Customize readability
Aa

⚜️💠Llama Radiante💠⚜️

Summary

Un Vestal y un General Romano. ♥️Abuso 🖤 Dominación alfa ♥️ Sumisión Omega

Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

🪻I🪻

La pira sagrada de la diosa Vesta chisporroteaba con un susurro constante, un eco eterno en el corazón del templo que Poseidón debía custodiar.

El humo blanco ascendía perezosamente hacia el óculo del techo, tiñendo el aire con el aroma dulce del laurel y la madera de encina.

Frente a las llamas, Poseidón parecía una extensión misma de la luz. Era un omega de una belleza casi irreal, de cabello rubio como el oro, una piel tan blanca y lechosa, y unos ojos de un azul lapislázuli.

A sus veinte años, el destino de Poseidón ya había sido sellado con un juramento inquebrantable. Había hecho sus votos ante el altar, prometiendo treinta años de absoluta castidad para mantener encendido el fuego sagrado que garantizaba la supervivencia y la gloria de la ciudad.

No había sido su elección, ni el sueño dorado de su infancia; sus padres, ambiciosos patricios que buscaban el favor de los dioses y asegurar el bienestar de su linaje, lo habían entregado al templo siendo apenas un niño. "Para mantenerlo puro y vivir bien". Un omega de su calibre, tan perfecto y divino, solo podía pertenecer a Vesta.

Pero la pureza en una ciudad plagada de ambición y deseos potentes era una joya demasiado expuesta.

Poseidón no contaba con que, desde las sombras de las columnas y a través de los patios públicos, unos ojos cargados de una voracidad primitiva lo observaban.

A la distancia, se encontraba un alfa. Pero no cualquier alfa. Era Leónidas, un general gigante, una fuerza de la naturaleza cuya sola presencia distorsionaba el aire a su alrededor.

Leónidas acababa de regresar de las campañas fronterizas, con el cuerpo curtido por la batalla, la piel bronceada y una cicatriz que le surcaba el rostro, dándole un aire aún más temible. Su aroma a tierra mojada y sangre (el inconfundible rastro de un alfa dominante y guerrero) flotaba como una amenaza invisible.

Desde el primer instante en que sus ojos se posaron en el joven vestal, una chispa de lujuria oscura se encendió en su pecho. Para Leónidas, la pureza no era algo sagrado que debiera venerarse; era un desafío, un lienzo en blanco que pedía a gritos ser manchado por sus propias manos.

Veía la pulcritud de Poseidón, su virginidad intacta y su andar etéreo, y solo pensaba en el momento en que pudiera corromper aquella divinidad.

Aquella mañana, los deberes de Poseidón lo obligaron a abandonar la seguridad del templo. El sumo sacerdote, un alfa anciano y severo, le había ordenado una tarea de suma importancia: trasladarse a la biblioteca principal de la ciudad para recoger unos textos antiguos, que prohibía que fuesen tocados por manos que no fueran las de un vestal consagrado.

Para la ocasión, Poseidón vestía una toga blanca, sujeta en los hombros con broches de oro, que se ceñía a su cintura revelando la delicadeza de su figura omega

Sobre sus hombros, para protegerse de la brisa matutina y ocultar parcialmente su identidad de las miradas curiosas, llevaba una pesada capa teñida de púrpura con bordes dorados, el color de la realeza y el estatus sagrado.

El camino hacia la gran biblioteca fue tranquilo, aunque Poseidón sentía una extraña pesadez en el pecho, un presentimiento que atribuyó al simple nerviosismo de salir al bullicio de la urbe.

Al llegar a las monumentales puertas de bronce, una figura familiar lo esperaba. Era Hermes, el bibliotecario principal y un beta de confianza del templo, quien al ver la capa púrpura se apresuró a recibirlo.

-Sea bienvenido, sagrado Poseidón -dijo Hermes, inclinando la cabeza con una reverencia tan profunda que su frente casi rozó sus propias rodillas.

