamino antiguo y el sutil perfume de flores silvestres que Zelda siempre llevaba consigo inundó el aire. Los Campeones entraron en tropel, ocupando el espacio con la majestuosidad de sus respectivas tribus.

Zelda esperaba de pie junto a la gran mesa de mapas tácticos. No vestía sus ropajes ceremoniales de la corte, sino su atuendo azul de investigadora de campo, con las botas altas salpicadas por una fina capa de polvo del camino. Sin embargo, no había duda de su estirpe; su postura era firme, aunque sus dedos se entrelazaban con nerviosismo frente a su vientre.

A su lado, apoyado contra el borde de la mesa con una familiaridad que rozaba la insolencia criminal ante los ojos de cualquier guardia real, se encontraba Siegfried. Su cabello bicolor, rubio platino y azul en las puntas, caía de forma desordenada sobre sus hombros. Llevaba una chaqueta oscura cuyos broches metálicos tenían inscripciones rúnicas que desafiaban cualquier alfabeto conocido en Hyrule. Su mirada grisácea se paseó por los recién llegados con una chispa de diversión genuina.

—Gracias por venir —comenzó Zelda, con la voz clara pero teñida de una vibración tensa—. Sé que sus deberes con las Bestias Divinas son prioritarios, pero... la situación actual del reino exige que dejemos de lado los secretos entre nosotros. Él es Siegfried. Y es mi prometido.

El anuncio cayó como un bloque de hielo en un lago termal. Revali soltó un graznido ahogado que intentó transformar de inmediato en una risa despectiva. Urbosa entornó los ojos, adoptando una postura de combate defensiva casi por instinto, mientras Mipha llevaba una mano a su boca, con los ojos abiertos de par en par. Daruk se rascó la cabeza, mirando a Link para comprobar si aquello era una especie de prueba de reflejos.

—¿Un prometido? —Revali dio tres pasos al frente, agitando sus alas con indignación—. ¡Esto es el colmo del absurdo! Princesa, ¿Acaso está perdiendo la cabeza? El Rey Rhoam está buscando alianzas con la nobleza para financiar las excavaciones, ¿y tú traes a un... un vagabundo sin plumas ni honor para presentarlo como el futuro soberano? No porta el emblema de la familia real, no tiene la bendición de la Diosa y, por lo que veo, ni siquiera pertenece a este mundo, ni sabe cómo pararse con dignidad ante los Campeones de este mundo.

Siegfried soltó una risa baja, un sonido áspero que cortó la soberbia de Revali como un cuchillo. Separándose de la mesa, avanzó con un andar lento, casi felino. El aire a su alrededor pareció espesarse drásticamente; una presión gravitacional invisible hizo que las llamas de las antorchas de la sala se inclinaran hacia él.

—Tienes un pico bastante grande para ser un ave tan pequeña, pajarito —dijo Siegfried, deteniéndose a solo unos palmos de Revali. A pesar de la envergadura del Orni, el semidiós lo superaba en volumen y en una innegable aura de peligro—. He visto imperios enteros desmoronarse porque sus mejores guerreros pasaban más tiempo cacareando que afinando sus armas. No necesito la bendición de tu Diosa. Mi valor no se mide por los títulos que un trozo de papel pueda otorgarme.

—¿Te atreves a amenazarme en el corazón de Hyrule? —Revali llevó la mano al arco de águila en su espalda, pero antes de que pudiera tensar los músculos, ocurrió un movimiento que nadie en la sala pudo anticipar.

No fue Link quien intervino, sino el propio Siegfried. Sin desenvainar arma alguna —pues no llevaba ninguna—, extendió su mano derecha. Una corriente de energía translúcida, un destello que vibró con el poder puro de las almas que desafiaron al Ragnarok, se materializó en el aire. La presión fue tal que la Espada Maestra en la espalda de Link emitió un zumbido agudo, respondiendo a la presencia de un poder que no pertenecía al orden sagrado de la Trifuerza, sino a una fuerza primordial y caótica. El arco de Revali quedó congelado a mitad de camino, envuelto en una estática invisible que le impidió moverse.

—Siegfried, por favor —la voz de Zelda, cargada de una súplica suave pero firme, rompió el trance.

El semidiós parpadeó y la presión desapareció al instante. Revali dio un paso atrás, respirando con dificultad, con las plumas erizadas por el impacto de una fuerza que no comprendía.

