Tía Y Sobrino Amantes En Secreto by Mai Albo at Inkitt
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Tía y sobrino amantes en secreto

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Summary

Relato erótico prohibido de deseo clandestino entre una tía y su sobrino. Una historia intensa de pasión salvaje, seducción ardiente y tentación oscura que cruza todos los límites. Carolina tiene treinta y ocho años, un cuerpo de diosa y un bufete exitoso en Buenos Aires. Bryan tiene dieciocho, es gordito, viene del campo y es el hijo de su hermana. Cuando él se muda a su departamento para estudiar en la universidad, la convivencia despierta un morbo secreto que ninguno se atreve a confesar. Miradas furtivas, roces prohibidos, silencios que gritan deseo. Lo que empieza como un pecado inconfesable se convierte en una relación clandestina, atrevida y profundamente carnal. Una historia erótica +18 donde la diferencia de edad, la sangre compartida y el deseo prohibido se funden en encuentros cada vez más salvajes, intensos y adictivos. Porque hay placeres que no entienden de moral, y este amor prohibido está a punto de estallar. ⚠️ ADVERTENCIA: Este relato es una obra de ficción destinada exclusivamente a un público adulto (+18). Contiene escenas de contenido sexual explícito y explora una temática tabú entre personajes ficticios. No se hace apología del incesto ni se promueven conductas inapropiadas en la vida real. La historia busca entretener desde la fantasía y la exploración de deseos prohibidos en un contexto estrictamente literario. Si sos menor de edad o este tipo de contenido te resulta ofensivo, por favor no continúes con la lectura. 🔞

Genre
Erotica
Author
Mai Albo
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Bienvenido a casa sobrino

El vestido negro caía sobre su cuerpo como una promesa oscura. Carolina lo deslizó por sus hombros, sintiendo la caricia fría de la seda antes de que se ajustara a su cintura, marcando la curva pronunciada de sus caderas. Frente al espejo del vestidor, sus dedos viajaron por el borde del escote, apenas insinuando la piel tersa y bronceada. Su reflejo le devolvió una mirada que conocía de memoria: intensa, labios carnosos apenas entreabiertos, pómulos altos que sombreaban unas facciones felinas. Una melena castaña, ondulada y salvaje, caía pesada sobre sus hombros. Se giró. Sus nalgas, firmes y torneadas por el gimnasio, estiraban la tela de una manera casi obscena. No era vanidad, era poder. A los treinta y ocho, había esculpido su cuerpo como había esculpido su bufete: con disciplina feroz y un hambre que no se saciaba con nada.

Las llaves del Audi tintinearon en su mano. El garaje olía a cuero y a perfume caro. Al sentarse al volante, la falda se le subió dejando al descubierto la parte baja de sus muslos. Sintió el frío del asiento y, por un instante, sus manos se demoraron en el volante. La luz del sol matinal de Buenos Aires se filtraba por el parabrisas, dorando el vello fino de sus brazos. "Treinta y ocho y soltera", pensó mientras el motor ronroneaba. La soledad era un lujo que se permitía, un espacio vacío que llenaba con litigios ganados y miradas furtivas en la calle.

El bufete era un hervidero de ambición contenido, con olor a café recién hecho y papel impreso. Las horas se disolvieron entre llamadas estratégicas y contratos blindados. Pero en los silencios entre reunión y reunión, una extraña inquietud se instaló en su pecho. El mensaje de su hermana había sido claro: "Bryan llega hoy. Mejor temprano que tarde". No pensó mucho en ello hasta que, sudada y con el cuerpo pidiendo liberar endorfinas, la rutina la llevó al gimnasio.

El vapor del vestuario envolvía los cuerpos desnudos en una intimidad anónima. Carolina, envuelta en una toalla, sentía el ardor agradable en los músculos. Justo cuando el agua caliente de la ducha comenzaba a correr por su espalda, el celular vibró sobre el banco de madera.

—Tía, ya estoy llegando a Retiro. El micro se adelantó.

El corazón le dio un vuelco seco. Una mezcla de fastidio por la ducha interrumpida y una ternura inesperada. Bryan. El pequeño Bryan. Dejó la toalla a un lado, se vistió con la ropa de calle sin siquiera secarse bien la nuca y salió al estacionamiento sintiendo la humedad en la espalda bajo la blusa de seda. Mientras el auto devoraba las calles, los recuerdos afloraron. Hacía tres años que no lo veía. En su memoria, Bryan era un gordito tierno de cachetes colorados y risa fácil, el hijo dulce de su hermana mayor, perdido en la inmensidad del campo bonaerense. Venía a la capital a estudiar, a vivir con ella. Era un trato hecho. Su nuevo proyecto.