Con suma delicadeza y respeto, Hermes le abrió la pesada puerta, permitiendo que el omega se adentrara por el portal del inmenso saber. El interior de la biblioteca era un laberinto de estanterías de madera que ascendían hasta techos, donde el olor a pergamino, tinta de sepia y cera de abejas lo inundaba todo.

Caminaron en silencio, con los pasos de Poseidón amortiguados por las sandalias de cuero, adentrándose en los sectores más restringidos del recinto.

Finalmente, llegaron a una cámara acorazada, custodiada por dos imponentes guardias imperiales armados con lanzas y corazas de bronce reluciente. Los soldados, al reconocer los ojos lapislázuli y los atributos del vestal, golpearon el suelo con sus lanzas al unísono, abriendo paso.

En el centro de la habitación, sobre un pedestal de piedra, descansaba una caja de madera de ébano con incrustaciones de plata.

Hermes, con movimientos lentos y casi rituales, abrió la caja. De su interior extrajo un paño de lino blanco que envolvía un pesado libro de cubiertas de cuero envejecido y grabados dorados cuyos caracteres Poseidón apenas alcanzaba a vislumbrar.

El contenido del libro era un misterio, un conocimiento prohibido que no debía ser abierto ni leído por nadie más que las altas esferas del culto, y cuyo transporte requería la inmunidad espiritual del omega.

-Aquí está, mi señor. Que los dioses guíen sus pasos de vuelta -susurró Hermes de manera respetuosa mientras le entregaba el bulto.

Poseidón asintió levemente, tomó el libro sagrado y lo abrazó con fuerza contra su pecho, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus brazos.

Dio media vuelta y regresó sobre sus pasos, cruzando de nuevo el laberinto de libros y saliendo por las grandes puertas de bronce.

Sin embargo, el peligro aguardaba en el foro.

Leónidas estaba allí, apoyado contra una de las columnas de mármol del mercado público, observando el flujo de plebeyos y patricios con el aburrimiento típico de un depredador que no encuentra presa digna.

Pero entonces, la figura de la capa púrpura emergió de la biblioteca.

Leónidas abrió los ojos como platos. El sol golpeó directamente el rostro de Poseidón, haciendo que sus cabellos rubios brillaran como un halo divino y resaltando la palidez lechosa de sus mejillas.

Era sublime, una visión que cortaba la respiración. Sus ropas y su porte gritaban a los cuatro vientos que se trataba de un sacerdote de Vesta, un ser intocable.

Pero Leónidas no era un hombre común; era un general arrogante, un alfa que obtenía todo lo que deseaba mediante la fuerza de su espada y la dominación.

Una sonrisa maliciosa y torcida se dibujó en sus labios. Con pasos pesados e imponentes, se abrió paso entre la multitud, que se apartaba instintivamente al sentir su abrumadora presencia alfa.

Poseidón caminaba con la vista baja, aferrando el libro prohibido contra su pecho, cuando una sombra gigantesca se proyectó sobre él, bloqueando la luz del sol.

El omega se detuvo, sintiendo un escalofrío helado recorrerle la espina dorsal. Una densa oleada de feromonas de alfa, cargadas de dominación y un deseo primitivo y lascivo, lo golpeó, haciendo que su instinto omega diera una señal de alarma interna.

-Pero qué tenemos aquí... -añadió Leónidas, con sonrisa que helaba la sangre-. ¿El sumo sacerdote te deja salir solo? ¿Eh? No debería, las calles son demasiado peligrosas para una criatura tan delicada como tú.

Poseidón dio un paso hacia atrás, intentando rodear al gigante, pero Leónidas se movió con una rapidez asombrosa para su tamaño, cortándole el paso una y otra vez. El omega levantó la barbilla, forzando una expresión de dignidad y valentía que no sentía del todo, intentando apelar al único escudo que poseía.

-Soy un vestal... no te atreverías a tomarme -declaró Poseidón a la defensiva, con la voz firme pero con un ligero temblor en las manos que delataba su vulnerabilidad.

