El calor que derrite la nieve

Summary

Personajes de Mo Dao Zu Shi

Genre
Erotica
Author
juliana
Status
2mo ago
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

1

Era una tarde normal en la posada. Ese día me tocaba trabajar hasta la noche, así que pasaba las horas sirviendo comida y bebidas en las mesas mientras el viejo Liu cocinaba en la cocina. Como el local abría hasta muy tarde y solo éramos dos empleados (contándome a mí) más el dueño, él me había acogido y dado trabajo después de que me echaran del clan Lanling Jin por un malentendido.

Justo cuando terminé de atender la última mesa y pensaba sentarme un momento a descansar, entraron unos cultivadores vestidos de blanco inmaculado, el color del clan Gusu Lan. Se sentaron en una mesa y fui a tomarles la orden. Eran dos juniors y el famosísimo Segundo Jade, Lan Zhan o Lan Wangji, como lo llamaban oficialmente. Para mí siempre sería Lan Zhan, porque me había enamorado de él a primera vista cuando, siendo empleado temporal en su secta, choqué literalmente con él.

Me arreglé la ropa de prisa, tomé aire y me acerqué. Pidieron bocadillos y té. Anoté la orden y corrí a la cocina, pero entonces se me ocurrió una pequeña travesura: ¿y si, en vez de té, les servía un poco de licor? Solo un poquito, para ver qué pasaba.

Serví todo y me escondí detrás del mostrador. Me asomé con disimulo. Los juniors tomaron dos copas y enseguida se les notó que estaban borrachos; en cambio, Lan Zhan solo bebió una y se quedó profundamente dormido.

Como buen anfitrión, acompañé a los juniors a una habitación con dos camas y a Lan Zhan lo llevé a un cuarto más privado. Lo deposité con cuidado en la cama y, cuando me disponía a irme, me agarró del brazo y me tiró encima de él.

Me quedé completamente rojo. Entonces lo oí murmurar:

—¿Por qué estás rojo? Eres muy hermoso.

Me quedé impactado. Sabía que tenía una belleza poco común, pero oírselo decir a él era otro nivel. Estábamos tan cerca que podía oler el sándalo de su ropa. De repente, su otra mano subió hasta mi cadera. Intenté levantarme; la parte racional de mí gritaba que lo detuviera, que no pasara nada más pero otra parte deseaba que siguiera tocándome.

Cuando intenté apartarme, él me dio la vuelta y quedé debajo. Me miró intensamente y me abrazó, escondiendo la cara en mi cuello.

—¿Realmente eres tú o solo estoy alucinando?

Algo en mi pecho dolió y a la vez cosquilleó. Dejé que la razón se apagara. Le devolví el abrazo por impulso. Eso pareció activar algo en él: empezó a besarme el cuello, a lamer

Solo con eso ya jadeaba; nunca imaginé que esa zona fuera tan sensible.

Sus manos intentaron quitarme la ropa; lo ayudé poco a poco y, al mismo tiempo, le fui desvistiendo yo. Sentía sus músculos firmes bajo mis dedos; mi piel se erizaba con cada roce. Sabía lo que iba a pasar y estaba nervioso: nunca lo había hecho y jamás pensé que mi primera vez sería con la persona que amaba.

Cuando se quitó hasta la ropa interior, lo vi completamente desnudo. Él buscaba algo en la mesita de noche; yo sabía perfectamente qué era. Saqué de mi ropa un frasquito de aceite esencial que usaba para bañarme. Se lo di. Lo miró un segundo, lo abrió, vertió una buena cantidad en su mano y empezó a prepararme.

Al principio fue raro y doloroso, pero me acostumbré. Cuando metió más dedos y tocó cierto punto, vi estrellas. Me corrí solo con eso. Después de unos segundos más, sacó los dedos y sentí su miembro rozando mi entrada varias veces hasta que, de una sola embestida, entró por completo.

Se me cortó la respiración. La primera fue brutal; dolía muchísimo. Lan Zhan me vio llorar y me besó. Empezó suave, luego con pasión. Me relajé tanto que él gruñó y comenzó a moverse más rápido. Ya no dolía tanto y, cuando volvió a tocar ese punto, olvidé todo el dolor. Nos besábamos y él acertaba una y otra vez; me vine varias veces. Él se corrió dos, llenándome tanto que me encantó.