Cuando llegó a la dársena de Retiro, el bullicio de la estación la golpeó de lleno. Carolina bajó del auto, y el taconeo de sus stilettos resonó como un metrónomo sobre el pavimento. Las miradas se posaron sobre ella, inevitable. Las gabardinas de los oficinistas, los uniformes de los colectiveros, todos los ojos convergían en la misma silueta, rezagándose en la curva perfecta que moldeaba su pantalón blanco. Ella, acostumbrada, caminó erguida, con la cabeza alta y la mandíbula ligeramente tensa. No miraba a nadie. Hasta que lo vio.

De uno de los micros de larga distancia descendió una figura corpulenta. Bryan era una masa de carne joven envuelta en ropas de paisano: bombacha de campo desgastada, alpargatas y una camisa que le quedaba tirante en el vientre redondo. El cabello, castaño como el de ella, era un flequillo desordenado que le tapaba la frente. Ningún rasgo era hermoso por sí mismo, pero en su expresión había una honestidad limpia. Carolina sintió que una ola cálida le subía por el pecho.

—¡Bryan! —gritó, alzando la mano.

Él giró la cabeza y, al verla, la bolsa de viaje casi se le cae. Sonrió con esa misma timidez que recordaba, con los mismos cachetes que se inflaban y achicaban sus ojos. Avanzó pesadamente hacia ella y, cuando estuvieron frente a frente, Carolina lo envolvió en un abrazo. Era como abrazar un oso tibio, firme pero blando. Olía a viaje, a campo, a inocencia.

—No puedo creer lo que creciste —mintió ella con dulzura, palmeándole la espalda.

—Y vos, tía... —la voz de Bryan era más grave de lo que recordaba, pero con el mismo titubeo—, estás igual que siempre. Digo, más linda, quiero decir.

Ella se rió, una risa que le iluminó los ojos verdes. Lo tomó del brazo, guiándolo hacia el auto. Mientras caminaban, Bryan hablaba del viaje, pero su mirada se desviaba. De reojo, como quien contempla un pecado inevitable, sus ojos se clavaban en el vaivén pausado de las nalgas de Carolina. Era una fascinación que le secaba la boca. Se sintió sucio y trató de mirar al frente, a los taxis, al cielo gris, a cualquier lado, pero el imán visual era más fuerte que su voluntad.

El departamento de Carolina, en un piso alto de Puerto Madero, era un oasis de luz y mármol frío. Grandes ventanales enmarcaban la furia gris del Río de la Plata. Al entrar, Bryan se sintió fuera de lugar con sus alpargatas sobre el piso de porcelanato blanco. El espacio era hermoso, pero brutalmente pequeño: un monoambiente de lujo con la cama a la vista, separada por una biblioteca abierta.

—Es hermoso, tía. Pero... ¿dónde voy a dormir? —preguntó, temiendo la respuesta.

Carolina señaló un sofá de diseño, de líneas duras y tapizado claro, frente a un televisor que era un espejo negro apagado.

—Acá. Sé que no es un colchón, pero es bastante cómodo. Ya le pondremos sábanas.

Bryan posó la bolsa en el suelo. Miró el sofá y luego a su tía. Esbozó una sonrisa que le torció un poco los labios, una sonrisa extrañamente madura para sus dieciocho años.

—No importa dónde dormir. Lo importante es tener dónde.

Ella lo miró, sorprendida. Había una gravedad en esa frase, un eco de carencias antiguas que Carolina, en su burbuja de éxito, nunca había considerado. "Sos tan chico y tan adulto", pensó, sintiendo un extraño calambre en el estómago. La imagen del sobrino gordito y tierno se superpuso a este muchacho de hombros anchos y mirada cansada.

—Voy a bañarme —anunció Carolina, rompiendo el hechizo—. Después vos. Esta noche te llevo a cenar, para que conozcas un poco más la capital.

El agua caliente fue un bálsamo para la tensión del día, pero no para la inquietud. Del otro lado, Bryan desempacaba su bolso con las manos torpes. Mientras doblaba una camisa, se quedó inmóvil, con la vista perdida. No podía creer que esa mujer, con ese cuerpo que parecía tallado por la lujuria misma, fuera la hermana menor de su madre. Su madre era bella, sí, pero de una belleza gastada por los kilos, los años y el abandono. Carolina era la versión refinada, afilada y salvaje. Un suspiro pesado se le escapó del pecho.

—¡Ya salí! —la voz de Carolina lo sobresaltó, amortiguada por la puerta del baño—. ¡Bañate vos!