Leónidas soltó una carcajada, un sonido rudo que llamó la atención de algunos transeúntes, quienes rápidamente apartaron la mirada para no buscarse problemas con el temido General.

-Claro que no -dijo Leónidas, dando un paso definitivo que acortó toda distancia respetuosa entre ambos. Antes de que Poseidón pudiera reaccionar, los dedos gruesos y callosos del alfa se cerraron con firmeza alrededor de su mentón, obligándolo a mirarlo directamente a los ojos-. Que Vesta me libre de mis malos pensamientos, que su discípulo me provoca -añadió con una sonrisa maliciosa, sus ojos fijos en los labios carnosos del omega-. Aunque no puedo tocarte ahora... eso no impide que lo haga en un futuro. ¿Cuánto te falta para acabar tu servicio? ¿Trece años? ¿Quince?

La humillación y el miedo comenzaron a transformarse en una indignación ardiente dentro del pecho de Poseidón. No estaba acostumbrado a que nadie rompiera su espacio personal, y mucho menos un soldado rústico por muy general que fuese. Sus veinte años y su estatus le dieron un arranque de soberbia.

-Tengo veinte años -escupió Poseidón a la defensiva, tratando de apartar la cara del agarre, aunque los dedos del alfa eran como tenazas de hierro-. Y aunque acabara mi servicio... ¿Qué te hace pensar que te escogería a ti? Enorme mono peludo.

Tan pronto como las palabras salieron de su boca, el arrepentimiento lo golpeó con fuerza. La sonrisa de Leónidas desapareció instantáneamente, reemplazada por una expresión de furia. El alfa no toleraba la insubordinación, y mucho menos de un omega, por muy sagrado que se creyera.

En un movimiento brutal, la mano de Leónidas descendió desde el mentón hasta el cuello de Poseidón. Sus grandes dedos apretaban alrededor de la garganta del vestal. El aire abandonó los pulmones de Poseidón de inmediato. El dolor fue agudo y el peso del agarre lo obligó a ponerse de puntillas para no asfixiarse por completo.

A causa del impacto y la sorpresa, los brazos del omega perdieron fuerza; el paño blanco resbaló de su regazo y el libro sagrado cayó al suelo, quedando expuesto al polvo. Poseidón llevó desesperadamente ambas manos al brazo y a la muñeca de Leónidas, arañando la piel curtida en un intento inútil por hacer que el gigante soltara su agarre. Sus ojos lapislázuli se abrieron de par en par, llenándose rápidamente de lágrimas de frustración y falta de oxígeno, mientras sus mejillas, antes lechosas, comenzaban a teñirse de un vivo color carmesí.

Leónidas volvió a sonreír, pero esta vez fue una mueca carente de cualquier rastro de calidez. Disfrutaba el poder absoluto. Ver a la criatura más pura y hermosa de la ciudad, al protegido de los dioses, reducido a un ser indefenso que luchaba por un poco de aire bajo su mano, encendía su ego de alfa. El pobre chico se veía incluso más atractivo así: vulnerable, quebrado, suplicante, sumiso.

-Pídeme perdón -ordenó Leónidas con una sonrisa malvada, inclinando su rostro para que sus alientos se mezclaran-. Deberías dejar de ser tan arrogante, pequeño pájaro dorado. Agradece que tu virginidad protege a esta maldita ciudad, de lo contrario, te rompería y te haría mío aquí mismo.

Para sellar su desprecio y demostrarle que su estatus de vestal no significaba nada para él, Leónidas acumuló saliva y le escupió directamente en la cara.

El fluido corrió por la mejilla de Poseidón, mezclándose con las lágrimas que ya rodaban por sus ojos.

Finalmente, Leónidas abrió la mano, soltándolo. Poseidón cayó de rodillas sobre el suelo, apoyando las palmas en el polvo al lado del libro caído.

Llevó una mano a su cuello, donde ya comenzaban a dibujarse las marcas rojas y amoratadas de los dedos del general. El omega tosió repetidamente, tomando grandes bocanadas de aire con los ojos húmedos, sintiendo el pecho arder mientras el alfa lo miraba desde arriba con superioridad antes de dar la vuelta, su capa militar ondeando al viento mientras se alejaba con paso firme.

