El sabor de Max
La terminal de Ómnibus de Retiro apestaba a piso recién trapeado, a nafta y a esa desesperación silenciosa de la gente que espera. Abigail apretó la correa de su bolso de lona contra el hombro y caminó hacia el andén 12 con los pasos firmes de quien no quiere mirar atrás.
Cinco años de facultad. Un departamento en Caballito que sus padres le habían regalado al recibirse —«para que tengas tu independencia, nena»— y que ella vendió en cuarenta y ocho horas sin consultarles. La plata en el banco. Una casa comprada por internet en un pueblo llamado Mar de las Ánimas, cinco mil habitantes, costa bonaerense, donde el ruido más fuerte era el romper de las olas.
"Necesito aire", se repitió mientras el colectivo empezaba a moverse. "Necesito dejar de escuchar sirenas".
El viaje duró seis horas. Durmió a ratos, despertándose con el cuello torcido y la certeza de que tal vez estaba haciendo una locura. Pero cuando el micro frenó frente a la única estación de servicio del pueblo —una YPF destartalada con un cartel pintado a mano que decía Bienvenidos—, sintió algo parecido a la paz.
La casa era más linda que en las fotos. Una construcción antigua de techo a dos aguas, paredes blancas descascaradas por la salitre, un jardín delantero invadido por pasto alto. Adentro, olor a madera vieja y a mar. El estudio estaba al fondo: ventanal que daba al patio trasero, escritorio de roble, estanterías vacías esperando sus libros de impuestos y balances.
La inmobiliaria le había avisado por teléfono: «Los dueños se van del país, no pueden llevarse al perro. Si no lo quiere, lo llevamos a un refugio». Abigail no dijo que sí ni que no. Dijo «ya veremos». Pero ahí estaba el animal, sentado en el medio del living como si supiera que ella era la nueva dueña del lugar.
Un pastor alemán enorme. Pelaje negro y marrón, orejas erguidas como antenas, ojos marrones que la miraban con una intensidad que la incomodó. Max, tres años, según el papel pegado con cinta a la heladera, junto con una bolsa de alimento balanceado y una correa de cuero.
Ella nunca había tenido una mascota. Ni un pez.
Tiempo presente.
El sol de enero pegaba fuerte en la playa de Mar de las Ánimas. La arena no era blanca como en el Caribe sino grisácea, mezclada con conchillas rotas y algas secas. El viento venía del sur, fresco, y levantaba pequeñas nubes de polvo que se pegaban en la piel sudorosa.
Abigail caminaba descalza por la orilla, sintiendo el agua fría morderle los tobillos. Usaba un bikini negro de dos piezas —el de siempre, el que usaba en Punta del Este cuando sus padres todavía la invitaban a las vacaciones familiares—, las tiras ajustadas marcándole la cadera. Sus gafas de sol grandes le cubrían medio rostro, pero el collar sencillo de plata que llevaba desde los dieciocho le bailaba sobre el esternón con cada paso.
El pelo, castaño oscuro, lo llevaba recogido en una cola de caballo alta que le dejaba el cuello al descubierto. Ahí notaba más el sol: un calorcito que le bajaba por la espalda hasta los omóplatos.
Max caminaba a su derecha, siempre un paso atrás. No tiraba de la correa, no se adelantaba. Simplemente la seguía, con esa forma tranquila pero atenta de los perros que saben algo que uno ignora.
"—Qué bien te portas, che", murmuró ella, más para sí misma que para el animal.
Max giró la cabeza hacia ella un segundo. La lengua le colgaba de costado, feliz, pero los ojos seguían fijos en algún punto adelante. Como un guardaespaldas.
Abigail pensó: "¿Cómo cuido a un perro?". No sabía nada. Ni cuándo darle de comer, ni cuánto, ni si necesitaba vacunas, ni si ladraba de noche. "La primer cagada que se manda, lo doy en adopción", había resuelto. Pero Max no se mandaba ninguna. Caminaba junto a ella, obediente. Cuando ella se agachaba a recoger una caracola, él se sentaba y esperaba. Cuando ella entró al agua hasta la cintura sintiendo el frío electrizarle la piel, él se quedó en la orilla moviendo la cola.
