Cap. 1 Una vida monótona
El día de Alejandro había transcurrido como cualquier otro, no había sucedido nada fuera de lo común y la fría monotonía del hospital lo estaba asfixiando, sentado en su consultorio escuchando a sus pacientes y emitiendo breves sonidos o realizando pequeños ademanes para indicar a los pacientes que se detuvieran. Durante las últimas cinco horas, no había escuchado otra cosa que no fuera nada más que madres: madres locas, madres histéricas o neuróticas e hijos que quieren matarlas o piensan que ellas quieren asesinarlos, madres vivas que deseaban vivir a través de sus hijos y madres muertas que vivían a través de ellos.
Se había limitado a asentir un montón de veces y a tomar unas cuantas anotaciones mientras las charlas continuaban, tamborileaba un poco los dedos y se aclaraba la garganta cuando la sesión estaba por terminarse y eso le indicaba a los pacientes que debían de comenzar a concluir el monólogo que con tanto entusiasmo o ira estaban desempeñando.
La última de las citas de Alejandro estaba por terminar y el joven de ojos café oscuro que estaba frente a él no dejaba de hablar de su madre sobreprotectora y neurótica. El joven doctor dirigió una rápida mirada al reloj que se encontraba justo detrás de la cabeza de su paciente, cuidadosamente colocado fuera de la vista de los pacientes de manera que pensaran que el terapeuta los miraba a ellos y no a la hora. «Quince minutos» se dijo mientras cerraba el expediente con delicadeza. El castaño le miró extrañado a través de sus lentes hípster y torció el gesto con desánimo.
—¿Hemos terminao? —preguntó con tristeza.
—Nos quedan diez minutos —respondió Alejandro con tranquilidad—. ¿Algo que quieras comentar como conclusión de la sesión?
El joven reflexionó unos segundos pero negó rápidamente con la cabeza. No le interesaba hablar, con el tiempo, Alejandro se había dado cuenta de que al joven andaluz le gustaba hablar sin parar, pero odiaba reflexionar sobre lo que había hablado, regresar solo un segundo para pensar en lo dicho, o simplemente tener que repetir las cosas le resultaba odioso y terminaba negándose rotundamente.
—Pues bien —continuó el psicólogo mientras se levantaba con elegancia de su silla—, lo de siempre, mirarse al espejo por —dudó unos segundos— seis días y enumerar tus cualidades, cinco minutos en la mañana y cinco más en la noche.
—Hemo’ reducido lo’ día’ —dijo alegre.
—Sí, señor Rogel, está avanzando —dijo mientras le extendía un pequeño rectángulo de papel—, reciba la orden, para el doctor Luzurriaga, para que vuelva a surtirse con sus antidepresivos.
El joven psicólogo miró detenidamente a su paciente mientras este hacía malas caras al pase que le entregaban. Pudo notar cómo se rascaba su escasa barba, como dudando si aceptar las indicaciones de Alejandro. A decir verdad, el señor Rogel era bastante extraño, a sus veintitantos años, era poseedor de un número bastante interesante de prejuicios y manías. Y no hablamos solamente de su acento y pronunciación inexactos, sino también de las actitudes que tomaba ante ciertas situaciones. Sus citas se llevaban a cabo cada jueves, todos los jueves, a la misma hora y cuando el día o la hora no estaban disponibles, él simplemente optaba por esperar por la cita más próxima que cumpliera con sus necesidades.
Exigía siempre ser el último paciente en ser atendido, alegando que le gustaba ser el último —aunque Alejandro pensaba que más bien se debía a una interpretación personal que relacionaba el ser el último con ser el primero—, le exasperaba tener que esperar más de cinco minutos en consulta externa y por ello llegaba siempre a la hora exacta, ni un minuto más, ni un minuto menos.
Además de eso, durante las sesiones, se hizo evidente su renuencia al contacto visual y un severo conflicto con los médicos. Alejandro, al no ser doctor en medicina, podía tolerarlo, pero al joven Rogel le causaba una gran incomodidad asistir al psiquiatra cada dos meses.
—No lo necesito —dijo empujando la mano de Alejandro con delicadeza—, estoy bien doctor Bravo.
—Excelente, entonces tampoco le hará falta la cita —respondió Alejandro sonriendo con ironía—, ya no saque subsecuente, hemos terminado, está sano señor Miguel Ángel.
La expresión de pánico que invadió el rostro del chico fue suficiente para que el rostro de Alejandro marcara una sonrisa de autosatisfacción, arrebató el papel de sus manos y se dirigió a la puerta del consultorio.
—Llámeme Mangel, doctor —dijo antes de salir del lugar.