Poseidón se quedó allí, temblando, con el rostro húmedo.

El eco de sus propios pasos apresurados resonó contra las baldosas de mármol del atrio, un sonido que a Poseidón le pareció ensordecedor en medio del silencio que siempre reinaba en el templo de Vesta.

Entró con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado y la respiración entrecortada, un hilo áspero que le quemaba la garganta. El miedo, se había instalado en la boca de su estómago.

Mientras cruzaba el umbral, se limpió frenéticamente las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano y frotó su cuello, esperando que los dedos temblorosos pudieran borrar las marcas invisibles pero ardientes de la agresión que acababa de sufrir.

Sabía con certeza, que no podía decir ni una sola palabra de lo sucedido al sumo sacerdote ni a ninguna de los otros vestales.

La sola sugerencia de que un alfa había puesto sus manos sobre un siervo de Vesta, que había osado profanar la distancia sagrada e invadir su espacio con feromonas lascivas, era sinónimo de una sospecha letal.

Perder la castidad, o incluso ser sospechoso de haberla comprometido, no era un asunto que se resolviera con penitencias menores; se castigaba con la muerte más horrible que un ciudadano pudiera imaginar. El "incestum", la ruptura del voto sagrado, significaba ser llevado al "Campus Sceleratus" para ser enterrado vivo en una cripta subterránea, abandonado a la oscuridad eterna con apenas un trozo de pan y una jarra de agua para prolongar la agonía.

El simple pensamiento de la tierra cayendo sobre su cabeza hizo que las piernas de Poseidón flaquearan.

Haciendo acopio de una dignidad que no sentía, el rubio omega se enderezó, acomodó la pesada capa púrpura sobre sus hombros e intentó estabilizar su pulso antes de presentarse ante la autoridad del templo.

Cuando el sumo sacerdote, aquel alfa de avanzada edad y mirada severa apareció al final del pasillo, Poseidón se inclinó de inmediato. Con las manos aún trémulas, extendió el mantón de lino blanco donde venía envuelto el libro antiguo.

El sumo sacerdote dio un paso al frente y recibió el bulto, pero su mirada se ensombreció casi de inmediato. Sus ojos, agudos como los de un halcón, se fijaron en el lino, que ahora ostentaba rastros evidentes del polvo donde había caído durante el altercado.

El anciano pareció profundamente disgustado en el momento en el cual recibió el mantón lleno de polvo.

Frunció el ceño, dejando escapar un bufido de desaprobación que hizo que Poseidón contuviera el aliento, temiendo que el sacerdote decidiera interrogarlo o, peor aún, que olfateara el rastro ajeno que Leónidas había dejado impregnado.

Sin embargo, el sumo sacerdote atribuyéndolo quizás a la torpeza del joven o al viento del mediodía, el sacerdote se limitó a dar la vuelta en silencio, llevándose el conocimiento prohibido hacia las profundidades del "penus Vestae".

Solo cuando se quedó solo, Poseidón se dejó caer de rodillas frente a la pira eterna. El fuego sagrado de Vesta danzaba ante él, arrojando sombras alargadas sobre las paredes del templo.

El omega unió sus manos, entrelazando los dedos con fuerza, y agachó la cabeza. Con un murmullo quebrado, ofreció una profunda reverencia a Vesta, agradeciéndole por haber protegido su virginidad en mitad de la calle, por haber evitado que aquel monstruoso llevara sus amenazas más allá.

Aunque claro, a pesar de sus rezos y de encontrarse en el lugar más seguro, Poseidón no estaba del todo bien con eso. Por dentro, seguía completamente roto por el encuentro.

Estaba verdaderamente aterrado y asustado por ese hombre enorme, por la facilidad con la que sus dedos habían rodeado su garganta y la impunidad con la que le había escupido en el rostro.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la sonrisa maliciosa del General y sentía el peso sofocante de su presencia alfa.