—¿No te gusta el agua? —le preguntó, salpicándole.
Max metió una pata, dudó, la sacó. La miró con una expresión casi cómica de resignación.
Abigail se rió. Un poco. El primer sonido alegre que hacía en días.
Pasaron una hora así, entre caminatas por la orilla y juegos torpes —ella tirándole un palo que Max olfateaba y luego ignoraba con dignidad—. El sol empezaba a bajar, tiñendo el horizonte de un naranja sucio. La marea subía. El viento se hizo más húmedo.
—Vamos, nene —dijo ella, y Max la siguió sin chistar.
La casa los recibió con ese olor a encierro y sal. Abigail colgó la correa en un gancho junto a la puerta y fue directo a la cocina, donde abrió la bolsa de alimento. Midió con la taza medidora —dos tazas, decía el papel— y las volcó en el plato metálico que los dueños anteriores dejaron. Max se sentó a un metro de distancia, esperando.
"—Qué bien educado", pensó ella. "Raro".
Cuando el perro empezó a comer —con un ruido seco, apurado pero limpio—, Abigail se metió al baño.
El baño principal era pequeño: un lavatorio con espejo despintado, un inodoro con la tapa de madera, y una bañera de hierro blanco con patas de garra. La luz era tenue, amarillenta, como de velorio.
Se quitó el bikini frente al espejo. Se miró un momento, porque la mirada es un acto político con una misma.
Su cuerpo era atlético sin perder la curva. Las piernas tonificadas, de correr y nadar, pero los muslos tenían volumen. La cintura definida, ese triángulo invertido que se marca cuando una hace abdominales, pero abajo las caderas se abrían generosas. Los pechos redondos, naturales, un poco separados entre sí. La piel blanca de nacimiento pero ahora tostada por el sol de tres días, bronceada pareja excepto las líneas blancas que marcaban las tangas del bikini.
Abrió la canilla de la ducha. El agua tardó en calentar; primero salió helada, marrón por las cañerías viejas, después tibia, después caliente. Se metió sin esperar a que quemara, porque le gustaba esa transición: el frío que duele, el calor que consuela.
Se enjabonó el cuerpo con un jabón líquido de vainilla, las manos deslizándose por sus propios brazos, su pecho, su vientre. Cerró los ojos y sintió el agua caerle sobre la cara, los labios, los párpados. "Estás sola", pensó. "Nadie te mira. Nadie te juzga. Nadie te pregunta cuándo vas a dar el siguiente paso".
Su mano bajó por el estómago, los dedos rozando el vello púbico. No para tocarse de verdad, solo para sentir. La calidez. La humedad. "Tres meses sin nadie", calculó. No le molestaba. Le molestaba más la pregunta que siempre seguía: ¿y por qué no te molesta?
El vapor empañó el espejo. Su silueta se difuminó.
Salió de la ducha envolviéndose en una toalla grande, blanca, que ya no olía a suavizante de capital sino a ese jabón en pan que vendían en el almacén de la esquina. Se secó el pelo a penas, lo suficiente para que no le chorreara la espalda, y abrió la puerta del baño.
Max estaba sentado en el pasillo.
La miraba fijo. Esos ojos marrones, profundos, casi humanos en su atención. La lengua le asomaba apenas, un triángulo rosado entre los labios negros. No ladró. No se movió. Solo la miró.
Abigail se rió, un sonido bajo y gutural que salió más ronco de lo que esperaba.
—¿Te gusta el cuerpo de tu dueña? —dijo, moviendo los pechos hacia los costados con las manos, un gesto burlón, provocador.
Max sacó la lengua por completo. Jadeó. La cola golpeó el piso una vez, fuerte.
"—Qué perro raro", pensó ella. Pero no dejó de sonreír.
Se agachó frente a él —la toalla subiéndole un poco más arriba de los muslos— y le pasó la mano por la cabeza. El pelo del perro era áspero pero caliente. Él inclinó el hocico hacia la palma de ella, y por un segundo, apenas uno, Abigail sintió que esa mirada la traspasaba.
