PRÓLOGO
PROLOGO
Sarakiel observaba inmóvil a la mujer sentada frente a él, para un átropos la inmovilidad es más ibien un estado natural, pero no la profunda expresión de congoja que ajaba su rostro de ángel. La mujer a su vez lo miraba a los ojos, en sus manos sostenía un par de palillos con los que tejía un abrigo de niño.
— Sabíamos que este momento llegaría tarde o temprano — la voz de Sarakiel era como un susurro de tumba antigua – las cosas no tiene por que ser así, si accedes a unirte a la hermandad …
— Sabes cuál es mi respuesta viejo amigo — examinó el tejido y corrigió unos puntos — y sabes lo que opino de la hermandad del velo ciego.
— Pero ni siquiera nos conoces, no sabes de nuestra gran misión, no todo es tan malo como dicen las leyendas.
— O, si que lo sé, he visto lo que te ha hecho a ti querido — miró al átropos casi con lástima — dicen que los fantasmas no cambian con los años, pero tú has cambiado, los vivos podemos esconder las cicatrices de nuestra alma. Pero en tu caso… a pesar de tu rostro perpetuo de angel, tu alma carga tanto dolor — una lágrima comenzó a recorrer las arrugas de su mejilla, no era una mujer vieja, pero la dura vida del campo se había cobrado algunos surcos en su rostro — tanto, tanto dolor
— No soy un fantasma, soy un átropos — su voz era fría y cortante — y no toleraré que me tengas lástima, menos tú, una simple mortal.
— Date a ti mismo el título que quieras – su voz se hizo más dulce — para mí siempre serás Sarakiel, y no importa que seas tu quien viene a darme muerte nunca dejará de considerarte mi amigo.
— ¡Por los misterios del alquimista! — exclamó Sarakiel agarrándose la cabeza – no lo hagas aún más difícil — entonces su voz se quebró, hubiera llorado de estar vivo, pero los atropos no tienen el privilegio de las lágrimas — ¿crees que disfruto esto? ¿ Crees que no he pensado miles de planes inverosímiles para evitarlo, crees que mi espíritu no sufre a cada instante con lo que debo hacer?. Si tan solo me maldijeras o hulleras o trataras de luchar…
— ¿Habría algún lugar donde pudieras esconderme de tus compañeros?
— No
— Lo sé — la mujer miró por la ventana, afuera sus hijos jugaban con el perro – siempre lo he sabido, desde el día en que te conocí sabía que vivía con tiempo prestado, no sientas pesar viejo amigo. Si no fuera por ti estaría muerta hace muchos años — rió irónicamente — por el simple hecho de ser una… ¿Cómo la llaman?
— Medium natural, o contempladora de espíritus… hay muchos nombres pero el hecho es que puedes vernos
— Tu hermandad ha matado y perseguido a la gente como yo por el solo hecho de tener el don de ver a los muertos — frunció el ceño — ¿Qué gran mal podemos causarles?, ¿o es que acaso no toleran la competencia?.
— Ya hemos tenido esta discusión – El atropos esbozó una media sonrisa — muchas veces la verdad.
— Millones de veces en todos estos años — Ambos rieron, afuera los niños miraron de reojo y se preguntaron por qué su madre reía sola en la habitación —nunca te he preguntado por qué me salvaste.
— No me des dones que no merezco — la voz de Sarakiel volvió a hacerse sombría — simplemente decidí no matarte en esa ocasión. Normalmente cuando encontramos un médium natural lo eliminamos inmediatamente y sin contemplaciones, la mayor parte del tiempo los detectamos cuando son muy pequeños o cuando aún están en la cuna.
— Eso ya lo sé
— Pero tu tenias, no lo sé catorce o quince años — el atropos se acercó a su rostro y la contempló de cerca — y eras, eres, la criatura más hermosa que he contemplado — la mujer se sonrojó — durante todo el tiempo que he estado en este mundo he cometido atrocidades que ni siquiera imaginas, todo en nombre de nuestra gran misión — el atropos se movió a la velocidad de un suspiro y se puso tras la mujer para hablarle al oído — tenias toda una vida por delante, y tu risa, tu mirada… no lo sé. Me acerqué silenciosamente y desenvaine mi gladius, pero en ese momento te giraste y me contemplaste y a pesar de ver la espada en lo alto no huiste.
— Lo recuerdo, como si fuera ayer
— Te miré a los ojos y supe que no podría matarte… no por lo menos en ese momento.
— ¿Por qué?
—- No lo sé
— No tienes que hacerlo
— Esta vez es distinto, mientras solo yo sabía de tus facultades podía protegerte, pero alguien más te descubrió — su rostro se endureció — lo único que podía hacer era arreglar las cosas para que fuera yo quien te diera muerte, creo que es lo mínimo que te debo.
— Eres un estúpido
— ¿Qué?
Esta vez fue ella quien se giró y lo miró a los ojos.
— ¿No lo entiendes verdad? — la voz de la mujer era un susurro entrecortado por el nudo en su garganta — no me debes nada, soy yo la que te debo todo. Mira por esa ventana, esos niños que juegan afuera, esos campos arados, esta casa, el fuego de esa chimenea, el calor en mi corazón, treinta y cinco años de penas y alegrías, el ver mi piel ajarse, la vida Sarakiel, la vida… mi vida, eso es lo que te debo viejo amigo y jamás podré saldar esa deuda. Gracias por dejarme vivir.
La mujer había concluido el tejido, se puso en pie y lo dejó sobre su silla, acercó su mano a la de Sarakiel pero atravesó sus dedos traslúcidos como si no existieran.
— Las cosas no tienen por que terminar así — el atropos sacudía la cabeza — te lo suplico, únete a nosotros, puedo protegerte, puedo…
Sus palabras chocaron contra el muro de granito en la mirada de la mujer.
— He tenido una buena vida viejo amigo y te lo debo a ti — inspiró profundamente — terminemos de una vez con esto.
El atropos extrajo el gladius de su funda, la hoja del arma de almas humeaba perpetuamente, como si estuviera recién templada, la mujer lo contempló acercarse.
— Espera — la mujer le detuvo con un gesto, Sarakiel se quedó inmóvil con la punta de la espada apuntando a su corazón – no quiero irme sin decir esto — sus ojos se llenaron de lágrimas — por los dioses… Sarakiel, si las cosas hubieran sido distintas… yo… yo… hubiera deseado… no… yo creo — tragó saliva antes de continuar — creo …que esos niños que juegan afuera serían tus hijos.
— Lo sé – el rostro del atropos se desfiguró en una mueca desgarradora de dolor.
— Te amo
Sarakiel no dijo nada, pero la espada empezó a temblar vacilante en su mano.
— ¿dolerá?
— No querida, te lo prometo
— Estoy lista.
La hoja del arma dejó de temblar, por un segundo sus ojos se encontraron y sus almas se contemplaron, reyes y emperadores hubieran dado sus imperios por ese segundo.
Entonces Sarakiel, con un gesto rápido y preciso le atravesó el corazón con su gladius.
La mujer cayó al suelo sin vida, sus ojos abiertos y muertos contemplaban el infinito, no había rastros de sangre, pero Sarakiel podía ver como el alma se le escapaba hacia el cielo en un torrente continuo y poderoso. El atropos cayó de rodillas a su lado y lanzó lejos la espada mientras profería el alarido más desgarrador que su alma torturada fue capaz de sangrar. Afuera todos los pájaros emprendieron el vuelo al unísono, asustados mortalmente por el grito de ultratumba.