A pesar del pánico que le atenazaba las entrañas, la vida en el templo no se detenía y los rituales del Estado dependían de su labor diaria.

El omega tuvo que continuar con su rutina como si nada hubiera pasado, forzando a su cuerpo a moverse a través de los estrictos deberes vestales para no levantar sospechas.

A la mañana siguiente, antes de que el sol terminara de despuntar sobre las colinas, Poseidón tomó las vasijas especiales llamadas "futiles".

Con paso pausado y la mente fija en el trabajo para no volverse loco, caminó hasta la fuente sagrada de la ninfa Egeria. Llenó los recipientes con el agua cristalina que brotaba de la roca, cuidando con esmero extremo que la base puntiaguda de las vasijas jamás tocara el suelo, tal como dictaba la ley ritual para evitar cualquier tipo de contaminación.

El peso del agua le recordaba su deber, pero sus ojos seguían escudriñando, temeroso de ver surgir la silueta gigante de Leónidas entre los árboles.

Al regresar al templo, se dispuso a preparar la "mola salsa".

Con manos expertas que contrastaban con el caos de sus pensamientos, tostó la harina de espelta en las sartenes rituales, mezclándola con la sal modificada y el agua bendita que acababa de recolectar.

Esta sustancia, indispensable para la religión del Imperio, sería la que se espolvorearía sobre la frente de los bueyes y las vacas preñadas antes de ser sacrificados oficialmente en los altares públicos.

Incluso, siguiendo las complejas directrices del culto, Poseidón participó en las oraciones especiales, elevando plegarias para pedir el favor de los dioses y oro para que el Estado tuviera la fortuna de atrapar a los esclavos y criminales que se escaparon de las prisiones de la ciudad.

El esfuerzo diario y el estatus divino de su orden traían consigo ciertos privilegios destinados a mantener la salud y el vigor de los vestales.

Después de terminar con las extenuantes tareas del mediodía, Poseidón se retiró al refectorio privado del templo. Allí, como correspondía a un servidor de la alta sociedad patricia, comió y bebió los mejores platillos que el Estado podía ofrecer: carnes t sazonadas con hierbas importadas, higos dulces, panes de trigo fino y vino aguado de las mejores cosechas del sur.

Sin embargo, los manjares le sabían a ceniza en la boca; el miedo era un condimento amargo que no lograba pasar del todo.

Buscando desesperadamente un respiro, una forma de escapar del ambiente claustrofóbico del templo y del recuerdo constante del fuego, Poseidón decidió salir unos días después.

Pensó que el bullicio de la ciudad y un espectáculo público lo ayudarían a distraerse de sus agobiantes deberes. Su destino fue el coliseo, el anfiteatro colosal donde la plebe y los nobles se reunían para ver los juegos.

Al ser un vestal consagrado, Poseidón gozaba de los máximos honores públicos. Cuando ingresó al imponente recinto de piedra, los ujieres lo escoltaron de inmediato hacia las gradas principales, situándolo en uno de los mejores asientos, justo en el palco de honor reservado para las autoridades religiosas, cerca del nivel de la arena pero protegido por altas redes y guardias.

Desde allí, el omega intentó concentrarse en la magnificencia del lugar, en el clamor de la multitud que llenaba el aire y en los colores de las arenas.

Fue en ese preciso instante de supuesta distracción cuando el mundo se le vino abajo de nuevo.

Paseando la mirada por los pasillos laterales del palco, su vista se congeló. Era él. El general Leónidas estaba allí, destacando por encima de la multitud gracias a su imponente estatura y su armadura de gala que brillaba bajo el sol.. El alfa no miraba hacia la arena; sus ojos estaban fijos exclusivamente en la figura rubia de la capa púrpura.

Desde la distancia, el hombre se acercó a él de manera lenta pero implacable, con una seguridad que denotaba que sabía perfectamente que el omega no tenía escapatoria.

