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Doble convocatoria: amor en la cancha

Summary

Brian Gutiérrez y Armando "La Hormiga" Gonzales siempre han sido más que compañeros de Chivas: son amigos, cómplices, una dupla perfecta dentro y fuera de la cancha. Pero cuando ambos son convocados a la Selección Mexicana para el Mundial 2026, algo entre ellos empieza a cambiar. Entre el miedo a ser descubiertos, la presión de representar a un país y la certeza de que lo que sienten es real, Brian y Armando tendrán que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por un amor en secreto... o si el fútbol siempre será más importante. Una historia de amor, fútbol y secretos que no pueden permanecer ocultos para siempre.

Genre
Lgbtq
Author
Sayurink
Status
2mo ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Prólogo

Armando siempre dijo que no recuerda un solo día de su infancia sin un balón cerca.

A veces era uno viejo, parchado, con las marcas casi borradas; otras, uno nuevo que su papá llevaba a casa después de un entrenamiento, como si fuera un pequeño trofeo compartido. En la sala, en el patio, en la calle, el balón estaba ahí, rodando, esperando a que alguien le diera vida con una patada.

Luis Armando, su papá, tenía todavía el olor de los vestidores impregnado en la piel. Había sido futbolista profesional, conocido en Aguascalientes, respetado por su entrega más que por la portadas. A Armando le brillaban los ojos cada que lo acompañaba al club: la tierra del campo, los tacos que dejaban surcos en la cancha, el eco de los gritos al final de un entrenamiento. No sabía nombrarlo entonces, pero esa mezcla de sudor, esfuerzo y esperanza se le quedó grabada como un hogar.

—Tú decides hasta dónde llegas— le repetía su papá desde que era muy chico— Lo que depende de ti, hazlo bien. Lo que no, acéptalo y sigue jugando.

A Armando le tardó en entrar del todo esa frase. De niño, era rebelde, inquieto, distraído en la escuela y demasiado concentrado en el balón. Prefería escapar mentalmente hacia la siguiente cascarita que pensar en tareas o exámenes. Comía mal, dormía poco, se enojaba rápido. Pero cada que pisaba una cancha, aun una de tierra, todo ese ruido interior se ordenaba.

Su mamá, Mariana, lo observaba con una mezcla de preocupación y orgullo. Lo veía llegar con las rodillas raspadas y una sonrisa que le iluminaba la cara.

—Algún día te va a cobrar factura tanto golpe, mijo— le decía, limpiándole con cuidado las heridas- Pero si vas a sufrir por algo, que sea por lo que amas.

Armando respondía con una sonrisa ladeada, más ocupado en imaginar el próximo partido que en pensar en consecuencias.

En Aguascalientes, su mundo era pequeño pero intenso: la escuela, la casa, la escuela de fútbol de su papá y las pláticas interminables con su hermano mayor, Luis, que ya entrenaba en fuerzas básicas. Luis era su primer espejo. Más técnico, más ordenado, más paciente. Cuando Armando lo veía correr en campos más grandes, con uniformes oficiales, sentía que estaba mirando al futuro.

—Yo quiero estar donde tú estás— le decía, serio, con el balón bajo el brazo.

Luis le revolvía el cabello.

—Entonces trabaja más de lo que yo trabajé— contestaba— No solo juegues mejor. Vive mejor para el futbol.

Esas palabras, dichas casi al aire, se le quedarían clavadas años más tarde.

De niño, el futbol era juego y refugio. Los entrenamientos en la escuela de su papá se sentían como fiestas: otros niños, risas, balones que parecían multiplicarse, retos improvisados. Armando hacía destrozos en los vestidores, se colaba al gimnasio, imitaba a los jugadores profesionales cuando nadie lo veía.

Los partidos en el estadio, cuando las luces ya se apagaban, eran su tesoro más preciado. Cuando el Necaxa terminaba de jugar, su papá lo bajaba al césped con su hermano. La cancha, vacía, se convertía en un universo privado para ellos. Con el estadio silencioso, corrían detrás del balón como si estuvieran jugando un final, como si cada gol imaginario cambiara el mundo.

—Algún día, estos goles van a ser de verdad —pensaba Armando, sin decirlo en voz alta.

No sabía cómo ni cuándo, pero lo creía con una terquedad casi inocente.

El camino a Chivas no fue una línea recta. Fue un mapa lleno de tachones, intentos y segundas oportunidades.

La primera vez que fue a prueba con el equipó tapatío, tenía apenas doce años. El viaje desde Aguascalientes a Guadalajara fue una mezcla de emoción y miedo. Armando miraba por la ventana del autobús, viendo pasar paisajes que le parecían todos iguales, pero sintiendo que algo importante se movía dentro de él.