—Mis disculpas, mi princesa —dijo Siegfried, girándose hacia ella con una sonrisa ladeada que transformó su aura amenazante en un desparpajo absoluto—. Olvido que en este mundo son un poco más... delicados con los modales.

—No es delicadeza, muchacho, es precaución —intervino Urbosa, avanzando con la mano apoyada en la empuñadura de su cimitarra de la ira. Sus ojos escudriñaban cada movimiento del extranjero—. Ese poder... no es magia de las deidades de la primavera, ni es la malicia de Ganon. Es algo... Algo que huele a batallas que este reino jamás ha conocido. Princesa, ¿de dónde salió este hombre realmente?

Zelda suspiró, acercándose a Siegfried y tomando su mano herida por las viejas cadenas del Tártaro. El contraste entre la piel suave de la princesa y las cicatrices del guerrero era evidente.

—Como les decía, lo encontré en las anomalías del Cañón de Tanagar —explicó la princesa, mirando a sus Campeones a los ojos—. Las lecturas de la Piedra Sheikah indicaban un punto de presión donde el espacio-tiempo se volvía inestable. Siegfried es un refugiado de un conflicto que supera nuestra comprensión. Un conflicto donde los humanos seres de su mundo tuvieron que alzarse contra sus propios creadores para sobrevivir. Su conocimiento sobre la manipulación de la energía vital puede ser la clave para activar los sistemas de defensa de las Bestias Divinas que aún no comprendemos.

—¡A mí me parece que tiene un par de puños bien puestos! —exclamó Daruk, rompiendo la tensión con su habitual optimismo. Se acercó a Siegfried y le propinó un golpe en el hombro que habría fracturado a un hyliano común. Siegfried absorbió el impacto moviendo apenas el torso, lo que provocó una mirada de aprobación en el Goron—. ¡Jajaja! ¡Eres sólido como una roca de lava, hermano! Si la princesa confía en ti para su futuro, yo no soy quién para interponerme. ¡Tienes mi apoyo y mi maza si la necesitas!

Mipha avanzó lentamente, mirando las manos entrelazadas de la pareja. Una punzada de tristeza cruzó sus ojos acuosos, recordando sus propias esperanzas silenciosas respecto a Link, pero su nobleza se impuso de inmediato. Ofreció una pequeña reverencia hacia Siegfried.

—Si traes paz al corazón de la princesa en un momento donde todo es oscuridad, entonces eres bienvenido en Hyrule, Siegfried —dijo la Campeona Zora con una dulzura que apaciguó los últimos vestigios de tensión en la sala—. Pero debes saber que el camino que ha elegido Zelda es peligroso y comprometido. El Cataclismo destruirá todo si fallamos.

—He visto el fin del mundo más veces de las que puedo contar, pequeña damisela —respondió Siegfried, y por primera vez su tono fue sosegado, casi respetuoso—. Los monstruos cambian de nombre, las deidades cambian de rostro, pero el miedo de los mortales siempre es el mismo. No estoy aquí por vuestro reino, ni por vuestras reliquias. Estoy aquí porque ella me dio una razón para no dejar que este rincón del universo se convierta en cenizas. Si ese tal Ganon quiere destruir el hogar de Zelda, tendrá que pasar sobre mí primero.

Link, que había permanecido en absoluto silencio durante todo el encuentro, dio un paso adelante. Sus ojos azules se clavaron en los de Siegfried. No había odio en su mirada, sino el peso de una responsabilidad compartida. El héroe de la espada sabía lo que significaba llevar el peso del mundo; veía el mismo cansancio, la misma determinación salvaje en los ojos del semidiós. Link llevó la mano diestra a su pecho, realizando un saludo militar firme, un reconocimiento silencioso de que, a pesar de las diferencias de mundos, ambos eran ahora los escudos de la princesa.

Siegfried asintió con la cabeza, rompiendo su sonrisa burlona por un instante para devolver el gesto con una seriedad inusual.

—Bueno —dijo Urbosa, rompiendo el silencio con una sonrisa astuta—. Las presentaciones formales han terminado. Revali, deja de inflar las plumas; el chico te superó en reflejos y lo sabes. Sugiero que vayamos al comedor secundario. El servicio del rey debe estar preparando la cena, y no queremos que los guardias sospechen de esta reunión.