En su rostro se dibujaba una expresión que Poseidón reconoció al instante: parecía sonriente y malicioso, disfrutando del evidente pánico que causaba su sola cercanía.

El terror se apoderó de los sentidos de Poseidón. Su instinto omega le gritaba que huyera, que corriera de regreso a la seguridad del altar, pero el coliseo era un laberinto de pasillos y escaleras abarrotados.

Intentó levantarse discreetamente y deslizarse hacia una de las salidas traseras del palco, buscando la penumbra de los corredores internos de piedra donde el público general no tenía acceso.

Pero no pudo. Sus movimientos lánguidos y asustados no fueron rival para la zancada militar del alfa. Antes de que Poseidón pudiera alcanzar la salida principal que conectaba con la vía pública, Leónidas lo interceptó en uno de los pasadizos abovedados, un corredor desierto y alejado del ruido ensordecedor de las gradas.

Con una fuerza brutal y repentina, ese sujeto lo atracó contra la pared de piedra, acorralándolo con su enorme cuerpo y bloqueando cualquier posible ruta de escape.

-No, suéltame -chilló Poseidón.

Sus ojos lapislázuli se abrieron con horror mientras miraba a ambos lados del pasillo oscuro. No había nadie a su alrededor, lo cual, dentro de su inmenso sufrimiento, era algo que agradecía profundamente. Sabía muy bien que la ley y las costumbres de los ancestros eran despiadadas; si alguien de la guardia o del pueblo lo veía en una situación tan comprometedora y cercana con un alfa, su reputación sería destruida e, inmediatamente, sería juzgado por el Senado y enterrado vivo.

Leónidas soltó una risita baja que retumbó en el pecho del omega, disfrutando de la exquisita combinación de terror y pureza que emanaba del rubio. Apoyó una de sus enormes manos contra el muro, justo al lado de la cabeza de Poseidón, atrapándolo por completo bajo su sombra.

-¿Qué pasa, pequeña criatura indefensa? ¿Por qué me temes tanto si se supone que la gran Vesta te defiende de la maldad? -se mofó el general, estirando su otro brazo para sujetarlo firmemente por la muñeca, impidiendo que el omega intentara golpearlo o empujarlo.

El contacto físico y la presión de la pared fría contra su espalda rompieron la última pizca de resistencia que le quedaba a Poseidón. El omega comenzó a sollozar en silencio, las lágrimas brotando de sus ojos lapislázuli y resbalando por su piel lechosa, mientras ese hombre lo agarraba del brazo con una firmeza que amenazaba con dejarle nuevos cardenales.

El contraste entre la delicada toga blanca y la ruda armadura de cuero y bronce del general no hacía más que resaltar la total indefensión del vestal.

Leónidas, sin embargo, suavizó un poco la presión de su agarre, aunque sin liberar al omega. Sus ojos recorrieron las facciones perfectas del rubio, deteniéndose en el temblor de sus labios. La furia del primer encuentro parecía haber dado paso a una ambición de posesión.

-Sobre lo que dijiste el otro día -continuó el alfa, inclinando su rostro de modo que su aroma a feromonas dominantes inundara por completo los sentidos de Poseidón-. Te quedan diez años de servicio como ejecutor de los rituales ¿no? ¿Eh? Saca la cuenta, pequeño. Soy un general importante, un hombre con el favor del mismísimo emperador y del Senado. Tengo riquezas que los sacerdotes de tu templo ni sueñan. Puedo darte buena comida, buena vivienda. Te aseguro una buena vida, llena de esclavos, sirvientes y las joyas más caras traídas del oriente.

Poseidón seguía temblando, escuchando las palabras del gigante mientras el eco de los aplausos del coliseo se oía lejano, como si pertenecieran a otro mundo.

-¿Qué tal si pactas un compromiso conmigo para cuando acabe tu servicio de treinta años? -propuso el alfa, revelando finalmente su verdadero plan. Sonrió complacido al ver el impacto de sus palabras en el omega. Con un movimiento lento, soltó finalmente el brazo del rubio y colocó una de sus manos en su mentón, obligándolo a levantar la cabeza para que lo mirara directamente-. ¿Qué dices, eh? ¿Aceptarás al General que tiene a Roma a sus pies?