Bryan se duchó con rapidez, usando el gel perfumado que dejaba en su piel un aroma cítrico y ajeno. Al salir con una toalla anudada a la cintura, el vapor lo perseguía. Y entonces la vio.

Carolina estaba de espaldas, frente al espejo de cuerpo entero junto a la puerta. El vestido rojo, de un corte asimétrico que dejaba una pierna completamente al descubierto, se adhería a sus nalgas como si las estuviera acariciando. Los tacones color nude estilizaban aún más sus piernas torneadas. Se giró y le sonrió. No era la sonrisa de una tía. Era una sonrisa de mujer, consciente y peligrosa.

—¿Listo, sobrino?

Bryan solo atinó a asentir, sintiendo que la toalla le quemaba. La tensión era un tercer comensal en la cena elegante, un susurro constante entre copas de Malbec. Hablaron de todo: de la universidad, de la vida en el campo, de los padres de él. Pero cada cinco frases, Bryan tropezaba en sus propias palabras y terminaba alabando la belleza de su tía. "Sos la mujer más linda del restaurante, tía. De la ciudad, capaz". Carolina reía, le restaba importancia con un gesto y le decía: "Vos también sos hermoso, Bryan". Él agachaba la cabeza. Mentira piadosa. Lo sabía. Ella nunca lo vería como un hombre, sino como el chico al que le limpiaba la cara con la servilleta en las fiestas familiares. Pero extrañamente, esa mentira dicha con ternura le dolía y le gustaba al mismo tiempo.

El vino no fue suficiente. La noche de viernes era joven y peligrosa. Cerca de Puerto Madero, un boliche de música electrónica y luces azules los engulló. Ahí, la jerarquía cambiaba. El cuerpo blando de Bryan, torpe en el sofá, se transformaba en la pista de baile. La música le recorría las venas, heredada de las peñas y los bailes de campo. Se movía con una gracia inesperada, pesada pero rítmica, una cadencia telúrica que contrastaba con los pasos robóticos de los porteños. Carolina, al principio riendo, se dejó llevar. Bailaban cerca. La copa de champagne ya vacía había dejado un rastro frío en su mano. Bryan la tomó de la cintura, un gesto de baile, nada más. Pero la mano grande y cálida se ancló ahí. El sudor perlaba la frente de Carolina y una gota le corría por el cuello, perdiéndose en el escote del vestido rojo. Él la miraba. Ella miraba esos ojos que ya no eran de niño. Eran de hombre, vidriosos por el alcohol, fijos en sus labios.

Amanecía sobre los diques. El champagne y el vino eran un tambor lejano en sus sienes. Caminaron en silencio por el empedrado mojado, la mano de Bryan rozando a cada paso la de ella. Fue un roce intencional. Ella no la apartó. El aire frío del amanecer no enfriaba el incendio, lo avivaba con ráfagas de lucidez. Al entrar al departamento, la luz gris del alba lo tiñó todo de un realismo mágico y sucio. La puerta se cerró con un clic que sonó a sentencia.

Fue un movimiento torpe, animal. Bryan la tomó por detrás, sus manos gruesas agarrándole la cintura con una fuerza desesperada. La pegó a su cuerpo. Carolina se quedó de piedra, su espalda rígida contra el pecho blando de él. Y lo sintió. Un bulto duro como una roca, una incoherencia de la naturaleza, se alojó justo en la hendidura de sus nalgas. El vestido rojo, tan fino, parecía no existir. Bryan hundió la cara en su cuello y aspiró hondo, un gemido sordo vibrando en su garganta. Sus labios, húmedos y torpes, empezaron a besar la piel salada. "¿Es el alcohol?", pensó Carolina, sintiendo cómo el calor entre sus piernas le apagaba el cerebro. "¿O es que lo esperé todo el día?". La confusión era un vértigo dulce, un precipicio. Él la giró bruscamente, buscando sus labios, pero sus dedos ansiosos ya subían por el borde del vestido, arremangando la seda roja.

Fue un nanosegundo de coherencia en medio de la locura. Una imagen: la hermana. Un vestido de novia. La palabra "tía". Carolina puso su mano fina sobre el pecho de Bryan, sintiendo su corazón galopar como un caballo asustado.

—No —susurró. No fue un grito. Fue una orden suave que resonó en el silencio.

Bryan se quedó quieto al instante. Un caballero. Un chico bueno. Dejó caer las manos a los costados de su cuerpo, la respiración agitada, la mirada baja, con una frustración que no era enojo, sino la resignación de quien siempre espera lo peor.