—Hagan lo que quieran —masculinó Revali, dándose la vuelta para salir por la ventana alta con un violento batir de alas—. Yo tengo una Bestia Divina que pilotar. No tengo tiempo para idilios amorosos con extranjeros.

La cena con los Campeones transcurrió bajo un manto de camaradería tensa pero sincera, pero el verdadero desafío aguardaba en la medianoche. Tras despedir a los elegidos hacia sus respectivas regiones, Zelda y Siegfried caminaban por los pasillos alfombrados de la torre este, seguidos a corta distancia por Link, cuyos pasos no emitían el menor sonido sobre la lana gorda.

—Debemos ser rápidos —susurró Zelda, deteniéndose ante las grandes puertas dobles de madera negra que conducían al estudio privado del monarca—. Mi padre suele revisar los informes de las excavaciones a esta hora. Si no le presentamos esto nosotros mismos, los espías del clan Yiga o los ministros de la corte distorsionarán la verdad.

—Tranquila, mi princesa —dijo Siegfried, colocándole una mano sobre el hombro. Su calor corporal era inusual, como si una tormenta eléctrica latiera bajo su piel—. Tu padre es solo un hombre que tiene demasiado miedo de perder lo que ama. He lidiado con reyes que creían ser dioses; el tuyo al menos tiene la decencia de preocuparse por sus muros.

Zelda empujó las puertas. El interior del estudio estaba sumido en la penumbra, iluminado únicamente por el fuego agonizante de la chimenea y un par de candelabros de plata. Sentado tras un escritorio colosal cubierto de mapas, libros de contabilidad y fragmentos de tornillos Sheikah, se encontraba el Rey Rhoam Bosphoramus Hyrule. Su imponente barba blanca y su capa bordada en oro le otorgaban el aspecto de una montaña viviente.

El Rey ni siquiera levantó la vista de sus papeles cuando entraron.

—Zelda —la voz del monarca retumbó en las paredes de piedra, fría y pesada como una lápida—. Te advertí que tus horas de investigación debían reducirse. El poder del sello no se encuentra en los desiertos ni en los cañones, sino en la entrega absoluta a las plegarias de la Diosa. ¿Por qué interrumpes mi labor con esta comitiva a altas horas de la noche?

—Padre —Zelda dio un paso al frente, con la voz temblando ligeramente pero manteniendo la posición—. No vengo a hablar de las fuentes. Vengo a presentarte a alguien que... que ha cambiado el curso de mis investigaciones. Y de mi vida.

El Rey Rhoam levantó la vista lentamente. Sus ojos, cargados de la fatiga de un hombre que sabe que su reino podría desaparecer en cualquier momento, pasaron de su hija a la figura de Siegfried. La postura del semidiós, que permanecía con los brazos cruzados y una sonrisa suave, provocó una arruga inmediata en la frente del soberano.

—¿Quién es este hombre? —demandó el Rey, poniéndose de pie. Su altura era formidable, y la autoridad real que desprendía habría hecho que cualquier noble se postrara de inmediato—. No pertenece a la guardia, no viste los ropajes de la nobleza hyliana, ni siquiera es un hyliano. Zelda... no me digas que has traído a un vagabundo de los caminos a mis habitaciones privadas.

—Su Majestad —Siegfried dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente entre el Rey y Zelda—. El término "vagabundo" es un poco inexacto. Prefiero "viajero sin fronteras". Mi nombre es Siegfried. Y no he venido a pedir tu corona, ni tus tierras. He venido a informarte que voy a casarme con tu hija.

El silencio que siguió fue tan denso que el crujido de la madera en la chimenea sonó como un disparo. Link, apostado junto a la puerta, desplazó su peso milimétricamente, preparándose para cualquier reacción violenta.

El Rey Rhoam se apoyó con ambas manos sobre el escritorio, inclinándose hacia adelante. La vena de su sien vibraba con fuerza.

—¿Un matrimonio? ¿En la víspera del Cataclismo? —la voz del Rey bajó a un tono peligrosamente susurrante—. ¡Zelda! ¡Tu deber es con el despertar de la sangre real! ¡Tu deber es salvar a millones de almas de la destrucción! ¿Y gastas el escaso tiempo que nos queda en caprichos del corazón con un extranjero desalineado? ¡Esto es una afrenta a la memoria de tu madre y a la corona de Hyrule!