La sonrisa burlona que había ocupado el rostro de Alex continuaba ahí mientras hacía algunas anotaciones en el expediente, ni siquiera miró a su paciente, sabía que este no esperaría esa respuesta de su parte. Mangel no había cambiado mucho desde la primera vez que había cruzado la puerta de su consultorio, su mirada cálida y sus manías extrañas no habían querido ceder en absoluto y eso, más que desanimar o desconcertar a Alejandro, parecía intrigarlo.
Normalmente los pacientes, luego de unos cuantos meses de externar sus sentimientos y tragedias cotidianas, solían darse cuenta y asumir con mucha tranquilidad que todos los defectos que atribuían a sus madres y familiares eran inherentes a ellos mismos y que las actitudes que tanto recriminaban a los demás eran las mismas que ellos mismos ejercían en su vida; así, alguien que se quejaba de falta de atención, solía ignorar a Alejandro cuando daba indicaciones sencillas sobre el tratamiento.
Una vez hecho este descubrimiento, era el momento de trabajar juntos para cambiar actitudes y sanar heridas; sin embargo, en el caso de Mangel, ese sencillo descubrimiento aún se encontraba a años luz de suceder, en cuatro meses de tratamiento, habían sido pocos los cambios o avances que tenían, Alejandro estaba convencido de que no avanzaban porque Mangel se negaba rotundamente a cambiar.
Mangel veía la terapia como un vertedero en el cual depositar toda la mierda que le cargaban durante el día, un reset para cada día, pero su intención de no cambiar era clara, no solo para Alejandro, sino para los otros tres terapeutas que Mangel había tenido antes que él.
El joven se levantó de su asiento y colocó los expedientes en el cajón de su escritorio. Colgó su bata en el respaldo de su silla y se encaminó a la puerta con todos esos pensamientos en su cabeza. Se giró para dar un vistazo al aséptico consultorio, solo un escritorio, dos sillas y unos cuantos estantes con libros de psiquiatría. Echó un último vistazo al cuadro de Freud que lo observaba desde atrás de su silla y salió del consultorio con aire animado. Giró la llave en la cerradura y se dispuso a atravesar los blancos pasillos del hospital de Madrid.
Saludó a unas cuantas enfermeras mientras recorría los pasillos y cruzó mirada con algunos familiares que se disponían a tomar la guardia para cuidar a los pacientes. Alex amaba trabajar en un hospital, el ambiente hospitalario siempre había sido agradable para él, así que se acomodó la camisa con cuidado y atravesó las puertas corredizas para salir a las cálidas calles de Madrid.
Alejandro no era amante de utilizar el metro, pero la desidia lo había obligado en varias ocasiones a posponer el trámite para sacar el carnet de conducir, un año, dos años, luego indefinidamente, caminó unas cuantas cuadras bajo la luz de la luna hasta llegar a la estación del metro más cercana, atravesó Sol con rapidez y se introdujo en el subterráneo.
Pocos minutos pasaron hasta que llegó el metro, se introdujo en cuanto se abrieron las puertas y se sentó en una banca al fondo del vagón. Para Alex, esto se había convertido en una rutina inquebrantable, cada día el mismo camino, el mismo horario y las mismas charlas en la consulta, esto no le aburría, como al resto de las personas podría pensar, esa era su vida y ya estaba acostumbrado. La monotonía era lo único que daba sentido a su vida centrada en el caos; manejar el desorden de las mentes requería un orden en tu vida si no querías ser arrastrado a la oscuridad de los pacientes que tratabas, o por lo menos eso es lo que Alejandro se decía cada vez que la rutina comenzaba a molestarle.
La puerta del metro se abrió en una de las estaciones y Alejandro se giró para verla por inercia y en ese momento, lo vio: un chico bastante alto de aproximadamente un metro noventa entró con una gran sonrisa al vagón, se colocó en el extremo opuesto del tren, pero debido a la poca gente Alex pudo observarlo con suma facilidad. Su cabello rubio y alborotado y sus ojos verdes embriagaron los sentidos de Alex.
Al principio Alejandro no le tomó importancia, no era la primera vez que un chico atractivo se subía al metro y él sentía un revuelco en el estómago, o... más abajo inclusive, pero mientras pasaban las estaciones una tras otra, comenzó a notar que no podía dejar de verlo. «Deja de mirarlo —se dijo—, se dará cuenta y te sentirás muy incómodo.» Una, dos, tres, siete estaciones, Alex no podía evitar dirigir unas pocas miradas al chico del otro lado del vagón, pero esta vez, más disimuladas, una o dos veces entre estación y estación y rápidamente para evitar ser notado por el muchacho. Hasta que al final, el joven rubio bajó del vagón llevándose la mirada tranquila del joven psicólogo.
Alex simplemente subió el volumen a la música, sumiéndose en sus pensamientos, pensando en aquel chico sin darle mucha importancia, sabiendo, lo que era obvio de suponer, que, como pasa todos los días, en el eterno intercambio de personas que es la vida: nunca lo volvería a ver.