Poseidón se le quedó viendo fijamente a través de la bruma de sus propias lágrimas, con las mejillas húmedas y el pecho subiendo y bajando con dificultad. El pánico inicial comenzó a mezclarse con una profunda desesperación moral.

Él no quería eso. Poseidón soñaba con algo completamente diferente; quería conocer al amor de su vida, a un alfa genuino y bondadoso, y casarse de manera libre una vez al acabar sus servicios de treinta años, cuando la ley finalmente le permitiera abandonar los votos y formar una familia por elección propia.

Pero la realidad que lo aplastaba contra el muro del coliseo era muy distinta. Tenía frente a él a un monstruo con el poder de destruirlo con una sola denuncia, un hombre que podría inventar una mentira sobre su pureza y enviarlo directo a la cripta del "Campus Sceleratus". Pensó con rapidez, con la lógica desesperada de una presa acorralada: si le decía que sí a ese sujeto, si aceptaba ese compromiso lejano para dentro de una década, tal como estaban las cosas, tal vez lo dejaría en paz por el resto de su tiempo en el templo.

Sería una promesa para el futuro, un escudo para comprar diez años de absoluta tranquilidad y seguridad.

Con el corazón destrozado y la dignidad pisoteada, Poseidón agachó la cabeza, permitiendo que sus cabellos rubios ocultaran parcialmente su dolor, y asintió levemente.

-Está bien... seré tu esposa una vez que termine mi servicio -añadió con un quebrante tono de voz, sintiendo que cada palabra era una traición a sus propios sueños, pero la única vía disponible para sobrevivir a la sombra del gigante.

Al escuchar la sumisión en la voz del omega, la expresión de Leónidas cambió por completo. La severidad militar se transformó en satisfacción. el general acarició su mentón con suavidad, usando el pulgar para delinear la mandíbula perfecta del rubio al levantar su rostro una vez más para obligarlo a mirarlo.

Poseidón no apartó la vista, aunque sus ojos lapislázuli seguían completamente húmedos y fijos en las facciones del alfa, esperando el siguiente movimiento con el cuerpo tenso. Leónidas, saboreando su victoria y el compromiso formal de la criatura más bella de la ciudad, no intentó propasarse más allá de lo pactado.

-Me alegra que aparte de hermoso, eres un chico muy inteligente -exclamó el gigante.

Let Sociedad_Anónima know what you thought about this chapter!
Love this

1

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

1

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Crowned in Blood: Fated to the enemy

Happiness Aghogho: I love this.... so thrilling. Looking forward to the end

Read Now
Mystic Wolf

Pav: Well written and enticing, love your style, keep up with good work.

Read Now
Going For The Goalie

fathiahmosebolatan: Nothing is wrong with

Read Now
The Heir's Shadow

Biva: Quite good for a novella. Impressive writing style and we'll edited. Just one thing- Karla keeps referring herself to a stray cat and while at first it makes sense the analogy gets stale after a while.

Read Now
Bound to the Bear

Sara Hutchinson: I love the storyline of this book, the plot is good. I love Toby and Christa, however, there is very little confrontation between the two of them, they never argue or disagree about anything. Whenever Toby and Christa reflect back on the past, the reflection seems long, reliving every single event t...

Read Now
Broken Halos MC

Lisa: I love the slow burn and how engaging the characters are. The story building is great. No spelling or grammatical errors so far! Can’t wait to read more.

Read Now
The Contract Wife

Jkind12: Ended too abruptly . Where can I read the sequel?

Read Now
How To Kidnap A Mafia Boss

jayneeta2088: It was the perfect book to revive my passion for reading

Read Now
The Full Moon Breeding Club

Christina: I love that the FL is intelligent, purposeful, kind, and thoughtfull. She protects herself and others without compromising her morals or diminishing her values.Great character development showing their growth.

Read Now