—¡No es un capricho, padre! —gritó Zelda, rompiendo por primera vez el protocolo real. Las lágrimas de frustración acumuladas durante años brillaron en sus ojos, pero su voz no flaqueó—. Siegfried posee el conocimiento sobre la energía del alma que los textos Sheikah omitieron. Él me ha ayudado a comprender que el poder no surge del castigo personal ni del aislamiento, sino de la voluntad de proteger lo que es real. Su presencia no es una distracción; es la única razón por la que aún tengo las fuerzas para no rendirme ante tus exigencias cotidianas.

El Rey Rhoam miró a su hija. Por un instante, la máscara de monarca implacable se agrietó, revelando el dolor de un padre que no sabía cómo ayudar a su única hija. Luego, su mirada volvió a Siegfried.

—Dices que puedes ayudar a protegerla —dijo el Rey, con una voz cargada de escepticismo—. Hyrule se enfrenta a una fuerza malévola que ha destruido eras enteras. ¿Qué puede hacer un solo hombre sin ejército, sin el favor de la Diosa Hylia, contra la calamidad que se avecina?

Siegfried extendió su mano izquierda, mostrando las marcas de las quemaduras divinas que surcaban su piel. Una vez más, el aura de la sala cambió; la temperatura descendió varios grados y el fuego de la chimenea se tiñó por un instante de un azul eléctrico y purísimo.

—He luchado en el torneo del Ragnarok, anciano —dijo Siegfried, su voz resonando con una autoridad que rivalizaba con la del propio rey—. He visto a los dioses del trueno, de la guerra y del inframundo caer ante la voluntad de los mortales que se negaron a arrodillarse. Tu Cataclismo es solo una sombra comparado con la furia de los cielos que yo ya he desafiado. No necesito tu ejército. Yo soy mi propio ejército. Y mi única prioridad es que tu hija sobreviva para ver el amanecer de este mundo. Si para ello debo reconstruir tus reliquias o aplastar a los monstruos con mis propias manos, lo haré. Pero no le prohibirás volver a sonreír.

El Rey Rhoam sostuvo la mirada de Siegfried durante lo que pareció una eternidad. El monarca analizó el peso de las palabras del extranjero, la absoluta falta de miedo en sus ojos grises y, sobre todo, la transformación en la postura de Zelda, quien ya no parecía la niña asustada que arrastraba los pies por el castillo, sino una reina dispuesta a defender sus decisiones.

El Rey se dejó caer lentamente en su sillón, exhalando un largo y pesado suspiro que pareció restarle años de vida.

—Hyrule no tiene tiempo para bodas ni celebraciones —dijo finalmente el Rey, sin mirar a ninguno de los dos, fijando la vista en los mapas de defensa—. Si tus palabras son ciertas, extranjero... si tu poder puede inclinar la balanza a nuestro favor en los días venideros, toleraré tu presencia en los laboratorios de la princesa. Pero si fallas... si tu presencia distrae a mi hija de su cometido sagrado y el reino cae... la historia te recordará como el catalizador de nuestra ruina.

—La historia la escriben los sobrevivientes, Majestad —respondió Siegfried, recuperando su sonrisa astuta—. Y te aseguro que nosotros estaremos aquí para contarla.

Zelda miró a su padre, sintiendo una mezcla de alivio y una profunda melancolía por la distancia que aún los separaba, pero supo que aquella tregua era el mayor triunfo que podían obtener. Tomó el brazo de Siegfried y, tras una breve reverencia, ambos salieron del estudio, seguidos de cerca por Link.

Al salir al pasillo exterior, bajo el cielo estrellado de Hyrule, Siegfried se estiró con un bostezo sonoro.

—Cielos, los reyes hylianos realmente necesitan aprender a relajarse —comentó, mirando a Zelda con ternura—. ¿Estás bien, mi princesa?

Zelda asintió, apoyando la cabeza contra su hombro por un breve instante mientras caminaban hacia sus habitaciones.

—Estoy bien, Siegfried. Por primera vez en mucho tiempo... siento que el futuro no es una prisión.

Detrás de ellos, Link envainó por completo la Espada Maestra, asegurando el perímetro con la mirada fija en las sombras del patio. El Cataclismo se acercaba, la tormenta era inevitable, pero las reglas del juego en Hyrule habían cambiado para siempre. Un semidiós rebelde caminaba ahora junto a la portadora de la sangre sagrada, y la oscuridad tendría que luchar el doble si pretendía reclamar el reino.

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