—Tenés olor, che —dijo, y era verdad. Max olía a perro mojado, a arena, a animal—. Vamos a bañarte.
Meter a un pastor alemán de casi cuarenta kilos en una bañada de hierro fue una operación más compleja de lo que imaginó. Max no se resistió, pero tampoco colaboraba; se quedó rígido, las patas temblorosas sobre el esmalte resbaladizo, mientras Abigail lo sostenía con una mano y abría la ducha con la otra.
—Tranquilo, tonto, no te voy a lastimar.
El agua cayó sobre el lomo negro del perro, y Max dio un respingo. Después se quedó quieto, resignado, como si entendiera que esto era parte del trato.
Abigail usó el mismo jabón de vainilla porque no tenía otro. Lo enjabonó con las manos, sintiendo el pelo mojado volverse pesado y pegajoso. Le masajeó el cuello, la cruz, la espalda. Max cerró los ojos. Un gemido bajito, casi un suspiro, se le escapó de la garganta.
—Ah, ¿te gusta? —dijo ella, y le rascó detrás de las orejas.
El pelaje marrón se oscurecía con el agua, dejando ver la piel rosada debajo. Abigail se concentró en limpiarlo bien, en pasar los dedos entre los pliegues de las patas, en la barriga que era más suave y más caliente.
Cuando llegó a la parte trasera, dudó un segundo. "Bueno, es un perro. No es un hombre".
Le levantó la cola con cuidado y enjabonó la zona. Los testículos se le notaban ahora, dos bultos redondos cubiertos de pelo corto, y más adelante, algo rojo.
Lo primero que pensó fue que era una herida. Un corte. Un rasguño. Pasó el dedo por encima, suave, para limpiar la espuma, y el perro movió la cola.
Terminó de enjuagarlo. El agua cayó gris al principio, después clara. Abigail cerró la ducha y alcanzó una toalla grande —otra de las que había comprado en la ferretería— y empezó a secarlo.
El perro se sacudió antes de que ella pudiera cubrirlo, y un rocío helado le pegó en la cara, el cuello, los pechos. Abigail rió, maldijo entre dientes, y lo envolvió en la toalla igual.
Le frotó las orejas, el lomo, las patas. Él se dejaba hacer, pesado y caliente, mientras ella lo iba turnando para secar cada parte.
Cuando llegó de nuevo a la zona trasera, la toalla rozó algo que sobresalía.
Era carne. Roja. Lisa.
No era una herida.
Abigail separó un poco el pelo húmedo y se quedó mirando. El miembro del perro estaba parcialmente erecto. No del todo, pero sí hinchado, asomando por el prepucio como un capullo rosado que no terminaba de abrirse.
"—Raro", pensó, pero no le dio importancia. Siguió secando.
Los testículos. La base. La toalla pasó otra vez por ahí, y entonces notó que lo rojo se había alargado. Creció dos centímetros más. El glande, porque ya era evidente que era eso, se volvía más grueso, más brillante.
Abigail frunció el ceño. No sintió asco. Sintió curiosidad.
—¿Te hago daño, Max? —preguntó, en voz baja.
El perro movió la cola. Dos golpes firmes contra la toalla. Y la miró con esos ojos marrones, tan quietos, tan profundos, que ella tuvo la sensación de que él entendía perfectamente lo que estaba pasando.
"—No, no jodas", se dijo. "Es un perro".
Pero siguió secando. Los dedos rozando la piel caliente del miembro, que ahora ya medía unos siete centímetros y seguía creciendo. El glande se ensanchaba, redondeado, de un rojo intenso y húmedo. La base se engrosó en una especie de bulbo que ella nunca había visto en ningún libro de biología.
—Max —dijo, y su voz sonó distinta. Más baja. Más lenta—. Nunca tuviste una perra como novia, ¿no?
Fue como si esas palabras fueran un interruptor.
El perro movió el cuerpo. No mucho. Un vaivén rápido, de adelante hacia atrás, casi imperceptible. Y entonces el miembro se extendió por completo, largo y recto, y en la punta algo blanco y espeso brotó.