Al final se quedó dormido. Me levanté despacio (me dolía todo el cuerpo), lo vestí perfectamente, limpié el cuarto y, antes de irme, le di un beso en los labios y otro en la frente. No imaginé que ese día mi amado me daría la mejor noche de mi vida y tomaría mi virginidad.

El abuelo decía que la primera vez marcaba a la persona con quien podrías pasar el resto de tu vida. Sonreí mientras iba a mi cuarto, me bañé con agua templada y, aunque no dormí nada por el dolor y la emoción, a la mañana siguiente me levanté a las cuatro, tomé algo para el dolor y también para no quedar en cinta. Después preparé los desayunos. Hice una sopa ligera de arroz especial para mis invitados.

A las cinco abrí la posada. Los Lan bajaron impecables y en silencio. Les serví y dije que la comida era por cuenta de la casa (aunque en realidad la pagué yo; el viejo Liu era muy avaro).

Cuando fueron a pagar, Lan Zhan me miró un segundo, preguntó el precio y dejó mucho más de lo debido. Me quedé helado, pero antes de que pudiera decir algo, se fueron.

Seguí trabajando hasta que llegó el otro empleado. Agarré un bolso y fui al mercado por verduras y carne. Como siempre, escuchaba rumores y regateaba precios. Al volver, cargado de bolsas, choqué con alguien y casi me caigo. Una mano me sostuvo. Alcé la vista: era Lan Zhan.

Me sonrojé, le agradecí y, cuando intenté irme, dijo:

—Te ayudo.

Mi mente explotó en mil pensamientos. Intenté negarme, pero insistió. Le di la bolsa más limpia y me acompañó hasta la posada y a algunos recados más. Lo invité a té para agradecerle; aceptó. Esa noche volvió a la posada y se quedó todo un mes por una misión. El trabajo que le habían encargado era más complicado de lo esperado, pero él lo terminó en tiempo récord.

Cada día me enamoraba más. Era amable, me ayudaba, aunque hablaba poco. Paseábamos por el pueblo, le contaba historias, chismes Parecíamos en una cita de ensueño. La señora Pi, la frutera, un día me dijo: «Ese no parece tu amigo, parece tu pareja». Me sonrojé tanto que casi lloro.

Una tarde, al volver de un mandado, Lan Zhan me esperaba en la entrada. Me llevó un poco aparte y dijo:

—¿Desearías vivir en Gusu conmigo?

Mi cerebro dejó de funcionar. La persona que amaba me pedía vivir juntos. Grité que sí, emocionado. Me dijo que lo esperara en la entrada, que vendría a buscarme.

Subí corriendo, guardé mi poca ropa y el broche de pelo de mi madre. El viejo Liu me vio arreglado y feliz; le conté todo. Me sonrió y dijo: «Siempre tendrás una casa aquí si decides volver».

Esperé hasta casi la noche. Pasó mucho tiempo y pensé que me dejaría plantado. Estaba a punto de entrar cuando oí cascos de caballo. Era él. Se bajó, me tendió la mano, me ayudó a subir y luego montó detrás de mí. Cabalgamos hasta la secta de Cloud Recesses.

Un sirviente nos abrió. Me llevó a una casa apartada y elegante: el Hanshi.

Lan Zhan entró primero. Yo lo seguí con el corazón todavía acelerado por el viaje y por todo lo que acababa de aceptar. La habitación era amplia, limpia, con ese olor suave a sándalo que siempre lo acompañaba. Había una sola cama grande, una mesa baja, estanterías con rollos y una ventana que daba al bosque.

Me quedé de pie en medio de la habitación, un poco perdido.

—¿Dónde duermo? —pregunté en voz baja.

Lan Zhan me miró un segundo. Luego señaló la cama con naturalidad.

—Aquí.

Me puse rojo hasta las orejas. Solo había una cama. Una.

Esa primera noche me acosté lo más al borde posible, casi cayéndome. Lan Zhan se recostó a mi lado con la misma calma de siempre, cerró los ojos y en cuestión de minutos su respiración se volvió profunda y regular. Yo, en cambio, me quedé despierto un buen rato, sintiendo el calor de su cuerpo a pocos centímetros, el leve roce de su túnica y el sonido tranquilo de su respiración. Cada vez que él se movía un poco, yo me tensaba y el corazón me latía tan fuerte que temía que lo escuchara.