Pero lo que pasó después lo dejó sin aliento. Carolina no se apartó. Se deslizó hacia abajo. El roce de su vestido de seda contra el pantalón de vestir de él fue un susurro áspero. De rodillas, en el suelo de porcelanato blanco, parecía una felina frente a su presa. Sus dedos ágiles, los mismos que firmaban sentencias millonarias, abrieron el botón y bajaron la bragueta con una precisión quirúrgica. Liberó el miembro de la tela.

Una exhalación atónita escapó de la boca de Carolina, un vaho tibio que golpeó la piel desnuda. Era el miembro más grande que había visto en su vida. Largo, absurdamente ancho, un mástil pálido y grueso surcado por venas azuladas que palpitaban con furia. Era una obscenidad que contrastaba con la suavidad infantil de los muslos de Bryan. "La tiene enorme", fue el único pensamiento coherente, un relámpago animal que le licuó las entrañas. Se inclinó. Su lengua, pequeña y rosada, emergió para trazar un camino húmedo desde la base hasta la cima. Fue una lamida lenta, devota, sintiendo el latido violento bajo las papilas gustativas. La piel era suave y salada.

—Enorme la tienés, amor —musitó, más para ella que para él, su voz ronca vibrando contra la carne.

Bryan no dijo nada. No podía. Su mente era un cortocircuito. Aquello era surrealista. La mujer que lo acunaba de chico, la hermana perfecta de su madre, esa diosa de vestido rojo, estaba de rodillas adorando su verga. Carolina selló sus labios de un rojo furioso sobre la cabeza, dando dos chupones lentos y obscenos, sin dejar de mirarlo a los ojos. Los ojos de él, vidriosos y abiertos como platos, se clavaron en los de ella. Fue un instante de vértigo, un reconocimiento mutuo de la perversión que estaban consagrando.

Ella abrió la mandíbula hasta que le dolió, intentando tragárselo. Fue imposible. La punta chocó contra el fondo de su garganta y una arcada seca y húmeda la sacudió. Un hilo de saliva se descolgó de sus labios. No se rindió, moviendo la cabeza hacia adelante y hacia atrás, ahogándose una y otra vez, mientras su mano derecha trabajaba en la base, estimulando lo que no podía alcanzar. Los gemidos de ella eran ronquidos de asfixia y placer puro. Bryan, envalentonado, dejó caer sus manazas sobre sus pechos, apretando la seda roja, sintiendo los pezones duros como piedras bajo la tela. Con los ojos llorosos, las pestañas corridas por el rímel, Carolina dejó escapar un jadeo y se separó con un chasquido húmedo. Giró la cabeza y su lengua experta descendió al saco de sus testículos, tensos y recogidos. Lamió, succionó, los recorrió con una paciencia que lo enloqueció. A Bryan nunca se lo habían chupado así. Era devoción. Fue un martirio de placer. De repente, un espasmo lo sacudió. El aviso fue un gemido ahogado, una contracción de sus testículos.

—Ay... tía...

Fue un chorro caliente y espeso, sin aviso, que impactó en la mejilla de Carolina y se deslizó a sus labios abiertos. Un segundo disparo le manchó el cuello, mezclándose con la gota de sudor de hacía horas. Carolina no se enojó. Jadeando, con el cuerpo vibrando en una excitación no satisfecha, recibió el tercer y cuarto chorro con la boca abierta, el esperma blanco y denso resbalando por su lengua. Era una pintura viva, salvaje y primitiva.

El silencio volvió, solo roto por la respiración de dos animales heridos. Carolina se incorporó lentamente. Su vestido rojo estaba manchado de blanco, su maquillaje era un desastre. No dijo nada. Miró a Bryan, que aún temblaba, y en sus ojos ya no había el brillo de la tía cariñosa. Había un abismo, un terror oscuro y una fascinación nueva. Se tocó el cuello manchado con la punta de los dedos y se dio media vuelta.

Sin una palabra más, caminó hacia su cama, a la vista de todos, y se dejó caer de lado, de espaldas a él. Bryan, con las piernas de trapo y la mente en blanco, se derrumbó en el sofá, su cama de exiliado. El sueño lo venció como un mazazo, arrastrado por el viaje, el baile y el orgasmo aniquilador.

Del otro lado de la biblioteca, Carolina, con el cuerpo aún manchado y el sabor salado en la boca, no pensaba en lo que había hecho. No había espacio para la culpa. Mientras el sol de la mañana empezaba a filtrarse por los ventanales, cerraba los ojos y su mente se reducía a una sola imagen, un pensamiento fijo que la mecía hacia la inconsciencia: "La tiene enorme". Y con esa verdad inapelable tatuada en el cerebro, se durmió profundamente.

Continuara...

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