—Te van a ver como uno más —le dijo su papá, sentado a su lado— Demuestra por qué no eres uno más.

Armando llegó a las pruebas con el corazón desbocado. La cancha estaba llena de niños que parecían saber exactamente qué hacer. Él también sabía qué hacer con el balón, pero el ambiente le pesaba. Esa primera vez, las cosas no salieron como quería. Falló controles simples, se trabó en jugadas que normalmente resolvía en automático. La presión le ahogó el instinto.

Al final del día, el entrenador solo le dijo:

—Sigue trabajando. Te vamos a seguir viendo, pero de momento no.

Ese “de momento no” le cayó como un balde de agua fría. En el camino de regreso, apenas hablaba. Miraba el piso del autobús y sentía que el balón pesaba más que antes.

—No se acabó nada hoy —le dijo su papá, con esa calma que había aprendido en años de vestidor- Esto es un intento, no una final. Si de verdad lo quieres, vas a volver.

Volvió. Una segunda y una tercera vez. Tres intentos antes de entrar a la sub-15 de Chivas, tres oportunidades de corregir, de afilar su juego y su mente. Entre cada intento, había días de entrenamiento bajo sol y lluvia, partidos en ligas menores, horas de repetir la misma definición, el mismo movimiento de desmarque. Había también noches de frustración, de preguntarse si realmente estaba hecho para eso.

En la sub-15, el mundo se hizo más grande y más exigente. Ahora los rivales eran más rápidos, más fuertes; los entrenadores, más estrictos. Armando aprendió por las malas que talento no era suficiente. Que el hambre de destacar tenía que ir acompañada de disciplina.

Fue entonces cuando el fútbol empezó a cambiarlo. Dejó de ser solo ese niño rebelde al que no le gustaba la escuela y comía mal, y empezó a ser un adolescente que cuidaba lo que comía, que se acostaba temprano, que llegaba puntual a cada entrenamiento. Sus amigos, como “El Güero” y “Fer”, lo veían decir que no a salidas que antes hubiera aceptado sin pensarlo.

—Te nos estás volviendo señor serio —se burlaba El Güero una tarde.

Armando se reía, pero se mantenía firme.

—Si quiero llegar, tengo que empezar a vivir como si ya estuviera allá —contestaba.

En Chivas, cada gol que anotaba en categorías menores no era solo una cifra; era un ladrillo más en una pared que estaba construyendo para el futuro. Fue campeón de goleo en la sub-17 y sub-23, y cada trofeo individual le recordaba que su esfuerzo tenía consecuencias reales.

Mientras tanto, su familia seguía siendo el centro. Vivían juntos, se apoyaban en todo. Su mamá le preparaba comidas pensadas en su rendimiento, su hermano analizaba partidos con él, ayudándolo a ver detalles que se le escapaban en la adrenalina del juego.

—No te dejes deslumbrar -le repetía su mamá— La fama se va. Tu trabajo se queda.

Y él, aunque todavía joven, empezaba a entenderlo.

El debut profesional con Tapatío fue un aviso. Esa tarde, Armando ni siquiera sabía que estaba convocado. Entrenó con la sub-17, por una combinación de circunstancias, terminó recibiendo la noticia de que iba al estadio, a un partido oficial, con un equipo que hasta entonces había sido una meta distante.

—Tienes que correr todo lo que puedas —se dijo a sí mismo, mientras se ponía las espinilleras- Si es un minuto, que valga un gol.

Entró unos minutos. No fue portada, no fue trending topic, pero para él significó un paso más, un recordatorio de que el camino que había imaginado desde niño estaba tomando forma real.

El verdadero parteaguas fue su debut en primera división con Chivas, aquel 13 de enero de 2024 contra Santos Laguna. Cuando pisó el campo con el escudo Rojiblanco en el pecho, sintió que todas las cancha de tierra, todos los viajes largos, todas las negativas convertidas en combustible lo empujaban hacia adelante.

No lo vio como un “ya llegue”, sino como el inicio de algo más difícil. Entendió que ese era apenas el principio de la parte más exigente del camino: la de sostenerse, la de convertirse en referente.

Con Gabriel Milito en el banquillo, Armando pasó de ser cuarta opción a convertirse en la referencia de gol. A fuerza de trabajo, se ganó minutos, luego partidos como titular, luego la responsabilidad de ser el nueve al que todos miraban cuando el marcador se apretaba. La apertura 2025 lo corono campeón de goleo con 12 tantos, poniéndolo en la misma línea de nombres históricos de Chivas.

En esos momentos, celebraba, sí, pero nunca se permitía pensar que era suficiente. Siempre encontraba algo que mejorar: el juego de espaldas, la contundencia, el trabajo defensivo. Sabía que muchos, quizá más talentosos que él, se habían quedado en el camino por conformarse demasiado pronto.

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