Cayó en la mano de Abigail.
Ella no se movió. No retiró la mano. Se quedó mirando ese líquido blanco que le cubría los dedos índice y medio, tibio, resbaladizo. Max dejó de moverse, suspiró con fuerza, y la miró. La lengua le colgaba de costado. Estaba tranquilo. Casi satisfecho.
"Eso fue…", pensó ella, y la frase se le cortó.
En lugar de enojarse, de lavarse la mano asqueada, de gritarle al perro o de reírse nerviosa, Abigail sintió que su pecho se apretaba. No era miedo. Era otra cosa. Era la punta de un hilo que alguien empezaba a tirar.
Miró su mano. El semen blanco, opaco, resbalándole entre los dedos.
"¿Qué sabor tendrá?"
La pregunta no vino de su cabeza racional. Vino de algún lugar más abajo. Del vientre, tal vez. De esa zona caliente que el agua de la ducha no había terminado de calmar.
Se llevó la mano a los labios.
Pasó la lengua por el dorso de los dedos, donde había menos cantidad. El sabor era suave. Ligeramente salado, pero sin el amargor metálico que recordaba de otras veces —de las veces con humanos, con hombres que la besaban y después le pedían que bajara. No, esto era distinto. Más limpio. Casi dulce.
Abigail chupó el resto. Limpió su mano con la lengua, lentamente, sintiendo cómo la textura se deshacía en su boca.
"¿Qué estoy haciendo?"
La conciencia volvió como un baldazo de agua fría. Abrió los ojos —¿cuándo los había cerrado?— y vio a Max, quieto, mirándola. El miembro ya empezaba a retraerse, perdiendo tamaño, volviendo a esconderse en el prepucio.
Ella abrió la canilla del lavatorio y se lavó las manos con jabón. Frotó fuerte. Frotó hasta que la piel le quedó enrojecida y seca. No se animó a mirarse al espejo.
—Andá —le dijo a Max, sin voltearse—. Salí.
El perro no se movió.
—Salí, carajo.
Dio dos pasos torpes sobre la loseta mojada y salió del baño. La cola baja. No sumisa, pero sí confundida.
Abigail se agarró del borde del lavatorio y respiró hondo. Cinco veces. Diez. El pecho le subía y bajaba rápido. Los pechos aún desnudos bajo la toalla ya no le parecían graciosos. Eran carne. Como todo.
"—Sos una pelotuda"*, se dijo. "Un perro. Es un perro".
Pero la lengua seguía recordando el sabor.
Fue a su cuarto a cambiarse. Max la siguió por el pasillo. Callado. A un metro de distancia. Como un guardián entrenado.
Abigail se puso unos jeans blancos anchos, un top de lino color arena, y sandalias de cuero. Se secó el pelo mejor esta vez, lo soltó sobre los hombros, y se pintó los labios con un gloss transparente más por costumbre que por ganas.
"Tengo que salir. Tengo que hacer compras. Conocer vecinos. Decirles que soy contadora pública, que abro un estudio, que necesito clientes".
Agarró su billetera. Lentes de sol. Llaves.
Max estaba sentado en la puerta. La miraba con ojos grandes, oscuros, redondos como dos monedas de diez centavos. La cola no se movía. Solo la miraba.
Abigail sintió un escalofrío en la nuca. No era miedo. Era esa misma sensación de antes, la del hilo que tiran.
—¿Querés venir? —preguntó.
Max movió la cola. Una vez. Dos. Luego se puso de pie, orejas erguidas, lengua afuera, otra vez el perro obediente de siempre.
Ella le puso la correa, salió, cerró la puerta con llave. Mientras caminaban por la calle de tierra, pasando frente a casas bajas con cortinas de encaje y jardines llenos de lavanda, Abigail no pudo evitar murmurar, casi sin voz:
—Todos los perros son tan varoniles como Max… o es él nomás.
El viento le llevó la pregunta. Max caminaba a su lado sin mirarla, pero ella juró que el perro sonrió.
Continuara...








