Capítulo 1: El encargo.
La ciudad respiraba neón bajo la lluvia. Liam Whitford observaba las luces de la torre Nexus Technologies desde la ventana de su apartamento, un espacio minimalista donde los monitores dibujaban sombras azules sobre las paredes desnudas. Tres pantallas, código deslizándose en cascadas verdes, y el silencio de alguien que llevaba años acostumbrado a no dejar rastro.
No usaba su verdadero nombre desde hacía tiempo. En los foros oscuros de la red lo conocían como Ghost777, un fantasma que entraba y salía de los sistemas más protegidos del mundo sin dejar más que una firma imposible de rastrear. Pero esa noche, el fantasma tenía un problema muy humano: su madre.
El sobre con los resultados médicos seguía sobre la mesa, doblado tantas veces que las esquinas se habían vuelto suaves. Insuficiencia renal. Diálisis. Una lista de números que no dejaban de crecer, mientras el seguro cubría cada vez menos.
Cuando su teléfono desechable vibró con un mensaje cifrado, Liam ya sabía que aceptaría el trabajo antes de leerlo.
"Necesito algo que está dentro de Nexus Technologies. Nombre en clave: Crono. Pago: dos millones. Primera mitad por adelantado."
El remitente era Damian Cross, un empresario que llevaba años mordiéndose las uñas viendo cómo Nexus se comía el mercado de tecnología predictiva. Liam no necesitaba preguntar por qué lo quería. Los motivos de los ricos nunca eran su problema. Solo el resultado.
Dos millones. Suficientes para pagar cada deuda, cada tratamiento, cada noche que pasaba despierto calculando cuánto tiempo más podría sostener el peso de todo.
Aceptó.
La semana siguiente, Liam ya no era Liam. Se había convertido en Ian Reed, un especialista en asistencia ejecutiva con un currículum impecable, referencias falsas pero verificables, y un historial construido con la misma precisión quirúrgica con la que antes construía exploits. Cada detalle importaba: el corte de traje, el reloj discreto pero caro, la forma en que debía estrechar una mano sin parecer ni sumiso ni desafiante.
Nexus Technologies ocupaba cuarenta pisos de cristal en el corazón financiero de la ciudad. Liam cruzó el vestíbulo con la calma aprendida de quien ha entrado en cientos de lugares donde no debería estar. Pero esta vez no había firewall que sortear, ni línea de código que inyectar. Esta vez, el sistema a vulnerar era humano.
Lo hicieron esperar en una oficina vacía del piso treinta y ocho. Las paredes de vidrio dejaban ver la ciudad extendida como un circuito impreso, luces titilando en la distancia. Liam se sentó, cruzó las manos sobre el regazo y esperó, repasando mentalmente cada detalle de la identidad que había construido durante semanas.
La puerta se abrió sin aviso.
Felix Grant, vice presidente, entró con el paso de alguien que nunca ha dudado de su lugar en el mundo. Era más grande de lo que las fotografías sugerían: hombros anchos bajo un traje que parecía cosido a medida sobre cada músculo, el cabello castaño hacia atrás con precisión militar. Su rostro tenía la inmovilidad de una máscara tallada en piedra, los ojos claros y fríos, evaluando a Liam antes incluso de haber cruzado la habitación.
—Sñor Reed —dijo, con un acento griego que cortaba cada consonante como un cuchillo—. Siéntese.
Liam ya estaba sentado, pero no lo corrigió. Solo asintió.
Felix ocupó la silla frente a él, dejando una carpeta sobre la mesa sin abrirla. El gesto era deliberado: no necesitaba leer nada para tomar decisiones. Solo necesitaba mirar.
—El anterior asistente duró dos semanas —continuó, sin apartar la vista—. La anterior a esa, cuatro días. No existe paciencia para gente que no entiende lo que significa trabajar para esta empresa.
—No busco entender su paciencia, señor Grant—respondió Liam, con una calma que le costó cada gramo de disciplina reunir—. Busco hacer bien mi trabajo. Lo demás es irrelevante.
Algo cambió en los ojos de Felix. No fue una sonrisa —Liam dudaba que ese rostro supiera formar una—, pero sí un destello de interés genuino, breve como un parpadeo.
—Interesante respuesta —dijo Felix, inclinándose ligeramente hacia adelante—. La mayoría intenta convencerme de que son indispensables. Usted ni siquiera lo intenta.
—Las personas indispensables no duran mucho en ningún lugar, señor. Prefiero ser útil.
Felix lo observó un instante más, como quien examina una pieza de maquinaria buscando fallas invisibles. Liam sostuvo la mirada sin parpadear, consciente de que cada segundo de ese silencio era una prueba tan peligrosa como cualquier firewall que hubiera vulnerado.
Finalmente, Felix se puso de pie.
—Empieza mañana a las seis de la mañana —dijo, ya dándole la espalda, caminando hacia la puerta—. Y señor Reed... —se detuvo, sin girarse del todo—. En Nexus no hay segundas oportunidades. Solo primeras impresiones que se sostienen o se rompen.
La puerta se cerró tras él con un chasquido seco.
Liam permaneció sentado un momento más, respirando despacio, dejando que la adrenalina se asentara antes de permitirse sonreír. Había cruzado la primera puerta. Ahora, en algún lugar dentro de esos cuarenta pisos, los planos de Crono esperaban —protegidos por algo más difícil de descifrar que cualquier cifrado: la confianza de un hombre que no confiaba en nadie.
El juego más peligroso de su vida acababa de comenzar.




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