Un día cualquiera…
La luz de la mañana entraba por los amplios ventanales de la mansión Croix, iluminando los pisos de madera y las paredes blancas. Desde el jardín delantero se veían los árboles podados y el camino de piedra que conducía al portón principal.
Era una mañana tranquila en Montclair.
En la cocina, Jennifer Croix terminaba de preparar el desayuno mientras la cafetera llenaba el ambiente con aroma a café recién hecho. Sobre la isla de granito acomodó platos, fruta y pan tostado antes de llamar a su familia.
—¡El desayuno está listo!
Los pasos comenzaron a escucharse desde la planta alta.
Jean Croix apareció primero, impecable en su traje oscuro y con el maletín en la mano. Saludó a Jennifer con una sonrisa antes de sentarse.
—Huele delicioso.
—Como siempre —respondió ella con una ligera risa.
Unos segundos después bajaron Lina y Alice.
Lina, de diecisiete años, llevaba el cabello recogido y aún parecía medio dormida. Alice, un año menor, llegó más despierta, con el teléfono en la mano mientras terminaba de leer mensajes.
El último en bajar fue Maximiliane, de nueve años, con el uniforme escolar a medio acomodar.
—¡Buenos días! —dijo con entusiasmo antes de sentarse.
Desayunaron entre conversaciones sencillas: el clima, las clases, un examen de Alice y un partido de fútbol que Maximiliane esperaba con emoción.
Cuando terminó su café, Jean miró la hora.
—Será mejor que me vaya.
Se levantó, tomó las llaves de su automóvil y se dirigió a la salida.
Jennifer lo acompañó hasta la entrada.
—Que tengas un buen día.
—Tú también. Nos vemos esta tarde.
Jean besó a Jennifer, se despidió de sus hijos con una sonrisa y salió de la mansión.
Minutos después, el sonido del motor se perdió calle abajo.
Jennifer regresó al interior.
Mientras los platos se acumulaban en el fregadero, retomó su rutina: limpiar la cocina, abrir algunas ventanas y ordenar las habitaciones.
Arriba, Lina terminó de preparar su mochila y miró por la ventana de su dormitorio. Desde allí se veían calles tranquilas, jardines cuidados y vecinos paseando a sus perros.
Todo seguía igual.
En otra habitación, Alice organizaba libros mientras escuchaba música con un solo auricular. De vez en cuando respondía a Maximiliane, que recorría el pasillo buscando su mochila.
—¿La has visto?
—Busca donde la dejaste ayer.
—¡Ya busqué!
Jennifer sonrió al escucharlas desde abajo.
La vida en la mansión Croix transcurría con la calma de cualquier otro día.
Por otro lado, Lina terminó de preparar su mochila en su habitación. El dormitorio reflejaba su personalidad: paredes en tonos claros que suavizaban la luz de la mañana, una estantería con novelas y algunos cuadernos perfectamente acomodados, un escritorio junto a la ventana con pequeños detalles de uso diario, y una cama siempre bien tendida con sábanas lisas y ordenadas. No era un lugar lujoso pese al tamaño de la mansión, sino un espacio sencillo donde encontraba tranquilidad, con el leve aroma a tela limpia y madera pulida.
A Lina le gustaba ese orden. Le daba la sensación de que, al menos en su habitación, todo estaba bajo control. A veces pensaba que el resto de la casa era demasiado grande, demasiado silenciosa… como si pudiera perderse en ella si no prestaba atención.
Se acercó a la ventana y observó el vecindario. El cristal estaba ligeramente frío al tacto. Desde allí se veían las calles tranquilas de Montclair, bañadas por una luz suave de la mañana, los jardines bien cuidados con el césped aún húmedo por el rocío, y algunos vecinos paseando a sus perros mientras el sonido lejano de sus pasos rompía el silencio. Le gustaba contemplar aquella calma durante unos instantes antes de comenzar el día.
Esa tranquilidad siempre le resultaba extraña. No porque le molestara, sino porque a veces sentía que era demasiado perfecta, como si nada malo pudiera ocurrir allí… y eso, de alguna forma, la inquietaba un poco sin saber por qué.
Finalmente tomó su mochila y salió de la habitación.