Pasaron varios días.

Me fui adaptando poco a poco a las normas de Gusu: no correr, no gritar, no beber, caminar con la espalda recta, hablar en voz baja. Por las mañanas ayudaba a los juniors a cargar cajas de hierbas medicinales, a ordenar la biblioteca o a limpiar los pasillos. Ellos me miraban con curiosidad al principio, pero pronto se acostumbraron a verme. Por las tardes regresaba al Hanshi, donde Lan Zhan casi siempre estaba leyendo o tocando el guqin en silencio.

Y yo me enamoraba un poco más cada día.

Me enamoraba cuando me dejaba una taza de té ya servida sin decir nada.

Cuando, al verme tiritar una mañana fría, me colocaba una capa extra sobre los hombros con ese gesto silencioso y preciso.

Cuando, sin que yo se lo pidiera, apartaba los rollos que yo no alcanzaba en el estante más alto.

Cuando por las noches, si yo me movía demasiado cerca de la orilla de la cama, él extendía un brazo y me acercaba un poco hacia el centro para que no me cayera… aunque después fingiera seguir dormido.

Cada detalle mínimo me derretía.

Una noche, después de casi una semana, me atreví a acostarme un poco más cerca. Lan Zhan abrió los ojos un instante, me miró con esos ojos dorados en la penumbra y solo dijo:

—Duerme.

Pero no se apartó.

Y yo, con el rostro ardiendo y una sonrisa tonta escondida en la oscuridad, pensé que jamás había sido tan feliz… ni tan profundamente enamorado de alguien que apenas hablaba.

Los días siguieron pasando con esa misma calma silenciosa.

Cada mañana me despertaba antes que él, aunque intentaba no hacer ruido. Aun así, a veces lo encontraba ya despierto, sentado junto a la ventana con el cabello todavía suelto, mirando el bosque como si escuchara algo que yo no podía oír. Cuando me veía, solo inclinaba ligeramente la cabeza y yo sentía que el pecho se me llenaba de una calidez tonta.

Empecé a conocer sus pequeñas costumbres.

Sabía que le gustaba el té un poco más amargo por las mañanas. Que ordenaba los pinceles siempre del mismo modo. Que, aunque no lo dijera, prefería que yo me quedara dentro del Hanshi cuando llovía fuerte. Una tarde, mientras ayudaba a los juniors a trasladar unos estantes nuevos a la biblioteca, me caí y me raspé la rodilla. No fue nada grave, pero cuando regresé al Hanshi cojeando un poco, Lan Zhan levantó la vista del libro y frunció casi imperceptiblemente el ceño.

Sin decir nada, se levantó, me hizo sentar y limpió la herida con agua tibia y un paño suave. Sus dedos eran cuidadosos, precisos. Yo me quedé completamente rojo, mirando su cabello negro caer sobre su hombro mientras se inclinaba hacia mí.

—No es necesario que… —intenté decir.

—Quietо —fue lo único que respondió.

Y yo me callé, sintiendo que el corazón me latía hasta en la garganta.

Esa noche, cuando nos acostamos, ya no me pegué tanto a la orilla. Me atreví a quedarme un poco más cerca del centro. Lan Zhan no dijo nada. Solo apagó la lámpara. En la oscuridad, después de un rato, sentí cómo su mano buscaba la mía sobre la sábana. No entrelazó los dedos del todo solo rozó los míos con la yema de los suyos, como si comprobara que yo seguía allí.

Me quedé sin respiración.

—Lan Zhan —susurré.

Él no respondió con palabras. Solo apretó un poco más mis dedos y, después de unos segundos, soltó un suave:

—Mn.

Ese simple sonido me hizo sonreír en la oscuridad como un tonto.

Al día siguiente, mientras desayunábamos en silencio, me atreví a preguntarle:

—¿Te molesta que esté aquí?

Lan Zhan dejó la taza sobre la mesa con cuidado. Me miró con esos ojos dorados tan serios y, después de un momento que se me hizo eterno, respondió:

—No.

Solo eso. Pero la forma en que lo dijo tan quieta, tan segura me hizo sentir que, por primera vez, realmente pertenecía a ese lugar.